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La catedral de Toledo (por fuera)

Viernes, 24 de Julio de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

Puerta de los Leones, Catedral de Toledo (sobre la puerta derecha se distingue el ataúd)Por la mañana, y el estimulante empuje del café. Estoy en la catedral de Toledo, gran mole construida entre los siglos XIII y XV. Si uno gira a la redonda de la parte externa de la Catedral, encuentra que tiene cierta vistosidad la bajada de la calle Arco de Palacio. Por su enorme torre gótica, por el aderezado jugueteo de sus chillonas golondrinas, que planean, que hacen requiebros sanos, que se marean de buenas entre ellas, en un clima de vertiginosa complacencia. La catedral de Toledo, granito gótico como el de San Juan de los Reyes.

La calle Arco de Palacio. El arco bajo el que uno pasa, incluso pasan los camiones, y que une el Palacio Arzobispal con la Catedral, es de ladrillo arábigo. Ladrillos, sin nada más. Esta calle desemboca en la Plaza del Ayuntamiento, que es amplia, y tiene un árbol frondoso, y los gruesos casetones del Ayuntamiento, un edificio construido por el hijo de El Greco. Desde esta plaza se contempla la fachada más colosalista de la Catedral, con sus tres puertas coronadas por arcos ojivales repletos de esculturas formalitas, de religiosidad sincera, bien peinadas, rutinarias. Una paloma se caga sobre el cogote de un santo, en las alturas. La paloma abre sus carnes. Vuelve a cagarse. La paloma suspende el producto de su torcijón, como un puntito en chispazo. Y se explaya el palomino sobre una ligera brisa, que lo mece un poco, hasta terminar estrellándose en el suelo. He de mencionar que uno de los tres tímpanos enseña, como con timidez, en una solitaria y diminuta fila, relieves de figurillas que penan en el infierno. Hay un par de tipos, muy cabezones, que espantan con su rostro de sádico lunático.

La calle del Cardenal Cisneros es la que aguanta el peso del siguiente lado del edificio. Desde aquí se accede al interior de la Catedral, pagando, a través de una entrada puesta en el año 1800. En esta recta causan muy buena impresión, una impresión de autenticidad, de traslado a los viejos tiempos medievales, la fila de sus ventanales en ojiva, en los que se conocen el reverso de las vidrieras. Esa impresión que retrotrae, que enciende la imaginación, que reblandece nuestra sensibilidad, se debe a la erosión de la piedra que, como mordisqueada, alardea de solera y de voz. A muchos escudos que acompañan a los ventanales, sólo les queda la arenilla de su relieve, en solemne blanco roto, digerido por el poder de los siglos.

Llegando a la punta, se topa uno con la Puerta de los Leones. Seis leones de buena piedra procuran que nadie abra la reja que vigilan. Uno de los leones parece compungido, asustado, más bien aterrado, sorprendido, como si acabara de descubrir una saeta voladora en busca de su pecho. El arco ojival de esta puerta guarda una gran presencia. Destaco un relieve de su tímpano. Seis hombres delante, y dos detrás, llevan un ataúd a cuestas, sobre sus hombros. Debajo del hueco que deja la caja, un señor aparece en el suelo, como desfallecido, en movimiento, con su tronco todavía en el aire. Lo acompaña otro señor, en cuclillas, al que se le distingue una espada enfundada en su cinto, un señor que parece auxiliar al caído, con un brazo en alto cuya mano toca la base del ataúd para que no se precipite sobre sus cabezas y al entierro se añada una desgracia más.

Desde la calle Chapinería también se accede al interior de la Catedral, a un pequeño rectángulo que desde fuera se anuncia como «para el culto». Esta calle está dedicada a don Vicente Blasco Ibáñez. La literatura. Hay un azulejo que recuerda la memoria del narrador valenciano. En el azulejo aparece dibujado el templo, y la leyenda que sigue: «La Asociación Cultural El Hombre de Palo recuerda a Vicente Blasco Ibáñez, autor de La Catedral. Toledo, febrero de 2002». En esta estrada «para el culto» destaca un paje de más de un metro. En una mano sostiene una lanza; en la otra, algo informe, que se me escapa. Debajo de un sobaco del paje, asoma en columna hasta su rodilla, la cabeza de tres caballos, una casualidad que nunca se ha producido en la vida cotidiana. Lo importante es la abierta sonrisa del paje, con todos sus pliegues animados, en relumbre sobre la fría piedra. El optimismo.

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