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La catedral de Toledo (por dentro)

Viernes, 24 de Julio de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

Virgen blanca, del coro de la Catedral de ToledoEn el interior de la Catedral de Toledo, después de pagar siete moniatos. Debido al cambio de luz, uno entra como cegado. Una catedral, la vieja enormidad nutritiva. El fastidio de que el claustro se halle cerrado por reformas. Lástima. A lo mejor he perdido una voz en mi libreta. Entro en un recinto de orfebrería religiosa y mitológica, de oro y plata, que quita el hipo. Vaya, vaya, aquí se expone una espada que la legión española regaló en 1926 al dictador Francisco Franco. Todo en un habitáculo florecido de luz metálica, denominado «Tesoro».

Sigo la línea de las paredes, donde se hiende una capilla tras otra. Y llego al coro. En la entrada del coro te recibe un mármol policromado que se llama Virgen blanca, de metro y medio de alto, del siglo XIII, perfectamente conservado. Conocía a esta Virgen en foto de primer plano en blanco y negro, una foto que se tomó para referirla como símbolo de la alegría social europea, cuando el paso de la etapa románica al ciclo gótico. La Virgen muestra en brazos a su niño, como una vecina que nos enseña a su hijo. Familiaridad. Naturalidad. Ambas figuras sonríen con una benignidad y una anchura considerables. El niño le toca la barbilla a la madre. Familiaridad. Naturalidad. Y la madera cincelada del coro. Explosión de imaginerías. La caoba que brilla desde dentro. Los ojos que se arroban. Uno sale del coro como embriagado de perfección ajena, con el alma empequeñecida y humilde.

Girola de la Catedral de ToledoEn el Museo de la Sacristía, nada más entrar, llama la atención una enorme pintura. Se llama San Pedro A., de E. Caxés, sin más datos. Lo primero que llega a los ojos frente al cuadro es el signo del diablo, una cruz invertida. Sensación molesta. Aparece san Pedro crucificado al revés. Una cruz invertida. Impresiona. Aquí están las manos de Ticiano, de Rafael, de El Greco, de Caravaggio…, y una mano doblada, acartonada por el rigor de la muerte, en un cuadro de Juan Bellini (siglo XV), titulado Entierro de Cristo.

Con qué lujo de detalles mueren aquí los viejos reyes que se trajo Enrique II en 1373, a la Capilla de reyes nuevos. En la Capilla de Santiago, una reja te impide ver de cerca el espectacular sepulcro de don Álvaro de Luna, que fue decapitado en 1453. Lamentable. Ya estoy terminando la visita. La violencia de la muerte de Cristo. Gente principal, que muere para siempe aquí. La sublime inventiva de la madera indestructible. Color con vida. Mármol templado de dejarse mirar. La catedral de Toledo.

Toda la mañana, hasta la hora de comer, en la Catedral. Entretenido paseo. Ahora tocan unas tajadas de lomo, unos huevos fritos, unas patatillas, alguna bebida espiritosa. Camino hacia arriba. Y hago una confesión. Acabo de comprarme una daga romana preciosa, que tenía entre ceja y ceja desde mi primer día toledano, como una espina clavada que desaparecería con su adquisición. Según su vendedor, es exacta a la que le cayó en chaparrón a Julio César. Ya es la segunda vez que compro acero toledano. La Antigua Roma, otra debilidad que cobra vida en mi imaginación, una imaginación a veces desbocada, fértil, coordinada, de masa de harina con sal.

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