

Temprano, en la plaza del Potro, un llanito que se extiende desde el siglo XIII. Hace un aire frío que tiene su empuje, su consideración, el primer aire frío que se me cruza en Córdoba. El sol se filtra potente. Sensación de auxilio. Observo la fachada del Museo Julio Romero de Torres, una construcción que fue hospital en el siglo XV, que estuvo protegido por los Reyes Católicos. La fachada destaca un rectángulo de baldosas con la siguiente leyenda:
“El príncipe de los ingenios de España, Miguel de Cervantes Saavedra, de abolengo cordobés, mencionó este lugar y barrio en la mejor novela del mundo. Varios cordobeses con amor de paisano y con veneración de españoles dedican este humilde recuerdo al insuperable escritor. MCMXVII”.
Sensación de que lo que mencionó Cervantes suena a palabra de Dios. Cervantes fue una persona buena, adjetivo escrito en el sentido que se quiera. Cervantes fue un hombre desdentado, una persona relegada que degustó, la mayor parte de su vida, la amarga hiel de la miseria. Su novela El Quijote es un libro magnífico. Cervantes es Patrimonio de la Humanidad.
Me detengo frente a la puerta de la casa donde transcurrió toda la vida de Julio Romero de Torres, una casa con solera medieval, una casa de señorito andaluz. Otro patio engalanado por el olor del naranjo. La casa de la izquierda es ahora Museo de Bellas Artes. La fachada de la gran casona del pintor tiene un mármol adosado con cuatro clavos. Dice lo que sigue:
“En esta casa nació, vivió y murió Julio Romero de Torres, el cordobés insigne, que enamorado de su tierra supo sentir y exaltar, en los fondos de sus cuadros y en los ojos de sus mujeres, toda el alma de la ciudad”.
Me gusta lo de “los ojos de sus mujeres”. Entro en la casa-museo. Un conserje charla con alguien que parece amigo. Le compro un billete de acceso. El conserje me aconseja que haga la visita de arriba abajo. Le hago caso. Sólo hay dos largas plantas. Llego a la última. Me encuentro solo, como me gusta estar. Comienza la omnipresencia de la mujer. Estoy rodeado de mujeres pintadas. Gratísimo ambiente. Para que no se me desborde la imaginación pongo orden en lo que he de mirar. Me coloco unas antojeras figuradas. Mujeres. Mujeres relajadas, abandonadas a la cotidiana humildad de la piel, la que carece de confites, la clave del grandioso erotismo que encierran estos cuadros.
Veo a todas las mujeres hermosas, y algo parecidas, como si el pintor obedeciera a un mismo patrón para esculpir el rostro. Todas las mujeres hermosas. Y me encuentro de tú a tú con La chiquita piconera, un cuadro de 1929. De inmediato sé que no voy a tener más ojos que para ella, que estoy frente a la mujer más bella y apetecible de la casa. Sensación acuciada de que me haya rebasado, en algún momento de la vida, una mujer con su mismo rostro. La chiquita piconera es una muchacha sentada en una silla de enea, con las piernas entreabiertas, con una liga corrida, con los codos entre las piernas, pura relajación abandonada. Te mira con una mirada de escondidas y profundas melancolías, nunca pronunciadas en voz alta. La chiquita piconera me ha robado el corazón de la mañana.
Hago fotos. Y al instante suena por un altavoz ilocalizable la voz del conserje:
—Por favor, señor, está prohibido hacer fotografías.
Me sorprendo, me pongo escueto y digo a la nada, sabiendo que me oyen abajo:
—No lo sabía.
Acabo de recibir el picotazo que se siente cuando te cortan un poco el rollo. Aunque no localizo las cámaras, se conoce que estoy vigilado. No pasa nada. Guardo mi cámara. Ahora sólo manejo la libreta y el boli, que hierven.
Junto a mi chiquita piconera está la Nieta de la Trini, de 1929. Recuerdo este cuadro con los ojos de mis diez años de edad, y a mis padres al lado, y a un guía que, con acento andaluz, nos conmina a fijarnos en el detallismo del vello púbico de la Trini. Tenemos a una Trini completamente en cueros, guapetona, morenaza, unos pechos preciosos, unos muslos en su punto. Una zozobra. Me percato de que estoy presenciando, en cuatro días, un primer coño. Me río de mí mismo en Córdoba por primera vez.
Aparece una rubia, como un grajo blanco. Tiene una correa que amarra a un galgo cervantino. Los tirabuzones rubios de su pelo obedecen al mismo peinado que mi madre ha mantenido a lo largo de su vida.
Ante tanta mujer erótica, impresiona tropezarse con un cuadro titulado Cabeza de santa, que se pintó de 1920 a 1922. En una bandeja plateada, yace boca arriba la cabeza decapitada de otra mujer morena. Tiene la nariz afilada, los ojos borrosos, casi cerrados, unos labios entreabiertos que muestran la blancura de su perfecta hilera de dientes. Su decapitación llega hasta el hoyuelo de su garganta.
También impresiona La muerte de santa Inés, de 1918. La santa, estirada y muerta, a la que cubre una sábana que deja transparentar sus sinuosos pechos y hasta el negrear de su pubis, tiene a dos mujeres en la línea de su longitud; una, junto a su cabeza; la otra, a sus pies. La de la cabeza manda silencio a la de delante, con el índice en sus labios, y la de delante le muestra su palma de la mano, de la que salen unos haces de luz. Las dos mujeres se miran a los ojos en perfecta complicidad.
En Cante hondo, de 1925, se pinta una tragedia violenta en escenas. Aparece una mujer joven, pálida, con el pelo negro que rebosa en el ataúd que ocupa. También se ve a la misma mujer en el suelo, con un charco de sangre bajo su espalda, que llega a la altura de su cara. Se le desparrama un gran crucifijo como collar, que le cuelga, impotente, de un hombro, frenético símbolo de una inocencia desdichada, por los suelos, con las rodillas unidas, levantadas para ensalzar sus muslos, con las medias corridas. Un tipo, todavía con su navajón abierto, inclinado a los pies de la mujer, se pregunta por qué la ha matado.
Doy con Nocturno, de 1929. Aquí se distinguen siete mujeres en la oscuridad de una noche jaranera. Tres miran al retratista. Tres hablan entre ellas. Y la que me gusta, reclinada la barbilla en su mano, se muestra vencida por el sueño, sentada en un bordillo. Es claramente destacable el hueco que forma su falda corta al permanecer la mujer con las piernas separadas, abandonadas. El eterno abandono de la piel en Julio Romero de Torres. El erotismo femenino, en esta casa, se masca incluso en las mujeres vestidas de monja.
Bajo las escaleras. Me encamino a las salas de la planta baja. Saludo, con una sonrisa, al conserje que me ha llamado la atención. Me detengo frente al velatorio de una mujer joven, frente al cuadro que se titula Mira qué bonita era, de 1895 aproximadamente. En su universo, una vieja sentada, gente amontonada, sombreros cordobeses, y de nuevo un pelo larguísimo que se sale del ataúd, ahora en una cascada de siete pliegues.
Doy por extinguida mi visita. Si descuento el autorretrato de pintor, he sumado un total de once hombres enmarcados, minimizados, rodeados por un hermoso mar de mujeres.
Estoy en la calle, junto a la fuente de la plaza del Potro, la misma que sale en unos versos de Lorca. Qué gran visita acabo de hacer. Frente a la obra del pintor cordobés, me he acordado mucho de la obra del poeta granadino. Acabo de respirar cierto aliento lorquiano. Parte de las pasiones retratadas en el museo se emparentan a los colores que escribió Federico García Lorca, la lámina escrita más sensible de España.
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