La Casa-Museo de El Greco
Como los edificios con arte dentro no abren hasta las diez de la mañana, y tengo intención de recorrer ahora, dentro de poco, el monasterio de San Juan de los Reyes, me dejo caer sobre la fachada de la Casa-Museo de El Greco, puesto que no ha de abrir, por obras, y me pilla de camino.
Subo por la estrecha callejuela de Samuel Leví, el que prefirió morir torturado antes de señalar dónde se encontraban sus riquezas. Desde el inicio de esta calle se ve asomar la denominada Casa o Museo de El Greco. Su puerta está flanqueada por unas columnas de granito sabrosamente erosionadas, con un arco, también de granito, sobre su friso, el granito que tantísimo se desvía del ladrillo árabe o mudéjar, tan rutinario por aquí. En realidad esta casa no fue la casa de El Greco, quien ocupó una de las llamadas «casas del Marqués de Villena», hoy un espacio ocupado por jardines. Sin embargo, el Marqués de la Vega Inclán compró este edificio muy a principios del siglo XX, lo decoró con mobiliario de la época y recogió en él, como sabemos, buena parte de la obra de El Greco.
Ameno rectángulo solitario frente a la falsa casa de El Greco, y medio descompuesto por una mosca muy viva que se me posa en el brazo, en los dedos que agitan el bolígrafo, en los pelitos tiesos de mi rapada cabeza… Hasta que se espanta por algo que se me escapa.




































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