El crimen de la calle de Fuencarral y Pío Baroja

Resulta curioso, y hasta chocante, que el maestro Pío Baroja, siempre tan cercano en el tiempo, haya sido testigo de una ejecución pública, cuando las ejecuciones públicas todavía se barajaban en España. En este caso, Pío Baroja fue testigo de la ejecución de la autora del crimen de la calle de Fuencarral.
Veamos cómo describe el asunto Pío Baroja:

El verano de 1888 se apasionó Madrid con el crimen de la calle de Fuencarral, que fue uno de los crímenes más famosos de España, no tanto por el hecho en sí, que no era de gran importancia, sino por la repercusión que tuvo en la prensa y en el público.

Higina Balaguer, ejecutada

Ejecución de Higinia Balaguer, autora del crimen de la calle de Fuencarral

En el número 109 de la calle de Fuencarral, casa de apariencia modesta, que todavía existe, en un segundo piso mataron a una señora entre la criada, Higinia Balaguer, y una amiga de ésta, Dolores Ávila. ¡Qué apasionamiento en el público! Todo el mundo parecía atacado por una histeria colectiva.
El proceso de este crimen debió durar mucho tiempo, y, sobre todo, en su segunda época fue cuando produjo más curiosidad y mayor expectación.
Los periódicos se dividieron ante la opinión pública en sensatos e insensatos. Sensatos eran los que pensaban que los autores principales habían sido las dos mujeres citadas, una de ellas la protagonista principal y la otra su cómplice.
Los insensatos creían, como un dogma, que la señora que apareció muerta había sido asesinada por su propio hijo, Vázquez Varela, el cual en la época del crimen estaba recluido en la cárcel Modelo, aunque salía de ella, según la opinión de alguna gente, por complacencia del director.
Yo vi a la protagonista del crimen de la calle de Fuencarral, a la Higinia, y hablé con ella en un pasillo del hospital.
Tiempo después, por insistencia de un condiscípulo que estudiaba Medicina como yo, presencié la ejecución de la Higinia Balaguer desde los desmontes próximos a la cárcel Modelo, a una distancia de trescientos o cuatrocientos metros.
Hormigueaba el gentío por aquellos desmontes que entonces no estaban ni poblados ni urbanizados como están ahora. Soldados de a caballo formaban un cuadro muy amplio delante de un muro. Sobre éste se hallaba el patíbulo.
La ejecución fue muy rápida. Salió al tablado una figura de mujer, vestida de negro. El verdugo le sujetó los pies y las faldas; luego los Hermanos de la Paz y Caridad y el cura, con cruz alzada, formaron un semicírculo delante del patíbulo y de espaldas al público. Se vio al verdugo que ponía a la mujer un pañuelo negro en la cara y que daba rápidamente vuelta a la rueda; luego quitaba el pañuelo, y desaparecía.
El cura y los Hermanos de la Paz y Caridad se retiraron, y allí quedó una figura negra muy pequeña, destacándose sobre la tapia roja de ladrillo, ante el aire azul de una mañana luminosa de primavera.
Las cosas más absurdas se contaban y se decían.
Las fantasías del pueblo se desataron. Según algunos, la Higina era inocente. El verdugo se había prestado a una farsa, porque no era la Higinia a la que había estrangulado, sino un muñeco al que sentaron en el patíbulo para que lo viera la gente.
A esta mujer criminal, la musa del pueblo maleante le había dedicado una canción, un tango brutal y cínico, entonces conocido. En él se equiparaba el crimen con una fiesta de toros.

Fragmento perteneciente al libro de Pío Baroja, Reportajes (pág. 83).

Escritos míos donde aparece Pío Baroja:
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