
Toda la mañana en Barcelona, en la Clínica Barraquer, de Oftalmología, con mi madre. Te mandan a la tercera planta. Se entra por una puerta. Se entra por otra puerta. Y por otra. Se te dice que ahora a la séptima planta. Y así.
Estábamos en casa, anteayer domingo. Nos comíamos un cocido, a solas, mi madre y yo. Dos andaluces en paz. De buenas a primeras, con toda la tranquilidad del mundo, como si el asunto ocurriera todos los días en cualquier casa del mundo, mi madre me dice lo que sigue:
—Este ojo lo tengo ya perdido.
*
Ayer terminé con el instituto. Ayer entregué las notas a los chavales de mi tutoría, a las diez de la mañana. Había un nene que tenía ojos de cloro, unos ojos colorados e inflados como tomates, el salitre de las piscinas. Desde las 11 hasta la 13 h consumí el último Claustro. Qué bien. Entregué las llaves de la ciudad galáctica al conserje, un buen tipo. Me despedí de él con anchas sonrisas. Y salí a lo mío. Y llegué a casa. Y encendí el ordenador. Y no hice el balance del curso 2008-2009. Porque tenía prisa. Porque salí del instituto con mucho asco. Creía que el asco, en mi última jornada, sería desbordante. No lo fue. Todo quedó en mucho asco. Un asco producido por los adultos, que es el que no tolero. Los niños malos no me producen asco. Son críos. Yo también fui un crío. Los niños malos sólo me pellizcan ciertos nervios esporádicos, muy desagradablemente, eso sí, lo desagradable del que escucha un estruendo, y luego me olvido, puesto que tomarse completamente en serio a los críos es de idiotas. Lo dicho, no escribo el balance del curso 2008-2009. No estoy de humor. Lo dejo para más adelante, a lo mejor para finales de julio, cuando haya regresado de Toledo, cuando se haya diluido el ardor guerrero inoculado por este instituto, esa lava escamosa, en la consecución de doscientas sesenta y cuatro meadas, más o menos. Evaporación.
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