El día 3 de julio, de oeste a este, inicio un recorrido del país. Les invito a que sean testigos

Antonio Gálvez: Dietario en Red

ABC, artículo 3

Domingo 11 Mayo, 2008

CENTENARIO
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 5 de junio de 1998.

Un detalle. El día 5 de junio de 1898 nació Federico García Lorca.

Cuando algunas noches se me cruza la luna por los ojos, vislumbro en ella, según la órbita de su inclinación, escalonadas fraguas con manchas de pulmones ahogados en agua. Entonces recuerdo los destellos de numerosas imágenes regaladas, multitud de olivares, higueras, juncos afilados llenos de pasiones rojas, limo y matas de pelo. Y se me ahueca la mirada y noto muy en lo hondo el fragor de un viento furioso que muerde los techos de pizarra de mis melancolías. Poco después me atrapan unas cadenas de soledad, extraños gozos, unas nubes de negra radiación, y me imagino, sobre las paredes encaladas, el borboteo de unas facciones lorquianas.

Lorca, Federico García Lorca, te veo tan cerca que te siento hermano. Por estos pagos finiseculares, muy prestos a la remembranza, te homenajean, te jalean, repasan tu vida, la representan, hacen cábalas sobre tu presumible evolución poética, aparecen nuevas traducciones en el extranjero, subastan algunas de tus cartas íntimas a precio de oro, incluso lo que tocaste, como reliquias de compra-venta al mejor postor, restauran el breve manuscrito de tu llanto taurino con una póliza de seguros de cincuenta millones de pesetas caudalosas, protectoras, enriquecedoras, actualizan la interpretación de tus versos, a todos contentas. Lorca, hermano, disgregado en tierra leve y anónima, cumples tus primeros cien años de vida.

Silencio. Valor grandilocuente. Nuestra poesía de final de milenio desfila. Silencio. Porte solemne. Nuestra última poesía marcha sobre una alfombra de cascajos, aureolada de bisutería y ñoñas rencillas cubiertas de palabras fofas y enclenques. Silencio. Salvo grandes excepciones, nuestra poesía de final de milenio se deshace aquejada de estornudos y carraspeos. El niño grande, el hombre grande, el de la sonrisa morena, el maestro granadino que humanizaba todo lo que tocaba, sonrojado de candelas, dijo que al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre. Y el duende, ese pellizco al que Horacio llamaba nervio, parece que hoy se multiplica y ronca estentóreamente dormido, como poseído de la resaca de pasadas glorias; mientras la sangre, ese torrente de floraciones, generalmente sólo riega viejas carnes cansadas.

Presiento la descarga de un silencio suave, las imágenes. En estos momentos, compañero, la luna se ve suspendida con dos manos largas, dorada de ruegos, todavía habitada por tus ojos y su corazón de misterio.

El silencio me cubre con sus notas reposadas. La noche navega hacia frisos estivales, bajo el remanso de las estrellas que parpadean. Cerca de una fuente, una gota de cien años resbala sobre las mejillas de un cuerpo milenario, espíritu de tez morena, maravilla indeleble, sumidero de poetas, llama de prosas.

Corridas de toros

Domingo 4 Mayo, 2008

Hoy el columnista Manuel Vicent, en El País, se lleva las manos a la cabeza, se pregunta qué hacían los pájaros de Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat en una corrida de toros, como si la poesía que encierran las canciones de estos dos cantautores no comulgaran buenamente con una fiesta denominada bárbara por cierta intelectualidad española, entre la que se encuentra el bueno de Manolo, helenista, civilizado, flaco de toda la vida, articulista que se defiende todos los domingos más bien que regular. El bueno de Manolo recurre al tópico del puyazo en piel de toro, al tópico de la vomitona de sangre en la arena del toro en la plaza. Y expone indirectamente que la fiesta tiene los días contados, ya que la juventud prefiere contemplar la acción de deportistas célebres a la acción sangrante de toreros célebres. Qué ingenuidad. El bueno de Manolo, tan mediterráneamente telúrico, no cae en la cuenta de que todos los días nacen niños literalmente rodeados de olivos, de parras y pinos, de fanegas de trigo y girasoles, de cielo en carne viva, de tierra en la planta de los pies. El bueno de Manolo, tan telúricamente mediterráneo, se olvida de la mitología literaria a la que tanto ha recurrido. El bueno de Manolo, en su artículo de hoy, me ha parecido un poco tiquismiquis, tan impresionable como un niño chico. El eterno debate de la fiesta de los toros…

A mí la fiesta de los toros jamás me ha producido el menor sentimiento. Ni de chico. Siempre me ha resultado indiferente. Me ha dado lo mismo la sangre del animal. Me han dado lo mismo los tropiezos de los toreros. Así ha sido siempre. Sin embargo, podría no haber sido así. Puesto que desde chico he comprobado el interés de mis padres y de mi abuela, la mama Antonia, por las corridas de toros en televisión. Un interés que no fue conmutado. Ay, mi mama Antonia… En cierta ocasión, su marido, el papa Rafael, se la llevó a Córdoba, a una corrida de toros. Tuvieron que salir huyendo. La mama Antonia no pudo presenciar las tripas fuera, cómo reventaban los caballos con las cornadas de los toros. Se conoce que antes los caballos no disfrutaban de almohadillas protectoras.

A mí, del toro, me gusta el toro de Osborne, el letrero publicitario que fue indultado en las carreteras.

De ese toro me gusta su simbología, su buena planta en el horizonte de todos los caminos. Ese toro simboliza, para algunos, el carácter de España, país de personas “echás palante”, de personas robustas tanto en lo físico como en lo espiritual, de mujeres con un buen par de tetas, de hombres con cojones a la hora de la verdad. Pura entelequia. A mí, del toro, me gustan las protestas ingeniosas, sobre todo las protestas de señoritas que se visten con cabeza de toro para desvestirse y mostrar, ay, un buen par de buenas tetas, unas braguitas del color de la carne de quita y pon. Qué valor. Qué capacidad de entrega. Con mujeres así uno se casaría de inmediato. Sin mirar nada más.

ABC, artículo 4

Lunes 28 Abril, 2008

ANÉCDOTA CON MOTE
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 14 de junio de 1998.

Un detalle. No sé si por censura o por lapsus, el caso es que tenía que aparecer en este artículo “Miguel Ángel Rodríguez”; y sólo se publicó “Miguel Ángel”, con lo que ningún lector supo jamás que me refería al que era, a la sazón, portavoz del Gobierno de Aznar. Sólo he soportado ese único lapsus, tal vez censura, en las publicaciones de mi etapa de ABC.

Playa de Castelldefels, Barcelona. Hora temprana. Templado aliento solar. Cielo abierto, sin legañas de algodón. Abierto, muy abierto, de un azul agreste que se inyecta por los poros a fin de que renazca la euforia. Olor a gambas a la plancha, a algas como pinos, a cremas de polen dispuestas a combatir los arañazos del sol. Todo bien. Todo un día estival, de mansa disposición. La toalla sobre la arena. Mis riñones sobre la toalla. Los carrillos armándose de saludable color. El bostezo despreocupado parece una gaviota que flota en el aire, como dormida. Cierro los ojos. Mi cuerpo se desvanece poco a poco hacia el margen de las cosas. Menos las orejas.

Las orejas, la trompetilla de los tímpanos, no se pueden desconectar. Siempre oyen. Debido a la incansable actividad de las orejas, generalmente descubiertas, expuestas a los átomos de las corrientes, una lucecita roja se me enciende cuando casi me había abstraído en las delicadas brumas del abandono. Empiezo a escuchar unos vocablos entrecortados, medio incógnitos, (“comiendo mocarracas”, “con sus cachorreñas”, “una hartá”…), palabras aprisionadas dentro de un compacto acento andaluz, como nacidas de los terruños de las campiñas cordobesas. Abro los ojos. Durante unos segundos sólo contemplo fosfenos. Descubro que aquellas palabras pertenecen al diálogo que mantienen dos vejetes, algo irritados, en la orilla del mar. Evidentemente me aproximo a ellos, de rondón, impulsado por la intriga.

El que lleva la voz cantante, por lo que dice, es “maestroescuela jubilado”. Defiende su soltería. Se conoce que sobrelleva una soltería rancia, de muchas puertas cerradas. Su bañador, de verde clorofila, muy holgado, le tapa las corvas y baila según los antojos del aire. Este maestroescuela enseña una maleza de pelos canos en el pecho. Se erige algo giboso y huesudo, marcadamente en los huesos. Es de los que lastiman, de los que dan calambre si se tropieza con esa especie de huesos graníticos, infinitos, puntiagudos y romos. Sus palabras, ahora, son un dechado de susceptibilidad, un canto a la chanza ácida, a la subjetividad más ferruginosa. Pronuncia el deíctico interrogativo “¿ése?”, y a continuación lanza un nombre y un mote que razona. Sus palabras suenan, poco más o menos, así:

“¿Ése?: Felipe González Carántula, por mofletudo caradura. Mandón crispado, parece una tarántula. ¿No le dará vergüenza? A Borrell, en el aeropuerto, lo traía como un zarandillo. A callar, que perdemos el avión. Habla. A callar, que se nos va el avión. Habla. Vámonos ya, venga, querido caniche. Y el otro obedecía como un niño aplicado sin sacudirse el ridículo. Cuando Borrell mande de verdad, seguro que lo echa, por Carántula… ¿Ése?: Jordi Pujol Sacamantecas, por chupasangre, que hasta el blanco de los ojos lo tiene ensangrentado de tanto regurgitar. Mesías de lata en conserva, al paso de un par de generaciones sus plegarias latosas tendrán un sabor revenido y bobo. Gorgojo y galápago, arroja fríos espurreos cuando habla, por Sacamantecas… ¿Ése?: Miguel Ángel Rodríguez Zurriago, por esconder una vara verde en la manga, que te la puede señalar incluso por la espalda. Si estás cerca de él, sube la guardia, que te la endiña. Más que portavoz, es una chicharra. Su mirada azulenca pega coces, por soberbio y poco de fiar, por Zurriago… ¿Ése?: nada, a nadar, paisano, al agüita…”

El vejete maestroescula, con cierta parsimonia, cruza la raya de las olas rotas. Sin volverse, murmura una frase que le he escuchado a uno de los principales maestros literarios de este país: “y quien venga detrás, que arree”. El vejete se hace el muerto, boca arriba, y se adormila mecido por la marea. Parece una tabla náufraga; y su holgado bañador, una sábana de sargazo.

Bonito día. Atolondrado de sarcasmo y motes machacones, tomo asiento. Mis orejas se relajan, pese a los granitos de arena que, desde los lóbulos, construyen sus sendas ayudados por el soplo de una magnífica brisa. Una señorita, a mis pies, cuece sus pechos nacarados. Bonito día. Escritos quedan los ecos.

ABC, artículo 5

Jueves 24 Abril, 2008

ASUNTOS GROTESCOS
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 11 de julio de 1998.

De nuevo los tanteos y escurribandas acerca de la política lingüística catalana, como esos gallos que picotean el suelo en busca de bichitos y granos imprevistos. El hastío y una reconcentrada y provocada mueca estupefacta me llevan a mirar hacia atrás.

Recuerdo la visita de Jordi Pujol, presidente de la Generalitat de Cataluña, a Fernando Álvarez de Miranda, Defensor del Pueblo –con motivo de unos matices, recomendaciones y sugerencias, sobre la ley del catalán–, sus palmaditas y el mutuo estrechamiento de manos. Recuerdo la reciente queja del Defensor, acusado de inquisidor por curiales invidentes del medievo. Críe usted cuervos, bellísima señora, que verá dónde vuelan sus pestañas de negros remolinos. Recuerdo las declaraciones de Joaquim Nadal, portavoz del PSC, al evidenciar que la Generalitat iniciaba borradores sobre decretos lingüísticos sin consultar a los miembros de su partido, unas declaraciones airadas que amenazaban con retirar el apoyo a la ley que su mismo grupo votó, como si la votación de toda una ley, con sus gigantescas repercusiones, fuese airecillo grácil, pronta materia de quita y pon y causa de rabieta infantil. Poco después escuché a su compañero y líder, Narcís Serra, que repetía los mismos acordes, esta vez a causa de una propuesta de cuotas y sanciones en la industria del cine. Indudablemente, la ligereza sobre la lengua abona un terreno grotesco.

Los nacionalismos… Recuerdo la inauguración de la Feria de Abril de Santa Coloma de Gramenet, en la que participó el regidor de Cultura, Joan Maria Pujals, sin que perdiera tiempo en citar el amor de Federico García Lorca hacia Cataluña. Mi felicidad hubiera enjugado seguros hilillos de baba si el regidor hubiese leído las siguientes palabras del poeta centenario: “Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos”.

Una venda en los ojos. El bochorno de la paradoja. La tristeza de comprobar cómo el poder político barre exclusivamente hacia sus obsesiones. Todo cuenta y suma. Jordi Pujol no se cansa de expresar que la Ley de Política Lingüística nunca vulnerará los derechos de los castellanohablantes. Gran falacia. La ley anterior, digamos menos endurecida, ya recortaba la libertad incluso de los catalanohablantes. Sí, así es.

En Cataluña coexisten dos lenguas oficiales, el catalán y el castellano. Y cualquiera de las dos, o tan sólo una de ellas, debiera servir para, por ejemplo, acceder al sector público. Me he encontrado con varios catalanohablantes, con sus carreras conclusas, que no consiguen acceder a su vocacional empleo debido al famoso nivel C de la Junta Permanent (en esta prueba de catalán se exige, como mínimo, un 7,2 para considerarse apto). Sus carreras se convierten en papel mojado. Y si desean disfrutar de oportunidades en el empleo público, han de emigrar a otras comunidades.

Cómo empobrece la venda en los ojos. Incluso la parcialidad de pequeñas excelencias. Sin alejarme del ámbito público, los que aspiran a ser profesores de secundaria, en convocatoria catalana de oposición, deben superar, como es normativo, unos exámenes previos sobre el conocimiento de las dos lenguas oficiales. Mientras los aspirantes de filología catalana quedan exentos de la prueba de catalán, algo elementalmente lógico, los candidatos de filología castellana se ven obligados a desgastarse y mostrar sus conocimientos de castellano. Se conoce que los engranajes de la Generalitat deben de argüir que los licenciados en filología catalana poseen albricias, caminos más despejados o, como diría Juan Alfonso de Baena, gracia infusa del señor Dios.

Revolotea la diglosia de los decretos, la parcialidad, un espectro de cuotas, sanciones, multas, imposiciones, vías monolingüistas, apellidos abocados a la metamorfosis… Los nacionalismos. Es evidente que existen numerosos ciudadanos catalanes, y no catalanes pero residentes en Cataluña, afectados por la política lingüística. Y que a la mayoría de ellos le importa muy poco la buena salud del castellano o que lo hablen 400 millones de personas. El círculo donde desarrollan sus vidas es muy reducido.

Se ensancha la vereda. Una zalagarda de gallos, atarambanados, presentan sus husmas de espolones y cacareos bajo un cielo de fanfarria.

Palamós

Lunes 21 Abril, 2008

Josep Pla. La entradilla de hoy en El cuaderno gris. Otro claro ejemplo de la memoria granuja de Josep Pla. Pero qué bien se lo pasa uno leyendo a Pla. Pero qué pillo resulta siempre Pla. Como el mestre carece de algún antepasado con lustre, como casi todo hijo de vecino, pues el mestre se lo inventa, se lo pasa bien recreándolo. Emplea la táctica del manuscrito encontrado, viejo tópico. Nos dice que husmeando en las buhardillas de la casa ha encontrado un artículo “descriptivo” de un tío segundo suyo, un artículo publicado en El Eco Bisbalense (se trata de un periódico real, que se editó de 1885 a 1890 y que se encuentra en los archivos municipales). Nos advierte Pla de que su antepasado se encaró con una cuartilla en blanco sólo esa vez. Por lo tanto, el lector ingenuo se espera una prosa naturalmente torpe en la transcripción del artículo completo que se dispone a leer entrecomillado. Y ahí radica el lustre del antepasado de Pla: el escrito, sobre Palamós, es un prodigio descriptivo, con toda la adjetivación y vena de las que Pla acostumbra. Pero ojo, el mestre no nos quiere engañar. Lo sabemos perfectamente desde que comprobamos la falta de nombre y apellidos del pariente, la falta del título del artículo. Lo sabemos perfectamente desde casi las primeras líneas de la transcripción, un indisimulado registro planiano, con ese retorcido sarcasmo sonriente y ese tratamiento de la mujer. Pues si hace poco nos presentó a Roseta, gigantona alcahueta, ahora tenemos a Rosa, otra mujer de gran poderío, bebedora de un alcohol que no le produce ningún efecto. La mujer en Pla, todo un cúmulo de imperio y gracia. No puedo dejar de pensar en esta entradilla de Pla sin recordar el último párrafo del pretendido articulista, al que Pla ha pintado de indiano y viajero. Veamos en las siguientes líneas la esencia de la prosa de Pla: sabiduría, ironía, estilo.

“A menudo, estando solo y desesperado por el mal aspecto que tomaban mis negocios, me mordía los puños pensando en la gente de aquí, que no parece sino que trabaja para tener hambre, tiene hambre para poder comer, come para hacer el amor reposadamente a su mujer y hace el amor para tener limpia la cabeza y las entrañas”.

Escribo, consulto en el ordenador con el pescuezo torcido. Es incomodísimo. Resulta que tras unos parpadeos de mal agüero en el brillo de la pantalla, llegaron unas manchas rojizas por la parte inferior derecha, unas manchas como si anunciaran sangre, unas cosas que han desembocado en el oscurecimiento total de la pantalla. A mi flamante portátil se le ha quedado la pantalla de color negro, como cuando está apagado, ajeno al mundo. Si se acerca la punta de la nariz a la superficie de la pantalla, puede constatarse un ligerísimo espectro de lo que tendría que aparecer en todo su esplendor, como si la realidad del ordenador hubiera optado por vivir en una dimensión paralela, muy negada, muy oscura y siniestra, como si se hubiese transmutado en un espectro al que le queda una brizna de tímida luz para que yo la vea con la punta de mi nariz, una brizna que lo enlaza al mundo nostálgico de la claridad multicolor donde se encuentran mis perplejidades. Desde ayer estoy trabajando con el portátil enchufado al monitor de mi antiguo ordenador, un monitor más viejo que Matusalén, que pesa una tonelada y que ocupa casi todo el espacio que me pega al sofá, con una carcasa entumecida, agrisada, cocida por el ácido del transcurso del tiempo, por el polvo del baúl de los recuerdos en que se sitúa el armario de los trastos viejos. Así, con el pescuezo doblado, no se puede trabajar. Hoy, sin falta, he de trasladar el portátil al arreglo.

                                               

               

               

               

               

               

               

               

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© Antonio Gálvez Alcaide

Traducción

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