
Levantado con las primeras luces del alba. Ya empiezo a respirar un poco el aire futurible del verano que me espera: liquidación del presente instituto (aunque tal vez vuelva a él, de nuevo, en septiembre), y dos meses de desconexión docente.
Ayer terminé de corregir los últimos exámenes. Ya tengo incrustadas, en la Administración, las notas finales del curso. Lo vengo haciendo en casa desde hace un par de años o tres, a través de Internet, del programa SAGA. Qué bonito es el avance tecnológico. Recuerdo que en 2002, cuando empecé a dar clases, los profesores debíamos de guardar cola para cantar las notas en Secretaría.
Mañana libro en el instituto hasta las dos y media de la tarde, momento en que prepararé la evaluación final de 1º de ESO C, el grupo del que soy tutor. Libro por la mañana porque he dejado sin salida tutorial a la clase. Los nenes han sido malísimos. Me han proporcionado unas tutorías infernales. Todas las tardes de los martes, de tres a cuatro, la hora de tutoría, han sido instantes de puro corte de digestión. Con la comida recién deglutida, los nenes no me han dado tregua. Nunca. Y menos mal que en mi asignatura, Lengua Castellana y Literatura, los he tenido diseminados en distintos grupos. A siete de ellos tan sólo los he visto durante la hora de tutoría. Pero lo malo no ha sido el comportamiento indomable que han tenido conmigo, sino el comportamiento que han demostrado en las salidas (Delta del Llobregat, Museo de la Ciencia, etc.) y en las clases que han impartido monitores (sobre videojuegos, sobre publicidad, sobre alimentación). Los chavales hablaban y hablaban, y reían y reían, como si no tuvieran un monitor delante, una persona a la que acababan de conocer. Recuerdo que en la última charla, sobre la alimentación, a finales de abril, yo no asistí a esa hora. Subió, entonces, una compañera que estaba de guardia. La profesora hubo de suspender la intervención del monitor cuando se vio completamente incapaz de hacer callar a los alumnos. Luego me enteré de que la profesora salió llorando de la clase. Así que debido a esta tesitura, he dejado sin salida tutorial a mis alumnos, tres de ellos con expediente disciplinario. Menos mal que la Dirección no me ha obligado a sacarlos. El mensaje pedagógico hubiera sido nefasto.
Qué poco respeto tienen los críos de hoy en las aulas. Antes no pasaba apenas, puesto que los padres transmitían a sus hijos unos valores que hoy se han olvidado. La maldad infantil, una dentellada que se mantiene incólume a lo largo de los siglos, y que en el siglo XXI se desarrolla mucho menos autorreprimida. Yo he escrito historias en las que la maldad infantil se refleja como tentáculo dominante. A bote pronto recuerdo un par: “Cosa de tres”, de Trenzado de homicidas; y “Temblor de invierno”, de Cuentos agrios. Y lo que me queda…
Mejor será que me ponga a hacer el desayuno de los domingos, las mocarracas, la receta casera cordobesa que se asemeja a los churros convencionales, aunque en absoluto empalagosos y mucho más sabrosos. En los próximos minutos, estoy de suerte.
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