ABC, artículo 8
UN TÍMIDO ESBOZO
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 30 de agosto de 1998.
Un estímulo que pellizca, un suspiro descarrilado, unos puntuales latidos en las sienes, como el inesperado y brusco titilar de la angustia, son suficientes para sacarnos fuera. Repentinamente notamos que una parte de nuestro espíritu serpentea como los soplos del aire, entre las bocanadas del aire, y lo detenemos. Pero hoy debe ser distinto. Caminemos juntos un momento, no descartemos esa posibilidad, abracemos este valle de abstracción y misterio.
Sí; ya estamos preparados. Nos dejamos llevar y ascendemos como lentas espirales de luz que, quizá, sólo hemos entrevisto en sueños. Nos rodea el silabeo suave y monótono del viento. La altura es considerable, de hondo acantilado. Avanzamos hacia el sur. Atravesamos la grisalla cavernosa de muchas nubes disgregadas. La noche parece una enorme gavilla de ojos negros. El cielo nos empuja con sus manos frescas mientras contemplamos, a nuestros pies, cómo se suceden las ciudades, muy encogidas, sofocadas de aliento estival, rutilantes como fogatas. A lo lejos, la calígine azulina de una oronda raya absorbe nuestra atención y atrae la dirección de nuestras decididas inercias. Es la costa, una costa andaluza. Estamos alcanzando los ondulantes penachos de la mar, sus aguas nocturnas, siempre vitales. Descendemos paulatinamente. Parece que el paisaje de la tierra se despereza, que se crece, que levanta un telón de perspectivas. Nos vamos percatando de las altas temperaturas que se arraciman por los suelos. Planeamos a muy pocos metros de la superficie del mar, tan cerca del rizo de las espumas que sentimos fríos borboteos sobre nuestro rostro. Nos espaciamos en una diminuta orilla. Es una cala rebosante de cantos rodados.
La soledad se presenta casi absoluta. Un chico y una chica, sentados en una piedra, a cierta distancia, observan el repicar de las olas. Deben de tener unos veinticinco años. Él parece apesadumbrado. Taponando sus palabras, se limita a construir con los guijos algo semejante a un obelisco. Ella moja sus pies en las intermitentes aguas vencidas y acaricia el pulimento de una concha irisada. A ella se le distingue en la fisonomía el bullicio de unos deseos estancados. Su pelo rubio y recogido connota serenidad. En el centro de su pecho, coloreado como las naranjas, dos pecas se mecen desde que nacieron. Besa la concha y la abandona, cuidadosamente, sobre un guijarro. De improviso se alejan, sin mediar palabra. Uno tras otro, suben por un caminillo tortuoso, muy angosto. Finalmente caminan cogidos de la mano, sin pronunciar palabra, como llevados de una liviana pero desgarradora tensión. Ambos desaparecen en las quebradas aristas de una gran peña. El pequeño obelisco y la concha besada están impregnados de huellas humanas.
Tras aproximadamente una hora de exclusiva unión con los murmullos del mar, de nuevo la soledad se nos presenta casi absoluta. Las aguas acaban de arrojar dos cuerpos inertes. Son de un chico y una chica de unos veinticinco años. El perfil moreno de su piel y sus negros y crespos cabellos contrastan, como alaridos, con la fija blancura de sus ojos abiertos. Él yace de bruces. La fuerza agonizante de las olas lo ha dejado sobre los descompuestos guijos que parecían formar un obelisco. Ella, con los pies sumergidos en las tímidas aguas que se disuelven, mantiene todavía los brazos flexibles. Da la sensación de que sus manos, dirigidas por el desgastado impulso de las olas, intentan alcanzar la concha abandonada, con un beso, sobre un guijarro. Unos maderos chirrían y se mellan contra algunas rocas del rompiente. Pertenecían a una mínima embarcación proveniente de una playa marroquí. Fluctuantes como trapos enmohecidos, varios cuerpos ahogados continúan su tajante marcha en el regazo de las corrientes.
Nueve espaldas desnudas destellan a la luz de la noche, devuelven reflejos agitados, de luna revuelta, muy tristes. Todo se desvanece gradualmente. Nuestra impotencia es vergonzosa. Volvamos a nuestro ser. Hoy ya hemos visto bastante.





































Gatopardo dijo…
Ojalá podamos lograr que esos aludes que huyen de la muerte y del hambre se conviertan en hombres para nuestra embotada sensibilidad y corramos a ayudarles. Tu voz ha sonado y ojalá más gente reclame un trato humano para los inmigrantes que acuden a morir en las lindes de esta petrificada Europa.
jueves, octubre 06, 2005 4:04:00 PM
Anónimo dijo…
Ahora comprendo por qué acabo tu colaboración en ABC. Tío, pero si no dices nada en casi media planilla. Ahí tienes un problema: escribes lo que te sale del rabo. Mal asunto para ser articulista.
sábado, octubre 08, 2005 12:28:00 AM
Antonio Gálvez Alcaide dijo…
Exactamente: escribo lo que me sale del rabo. Y por eso no publico. Usted cíñase a lo que le digan, papanatas, y siga la corriente, tontobaba.
sábado, octubre 08, 2005 8:06:00 AM
Fornicata dijo…
Hombre, señor anónimo, si formaliza usted la constatación de que Antonio Gálvez escribe lo que le sale del rabo a modo de reproche y al mismo tiempo asume conformado que ésa es la explicación de que no publique, da pie a imaginar que, de ser consecuente con sus palabras, la producción nacional de vaselina no cubre ni la décima parte de sus necesidades.
sábado, octubre 08, 2005 8:35:00 PM