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Sobre La familia de Pascual Duarte

Viernes, 12 de Septiembre de 2008 Dejar un comentario Ir a comentarios

CATÁLOGO

Como le estoy dando vueltas al Projecte de Recerca que he de impartir a lo largo del curso que comienza el lunes, en 4º de ESO (su nomenclatura cambia para distinguirla del Treball de Recerca de Bachillerato), se me ha ocurrido hociquear en mi polvoriento archivo universitario, a la búsqueda de un trabajo que hice sobre La familia de Pascual Duarte. El Projecte de Recerca lo he titulado así: La violencia en los medios: literatura, prensa y cine. Como he decidido arrancar el asunto en el apartado literario, con la primera novela de Camilo José Cela, me he puesto a rebuscar, como digo, como quien rebusca patatas sobre la tierra, en mi amarillento archivo universitario.

No he tardado demasiado en encontrar el trabajo, un trabajo que escribí hace dieciséis años. Y decido transcribirlo, en estas páginas de la memoria, a modo de recordatorio, de autoayuda, para llegar al aula más avisado. Me ha llamado la atención, con alguna sonrisa desperdigada, el reencuentro con una prosa académica, mi prosa académica, una prosa que apenas tengo cultivada, ya que lo mío ha sido siempre la narrativa, una prosa académica algo tiesa, como con calzón planchado. El trabajo lo tengo evaluado por Anna Caballé, con quien estoy manteniendo, este año, una correspondencia electrónica sabrosísima.

Veamos el trabajo.

Antonio Gálvez Alcaide. Crítica Literaria.

La familia de Pascual Duarte, una violencia contenida.

Según Camilo José Cela nos da a entender, un libro nace cuando está impreso y en las librerías. El autor concluyó La familia de Pascual Duarte el día 7 de enero de 1942; pero estuvo en sus manos, en forma de libro, a finales de año. Cela lo explicó en su momento: «Pascual Duarte nació, para mí que soy su padre, el 28 de diciembre de 1942, el día de los Santos Inocentes, en un garaje que hay en la calle de Alenza, número 20, ya casi al final, y que se llama Continental-Auto. Esto de Continental-Auto es una línea de autobuses que hace el servicio de Madrid a Burgos y de Burgos a Madrid, llevando y trayendo viajeros, equipajes y paquetes».

Por eso mismo, ahora —y no antes— que estamos cerca del día 28 de diciembre podemos conmemorar los cincuenta años de su nacimiento. Feliz cumpleaños, Pascual, posiblemente a muchos escritores que se precian de serlo les has enseñado algo desde que llegaste al mundo casi como un cagajón, y eso que sólo sabías las cuatro reglas.

La familia de Pascual Duarte fue muy atrevida en su tiempo. Debido a la violencia que entraña, incluso Pío Baroja rechazó escribirle un prólogo por temor a hospedarse en la cárcel. La segunda edición se prohibió mientras la aridez cultural de la época se engrandecía inevitablemente intentando entontecer con su política represivo-educativa. En realidad, la violencia de la novela es muy doméstica, se de-sarrolla en casa, de puertas adentro. Pascual nunca amenazó a la sociedad, sino que ésta —su familia y poco más— le amenazó a él.

A la novela ni le falta ni le sobra violencia. Pero a mí me da la sensación de que esta violencia, que incluso fue tildada de tremendista, se nos ha quedado encogida, de que el lector actual se esperaba más tomate cuando termina el libro. Tal vez, y en buena medida, se deba a los preliminares de los diecinueve capítulos de que consta.

Al inicio, en la «Nota del transcriptor», se anuncia sobre Pascual que «por lo único que lo saco a la luz, es un modelo de conductas; un modelo no para imitarlo, sino para huirlo». De aquí se deduce que si hay que huir de Pascual es porque se yergue como un criminal en potencia que puede matar a cualquiera en el menor descuido y sin la menor explicación. Y esto no se refleja en el libro, donde sólo mueren dos personas bajo las garras de Pascual: su madre, en la casa, y el rufián de su hermana, que había ido a su casa para provocarlo. Más adelante encontramos una «Cláusula del testamento ológrafo» del portador del manuscrito de nuestro personaje, en el que alude al legajo de cuartillas afirmando que «sea dado a las llamas sin leerlo, y sin demora alguna, por disolvente y contrario a las buenas costumbres». Después, en la siguiente página, atisbamos en la dedicatoria de Pascual: «A la memoria del insigne patricio don Jesús González de la Riva, Conde de Torremejía, quien al irlo a rematar el autor de este escrito, le llamó Pascualillo y sonreía». Con estos preliminares de la novela, la aberración criminal parece asegurada. No es así.

El capítulo primero es el que presta más atención al Conde don Jesús, y sólo lo hace para describir mínimamente su casa, que destaca sobre las demás del pueblo. Ya está. El Conde don Jesús va convirtiéndose página tras página en un fantasma al que no le reluce la faz.

Sobre este personaje, algunos críticos han observado connotaciones políticas, a causa de que se trata del asesinato de un terrateniente. Quizá tengan razón. En este caso, el nulo desarrollo de este personaje puede justificarse en el sentido de no sumar más berenjenal al polvorín de la obra que, por otra parte, se había de leer en la España de 1942; es decir, aparece poco por una especie de autocensura. Yo aseguraría que si este Conde se evapora entre las páginas es porque su autor ha preferido centrarse en Pascual y su familia, sin autocensuras ni frenos, que bastante revuelta ondula la marea de la obra para que una pequeña ola desborde su inmensidad. En definitiva, Cela ha dibujado poco al Conde don Jesús porque le ha dado la gana. La materia creativa únicamente atiende a disposiciones del artista. Indagar más sobre este tema es buscarle los tres pies al gato. Además, al mismo Pascual no le dio la gana trazar más al Conde don Jesús. El final del libro, con su «Otra nota del transcriptor», nos lo confirma: «Ignoramos, porque Pascual se cerró a la banda y no dijo esta boca es mía más que cuando le dio la gana, que fue muy pocas veces, los motivos que tuvo y los impulsos que le acometieron» para asesinar a don Jesús. En esta «nota» descubrimos que los acontecimientos tuvieron lugar «durante los quince días de revolución que pasaron sobre su pueblo». Queda claro, así, que en la autobiografía de Pascual sólo interesan los asuntos relacionados con el propio narrador y su familia. Lo que en esta obra queda explícito es una violencia contenida y doméstica, sin tremendismos.

Antes de ahondar en la violencia de stop continuo, me gustaría hacer referencia a las otras dos muertes que se producen en manos de Pascual. Son las de su perrilla y su yegua.

En la actualidad, quien quiere deshacerse de un animal, lo puede hacer de dos maneras distintas. Si los propietarios se hallan en la ciudad y son piadosos, al animal lo mandan a que lo sacrifiquen; si no es así, entonces lo abandonan. En los pueblos sacrifican a sus animales sus mismos propietarios, tanto si son adultos estos animales como si acaban de nacer. Pascual es de la calaña última.

La razón de la muerte de la yegua (capítulo 9) se puede comprender sin echar mano a las malas intenciones del protagonista. La mata porque horas antes ha derribado a su esposa y le ha procurado un aborto; y si la acomete mediante un sinfín de puñaladas es porque un animal de tal poderío no declina con unos cuantos navajazos. La muerte de la perrilla (cap. 1) es más comprometida. La mata de improviso porque le resulta antipática, ya ha dejado de quererla, no desea tenerla consigo. Pero aquí entendemos un guiño destacable, el anticlericalismo de Pascual, que ya es bastante, y una gota de choque psicológico que hay que añadir a las acciones posteriores (la degradación psicológica es importantísima).

La perrilla perdiguera «tenía la mirada de los confesores, escrutadora y fría, (…) como si fuese a culparme de algo de un momento a otro». De este modo, se mata simbólicamente la figura del sacerdote. En páginas posteriores Pascual alude al cura de su pueblo (cap. 4) y afirma: «Había dicho de mí que era una rosa talmente en un estercolero y bien sabe Dios qué ganas me entraron de ahogarlo en aquel momento». Este mismo cura es el que casa a nuestro protagonista (cap. 8), y sobre ello aclara Pascual: «Nos echó la bendición y un sermoncete al acabar, que duró así como tres veces la ceremonia, y que si aguanté no por otra cosa fuera —¡bien lo sabe Dios!— que por creerlo de obligación; tan aburrido me llegó a tener». Más adelante (cap. 13), Pascual nos enseña sus impresiones sobre un acto de confesión con el cura de la cárcel: «Me dio la bendición, tuve que hacer un esfuerzo extraordinario para recibirla sin albergar pensamientos siniestros en la cabeza (…). Pasé mucha vergüenza, muchísima, pero nunca fuera tanta como la que creí pasar». Estas citas son lo suficientemente elocuentes como para ahorrarnos comentarios. Pascual contiene su rabia hacia los curas, así como contra su madre y los demás.

A lo largo de los capítulos segundo y tercero asistimos a la presentación de sus padres —feroces como lobos y en mutuo intercambio de golpes— y de su hermana, única persona por la que el padre se ablanda. La madre, recién parida, ni siquiera se libra de las palizas. Pascual es hijo de animales, por lo tanto, aunque con mayor capacidad de reflexión, él es otro animal, por herencia genética, como nos lo da a entender: «Se llevaban mal mis padres; a su poca educación se unía su escasez de virtudes y su falta de conformidad con lo que Dios les mandaba —defectos todos ellos que para mi desgracia hube de heredar—». A lo largo de la novela, Pascual sólo se siente querido por Rosario, la hermana, aunque «servía para todo y para nada bueno». La primera muestra de violencia contenida se presenta a causa de la hermana, que se había marchado de casa, a un pueblo vecino, para servir y amancebarse con un tal Estirao.

Pascual se halla cazando en el monte (cap. 3), con una escopeta, y aparece el Estirao, quien se da a conocer y se ufana de poseer a su hermana. Pascual se contiene y no cesa de repetir: «¡Mira Estirao! ¡Mira Estirao!». El provocador incluso le amenaza de muerte mediante expresiones como «que si tú fueses el novio de mi hermana, te hubiera matado», o bien, «y que si te tropiezo otro día rondándome, te mato en la plaza por la feria». Pascual resiste, nos brinda por vez primera su ancho saco de contención. Y cuando se entera de que aquel día a Rosario «el Estirao le cruzó la cara con la varita», su hermana le «pidió por su salud que se quedase en el pueblo».

Acabamos de ejemplificar un drama familiar, una contención, y es que la novela se sostiene en las desgracias caseras. En efecto, con el fallecimiento del padre (cap. 4), que como buen animal muere rabiando como los perros, se nos presenta el nacimiento de su hermanito nuevo y deficiente, Mario.

Con la muerte del padre surge el primer retazo en que la madre desconcierta la conciencia de Pascual. Ante el descubrimiento del cadáver, Pascual afirma: «A mí me asustó un tanto que mi madre en vez de llorar, como esperaba, se riese». La madre, sutilmente, va jugando un papel fundamental en la merma psicológica de Pascual. La madre recibe en su casa al amante, el señor Rafael, de quien se sospecha la paternidad de Mario y quien propina tal patada al niño que lo deja sin sentido. «La criatura se quedó tirada todo lo larga que era y mi madre —le aseguro que me asusté en aquel momento que la vi tan ruin— no lo cogía y se reía haciéndole el coro al señor Rafael». Pero Pascual, testigo del hecho, contiene los redaños, tampoco levanta a su hermano y anuncia con furia: «¡Si el señor Rafael, en el momento, me hubiera llamado blando, por Dios que lo machaco delante de mi madre!». Ya sabemos que Pascual se nos ha presentado como un terrible criminal, sin embargo, para tal título también deducimos que es un criminal peculiar, con demasiada paciencia. El final de esta escena es sobresaliente: «Cuando el señor Rafael acabó por marcharse, mi madre recogió a Mario, lo acunó en el regazo y le estuvo lamiendo la herida toda la noche, como una perra parida a los cachorros». Este fragmento contiene la mayor nota de animalidad de toda la novela, nunca mejor podemos cerciorarnos de la bestial caracterización de esta familia. Tengamos presente estas risas de la madre para utilizarlas como nexo en sus acciones posteriores.

El siguiente capítulo nos avisa de la inquina que el protagonista cobra a su madre, con ocasión del entierro de Mario, muerto en un desgraciado accidente doméstico. Pascual y su hermana lloran al finado, y como la madre de-siste de tal arrojo sentimental, concluye nuestro protagonista: «Tal odio llegué a cobrar a mi madre, y tan deprisa había de crecerme, que llegué a tener miedo de mí mismo». La llegó a contemplar como a «un enemigo rabioso, que no hay peor enemigo que el de la misma sangre». Lo que desemboca en un extremo preocupante, se diluye en el capitulo posterior, el sexto, donde el reo reflexiona sobre su cambio de celda, con tono poético. Estas reflexiones, a las que Pascual denomina «estas filosofías», se repiten en la obra generalmente en un momento de clímax, con lo que se retarda el fervor del protagonista o, lo que es lo mismo, se contiene su índice de criminalidad.

Se conoce que a Pascual le fastidia mucho que se rían del mal ajeno. Cuando atropella a una anciana con su yegua —le acompaña su primera mujer, Lola, en viaje de novios—, escribe sobre su esposa (cap. 8): «Ésta se reía, y su risa, créame usted, me hizo mucho daño». Más daño le haría después, en lo que se refiere a la madre.

A partir del capítulo décimo, el ánimo de Pascual se vuelve «huraño y montaraz, aprensivo y hosco» por la «idea de que mi mujer pudiera volver a abortar». No lo hace, pero el hijo que les nace, Pascualillo, sólo dura once meses. Desde entonces la atmósfera de la casa se torna irrespirable. Y no por Pascual, sino por su madre y la esposa: «Parecía como si se hubiesen puesto de acuerdo para amargarme la vida». Ellas, en todo momento, se quejan del mal aire que se llevó al niño, y se vuelven escuetas con Pascual, como si él tuviera la culpa. El lamento «parecía una letanía». «Y así un día, y otro día, y una semana, y otra…». Y ahora, por boca de nuestro personaje, afloran las palabras clave del presente análisis: «Y yo me contenía».

La esposa afirma: «¡Eres como tu hermano!», lo cual se convierte en «la puñalada a traición que mi mujer gozaba en asestarme…». Y la madre no se queda atrás: «¡Ay, si tu padre Esteban viera tu poco arranque!». Ante todo este cúmulo de improperios, Pascual llega a convencerse de lo que las dos mujeres le dan a entender, que es «un hombre maldito», y huye. De nuevo un clímax da paso a la reflexión en la cárcel (cap. 13) y al desarrollo de su escapada, que dura dos años, a Madrid y La Coruña (cap. 14).

Como la novela es la recreación de un drama familiar, Pascual vuelve a casa tirado por el lazo de la nostalgia (cap. 15), pero se encuentra con que su mujer está embarazada de otro, evidentemente. Pascual no echa mano a su sambenito de criminal, una vena asesina hubiera matado a su esposa de un peñascazo por esa deshonra. Pascual se refugia en un halo comprensión, demasiado inexplicable para semejante bestia, y permite la gestación de la criatura a ruegos de la mujer, que se resiste a darle el nombre del padre de la criatura, y cuando lo hace, después de mencionar «¡el Estirao!», se muere sola, presumiblemente de un infarto.

A partir de aquí, «un nido de alacranes se revolvió en mi pecho y, en cada gota de sangre de mis venas, una víbora me mordía la carne» (cap. 16); y de este modo, sin contener su furia, sale en busca del Estirao, que ha huido. Sin embargo, el prófugo se presenta en casa de la familia, «flamenco como un faraón», para llevarse a la hermana, creyendo que Pascual es poco impedimento. La provocación es notoria. Pascual se resiste al rapto de su hermana y confiesa que «para que no pasase lo de la vez anterior, le di tan fuerte golpe con una banqueta en medio de la cara que lo tiré de espaldas». Por ahora todo queda en mera defensa propia; en cambio, el herido le amenaza de muerte y no se calla la diatriba contra su esposa. «Era demasiada chulería», Pascual le aplasta el pecho a las puertas de su propia casa. Se refleja, así, el primer asesinato con sabor a mínima alevosía, y muy cerca del final de la novela. Parece ser que Pascual no es un criminal tan abominable, aunque aquí ya dejó de contenerse.

Tras la cúspide de tal clímax, se recoge una nueva reflexión en la cárcel y sobre la cárcel (cap. 17), donde se comportó impecablemente en la sentencia que le había caído de veintiocho años, de los que sólo cumplió tres. Al pensar sobre su vuelta, imagina a su madre «que en tres años a lo mejor Dios había querido suavizar». Nuestro protagonista regresa, y el hecho de que no sea tomado por un criminal, lo atestiguan dos personajes a quienes Pascual escucha, oculto, cerca de su casa: «Ya ves lo que a Pascual le pasó». «Y no hizo más que lo que hubiéramos hecho cualquiera». «Defender a la mujer. «Claro». Por ahora es injusto que se nos haya presentado al homicida, en los preliminares de la obra, de una forma tan denigrante.

La madre le abre la puerta —recordemos que hace tres años que no la ve— y lo recibe con una frialdad estremecedora, incluso Pascual asegura que su madre hubiera preferido no verle.

Su hermana le busca una novia y, con su nuevo matrimonio, llegamos al último capítulo, en que su madre «seguía usando de las mismas mañas y de iguales malas artes que antes de que me tuvieran encerrado». Su nueva esposa le insinúa marcharse de casa, debido a las tensiones que padece. A Pascual incluso le invade «la idea de la emigración». Por fin a nuestro personaje lo columbramos sentenciado. Afirma: «Mi madre sentía una insistente satisfacción en tentarme los genios». «No quería ni verla». El asesinato de la madre baila en la cuerda floja: «Afilé el cuchillo de monte». «La conciencia no me remordería; no habría motivo. La conciencia sólo remuerde de las injusticias cometidas». Pascual, con el cuchillo, irrumpe en la oscura habitación de la madre, que duerme. Aun así le vemos limpio de buena culpa porque, según nos explica: «Di la vuelta para marchar. El suelo crujía. Mi madre se revolvió en la cama». Y esta es la causa por la que, sin salida, comienza la lucha entre dos hienas. Pascual, al final de la novela, ha dejado de contenerse, pero ahora las consecuencias ya no pueden ampararse en ningún tipo de excusas.

Hemos podido comprobar que la criminalidad de nuestro personaje sólo se muestra explícita en el último capítulo de la obra; que antes, por su parte, lo único que hace es resistir, contenerse, huir, que no existe mayor tremendismo que una desgracia familiar.

La familia de Pascual Duarte no tuvo otra opción que consagrarse, pues el alto nivel literario escarba sólidos muros con su propia inercia, sorteando fobias y demás callejas minadas. Ahora —que no antes— se cumplen los cincuenta años de su nacimiento y, por aquello de la nostalgia que colea en el paso del tiempo y defender, al mismo tiempo, la conmemoración en este momento —que no antes—, me complace citar un fragmento de Cela, que pertenece a un artículo titulado «Inevitable, rigurosamente inevitable», de Papeles de Son Armadans, nº CXLII, enero de 1968: «La familia de Pascual Duarte cumple, en este mes de diciembre de 1967, veinticinco años de gozos y sobresaltos, de aplausos y de pateos, de plácemes, de maldiciones y de indiferencias. Todo suma y nutre (lo que no mata, engorda) y todo, para bien o para mal, es inevitable, rigurosamente inevitable».

Feliz cumpleaños, Pascual, y que el pulso de tu buena pluma sirva de ejemplo a las nuevas generaciones de narradores, que, por lo que parece, pecan de falta de «nervio», como diría Horacio, o de ausencia de «¡duende!», como exclamaría Lorca, o de nula ambición literaria, como asegura un servidor. Feliz cumpleaños, y que todos recordemos el medio siglo del nacimiento de Wendell Espana, Span o Aspen, superando la argamasa del carroñero tiempo, que todo lo aclara y depura.

Barcelona, 22 de noviembre de 1992.

Sob. Un buen trabajo. Se (ilegible) tu sentido del honor.

Texto perteneciente a DIETARIO EN RED 2007-2008.

  1. Sábado, 13 de Septiembre de 2008 a las 15:17 | #1

    Gracias por compartirlo. Un abrazo.

  2. Domingo, 14 de Septiembre de 2008 a las 09:06 | #2

    De nada, Sandra.
    Son diez folios. Los transcribí en dos sentadas.

    Abrazos.

  1. Martes, 29 de Diciembre de 2009 a las 12:54 | #1
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