ABC, artículo 7
CUESTIÓN DE PULMÓN
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 18 de agosto de 1998.
Aquí no hay quien pare. Casi cuarenta grados. Las vacaciones. La sierra. La siesta. Seguro que ustedes asocian la severidad de una canícula áspera, casi en chispas, con determinadas escenas delirantes. Pues aquí no hay quien pare. Aquí significa un conjunto de chalés en línea, con unos tejados, trasunto de brasas, medio consumidos por los rigurosos chasquidos del sol y por los constantes, los interminables, los incasables, los frenéticos ladridos de un perro.
El perro es enorme y blanco y ladra como si fuese un animal salvaje. Siempre lo veo inquieto, en movimiento, a unos treinta metros de mi guarida, sobre un montículo que le invita a saltar la cancela, atado con una cadena que le cuelga de un collar de púas. Es el vesánico cancerbero de una casa inhóspita, la truculenta pesadilla de unas vacaciones estranguladas, la principal fuente de unos pensamientos que caminan desquiciados. Si se le mira de cerca, te enseña los dientes, encoge la papada y se pone monstruoso. Entonces uno nota un hormigueo sanguíneo, como si la sangre pretendiera levitar, como si la densidad de la sangre se aguara inextricablemente desfallecida por los gruñidos.
El perro es enorme, de un blanco que encandila bajo la luz canicular, y siempre ladra fielmente paralelo a la concatenación de las horas. Sus orejas enhiestas acechan el orbe, como las presencias perpetuas. La punta de su oreja diestra quiebra una simetría perfecta, parece un dedo dislocado y se balancea, amortecida, según la agitación. A su columna se le conocen todas las vértebras, como a un hombre largo y raquítico. Por esa zona, unas tenues gotas de canela pretenden disculparlo. El perro ladra. El mundo ladra. Unos contertulios metálicos resuenan en una radio. A la siesta se le escapan las cigarras. El perro tiene unos ojos de verde difuminado, casi grises, como gastados con disolvente, hipnotizadores, profundamente magnéticos, preciosos. Sus ladridos estallan desde lo más recóndito de sus fuerzas. Sus ladridos se suceden tan broncos y graves que a una persona sensible le puede entrar la rabia. La voz desorbitada de un vecino se dirige al can: “¡Te voy a poner un bozal!”. La voz solidaria de otro vecino añade: “¡Desde luego!”. Un lío de chiribitas expande sus redes. Se masca un desenlace tremendista. Como a saltos, unas palabras de la radio mencionan el término “corrupción”, refiriéndose a determinadas y altas esferas políticas. Y la figura de Azorín –bonito momento– colea entre mis parpadeos.
Azorín. Qué hombre. Excelente pluma. Para Azorín el cultivo de las cosas del espíritu y el intelecto impediría “la corrupción de los de arriba”. Pero no. La condición humana es insospechada, incluso la de los muy leídos. Azorín: la pulida descripción de la nostalgia. Sugestión ascendente, sin sobresaltos, de inevitable agrio punzón. Un grande. Su rocosa serenidad, aquí, se arrugaría como un higo.
Aquí no hay quien pare. No se producen novedades. No pasa nada distinto que las tórridas bocanadas del cielo y la tenaz apisonadora de los ladridos. El verano se desinfla como la repentina ventosidad de una sudorosa cabritilla loca, allá, por aquellos caminos de polvo de color carne, muy de la carne. Y por las cunetas, entre la maleza, la lánguida decadencia de algunas violetas inclinadas, con sus reverencias afligidas… etcétera.
El ladrido persiste, familiar, casi humano.





































Anónimo dijo…
joder!, eres la hostia.
viernes, septiembre 23, 2005 10:27:00 PM