Desnuda en plena calle

Mujer desnuda en una calle de Barcelona (foto de Daniel Bauer)

Quedó absolutamente desnuda. No tenía reloj, ni pulseras, ni oros ni platas pendiendo de su cuello.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 129).

Un ángel de la guarda

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—Vale, vale. Buscas la profundidad. A ver cómo te lo digo para que me entiendas. Soy una especie de… No… Soy, más o menos, para que tú me entiendas, tu ángel de la guarda.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 128).

Vestida

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—Oye, cuando te conocí aquella noche ibas vestida igual que ahora.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 127).

Por vereda

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—Di que sí. Qué bien les has leído la cartilla. Nos tienes que meter a todos por vereda.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 126).

Espíritus inmundos

Espíritus inmundos

¡Espíritus inmundos, que tenéis arterias de aguas fecales! ¡Hipócritas de mierda!

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 125).

Hipócritas de mierda

Salvador expandió su vista al aire que soplaba un metro por encima de las cabezas de aquella gente congregada. Y exclamó, con una cólera jamás frecuentada:

—¡Hipócritas de mierda, que ni vivís ni dejáis vivir! ¡Hipócritas de mierda, que hacéis un amigo y lo hundís dos veces más que vosotros! ¡Hipócritas de mierda, que pagáis cenas, que pagáis impuestos, que pagáis, que pagáis, que pagáis, que pagáis para que se os mire bien y no sois capaces de pagar buena fe! ¡Hipócritas de mierda, que decís te quiero a vuestras novias, a vuestros novios, a vuestros maridos, a vuestras mujeres, mil veces, dos mil veces, tres mil veces, cuatro mil veces, y luego los abandonáis sin compasión! ¡Hipócritas de mierda! ¡Pero qué hipócritas de mierda sois! ¡Que parecéis personas justas y por dentro estáis repletos de veneno! ¡Hipócritas de mierda! ¡Serpientes! ¡Raza de víboras!… De verdad —dijo algo más calmado—. De verdad, no sé cómo no os parte un rayo.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 124).

La Rambla como objetivo

rambla

—Salva, ¿adónde vas?
Comprobó cómo se detuvo en la Rambla y se sentó en la silla, entre la gente que iba y venía, velándolo o descubriéndolo.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 123).

Una paloma verde

Una paloma verde

—¿Eres la paloma verde?

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 122).

Siglo XXI


—Sí. Son chavales intoxicados de siglo XXI.
—¡Oh, qué fino, siglo XXI, intoxicados! ¿También te quieres quedar conmigo? ¿Oíste?

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 121).

Jesús de Nazaret, muerto

Jesucristo, muerto

—Totalmente real —continuó Salvador—. Fue la mortaja de Jesús de Nazaret. Y en ella no sólo se aprecia ese rostro que veis, sino toda la silueta de su cuerpo, grabada a fuego.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 120).

El descubrimiento de un muerto

Se incomodó como si le hubieran propinado un pellizquito y exclamó:

—¡La cara de un muerto!

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 119).

Ideas

idea

—Todas tus ideas son desgracias —dijo Salvador.
—Claro, desgracias —confirmó Fede—, es lo que hay en la calle.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 118).

Policía municipal

policía municipal—La municipal oye un clic sobre la mesa, levanta la vista y ve, a un palmo, una navaja cerrada, chorreando sangre a tope, chorreando mucha sangre a tope.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 117).

En el sofá

sofa

—Algo que puede parecer una pirula, en su boca hace gracia. Nunca malrolla mi colega. Es un genio de veintisiete tacos, sólo cinco más que los cuatro que estamos aquí sentados en este sofá. ¿Queréis saber por qué se volvió loco por su piba?

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 116).

La sábana santa de Turín, de nuevo

Rostro de Jesucristo en la denominada Sábana Santa de TurínAunque Fede ya estaba avisado, descubrió las manchas de la pared y el techo sin conseguir un mínimo grado de disimulo. Le desconcertaron sus formas inequívocas, rigurosamente exactas a las del Cristo yacente de la Sábana Santa de Turín.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 115).

Otro viejo, la vejez

—Yo soy muy viejo para ti —dijo Salvador repentinamente.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 114).

Como la seda

felicidad

El domingo transcurrió —como suele decirse— como la seda. Sólo se apreció en Salvador un hueco intrincado, que Magdalena alisó de inmediato. Los graves lances recientes coleaban.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 113).

Magdalena, dormida

Mujer dormida

A la luz de la lamparilla, encontró a Magdalena completamente dormida, consumida por un día adverso que se resistía a desaparecer.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 112).

Lo misterioso

El matrimonio asentía. No se atrevía a sacar a relucir el misterioso suceso de la Rambla que acababa de escuchar.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 111).

Respeto

El señor Julián le estrechó la mano con un respeto renovado.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 110).

Estar loco

Escuchó unas frases sueltas, alejadas del auricular: «Que dice que ya lo sabe, que vio al chiquillo en Barcelona». «¡Cuelga ya!». «¡Ése sigue estando loco!».

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 109).