Sepultura de El Greco
Por la tarde, en el convento de Santo Domingo el Antiguo. Porque aquí está la sepultura de El Greco. Entro. Veo a una chica extranjera. Veo a una vieja monja vestida de hábito, un blanco y negro veterano. Las dos mujeres intercambian palabras. Doy un par de pasos.
—Hay que sacar entrada —me dice la vieja monja.
—Ah.
Ella misma me brinda el pase. La vieja monja lo controla todo. Una reja divide en dos el amplio rectángulo del convento. Iluminación. Un par de minutos. La chica extranjera sale. La vieja monja se dirige a mí.
—Mire esa parte de los cuadros, y luego esto —dice señalando el otro lado de la reja.
—Muchas gracias.
Hay un relieve en retablo plateresco, de la primera mitad del XVI, que se llama Cristo y los ladrones. Muy grandes los clavos de Cristo. Para que impresionen. Cristo, erguido; los ladrones, muy torcidos. Unos ladrones amarrados con sogas que queman. El madero de Cristo late pulido. El madero de los ladrones mantiene sus protuberancias de ramas desgajadas. Uno de los ladrones ha librado un pie de sus ligaduras. Sensación de ser testigo de la crucifixión de Cristo.
Me acerco a la reja donde para la vieja monja, que me señala el suelo agitando la mano.
—La tumba del Greco, la tumba del Greco —dice.
Me pongo frente a un agujero cuadrado, sin cruzar la reja. El agujero está protegido por un vidrio fieramente rasgado de lado a lado. Se ve en su interior un vacío de luz amarilla, un espacio de ladrillos arábigos, algo de tierra en algo que parece una lápida. Supongo que debajo está El Greco. Y la vieja monja me ordena que me agache. Me pongo en cuclillas. Aparece un ataúd negro. No lo esperaba. Un ataúd de madera sobre un túmulo. Se ve casi toda su largura. A la altura de su cabecera brota el relieve de una cruz. La monja vigila. Creo que se escama un poco. Supongo que no ha visto a nadie, en cuclillas, escribiendo en una libreta sin detenerse, como si la propia cripta dictara una palabra tras otra. El ataúd. No lo esperaba. La monja vigila. Considero una descortesía sacar la cámara fotográfica. Queda claro en el recinto que está prohibido hacer fotos. El ataúd del maestro. A menos de tres metros. Huesos de genio.
Me levanto. Doy un primer paso. La vieja monja apaga la luz de la cripta, para ahorrar electricidad. La vieja monja enciende la luz de la sala tras la reja. Entro. La vieja monja queda en la distancia. Es una vieja monja delgada, ágil, garbosa, ahorradora. Oigo cantar a un gallo. Aparece un coro liso, sin figurillas talladas. Frente a un retablo. Frente a tallas románicas. Cuánto arte florece en Toledo, con el despliegue de sol, con el repliegue de la luna. Descubro a la vieja monja que me observa. Otra vez enfrascado con la libreta. Me deja hacer. Me aproximo a los cacareos del gallo. Y canta otro, de garganta más aguda. Un sepulcro del siglo XIV pertenece a Juan de Aljofrín. Su cuerpo aparece esculpido, vestido de armadura. A su mármol flamante, suavísimo, le falta media hoja de espada. Sensación de que al muerto le apetece sonreír.
En una bandeja plateada se encuentra la Cabeza de San Juan Bautista, a tamaño natural. Impresiona. En el cuello del santo se estanca una sangre de mal color, apagado, revenido. La boca entreabierta. La lengua. Los dientes de arriba que se asoman. El pelo revuelto con raya en medio. Los ojos a medio cerrar, muy cansados, perdidos. Dibujo de cejas dolorosas. Se trata de una talla policromada del siglo XVII, de Pedro de Mena, siempre tan arrebatador.
A la salida intercambio unas palabras con la vieja monja, que también es muy amable y servicial, y curiosa. Me señala la libreta. Me pregunta qué hago.
—Tomo notas. Como no podemos hacer fotos… Así me acuerdo mejor de lo que veo.
—Ah.
A una pregunta mía, la vieja y eléctrica monja me explica.
—No, el ataúd nunca ha estado cubierto de tierra. El Greco compró esta cripta, aquí en Santo Domingo. Pero como no era famoso, sólo tiene la cripta. Nosotros pusimos ese ataúd hace veinticinco años. Los médicos le limpiaron los huesos. Su caja estaba ya que se deshacía. Como la gente lo quería ver, hicimos ese agujero.
Le compro una postal a la vieja y atenta monja. Me despido de ella. Salgo. Y pienso, sin sospechar el motivo, que nunca volveré a verla. La vieja monja de Toledo y yo. Casi todo el tiempo a solas. Miradas que se buscaban, que se encontraban. Como conviviendo con un cordón invisible. Un cordón que nos entrelazaba. Rarezas. Estupenda visita. Muy íntima.




































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