Padrón e Iria Flavia
Sábado 5 Julio, 2008Me levanto temprano, como es costumbre. He dormido sin coscarme. No me he enterado de la noche. Una de las mejores cosas que uno puede decir cuando pretende dormir. Sé, por la información que he ido captando, que para llegar a Iria Flavia es mejor coger un autobús que el tren. La estación de autobuses de Santiago está a la espalda de la Xunta de Galicia, a veinticinco minutos a pie de la calle de Calderería, donde me alojo. Llego a las ocho menos cinco. Reparo en que las ventas de billetes están cerradas. Y que el primer autobús a Padrón sale a las ocho. Voy rápido a los andenes. Me cruzo con una señora uniformada, que me dice que el autobús amarillo va para Padrón, que sale ya y que se pueden comprar los billetes al conductor. En cuatro zancadas llego al vehículo. Su conductor está listo para salir, desparramado en una tranquilidad algo rara.
—Hola, ¿sale este autobús para Padrón?
—Sí.
—¿Puedo comprarle un billete?
—Sí.
Cuando aflojo la cartera, formulo una nueva pregunta.
—¿Hay muchas paradas hasta Padrón?
—No lo sé.
—Muchas gracias —digo cogiendo el cambio, mientras pienso en la extrañísima respuesta del conductor que se enmarca en una nube de pachorra.
Exactamente media hora después, me apeo en la estación de autobuses de Padrón. Me había levantado de un salto, pues repentinamente vi por la ventanilla un cartel de carretera que anunciaba el término municipal de Iria Flavia. Ya estoy en Padrón e Iria Flavia. Los dos sitios al mismo tiempo. En un pestañeo. Con los huesos de Camilo José Cela con sólo estirar un brazo. Tengo a Cela a mi merced, en una mañanica de eucalipto y tierra empapada, el olor natural de Galicia. Llamo a la familia con el móvil. Bromeo. Me divierto. Cuelgo. Y desando lo caminado por el autobús.
Iria Flavia es una recta de quinientos metros que se funde con Padrón. Antes de llegar a la marca de Iria cruzo un río que no informa de su nombre. Pillo en pleno nado a una familia de patos silvestres: la mamá, el papá y los niños. Nadan disciplinados, jerarquizados, en fila india, sin hacer el más mínimo caso del señor esponja que los observa. Unos pasos más. Ya estoy en Iria Flavia. Un grupo de casas adosadas es la Fundación Camilo José Cela. Tiene dos plantas. Están cerradas a cal y canto. Me da igual. No tengo intención de visitar su interior. De la Fundación, hoy, sólo me interesa su cáscara. Fotografío la locomotora puesta en honor del abuelo o bisabuelo de Cela. Al lado hay dos buenos coches relucientes, uno negro y otro gris. Si Cela hubiera conseguido que le disecaran la cabeza —sé que para ello movió administraciones civiles y eclesiásticas—, tal vez habría llamado a la puerta de la Fundación. Ignoro si la mayoría de la gente sabe que Cela quería exhibir su cabeza disecada puesta al lado del garrote que mató, en 1974, al anarquista catalán Salvador Puig Antich. Pero su cabeza disecada no está, exactamente igual de chupada que la larguirucha cabeza de un faraón, y mi interés por el interior de la Fundación hoy carece de interés. La puerta principal de esta construcción contiene la transcripción de una famosas palabras de Cela: “El que resiste, gana”.
A mi entender contiene muchísimo más atractivo el edificio que hay delante de la Fundación, al cruzar la carretera, la Colegiata de Santa María, Dispone de una fachada románica. Tiene sus puertas cerradas. Delante de ellas te reciben tres tumbas pertenecientes a curas párrocos. La que está en el centro es de mármol, no de bronce. Contiene, con mayúsculas, la siguiente dedicatoria curiosa y sentida:
“Los feligreses de la parroquia de Santa María la Mayor de Iria-Flavia dedican esta lápida a la memoria de su dignísimo cura párroco Dr. don Raimundo Fraile Lozano en agradecimiento a sus bondades y al celo con que regentó la parroquia durante 28 años. Falleció el día 9 de noviembre de 1922 a los 68 años de edad. D.E.P. Esta sepultura es propiedad de los feligreses de la parroquia”.
El costado izquierdo de la parroquia con fachada románica —lo demás es construcción posterior— lo ocupa decenas de tumbas abiertas medievales, de esas de piedra en cuyo fondo se insinúan, a golpe de cincel, la silueta que tenemos los seres humanos.
Descubro, justo al lado, que de los espacios abiertos que dejan unos setos, son la entrada del cementerio actual, donde está enterrado Camilo José Cela. Ha llegado la hora de la verdad.

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