De nuevo el desgraciado espíritu de Miguel de Cervantes erizándose triste frente a mis ojos, en mi silenciosa madriguera, por las emigradas aulas de Bachillerato. Qué mala suerte tuvo Cervantes a lo largo de su vida. Qué gran ejemplo de resignación benigna. Qué gran horno crematorio su hígado, que convertía en cenizas la mala sangre de la vida. De nuevo el vivo fantasma de Cervantes bajo el colchón de mi cama, la tierna sonrisa de su punzante tristeza, su constante pleitesía a una pluma sin recompensa, a unas letras totalmente insertas en la negra sombra de su miserable vida sin suerte. La vida. La muerte. Una muerte. Un nacimiento. Murió el conquistador Hernán Cortés en 1547. Nació Miguel de Cervantes en 1547. El ciclo de las personas que dejan su nombre, como grabado a fuego, en la solitaria y estrecha senda de la posteridad. Cervantes, y su mala suerte como inmortal consejera. Cervantes, nada menos que en los tercios de Nápoles, con sus veintitantos años, con su mala suerte como negra sombra, como fiel compañera. La batalla naval de Lepanto contra los turcos, en 1571. Y Cervantes ardiendo en calentura, negándose a quedarse rebajado en la cámara de una galera. Salió a luchar como todos, en plan suicida, pero con la mala suerte de sus fiebres a cada paso. Un arcabuzazo le dio en el pecho; y otro, lo dejó manco, asuntos que ocurrían casi todos los días. Al poco se encontró con que su paga tuvo ese mes cuatro ducados más, dado su valor suicida. Sí, la acojonante suerte de Cervantes de nuevo frente a mis ojos, como una negra sombra que se repite cíclicamente trayéndome el fantasma del desgraciado escritor, para notarlo dormido debajo de mi cama. Qué mala suerte tuvo Cervantes. Josep Pla, ahí está otro humilde de espíritu, grande en letras, que vuelve para descerrajarme sus palabras sobre Cervantes, que vuelve para recordarme que se preguntaba por qué nadie habla de Cervantes como realmente fue, «un hombre muerto de hambre, de asco y de tristeza». Josep Pla, otro fantasma que a veces duerme debajo de mi cama. Cervantes. Su triste suerte. Le costó sudor y lágrimas hacerse con unas cartas de recomendación para su vuelta a España, como mutilado de guerra. Y cerca de Palamós, en la Costa Brava, a punto de emprender el camino de su tierra, unos piratas secuestran su galera y se lo llevan a Argel. Y en Argel estuvo cinco años. Qué pronto se dice. Con la negra suerte de su vida como fiel compañera. Con cuatro intentos de fuga, completamente acabezonado, sin escarmentar, como único responsable, sin importarle las réplicas de la tortura, las mazmorras aisladas y los cardenales de sus cadenas. Su madre —qué no hace una madre—, y los frailes trinitarios del convento de su localidad pagaron su rescate. Y llegó a España, con su negra suerte, con sus inclementes trabajos. Recaudó víveres para la Armada Invencible, de tan negra y salpicada suerte también. Y se puso a recaudar impuestos por esos pueblos de Dios. Y lo timó un comerciante, que desapareció con un tanto de lo recaudado. Así que Cervantes pisó la cárcel, donde gestó su Quijote, que nunca lo sacó de pobre ni le mudó su negra suerte. Se fue el hombre a donde iba la corte, por ver si gestionaba alguna paga. Y nada. Siempre con el triste sino de su vida.
Terminó la primera parte del Quijote en 1605, con tan sólo un libro publicado veinte años antes, una novela pastoril, de género, al uso de la época. Terminó la primera parte del Quijote con cincuenta y ocho años de edad, y no encontró a ningún escritor reconocido, o persona eminente, que le escribiera unas letras, unos poemillas de elogio para el prólogo, siguiendo el uso de la época. Su mala suerte. Su mala fama como poeta. Ni siquiera el duque de Béjar, la persona a la que va dedicada la primera parte del Quijote, se enteró de la dedicatoria. La mala suerte de Cervantes. Se casó con una jovencita, y la cosa fue fatal, presumiblemente fría, sin hijos. No hay archivos. Pero a Cervantes le bailaron los pantalones, seguramente por poco tiempo y con pocas alegrías, y le puso los cuernos a un tabernero, a cuya mujer le creció la barriga y le nació una niña que el eterno y desgraciado escritor reconoció. Problemas. Y va Cervantes y atiende en su casa a un hombre al que le han dado una cuchillada y que se le muere allí mismo. Problemas. Y el éxito de la primera parte del Quijote, que rompía moldes, no lo saca de pobre, por las cosas de su negra suerte, con aquella delegación extranjera que quedó vivamente impresionada al comprobar la pobre vida del insigne autor del Quijote. Y eso que Cervantes contó con mecenas desde 1613, el conde de Lemos, migajas de pan y agua con saludo como sólido nutriente. Mierda. Y más mierda con la mierda de los parásitos como Avellaneda, el anónimo escritor del Quijote apócrifo, en 1614, dineros escamoteados y estúpidos insultos al bueno de Cervantes. Así que tenemos a un Cervantes, con sesenta y ocho años, poniéndole un punto final acelerado a su segunda parte del Quijote, en un libro que rompía el molde definitivo de la narrativa renacentista e inauguraba lo que se entiende hoy día por novela. Fue en 1615. Unos meses después, ya en 1616, la negra suerte de Cervantes alojó la agonía en su cuerpo. Y el pobre Cervantes, acordándose del mecenas aristócrata que le pagaba con mendrugos de pan y agua la manutención de su casa, le dedicó, como ya era costumbre, su nueva obra, su última novela entre manos, porque es de bien nacido ser agradecido. Así que tres días antes de morirse, aún con ánimo de servicio, le escribió al conde de Lemos, que se encontraba malucho, lo que sigue: «Ayer me dieron la extremaunción. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies de V. E., que podría ser fuese tanto el contento de ver a V. E. bueno en España, que me volviese a dar la vida». Cervantes. Escribiendo incluso agonizando. Con su ánimo de servicio. Escribiendo. Siempre escribiendo para nada, o para obtener puerca miseria como recompensa. Una cantilena que se repite entre los más grandes. El pez que se muerde la cola. Cervantes y su malísima suerte. Siempre poniéndole buena cara a la mala cara de su vida. El bueno de Cervantes. Ni siquiera se conoce el punto donde yace enterrado. Su mala suerte. Sus seis dientes desparejos, supervivientes, que apenas le servían. Igual que no le sirvieron los rotundos esfuerzos de su vida.
Texto perteneciente al libro titulado ARTÍCULOS DOMINICALES
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