Posada de la Hermandad
Frente a la Posada de la Hermandad, con su viejísima fachada de sabroso granito. Unos capiteles vegetarianos de los siglos. Un león con cara de galápago. Un león con cara de mono. Un soldado ligero de ropa defensiva. En una mano una flecha; en la otra, la punta de su espada, cuya hoja descansa sobre su hombro; y la empuñadora, al aire de la espalda. Es un soldado cansado de escaramuzas, zafarranchos, jodidas batallas. Un soldado en retirada, con cara de retirada claramente esculpida. El soldado que lo acompaña tiene una ballesta.
Hay un cartel que anuncia la exposición «Gladiadores, los héroes de la arena». Entro. La muchacha que vende las entradas, a una pregunta mía, dice que el edificio data del siglo XIV o XV, del tiempo de la Inquisición. Que mencione la Inquisición tiene su puntillo. Bajo a las mazmorras, donde se muestra la exposición gladiadora. Espadas de madera y escudos de mimbre para los entrenamientos, con el doble de peso, para fortalecer los brazos. Ungüentarios. Letrinas de madera; o sea, una caja rectangular a la altura de las rodillas, para dos gladiadores, con la forma del culo y una apertura delante, a fin de que cuelguen libremente los testículos. Una daga corta o parazonium (su empuñadura muy bien conservada; su hoja, carcomida por el óxido de una tierra enterrada). Hay una espada usual, de bronce, no muy larga, como era de rigor. Tobilleras. Pectorales. Sandalias. Cinturones. Lanzas. Cascos. Cantimploras. Sestercios. Figurilla de virgen vestal… Aunque muchos de los objetos no son originales, bueno va. Uno se hace a la idea. Todo se expone en las viejas celdas carcelarias, con los barrotes frescos de hierro de bruja de la Inquisición. Rápido recorrido.
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En la Puerta del Sol. Tienen mucho más oxígeno la Puerta de Alfonso VI y la Puerta de Bisagra. Olor de despedida en el aire. Me siento en un banco, con la sensación del deber cumplido. Parece ser que aquí termina el recorrido de la historia que han dejado los toledanos del pasado. Esto ha de celebrarse hoy con una noche de fiesta, la del sábado noche. Mañana será mi último día en Toledo. Música de punto final. Y ahora, la lectura tranquila de un periódico en la principal plaza de la ciudad, Zocodover, que tengo detrás. Son las doce y cuarto. Sol y viento.




































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