El entierro del Conde de Orgaz
Por la tarde, en la calle, a las cinco y media, con un aire que echa para atrás, que hierve como la sopa. En un instante estoy frente a la iglesia de Santo Tomé. Porque dentro se ubica el famoso cuadro de El Greco titulado El entierro del conde de Orgaz. Me siento en un mojón, a la sombra en llamas. Noto cómo la piedra calienta mis glúteos. Enrojecen mis carrillos. Recuerdo al diablo de San Juan de los Reyes, el que aparece sentado en el cuenco de una olla. Percibo cómo el aire, que arde y se arrastra de mala manera, calienta el flaco tabique de mis orejillas. Imagino los sentimientos de un filete sobre una sartén.
Miro a la derecha. Adosado a la iglesia de Santo Tomé intenta erguirse el palacio de Fuensalida, todo en obras, desnaturalizado. Los obreros vocean, golpean, nivelan objetos, ríen, beben agua. Miro a la izquierda. La iglesia de Santo Tomé. Esta iglesia fue construida en el siglo XII, y en el XIV fue salvada de la ruina. Su cáscara es como casi todas las cáscaras que se ven por aquí: ladrillos árabes, o mudéjares, o imitaciones, la mayoría horizontales, con el cambio que se dibuja en los arcos, de ladrillos verticales. Y ya está. Así de pelados. Vaya gracia. Como el románico no hay nada.
Entro en la iglesia. Aliento de agua fría. Lo primero que te recibe es el famoso cuadro del maestro, en una especie de vestíbulo, para que quien no quiera molestar en las tres naves del templo, no cruce la línea divisoria. Como hay mucha gente que mira el cuadro, le doy una vuelta a las tres naves de la iglesia. Hay una pila bautismal que parece románica. Acaricio sus relieves, como con un guiño.
Estoy delante del cuadro, enfrascado con mi libreta en penumbra, en la baranda que corta el paso a los visitantes. Tengo detrás a muchos japoneses. Vaya casualidad. Y qué cosas. Se me hielan las orejillas. Colisiona en mi cabeza una fuerte corriente de aire acondicionado, que baja del techo.
Antes de observar El entierro del Conde de Orgaz, que ocupa toda la pared, leo unas letras blancas sobre lápida negra, que explican una tumba a los pies del famoso cuadro. La leyenda de la lápida dice que yace don Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de Orgaz, y que murió el 9 de diciembre de 1323. Sobre el señor de Orgaz, transcribo un par de líneas literales, a continuación, debido a su enorme interés histórico: «Cuando iba a ser enterrado, bajaron del cielo san Agustín y san Esteban, que con sus propias manos lo depositaron en este sepulcro».
El cuadro de El Greco. De la mitad para arriba se agolpan escenas religiosas. Esos ángeles. Esa Virgen sentada. Ese san Pedro con el colgajo de sus llaves. Ese Cristo en lo más alto. De la mitad para abajo, todo es licencia poética. Los señores que se agolpan junto al muerto, visten como vestían dos siglos después, con esos cuellos pujados de pliegues blancos que parecen pedestales bajo las cabezas. Sólo el muerto parece vestido a lo verosímil, con una lujosa armadura de domingo, de mortaja. El muerto está más pálido que nadie. Buen detalle. El hecho de que lo estén moviendo produce cierta sensación de desasosiego.
Hay que ver. Ya estoy fuera. Acaba de finalizar la visita más corta que he hecho hasta el momento.




































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