El Museo-Palacio de Santa Cruz
Por la tarde, y en buena hora. Vuelvo sobre mis pasos de la mañana. Para visitar el museo de Santa Cruz, un colosal palacete del siglo XVI, al que pertenece el convento de Santa Fe. Este colosal edificio tiene unos relieves muy formales y amigables en su fachada. Nadie se pelea. Todos se expresan devotos y hasta se abrazan.
Aquí dentro hay una exposición que se llama «Beato. Presencia de tiempos», Beato como segundo apellido del artista, un artista contemporáneo, todavía vivo. Estará hasta septiembre de este año. El artista tiene pintura de desnudos, de monstruos (hay un dragón que sonríe, con un buche enorme, como de haberse comido a alguien), de abstracciones, de edificios con solera, de guerras actuales, como En esas estamos (2009), pintura en la que aparece una mujer en cueros, despatarrada, pero con el sexo cubierto por una mancha rectangular que rompe la posible alegría de los militares y de los visitantes. Se trata de una exposición que no está mal. Aunque claro, con la obra de El Greco tan reciente en mi retina… La ubicación es excelente. Sus salas, amplias, luminosas, muy limpias, frescas, forman una cruz. Toda su cubierta es de madera cincelada a base de trabajadas figuras vegetales. Llama la atención una señora que vigila el habitáculo. No deja de caminar de norte a sur, de norte a sur, de norte a sur, sin parar, en línea recta, de norte a sur, como muchos reclusos, de norte a sur, arriba y abajo, sin parar. Sólo se detiene cuando alguien le pregunta algo. Es amable.
Salgo. Desde el vestíbulo se accede a la segunda puerta del palacete, y desde ahí, al claustro. Es bonito, radiante, ordenado, con arcos en sus dos plantas, con relieves vegetales y cruces sin sugestión, muy siglo XVI. Este claustro expone lápidas funerarias y escudos de armas del XVI, estatuas, incluso ataúdes medievales de piedra, semejantes a los que vi, en julio del pasado año, junto al cementerio de Iria Flavia. En una de sus salas destaca el Cristo de la Luz, un crucificado románico del siglo XIII, en madera policromada. Se conserva muy bien el color de la sangre en el costado, en los pies, en las manos, en la frente, que carece de corona de espinas.
Salgo. Deambulo por las callejuelas. Una esquina aprovecha y pone a un Cristo crucificado, petrificado. Descanso en Zocodover. Doy por finalizada la parte este de mi plano. Si no vuelvo al puente de Alcántara, sobre el mortecino Tajo, para ver el castillo de San Servando, construido en el siglo XI, es porque sé de buena tinta que no puede visitarse su interior, que pertenece a un albergue juvenil. Las hechuras del castillo se aprecian perfectamente desde las vistas que ofrece una parte del Alcazar, la de la mujer en camisón que ofrece su espada al cielo.




































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