Matar, suicidarse

Una "pequeña pistola"

—Bien. Pasando. Oye, me he estado quedando con tu cara desde hace un rato. Y me parece que te gustaría matar a alguien.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 24).

Unas piernas

Piernas y medias

—Va, Salva, que me estás poniendo muy cachonda con ese carácter que tienes. Que parece que te haces de rogar, que estás de vuelta de todo. Mírame las piernas.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 23).

Un escote

Un escote

Salvador notó que una mano de mujer, en su barbilla, le levantaba la cara. Lo primero que descubrió fue un considerable escote, unos pechos de mayúscula fortaleza, de piel dorada y maravillosamente cálida.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 22).

Sábana Santa de Turín

Allí, junto al sillón, apareció un rostro con los ojos cerrados, una faz de tamaño natural, una tez barbada, rigurosamente exacta a la que todavía hoy se conserva en la llamada Sábana Santa de Turín.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 21).

Aire de mujer y empuje

Cierta esencia

—Me falta empuje. Todo se está poniendo muy feo —dijo entre dientes—. Me falta empuje. Estoy clavado.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 20).

El pronto invierno

Pronto se echaría encima el invierno, con sus largas noches heladas de confusión y escarcha

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 19).

Miedo en el Raval

Hombre cagando en plena calle

Por muchos aplausos reales que sonaran a la vuelta de la esquina, las dentelladas del miedo se mantenían como salivajos prehistóricos.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 18).

Los reyes de España

El teatro del Liceo, en Barcelona

Los Reyes de España salieron por las portezuelas de un largo coche. Saludaron y posaron durante un tiempo que a Salvador le pareció del color de las lámparas encendidas.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 17).

Pasaje del Reloj

Pasaje del Reloj, frente al número 57 de la calle Escudellers, la vivienda de Salvador, el protagonista de la novela El solitario

Otra bifurcación notoria, aunque olvidada y silenciada desde 1864, es el Pasaje del Reloj.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 16).

La calle Escudellers

Salvador vivía en Barcelona, en el número 57 de la calle Escudellers.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 15).

Triunfar

—Bueno, señora Juana, no se puede triunfar siempre en la vida.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 14).

El cerebro

Desde hacía seis meses, aquel hombre escuchaba un incansable trajín de aguas en su cerebro.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 13).

Desprecios y recuerdos

La vida de Salvador almacenaba muchos desprecios, muchos rostros ácidos. La cara rota de la única mujer con la que estuvo casado se le aparecía la mayoría de las noches de invierno. En cuanto se acostaba, apagaba la luz y cerraba los ojos, solía florecer en sus párpados la cara desparramada de su esposa, aquella tez amoratada sobre un bordillo, toda la cabellera rubia jaspeada de sangre rojísima, sin vida. Entonces encendía la luz, contenía la respiración y entrecortadamente exclamaba: «Otra noche más». Pasadas varias horas, se dormía bajo las resonancias indelebles del bordillo, de la calamitosa furgoneta que se desvió un segundo, de la murmuradora maraña de la Rambla.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 12).

Mucha tristeza

La depresion

Desde que falleció su mujer, hacía siete años, se encontraba absolutamente espantado de la vida. Raro era el día que sus ojos se libraban del ahogo de las lágrimas. Pensaba de sí mismo que era un pobre hombre. Tenía la convicción de que se estaba convirtiendo en una verdadera piltrafa, entumecida por el miedo y la pestilencia de la derrota.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 11).