Con la literatura por delante…(1)

Vladimir Nabokov

José Ángel Mañas

Charles Bukowski

Federico García Lorca

Antonio Gálvez Alcaide

Ahora que empiezo a entrever la pesada carga de la responsabilidad adulta, no dejo de recordar mis determinantes quince años, las lecturas frenétikas de aquella época y el nabo enorme de mi profe de Lengua, aquel profe loko y brillante del que no he vuelto a saber absolutamente nada.

Ahora que tengo casi dieciocho años y soy universitaria, recuerdo aquella etapa de mi vida sin dejar de sentir cierto hielo en la boca del estómago, al mismo tiempo que surgen aquellas frases memorizadas para siempre. Qué tiempos. Un Nabokov que me ponía kachonda en algunos fragmentos de su Lolita, con aquella primera línea grabada a fuego: «Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas». Qué tiempos. Le daba vueltas y más vueltas a la novela Ciudad Rayada, de José Ángel Mañas, intentando reconocer los baretos y lugares de la obra de mi paisa, de aquella ciudad, Madrid, que era tan suya como mía. Y aquella línea: «Y le bajé las braguitas. Las palmadas en el culo le hicieron reír». Todavía creo sentirlas en mi propio kulo. Qué tiempos. Y aquellas lecturas histérikas de los cuentos de Bukowski. La vida hecha un escupitajo de alcohol. El crudo capitalismo puesto a cara descubierta: «Y luego vuelta a la fábrica conmigo, asesinando ocho o diez horas al día por una miseria, sin llegar a nada, esperando a Papá Muerte, metiendo tu inteligencia a patadas en el infierno y metiendo a patadas en el infierno tu espíritu». Qué tiempos. Y Lorca, Lorca y más Lorca. Y aquel viento que mordía de furia al ver que Preciosa se refugió y se quedaba sin picotearle su dulce cuerpo de mujer bandera: «Al verla se ha levantado / el viento, que nunca duerme. / Niña, deja que levante / tu vestido para verte. / Abre en mis dedos antiguos / la rosa azul de tu vientre». Y por último, un momento clave: la novela El Paseo de los Caracoles, de Antonio Gálvez Alcaide, un autor nuevo del que nadie en clase tenía puta idea, la lectura obligatoria del tercer trimestre que me valió un diez. Qué suspiros de niña enternecida. Qué descubrimiento. Todavía no he leído una fantasía tan hermosa y sensible como aquella; ni una imagen como la del alma de la difunta Mercedes que, tras contemplar cómo introducen sus restos en un ataúd, se desmaya, levita y queda suspendida en el vacío con los brazos en cruz: «La difunta Mercedes, tendida en el aire, parece una arboleda de pestañas negras». Qué recuerdos. Y qué lecturas. Una verdadera bomba atómica emocional en una niña de quince años.

Texto perteneciente a la novela titulada CALIENTE (pág. 9-10).