Incógnitas y un punto de frío

FríoVaya semanita en el instituto. Toda la clase de 2º de Bachillerato en revoloteo, muy inquieta, por la inminente entrega de sus trabajos de investigación (Treballs de Recerca), que han de exponer los días 1 y 2 de febrero frente a un tribunal formado por tres profesores. Vaya Treball el de la alumna a quien he dirigido.

(…)

Vaya semanita. Todavía suena el trueno, aún se me cimbrean los pelillos del oído con el recuerdo del regreso al aula, esta mañana, de una alumna de 2º de Bachillerato, que es de las mayores, algo delgada, muy morena, con experiencia laboral. Continúa pasando el tiempo del día, esa rueda dentada, y sigue retumbando el recuerdo del regreso a clase de esta muchacha. Camino de su pupitre, tras cerrar la puerta, la muchacha insiste en soltar el latigazo realista de las siguientes palabras:

—¡Qué frío hace en el lavabo! ¡Se te queda el chocho helado!

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2009-2010

Ray Loriga, su gato remuerto

Un gato muertoEl alma en los pies. Acabo de conocer al gato remuerto del escritor Ray Loriga. Pobre gato remuerto, torpe y hazmerreír en la muerte, caricatura de lo que fue en vida. Desencajado su esqueleto sintáctico por una pluma cegata, el fantasma del gato remuerto de Ray Loriga acude a mí implorando, suplicando. Pretende que espante la estúpida alusión a su cadáver, deshonra de las letras patrias, pedrada en la frente. Si El dardo en la palabra, del maestro Lázaro Carreter, levantara la cabeza…

Resulta que Ray Loriga escribe hoy en el diario El País que se tropezó con «el cadáver de un gato muerto». Inmediatamente asoma tras mi ventana, debajo de un coche aparcado, la imagen de su opuesto: el cadáver de un gato vivo. Tuerto de un ojo, cargando sus lanas sucias, cojeando de una pata, se retira de mi vista en estado de postración resignada. Se retira tal como es: el cadáver de un gato vivo.

Todo sigue igual. No ocurre nada con un dardo en la palabra. Nada es más triste que antes. Nada es mejor que antes. Así que dejemos el cadáver de un gato muerto como símbolo de la brillante postración de la literatura española actual, siempre tan resignada, envarada, acartonada; siempre tan bien mandada, como hecha por encargo, fluyendo en los corsés requeridos.

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2009-2010

Oscuridad

Oscuridad

Las seis y media de la tarde. Acabo de ponerme a temblar. Acabo de colgar el teléfono.

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Joan Brossa

Joan Brossa, en el instante de la sonrisilla de crío zascandilUn par de horas antes de acudir a la cena de Nochebuena con mi madre —los dos solitarios de la familia—, me desternillo de risa, en mi solitaria madriguera, frente a la televisión; una risa muy placentera y ruidosa, incluso escandalosa, sin maldad. Acabo de desternillarme de risa con la presentación que le hace Joaquín Soler Serrano al poeta visual Joan Brossa, una entrevista que tuvo lugar hace treinta y tantos años, en el programa A Fondo, de buen recuerdo infantil en mi memoria, filetes de lomo sabrosamente engrasados en mi paladar.

Resulta que yo me hallaba acomodado en el sofá, a oscuras, a la expectativa, dejando transcurrir la musiquilla inicial del programa, que siempre vuelve a trasladarme a la niñez, cuando repentinamente, como de costumbre, sale el trajeado periodista Soler Serrano, grandote, oblongo, como un militar de la Antigua Roma, el general Galba, según Josep Pla. Otra vez el simpatiquísimo Soler Serrano, en otra presentación de las usualmente tremendas, con su carácter enfático, con su talento y facilidad en la suelta de adjetivos ditirámbicos, apabullantes.

Como no encuentro desperdicio, aquí traslado el manejo literal que el simpatiquísimo y renegrido Soler Serrano llevó a cabo en su fantástica presentación:

«Vamos a intentar subirnos por un rato en el mundo fascinante de Joan Brossa. Joan Brossa, que es un hombre de una enorme versatilidad. Es un gran poeta. Es un poeta múltiple, disparada su sensibilidad hacia campos y caminos muy variados. Es un hombre de una poesía insidiosa y violenta en ocasiones. Es un hombre de una poesía revulsiva. Tiene también, por otra parte, sonetos que son de una rara perfección. Es al mismo tiempo el hombre de los poemas visuales. Es el gran autor de un teatro que rompe un poco con las estructuras del teatro clásico. Es, en definitiva, un conquistador, un experimentador, un hombre que está siempre en la línea del más allá de lo posible».

¡La Virgen! ¡Menuda presentación! He de confesar que mis carcajadas estallaron prácticamente al arrancar el discurso de Soler Serrano. Cuando terminó su primera línea, al pronunciar el nombre del poeta, tras el adjetivo «fascinante», apareció un primer plano del poeta, que fue recibido por mis aburridos ojos como un cañonazo. De golpe y porrazo, con el inicio, con las laudatorias palabras «poeta múltiple», al poeta se le escapó una breve sonrisilla de crío zascandil, que yo recibí como flechazo de ardiente júbilo. Instantáneamente, en el rostro de Joan Brossa vi al hombre del bar de abajo, un hombre sencillo que suele estar en el umbral de la taberna con una cerveza en la mano. Vi a un hombre de simples ropajes, en contraste con las flamantes telas del periodista. Vi a un hombre refugiado en unas gafas negras, graciosamente bizco y como en Babia. Evidentemente, mis carcajadas aumentaron con los geniales adjetivos, de potentísima fonética, del irrepetible y maravilloso periodista, al mismo tiempo que descubría los dientecillos del poeta, totalmente picados, comidos, podridos, a un paso de convertirse en arena negruzca, penosa circunstancia bucal muy recurrente en la turbamulta de mi barrio… Joan Brossa, el poeta de los sonetos reglados, de las dificultosas sextinas; el poeta de las letras que se quiebran y forman dibujos anecdóticos y abstracciones.

Me ha caído muy bien este hombre, pese a sus hechuras de cuco. A lo mejor algún día me acerco a su obra.

*

—Mama, acabo de reírme a carcajadas, digo a carcajadas, con una entrevista que le han hecho a un poeta.
—Pues yo no me río así desde hace años. No hay nada… No sé…

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Un tatuaje

Un tatuaje

Ayer, una alumna de 2º de Bachillerato dejó claro en clase que no le gusta el Quijote.

—¡Don Quijote es un friki!

Ay, Dios, el bueno de don Quijote, con su rocosa nobleza humana y su locura parcial… Si el pobre Cervantes levantara la cabeza…

A veces pienso que esta clase de 2º de Bachillerato más bien parece un corral de gallinas, con tanto cacareo de mujercitas consentidas; un corral de gallinas con dos gallos deslavazados, difuminados: el alumno Joan y yo. Ayer, por ejemplo, con la ocupación de un aula vacía —mi grupo de Literatura se traslada en mi hora desde unos módulos, o “barracas”, como los llaman, al edificio del instituto—, el cacareo de los primeros minutos se ciñó en un capítulo inédito, no presentido.

—Profe, ¿tienes un tatus?
—Claro.

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Reencuentro universitario

La Porxada, en Granollers

Reencuentro, ayer, con mi corrillo universitario tras casi quince años de ausencia, un corrillo en su inmensa mayoría femenino, al que he acudido invitado por el único gallo de aquel gallinero, mi buen colega David. Comilona en una casa rural de Cardedeu. Y Granollers como remate, con una sentada en la plaza del Ayuntamiento, donde se encuentra La Porxada, un tejado del siglo XVI sostenido por columnas toscanas, un tejado que sirvió para cubrir el almacenaje de grano del momento, para prevenir y aliviar el hambre de las vacas flacas.

Jornada subordinada al contraste. Han acudido cinco de las seis mujeres convocadas. Así que por un imprevisto de última hora, ha faltado una del corrillo. Y he notado su vacío, puesto que hace quince años llenaba mis ojos con su pelo. Estupenda jornada subordinada al contraste. Eran cinco chicas cimbreñas hace quince años, que liquidaban con el cachondeo de su juventud sus veintitrés o veinticuatro años, que finiquitaban su etapa universitaria de Filología Hispánica. Ahora son todas mujeres hechas y derechas, con sus miras en la bonita carga de sus hijos. Antes, delante de mis ojos, sueltas por las aulas de la Universidad de Barcelona, con un excelente sentido del humor; ahora, delante de mis ojos, agarradas a unas criaturas en cuerpo y alma, en comilona, con un excelente sentido del humor. Una mano de ellas en la frente de una criatura de pecho, por detectar algo de calentura. Besos maternales en las criaturas. El niño que necesita ayuda para comer. Y su madre que se levanta a cada instante. La niña espigada que me mira fijamente. Los niños a los que la madre los conmina al silencio. Aquellas chicas estudiantes. Estas madres profesoras. Con sus rostros apenas transformados tras quince años. La jornada de ayer. Aquellas chicas.  Estas madres. La eterna y amena conversación literaria con el amigo. Y con la brújula de mi interior haciendo aguas desde que salí del Llobregat.

Bonito reencuentro el de ayer, tras quince años de ausencia, con la juventud detenida de aquellas chicas en mi memoria, con la madurez detenida de las mismas chicas todavía muy fresca en mi retina.

Texto perteneciente a DIETARIO EN RED 2009-2010

Clases

¿La gramática como puzzle?

A día de hoy se nos ve a todos muy recuperados. No puedo dejar de afirmar que este grupo que encontré devastado por la tos, es de lo mejorcito que he hallado en mis siete años de experiencia. Guardan silencio. Atienden. Absorben. Preguntan. Se transforma en gozada poder transmitirles mis trucos gramaticales, comprobar cómo se quedan boquiabiertos con ellos, con caras de luz.

—Es atractivísima la gramática, ¿eh? —les digo en broma.

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En el Puente del Diablo

Arco gótico del Puente del Diablo, Martorell, BarcelonaSi en Martorell conduces por la N-II, en dirección a Barcelona, merece la pena aparcar en alguno de los muchos espacios reservados para ello en el mismísimo margen derecho de la carretera, a la salida del pueblo, y visitar, a pie, el Puente del Diablo, de origen romano con arcada medieval.

Si ha estado lloviendo durante buena parte del día, como ha ocurrido en el caso de mi visita, encontrarás que la natural savia de la montaña contenida en todo el pueblo, se acrecienta a medida que te acercas al río Llobregat, al Puente del Diablo, y que su olor se va solidificando agradablemente en tu olfato, en tus pulmones, como si cocinara dentro de ti, con sus más frescos condimentos, la mejor salsa que puede ofrecer la tierra removida por la lluvia, por las hierbas, por el coraje del río revuelto. Una vez en el puente tendrás que alzar la vista porque su senda, hasta la primera mitad, se inclina hacia arriba, sin conseguir evitar la visión del cielo gris, un deslumbre arañado por gordezuelos cúmulos de nubes negras, hambrientas. Mientras subes por la ojiva gótica del siglo XIII, comprobarás la crecida del río, su descomunal corriente del color de la carne, su tenebrosa brutalidad, las cañas secas que se arrastran, se hunden y salen a flote, como ocurre con los ahogados. Arco romano del Puente del Diablo, Martorell, BarcelonaUna vez en la misma punta de la ojiva, echarás la vista abajo, al segundo tramo del puente, y descubrirás la única huella romana que ha sobrevivido hasta hoy. Verás la Roma del Imperio en tu presente, frente a ese arco de medio punto ruinoso, de paso obligado, concebido desde su primera dovela para adivinar los pensamientos de las personas que cruzan bajo su sombra. Tendrás ganas de acariciar su milenaria piedra erosionada, como si sopesaras el poder de la historia. Y la acariciarás. Y obtendrás como respuesta, tal vez por primera vez, el saludo y el sabor de la resistente gratitud, esa mole imperecedera, siempre a prueba de inclemencias, de los peores dolores, de los más frenéticos cataclismos.

Piedra del arco romano. Puente del Diablo, Martorell, Barcelona

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Martorell, Barcelona

Pont del Diable (Puente del Diablo), Martorell

Una compañera de Departamento, muy amable, de hechuras y habla muy llanas, me indicó tan bien los pasos a seguir en coche, que el viernes llegué directo con el Ibiza, sin amagos de meter la pata. Descarto la visita al Puente del Diablo, aquel de origen romano con ojiva gótica. Aunque aún no he preguntado a nadie, intuyo que queda muy lejos a pie. El diablo en el candelero. Menudo elemento. Puente del Diablo. Un nombre que incita al morbo.

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El día antes

Playa de Castelldefels (martes por la tarde, recién comido)

Pasa el tiempo. No llama. Llega la hora de comer. Pelo patatas. Y no llama. Frío las patatas. No llama. Casco un huevo frito en la sartén. Con el estrépito, salgo de la cocina para oír el timbre del teléfono, que no suena. Saco el huevo frito con la yema entera. Y no llama. Me frío un filete de lomo. Ninguna llamada. Llevo el plato a la mesa. Las bebidas. Empiezo a comer. Ningún telefonazo. Pienso que a lo mejor se me ha anotado mal el teléfono. Cuando me queda un pelín de comida, un par de bocados, suena el teléfono. Me levanto. Consciencia de que tengo la boca llena, de que así es imposible hablar inmediatamente. Detengo mis pasos. Trago a la carrera. Con el cuarto timbrazo, descuelgo el teléfono. Hablamos por fin.

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Repeticiones

Poética ondulación del mar

Comida en la playa de Castelldefels, como en los viejos tiempos. Probando la sombra fresca de los pinos del primero de octubre. Esquivando los todavía despiadados rayos del sol de la siesta. Y el azul del mar en mi retina, con el vaporoso y delicioso sabor del chorizo aún entre mis dientes. Aire bueno. Sol como espadas. La tranquila ondulación del mar. Los días que se repiten tras más de un lustro de separación. Naturaleza apacible como mayor rasgo.

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2009-2010

Recordando

Playa de Castelldefels

2003. Recuerdo que aquel año estuvo lloviendo casi todo el mes de abril, y que el sol de junio aparecía tras las ventanas como una mole de fuego, y que el 8 de agosto se me presentó la niña Paz, tan complaciente como Ibiza, pocos días después. Qué tiempos.

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En Esparraguera, hacia la derecha

Aparcamiento de Esparraguera, con la montaña de Montserrat al fondo

Y en ella mis ojos tirando hacia la derecha hasta vislumbrar, muy lejos, el río Llobregat, una pequeña curva inerte en el horizonte, como el descuidado manchón de un óleo. Y mis ojos tirando hacia la derecha hasta vislumbrar, muy lejos, la humilde ermita románica de Santa María del Puig. Y en ella mi mirada, como quien respira un manojo de siglos serenos, en un instante. Y mis ojos tirando hacia la derecha hasta contemplar la inmensidad de la montaña de Montserrat, esa prominencia de roca pulida y oronda, el alma de las mujeres, puesta en estampa sorprendente delante de la ciudad para impresionar, para que se evaporen los espíritus sensibles, para que las pequeñas pupilas se llenen de inmensidad, de admiración, de imaginación.

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La hemeroteca virtual de ABC

"Después del sueño", en el semanario dominical Blanco y Negro, del diario ABC

Ayer me enteré de la inauguración de una nueva página web, se llama hemeroteca.abc.es. Pues bien, o parece que han rehecho los ejemplares de ABC al libre albedrío de algún maniático, o parece que, por la cara, se han quitado de encima a infinidad de articulistas. Porque tanto yo, como otros muchos, muchísimos, no aparecemos. Diez artículos míos tiene el diario ABC. Y ninguno sale a relucir. Diez artículos en diez ejemplares de periódicos que guardo en el baúl de los recuerdos. De cuando me vi en la necesidad de colaborar con la prensa, como único medio de promoción literaria. Tenía dos libros publicados por aquel entonces. Qué tiempos. Menos mal que la promoción literaria de los escritores del siglo XXI ya no depende, en exclusividad, de las editoriales y de la prensa. Los escritores del siglo XXI dependen de sí mismos, exclusivamente de sí mismos en la mayor parte del porcentaje que existe. Internet como fuente de liberación. Ya he hablado de eso en Dietario en Red.

Vaya, vaya, menudo lío se ha hecho la hemeroteca de ABC para Internet. Sus ejemplares no son reales. Sus ejemplares están equivocados. No sé si con aviesa intención. En cambio, mis cuentos del semanario Blanco y Negro sí aparecen. Tanto «Después del sueño» (123) como «Anhelos y luces» (123) pueden leerse en la versión que les mandé. Como se sabe, ambas historias pertenecen al libro Cuentos agrios.

La hemeroteca de ABC para Internet. A través de ella, el lector curioso que me sigue podrá leer la primera edición de estos dos cuentos míos. Cosa que recomiendo, como es natural.

"Anhelos y luces", en el semanario dominical Blanco y Negro, del diario ABC

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2009-2010

Esparreguera, de refilón

Ermita de Santa María del Puig, en Esparraguera

Esparreguera es un pueblo, milenario, que produce buenas vibraciones. Sé que tiene una ermita románica; y un pequeño muro, como restos de un castillo medieval; y una iglesia forjada, entre los siglos XVI y XVII; y el río Llobregat, mi viejo conocido; y un torrente, con fama de traidor; y el perenne macizo de Montserrat, tan a la vista que se nota su aliento de hinojo, un macizo tan claramente delimitado y redondo que parece barriga de preñada. A lo mejor tengo tiempo de fijarme, con más precisión, en todos estos elementos.

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2009-2010

La «autoridad» en las aulas de Esperanza Aguirre

Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid (…)
Parece que la indisciplina en las aulas, el gamberrismo de las aulas, está calando en la política del país. Salta la noticia de que Esperanza Aguirre, la presidenta de la Comunidad de Madrid, desea inocular a los profesores de Primaria y Secundaria el titulillo de «autoridad», semejante a la etiqueta de policías, jueces, etc. Así que tanto la agresión física como psicológica de los alumnos, o de sus papás, a los profesores podría pagarse con una temporada en prisión. ¿Quién puede creerse tan gran disparate? (…).

Me levanto. Miro en el cúmulo de papeles viejos de clase. No me sonaba haberlas tirado a la basura. Descubro copia de faltas de conducta que yo mismo he puesto a lo largo de todo un curso. En total son 108. Poquísimas, puesto que tengo una paciencia endiablada, aparte de que el castigo no casa con mi carácter. Pero hay normas en los centros, que los alumnos conocen, y uno no puede quedarse inmóvil frente a tan espinoso tema. Tampoco es pedagógico. A continuación salvo, para mi memoria, todos los textos que conservo de puño y letra, ordenados cronológicamente y por cursos.
(…)
«No deja de jugar y alborotar con el compañero de atrás. Al ver que le ponía amonestación me ha dicho claramente: «tu puta madre». No lo he expulsado porque son las 13.25 h.».
(…)
«Ha dicho en voz alta y clara “hijoputa” a uno de sus compañeros. Al indicarle que lo expulsaba de clase, se ha puesto amenazante conmigo. Por otro lado, veo que este alumno se está tomando demasiadas libertades respecto a mí: al principio de esta misma clase, para llamarme, ha clavado su dedo, fuertemente, varias veces en mi hombro.».
(…)
Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2009-2010

Una escena de la ESO

Persona disfrazada de compresa usada

Recuerdo que en uno de aquellos grupos, en el borboteo de pupitres del final, hubo una nena que, (…).

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2009-2010

Un recuento. El Lazarillo

Portada del Lazarillo, edición de Medina del Campo

Ahora que se extingue el verano, ahora que se aproxima el ruido de las aulas, ese carrusel imprevisible, echo la vista atrás. Se evapora el verano, como una sonrisa acartonada, como una sonrisa de bella frescura que hechiza, como cualquier cosa que se apaga. Se retira del tapete el verano, el mayor periodo vacacional de los profesores. Y yo no he dejado de trabajar. Desde un punto de vista técnico, yo no he hecho vacaciones. Dicen que sarna con gusto no pica. Este es mi caso. Salvo unos días, durante la primera semana de julio, en que me dediqué a rascarme la barriga, no he dejado de escribir, de corregir, de escribir, de corregir, de escribir, de corregir, sin perdonar un solo día, como una máquina literaria. Sarna con gusto no pica.

Antes de concluir el examen de la segunda edición de Relatos del fuego sanguinario y un candor, me fui a Toledo. A escribir. Toledo. Allí siempre con mi libreta y mi bolígrafo, escribiendo en cualquier recoveco. Sobre un escalón. Sobre una piedra. Sobre unos hierbajos. Sobre mis pies, tieso como un palo. Sobre alguna nube de mullida inspiración. Jamás me detuve. Jamás me detengo. Mientras la gente pasa como si no existiera yo, como si no existiera ella misma. Hasta que se deja notar, con sus clavos, las menos de las veces. O con sus dedos de tulipán, las menos de las veces. Siempre escribiendo. Siempre corrigiendo. Sarna con gusto no pica.

Terminé la corrección de los relatos hispanoamericanos. Pero lejos quedó la interrupción del respiro. Pocos días antes ya me había adentrado, de cabeza, en la magistral joya del Lazarillo. Y me afané en trasladar su arcaico y engorroso texto al español actual. Toda una doma sintáctica. Toda una investigación sobre el sintagma inexistente hoy. Y ese léxico en desuso, o que hoy significa lo contrario. Menudo lío. Menudo desafío. Y qué inmenso placer. Tocar palabra a palabra, sin prisas, y hasta con cariño, la gran obra de Alfonso de Valdés, el autor del Lazarillo, oculto en el anonimato casi medio milenio, un autor cuyo rastro, en mi obra, aparece explícitamente en Como las víboras.

Sí, en efecto, voy a publicar una lectura adaptada del Lazarillo a los modos actuales del castellano. Para que los ojos hagan una lectura continua, sin que tengan que frenarse en las notas de a pie de página, si es que las hay. Para que se lea un texto tal como el gran Alfonso de Valdés lo hubiera escrito hoy. Sin que queden dudas. Cada folio del texto lo voy solucionando en una hora y media, más bien larga, con un resultado sorprendente. Qué gusto. Y sin escatimar consultas. Muchas. Muchas veces, en el meollo de los rigores de la larga canícula que hemos soportado, con el revés de la mano he tenido que enjugarme las pestañas, literalmente empapaditas de sudor. Sarna con gusto no pica. Qué gusto. El Lazarillo, átomo a átomo, cristalizado en mi maquinaria literaria.

—Bien está, Antonio. Gracias.
—Gracias a ti, Alfonso. Todo un honor, erasmista.

Prosigo. Voy por el folio 43. Ya quedan menos. El sol hoy no se cuece tan enojado. Las excavadoras de la calle descansan. Sarna con gusto no pica.

Prólogo de Relatos del fuego sanguinario y un candor (2ª edición)

En Madrid, durante la entrega de premios al cuento Justinita la Idolatrada, que pertenece a Relatos del fuego sanguinario y un candor

PRÓLOGO

Cuando escribí mi primer cuento hispanoamericano, «Eduvigis Lindavista», hace exactamente veinte años, en agosto de 1989, no sabía que mi niña Eduvigis daría pie a todo un libro de contenido y forma, de paisajes y espíritu hispanoamericanos. Por aquel entonces, lejos quedaba la lengua española de América; muy remota, la vivísima respiración del paisaje hispano; completamente ajeno, aquel conjunto de países transoceánicos, con el brutal y miserable establecimiento de muchos de sus gobiernos, tanto del pasado como del presente. Lo único que me resultaba consustancial sobre aquel mundo era la capacidad de conexión con las almas de los personajes hispanos de mi propia inventiva, unas almas encerradas en unos marcos paralelos, reconocibles, de ciertas realidades hispanoamericanas. Así que a través de mis propios personajes, fui consciente de una sensibilidad muy profunda hacia lo que es y significa Hispanoamérica. Desde entonces me interesó su pasado, su presente, su futuro, casi tanto como la realidad de mi propio país. Ciertamente hay un lazo de unión entre Hispanoamérica y España.

Como digo, no pude sustraerme a la fuerza dramática de aquellas gentes, a la mole bestial de sus paisajes. Parecía que mi primer personaje hispano, la niña Eduvigis, una niña de siete años muerta «en olor de santidad», una niña santa, tiraba de mi mano con su poderosísima energía, que avivaba mi intuición narrativa, que transformaba mi tonalidad lingüística de español en tonalidad lingüística de americano, para la que no desdeñé muchos usos y registros andaluces. En aquel torrente de imaginación narrativa que cayó sobre mí, y que duró seis años, entre periodos de duermevela y agitación entusiasta, no estuve solo. La tradición literaria, con su impresionante fuerza, tiró de mí casi tanto como la niña Eduvigis. Hay tres nombres: Juan Rulfo, Gabriel García Márquez y Ramón María del Valle-Inclán. Aquí están los tres autores que me empujaron, que representaron por aquella época todo un sano y escalofriante pique de escritor. Para qué ocultarlo. Mi intención era igualar o superar la imponente obra literaria de los tres grandes maestros citados. No hay que reírse de mi atrevimiento. Uno era joven y tenía la potra siempre tiesa. Así que mi osadía hay que englobarla en ese contexto, en el de la inocencia que acarrea la juventud. Qué tres grandes escritores. Dentro del registro hispano, el más grande, y con mucha diferencia, es Juan Rulfo, que tuvo la forma, el fondo, la poesía, el coraje narrativo en la masa de la sangre.

Portada de Relatos del fuego sanguinario y un candor

Esta edición de Relatos del fuego sanguinario y un candor es la segunda. Se trata de una edición revisada, corregida y ampliada, como dirían los tratadistas. De sus diez historias, sólo dos fueron galardonadas con premios literarios. Y eso fue así porque con la ingenuidad de la juventud, los escritores mandan a concursar sus obras, por comprobar con cierto morbo qué hacen con ellas. Fueron premiados los relatos «Eduvigis Lindavista», con el I Premio Teruel de Relatos, en octubre de 1989, apenas dos meses después de su punto final, y «Justinita la Idolatrada», que fue Hucha de Plata en 1993, en el XXVIII Concurso de Cuentos Hucha de Oro. Relatos del fuego sanguinario y un candor. Ya está aquí su segunda edición. Cuántos años sin bucear, de nuevo, en aquellos ambientes de mi creación. He de confesar que cuando comencé a leer la primera de sus historias, para las galeradas, se me puso la piel de gallina con la descripción del nacimiento de la niña Eduvigis. Hay que ver lo que los escritores son capaces de escribir guiados por la ufana batuta de su juventud, por el sano veneno que te permite intentar emular los grandes logros de los mejores maestros.

Aquí estampo la segunda edición, veinte años justos después de finalizado su primer cuento, diez años después de que otro de mis personajes, Salvador Hurtado, el protagonista de la novela El solitario, viera en sueños a la niña santa, un asunto que me hizo pensar sobre si la niña Eduvigis, más que un cuento y el protagonismo esporádico en la saga de sus historias, podía merecer su propia novela. Todo un asunto que me abrumó, por el colosalismo de la ingente dificultad que conlleva. Bien es cierto que nunca se sabe lo que un escritor puede dar de sí. Pero a día de hoy, uno conoce perfectamente lo que la disponibilidad del tiempo concede, un tiempo que quema sus minutos, que los encrespa, un tiempo que me hace comprender la imposibilidad de superar, sobre la niña santa, lo que ya tengo escrito.

El Padró, Las Planas, 8 de agosto de 2009

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Portada de Relatos del fuego sanguinario y un candor