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EL PASEO DE LOS CARACOLES, una cita de cada página, en ABIERTO

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Ultimos pasos en La Victoria

Martes, 7 de Abril de 2009 Sin comentarios

Plaza del cementerio viejo, La Victoria, Córdoba

Guiñando un ojo

Mis últimos pasos en La Victoria. Estoy sentado en un taburete. Acabo de pedir un cortado en el bar del Traperín, un bar donde mi padre, en algunas ocasiones, se pasaba las horas muertas. Amplio espacio. Evidentemente, todo modernizado. Hay una tele enorme, de las planas. Los naipes y el dominó de mi padre resuenan. Reposa una vitrina antigua, no sé si de los tiempos de mi padre. La verdad es que, salvo la inicial rasgadura de los juegos tabernarios, aquí no capto absolutamente nada. Será que no me gustan mucho los bares. Entra el tipo renegrido que vi en la Plaza España.

De aquí a una hora y pico, me montaré en la Catalana, como llaman aquí a los autocares que se desplazan a Córdoba. Antes de llegar a Córdoba, como en los viejos tiempos, la Catalana sólo se detendrá en la Aldea Quintana. Pienso en el balance humano. De la familia, únicamente he podido localizar a uno de mis primos. También he visitado a la madrina de mi madre, a su hija. Salgo.

Tengo media hora por delante. Cerca de la parada de la Catalana, descubro un parque al que se accede subiendo unas escaleras. Tiene un nombre algo raro, melancólico, romántico: Plaza del cementerio viejo. Me siento a la sombra de un naranjo. Llamada a mi madre. No sabe nada de este parque. Veo que camina, por la calle abajo, el tipo renegrido que vi en la Plaza España y en el bar del Traperín. Camina tambaleándose, borracho como una cuba. Como no levanta la cabeza, ignora que estoy aquí. Silencio. Hago una foto al cartel que anuncia este parque. Y me hago una foto guiñando un ojo, como satisfecho, como quien tiene el deber cumplido. Silencio. Mucho silencio a la luz de la siesta. Calma sólida, aquí, internado de lleno en la eterna fragancia del azahar.

En la casa de mis padres

Martes, 7 de Abril de 2009 Sin comentarios

La casa de mis padres, en el pasado

Frente a la casa de mis padres

Estoy frente a la casa donde vivieron mis padres, la casa de mi abuela mama Antonia. Está situada en la calle Federico García Lorca, bonito nombre, en el número 6, que se desvía en perpendicular, pues corresponde a lo que queda de la desaparecida calle El Pardito. Se mantiene absolutamente íntegra, sin remodelaciones. Es la única casa antigua, antiquísima, de toda la manzana. Merece la pena acercarse hasta aquí sólo por comprobar cómo eran las casas de antes. Está habitada por la misma señora que le compró la casa a mi mama Antonia, hace cincuenta años prácticamente exactos. Según me ha contado Frasquito, el de los Gallos, a esta señora la acompaña su hermano, que tiene ya más de noventa años. Frasquito lo ve muchas mañanas caminando con un bastón. La casa de mis padres. Su enjalbegado de cal estremece el valor de mi conciencia. Mi madre enjalbegó muchas casas. Y produjo alarma social cuando la descubrieron una vez, frente a una casa muy alta, subida en lo alto de una escalera. Mi madre cargaba con el embarazo de una de mis hermanas. Su barrigón temerario escandalizó la quietud de las miradas. El trabajo de los pueblos. Hace cincuenta años, mi madre regaló su hoz. La casa de mis padres. En ella nacieron mis primeras cuatro hermanas. También cuento a la que falleció al nacer. La casa de mis padres. Adivino la parte habitada. Se distingue la parte del corral, cuya fachada no es completamente lisa. Toda la parcela es muy larga. El corral de mi madre. Qué descripción más buena me hizo, y qué sentida. La copié al dictado. Sale en El Paseo de los Caracoles. Y ahora tengo toda la casa al alcance de mi mano. La casa es de una sola planta. Sus tejas aparecen negruzcas, con salitre, alimentadas por la mancha de algunos musgos. Un perrillo pasa por mi vera. Menea el rabo al ver que lo miro. Como descubre mis ojos impregnados de letras, no se atreve a olerme el pie. El perrillo tiene un talante cansado, resignado. Pasa de largo. Igual que las pocas personas que me descubren, el perrillo se pregunta por qué escribo. Me retrato frente a la casa. Me sale una sonrisa. Miro por última vez la entrada de la casa. Y me enfrío un poco al imaginar los tres olivos, en hilera, de su umbral. Y veo a mi padre y a mi tío José arrancándolos. Abandono el espacio que perteneció a mi familia. Doblo a la izquierda con cierto estremezón.

La Victoria, Córdoba

Martes, 7 de Abril de 2009 Sin comentarios

Entrada en La Victoria, Córdoba

Iglesia de La Victoria, Códoba

Entrada en La Victoria, Córdoba, el pueblo de mis padres. He de desandar un poco lo rodado por el taxi, ya que simpatizo con retratarme junto a la señal de tráfico que anuncia el pueblo que visito. Recuerdo que hice lo mismo en Iria Flavia, la aldea de Camilo José Cela. A la izquierda, olivos; a la derecha, más allá de una valla, un mercadillo ambulante. Subo por la carretera, el Paseo de La Victoria. Llamada a mi madre. Sonrisas. Consejos. Mandas.

Estoy en la Plaza España, frente a la iglesia donde se casaron mis padres. Se llama Parroquia de San Pedro Alcántara. Me la encuentro cerrada. Apenas aparece gente. Siguen zumbando las corrientes de aire frío. La limpieza del cielo resplandece. Como el Ayuntamiento lo tengo a unos metros, pregunto a una señora de las oficinas si sabe si abrirán la iglesia a lo largo de la mañana. Cree que no. Y me ofrece indicaciones sobre la casa donde vive el cura. No llega a tanto mi curiosidad. Salgo. Me siento frente a la blaquísima iglesia. Empiezo a escribir en la libreta. Cantan dos gallos, hermanados. A veces se agradece el aire frío, debido al sol, que es muy potente. Gana el frío, que me deja la barbilla más bien helada. Los rayos del sol parecen un bálsamo. Recuerdo que por el camino he visto al Pino, un abuelo paisano con el que trabajé en la fábrica de Cornellá. Delante, a mi derecha, sentado como yo, hay un tipo con aspecto de vagabundo, un tipo muy renegrido, ignoro si por poseer sangre gitana o por la continua quemazón del aire en suspenso. Este tipo observa cómo escribo en la libreta. Nueva llamada a mi madre. Le indico novedades sobre su iglesia. Me recuerda lo de su madrina, que vive a unos pasos. Cuelgo. Ha desaparecido el tipo con aspecto de vagabundo. Hay gorriones que susurran en mi oído notas agradables. La iglesia —el casorio de mis padres, el bautizo de mis hermanas mayores— tiene sus tejas, su espadaña con tres campanas, su pórtico de seis columnas. Imagino a mis padres, de recién casados, saliendo por esa puerta de la iglesia. También me acuerdo de la tumba de mi padre. Honda impresión. Vuelvo a imaginar a mis padres, de recién casados, saliendo por esa misma puerta. Mi madre va agarrada del brazo de mi padre. Los dos, un instante, al mismo tiempo, desvían su mirada hacia el punto exacto donde estoy sentado. A mi padre, con buena planta, mucho más guapo que yo, le distingo una sonrisa picarona. La sonrisa de mi madre es distinta, tiene que ver con la flor de los almendros. Se le distingue la radiación de sus ojos azules.

Guardo la libreta. Me levanto. Sigo con mi camino.

La Virgen de la Torre

Martes, 7 de Abril de 2009 Sin comentarios

Torre de don Lucas, más conocida como La Virgen de la Torre (La Victoria, Córdoba)

Virgen de la Torre (La Victoria, Córdoba)

Tras tomar un café con leche en un bar de la plaza del Potro, me monto en un taxi que me lleva a La Victoria, el pueblo de mis padres, que se ubica a unos treinta kilómetros. La Victoria, uno de los espacios de mi novela El Paseo de los Caracoles. Ternura. Desarraigo. No piso este pueblo desde que contaba diez años de edad.

El taxi me deja a unos tres kilómetros de La Victoria, tras rebasar la Aldea Quintana. Me deja en la Torre de don Lucas, más conocida como la Virgen de la Torre. Recuerdo que de chico caminé desde el pueblo hasta aquí para acompañar en la ejecución de una promesa. Una prima y sus hijas chicas anduvieron descalzas durante todo el trayecto. Recuerdo que la madre les puso a las niñas calcetines dobles; y la frescura del interior de la torre, en contraste con los picotazos del sólido verano andaluz, un aire que seca la humedad ordinaria de las fosas nasales.

Se dice que la torre está en pie desde el siglo VIII, y que la talla de la Virgen se exhibe en uno de los tabiques desde el siglo XVIII. Mi madre se acuerda mucho de la imagen de esta Virgen. Reconozco que la Virgen posee un rostro bonito, de finísimo cutis, algo picassiano. Tiene la manos unidas, una aureola dorada de estrellas, las flores siempre frescas, la mirada hacia abajo, hacia quien la mira, como si escuchara lo que se le dice a viva voz o con el pensamiento.

En un mármol que ciega una ventana se lee lo que sigue:

“Torre de la Purísima Concepción desde este día, 1º de mayo de 1834, conocida en lo antiguo por la de don Lucas”.

Vuelvo al taxi, que me dejará en la entrada del pueblo. La arboleda silba a compás de este aire afilado, que se estira y a veces conmueve. Unas mujeres salen de una furgoneta. Acaparan la renovación de unas flores para la Virgen. También cargan utensilios de limpieza. Son decidoras, alegres. Lamento no poder intercambiar con ellas más que un saludo.

Museo Julio Romero de Torres

Martes, 7 de Abril de 2009 Sin comentarios

La chiquita piconera, frente a la que permanecí impresionado

Junto a mi chiquita piconera

Temprano, en la plaza del Potro, un llanito que se extiende desde el siglo XIII. Hace un aire frío que tiene su empuje, su consideración, el primer aire frío que se me cruza en Córdoba. El sol se filtra potente. Sensación de auxilio. Observo la fachada del Museo Julio Romero de Torres, una construcción que fue hospital en el siglo XV, que estuvo protegido por los Reyes Católicos. La fachada destaca un rectángulo de baldosas con la siguiente leyenda:

“El príncipe de los ingenios de España, Miguel de Cervantes Saavedra, de abolengo cordobés, mencionó este lugar y barrio en la mejor novela del mundo. Varios cordobeses con amor de paisano y con veneración de españoles dedican este humilde recuerdo al insuperable escritor. MCMXVII”.

Sensación de que lo que mencionó Cervantes suena a palabra de Dios. Cervantes fue una persona buena, adjetivo escrito en el sentido que se quiera. Cervantes fue un hombre desdentado, una persona relegada que degustó, la mayor parte de su vida, la amarga hiel de la miseria. Su novela El Quijote es un libro magnífico. Cervantes es Patrimonio de la Humanidad.

Me detengo frente a la puerta de la casa donde transcurrió toda la vida de Julio Romero de Torres, una casa con solera medieval, una casa de señorito andaluz. Otro patio engalanado por el olor del naranjo. La casa de la izquierda es ahora Museo de Bellas Artes. La fachada de la gran casona del pintor tiene un mármol adosado con cuatro clavos. Dice lo que sigue:

“En esta casa nació, vivió y murió Julio Romero de Torres, el cordobés insigne, que enamorado de su tierra supo sentir y exaltar, en los fondos de sus cuadros y en los ojos de sus mujeres, toda el alma de la ciudad”.

Me gusta lo de “los ojos de sus mujeres”. Entro en la casa-museo. Un conserje charla con alguien que parece amigo. Le compro un billete de acceso. El conserje me aconseja que haga la visita de arriba abajo. Le hago caso. Sólo hay dos largas plantas. Llego a la última. Me encuentro solo, como me gusta estar. Comienza la omnipresencia de la mujer. Estoy rodeado de mujeres pintadas. Gratísimo ambiente. Para que no se me desborde la imaginación pongo orden en lo que he de mirar. Me coloco unas antojeras figuradas. Mujeres. Mujeres relajadas, abandonadas a la cotidiana humildad de la piel, la que carece de confites, la clave del grandioso erotismo que encierran estos cuadros.

Veo a todas las mujeres hermosas, y algo parecidas, como si el pintor obedeciera a un mismo patrón para esculpir el rostro. Todas las mujeres hermosas. Y me encuentro de tú a tú con La chiquita piconera, un cuadro de 1929. De inmediato sé que no voy a tener más ojos que para ella, que estoy frente a la mujer más bella y apetecible de la casa. Sensación acuciada de que me haya rebasado, en algún momento de la vida, una mujer con su mismo rostro. La chiquita piconera es una muchacha sentada en una silla de enea, con las piernas entreabiertas, con una liga corrida, con los codos entre las piernas, pura relajación abandonada. Te mira con una mirada de escondidas y profundas melancolías, nunca pronunciadas en voz alta. La chiquita piconera me ha robado el corazón de la mañana.

Hago fotos. Y al instante suena por un altavoz ilocalizable la voz del conserje:

—Por favor, señor, está prohibido hacer fotografías.

Me sorprendo, me pongo escueto y digo a la nada, sabiendo que me oyen abajo:

—No lo sabía.

Acabo de recibir el picotazo que se siente cuando te cortan un poco el rollo. Aunque no localizo las cámaras, se conoce que estoy vigilado. No pasa nada. Guardo mi cámara. Ahora sólo manejo la libreta y el boli, que hierven.

Junto a mi chiquita piconera está la Nieta de la Trini, de 1929. Recuerdo este cuadro con los ojos de mis diez años de edad, y a mis padres al lado, y a un guía que, con acento andaluz, nos conmina a fijarnos en el detallismo del vello púbico de la Trini. Tenemos a una Trini completamente en cueros, guapetona, morenaza, unos pechos preciosos, unos muslos en su punto. Una zozobra. Me percato de que estoy presenciando, en cuatro días, un primer coño. Me río de mí mismo en Córdoba por primera vez.

Aparece una rubia, como un grajo blanco. Tiene una correa que amarra a un galgo cervantino. Los tirabuzones rubios de su pelo obedecen al mismo peinado que mi madre ha mantenido a lo largo de su vida.

Ante tanta mujer erótica, impresiona tropezarse con un cuadro titulado Cabeza de santa, que se pintó de 1920 a 1922. En una bandeja plateada, yace boca arriba la cabeza decapitada de otra mujer morena. Tiene la nariz afilada, los ojos borrosos, casi cerrados, unos labios entreabiertos que muestran la blancura de su perfecta hilera de dientes. Su decapitación llega hasta el hoyuelo de su garganta.

También impresiona La muerte de santa Inés, de 1918. La santa, estirada y muerta, a la que cubre una sábana que deja transparentar sus sinuosos pechos y hasta el negrear de su pubis, tiene a dos mujeres en la línea de su longitud; una, junto a su cabeza; la otra, a sus pies. La de la cabeza manda silencio a la de delante, con el índice en sus labios, y la de delante le muestra su palma de la mano, de la que salen unos haces de luz. Las dos mujeres se miran a los ojos en perfecta complicidad.

En Cante hondo, de 1925, se pinta una tragedia violenta en escenas. Aparece una mujer joven, pálida, con el pelo negro que rebosa en el ataúd que ocupa. También se ve a la misma mujer en el suelo, con un charco de sangre bajo su espalda, que llega a la altura de su cara. Se le desparrama un gran crucifijo como collar, que le cuelga, impotente, de un hombro, frenético símbolo de una inocencia desdichada, por los suelos, con las rodillas unidas, levantadas para ensalzar sus muslos, con las medias corridas. Un tipo, todavía con su navajón abierto, inclinado a los pies de la mujer, se pregunta por qué la ha matado.

Doy con Nocturno, de 1929. Aquí se distinguen siete mujeres en la oscuridad de una noche jaranera. Tres miran al retratista. Tres hablan entre ellas. Y la que me gusta, reclinada la barbilla en su mano, se muestra vencida por el sueño, sentada en un bordillo. Es claramente destacable el hueco que forma su falda corta al permanecer la mujer con las piernas separadas, abandonadas. El eterno abandono de la piel en Julio Romero de Torres. El erotismo femenino, en esta casa, se masca incluso en las mujeres vestidas de monja.

Bajo las escaleras. Me encamino a las salas de la planta baja. Saludo, con una sonrisa, al conserje que me ha llamado la atención. Me detengo frente al velatorio de una mujer joven, frente al cuadro que se titula Mira qué bonita era, de 1895 aproximadamente. En su universo, una vieja sentada, gente amontonada, sombreros cordobeses, y de nuevo un pelo larguísimo que se sale del ataúd, ahora en una cascada de siete pliegues.

Doy por extinguida mi visita. Si descuento el autorretrato de pintor, he sumado un total de once hombres enmarcados, minimizados, rodeados por un hermoso mar de mujeres.

Estoy en la calle, junto a la fuente de la plaza del Potro, la misma que sale en unos versos de Lorca. Qué gran visita acabo de hacer. Frente a la obra del pintor cordobés, me he acordado mucho de la obra del poeta granadino. Acabo de respirar cierto aliento lorquiano. Parte de las pasiones retratadas en el museo se emparentan a los colores que escribió Federico García Lorca, la lámina escrita más sensible de España.

Últimos pasos en Aguilar

Lunes, 6 de Abril de 2009 4 comentarios

Plaza de San José, Aguilar de la Frontera

Tras comprobar que la Torre del Reloj y la octogonal plaza de San José siguen en su sitio, incólumes, con sabor a siglos XVII y XVIII, vuelvo a la iglesia del Carmen, no sin antes anotar una dedicatoria que ofrece la mencionada y cuca plaza:

“Aguilar de la Frontera a los insignes poetas y artistas que acuden atraídos al mágico recinto de esta plaza ochavada con un solo afán de luz y de armonía”.

De nuevo en la iglesia del Carmen. Sigue cerrada. Coincido con una señora que llama a unos críos, que toca la aldaba, produciendo en la puerta un sonido seco de hierro. Pido permiso. Me dejan entrar. Hay hombres y mujeres que limpian y preparan los pasos que saldrán por la tarde, esos altares movibles que se echan a los hombros en procesión. Como tengo la chaqueta en el brazo, noto un cambio húmedo de temperatura, una frialdad de cueva. Fotografío toda la penumbra, incluso el altar donde se casó mi mama Antonia. No hay rastro de la pila que bautizó a mi madre. La pila bautismal actual es de quita y pon. La veo arrinconada. La han desplazado para hacer sitio a los pasos.

Poco antes de emprender la salida, respiro hondo sin saber por qué. Camino de la salida, agradezco a los que trajinan su conmiseración. Cierro la puerta de la iglesia. Repentina lluvia de calor. Ensancho la vista hacia el adiós de Aguilar.

P.D. De Aguilar es María, conocida como la Virgen, uno de los personajes de la novela El Paseo de los Caracoles.

Pasos de la Virgen

Pasos de Cristo

La calle Calvario

Lunes, 6 de Abril de 2009 Sin comentarios

Calle Calvario, Aguilar de la Frontera

El número 56 de la calle Calvario, la casa que perteneció a mis bisabuelos

La memoria de mi madre se mantiene más clara que el agua fresca. Encuentro el nacimiento de la calle Calvario, que coincide exactamente con sus instrucciones. Se trata de una calle larguísima, a la que no se le ve la punta, una calle formada por casas de dos plantas a ambos lados, enjalbegadas y lisas algunas; otras, pintadas, con añadidos de cerámicas y mármoles.

Me detengo no muy lejos, en el número 56, la casa donde vivió mi madre de chiquilla, durante la guerra, la casa de mi mama Antonia y de sus padres. Sus dos plantas son del color de la piel humana andaluza. La casa tiene como introducción unos mármoles jaspeados, del mismo talante que las columnas de la Mezquita de Córdoba. Llamada a mi madre. Le hablo de números cambiados en las casas. Con la referencia que me ofrece sobre el antiguo número 55, la casa de su chacha Manuela, sé que el número 56 ha de corresponder al número 56 actual. Cuelgo. Me percato de que se me va a cruzar una anciana de bastón, que va cogida del brazo de una mujer más joven. Interrumpo sus pasos por corroborar el número 56 de la calle Calvario.

—Hola, buenos días. Veo que algunas de las numeraciones de las casas están cambiadas, que mantienen el número viejo y el de ahora. ¿Saben si se han cambiado todos los números?
—No han cambiado todos, como el número de mi casa. Las casas que no tienen dos números son porque tienen el mismo.

Ya me encuentro seguro del todo. No consigo ocultarlo. Les confieso que entonces estoy frente a la casa donde vivió mi madre de chiquilla, la casa de mis bisabuelos y de mi abuela.

—Anda… Antes todas estas casas no tenían los balconcillos ni el zócalo, sólo tenían unas ventanas pequeñas.

Pronuncio el nombre completo de mi mama Antonia. No saben nada de ella. Comprendo que es natural. Mi mama Antonia nació en la casa que tengo delante en 1902. Conversación muy amena. Despedida.

Me quedo, más solo que la una, frente a la casa que perteneció a mi familia. E imagino a mi madre, de cría, saliendo por esa misma puerta, saliendo corriendo por esa misma puerta, con su pelo negro reluciente y sus ojos azules destellando a los cuatro vientos. E imagino a mi mama Antonia llamándola, con su larguísimo pelo rubio hasta la cintura y sus ojos azules destellando a los cuatro vientos. Me fijo en la ventana tras la que falleció mi bisabuelo. Y distingo uno de sus tabiques del interior, ya que la casa tiene su puerta abierta para que te reciba el vestíbulo.

Todos los ecos que salen de la casa arrancan un fuerte nudo en mi garganta.

Aguilar de la Frontera

Lunes, 6 de Abril de 2009 Sin comentarios

Iglesia del Carmen, en Aguilar de la Frontera, donde se casaron mis abuelos

Nada más poner pie en Aguilar, llamo a mi madre, que vivió aquí tres años. Mi madre estuvo aquí de chiquilla, de los diez a los trece años. Se trasladó a la casa de sus abuelos, en la calle Calvario, 56, con sus hermanos y sus padres. Aquí vivió mi madre los tres años de la Guerra Civil. Pasado este periodo, jamás regresó al pueblo, aunque estuvo muy cerca en una ocasión, cuando trabajó, en cuadrilla, en una casería de olivos, cogiendo aceitunas. Se pone mi madre al teléfono. Le digo que el autocar ha parado en la calle Miguel Cosano.

—¡Sí, la calle Cosano! La iglesia del Carmen está cerca.

Me sorprende su memoria. Mi madre me da instrucciones. Mi madre levanta un poco la voz, a veces, al teléfono. Supone que así la escucho mejor. Pocas veces se equivoca. Mi madre me responde un poco ajetreada, con sus mejillas color de rosa. A mi madre le digo que ahora mismo voy a ir para allá, que no se retire muy lejos del teléfono. Mi intención es que participe, casi a cada paso mío, en el viaje a este pueblo.

Efectivamente, la iglesia del Carmen estaba muy cerquita. Se ufana en la plaza del Carmen, que preside un Cristo crucificado no muy grande, con bastante mohín. Los clavos de sus pies son enormes. Cuatro faroles le brindan lustre por la noche. La iglesia es blanca, con cuatro peldaños en una larga entrada de madera en arco. La fachada tiene una leyenda incrustada en seis baldosines:

“Parroquia de Nuestra Señora del Carmen, antiguo convento de padres carmelitas. Fundado en 1590. Templo de una sola nave. Imágenes barrocas de gran interés”.

Mis abuelos se casaron en una iglesia con solera. Mi madre fue bautizada en una iglesia con solera. Llamo de nuevo a mi madre. Le digo que la iglesia está cerrada, pero que la abrirán más tarde para limpiar los pasos de Semana Santa. Ahora le pregunto por la calle Calvario, donde está la casa que habitó. Me dice que tire por la calle abajo hasta llegar al llano de la Cruz, donde se sitúa la calle Ancha, y que en la primera bocacalle de ésta, se encuentra la calle Calvario.

Cuelgo. El sol es bonito. Las subidas y bajadas son amables. El olor del azahar, tras mi salida de Córdoba,  sigue reinando.

Camino de Aguilar de la Frontera

Lunes, 6 de Abril de 2009 Sin comentarios

Vistas de Aguilar de la Frontera, desde mi autocar

En el autocar, camino de Aguilar de la Frontera, el pueblo de mi ascendencia por parte de madre. De Aguilar eran mi abuela mama Antonia y su familia. Recién casada, mi mama Antonia se trasladó a La Victoria, donde nacieron todos sus hijos, donde vendió su casa para emigrar, con mis padres, a Barcelona. No hace falta recordar la dureza, la penuria de la larguísima posguerra española, toda una rabiosa lacra que segaba familias y talentos. A mí sólo me separa una generación del hambre y del analfabetismo.

Sigue rodando el autocar. He de cruzar tres pueblos: Fernán-Núñez, Montemayor y Montilla. Suena la radio. Jarabe de Palo promociona un disco-libro. Una cría dormita delante, a mi izquierda, con una mano sobre el brazo del asiento, con el codo sobre esa mano, con su barbilla en la palma de la mano libre. Tiene unas pestañas muy largas, agrupadas en triángulos, como si hubieran estado mojadas. Sueña con una conciencia tan limpia que apenas se le conoce que respira. Tengo a mi izquierda, a mi nivel, detrás de la cría, a una pareja de abuelos. La abuela tiene los ojos cerrados. Piensa en limbos futuros. Como le atemorizan los vuelcos, una de sus manos se agarra a la manecilla del sillón de delante. Echo la vista al cielo. Se refleja muy azul en las retinas. Nos rodea el campo, las continuas colinas cultivadas en oleaje, que es la tierra andaluza. Apenas hay tráfico por la autovía. De repente, entre dos cerros, distingo el cerro donde se asienta Aguilar: tal vez toque sudar.

El río Guadalquivir

Domingo, 5 de Abril de 2009 Sin comentarios

Puente romano de Córdoba, ayer, desde el puente de Miraflores, frente a mi fonda

El río Guadalquivir, en cuyos pies tengo mi fonda. Me dispongo a cruzar el Puente Romano, ahora con más tiempo que ayer, con luz. Se trata de un puente construido en la etapa de Augusto. Es muy ancho a su paso por estos arcos milenarios. Discurre muy pálido y cachazudo por esta franja. En el centro, rompen las aguas en pequeña cascada. Si se saca la cabeza por el pretil, sus espumas te susurran historias de terror, con su siseo cortante, y la certeza escénica de estar uno columpiándose en el vértigo, en el vacío del aire. Este susurro te amilana el tímpano, te incita a la alarma, a retirar la cabeza cuanto antes. Digo que este río es muy pálido y cachazudo porque me acuerdo del Ebro a su paso por el puente de Tudela de Navarra. El Guadalquivir, en este punto, parece que aloje en su légamo las blancas yeserías de al-Andalus, unas yeserías tranquilas, lobuladas, geométricas, bizcas.

Llego al final del puente. Es casi la una. No me apetece visitar la Torre de Calahorra, pequeña y fuerte, tras haber contemplado el Alcázar, por mucho heroísmo que encierre su interior al haber defendido la entrada de la ciudad. Aparece una escalinata que conduce al nivel de la carrera del río.

Estoy prácticamente en el cauce del río. A lo lejos se distingue toda la Mezquita, con sus tonos agradables, altisonante. Matojos, estrechura a la izquierda, una noria antigua, patos que nadan y beben. Se capta el olor del agua, un aroma dulzón, casi de anfibio, casi del sudor humano. Veo las primeras golondrinas de la temporada. Son chicuelas, muy jóvenes, ágiles, tan traviesas, tan tenebrosas que se mojan la barriga, en las corrientes, a pleno vuelo. Las golondrinas. Todavía no han llegado a Barcelona. Pero no tardarán. Sus cánticos tras mi ventana del amanecer.

Puente romano, hoy, con la Mezquita al fondo

El Alcázar de Córdoba

Domingo, 5 de Abril de 2009 Sin comentarios

Relieve sobre la reina Isabel de Castilla y la reina de Canaria (sin s)

Acabo de salir escopeteado de la Mezquita. A las diez y media en punto, los vigilantes nos han echado a todos. Decían a la gente, barriendo el espacio de sur a norte, que salieran ya. Se me acercó uno.

—Tenemos que cerrar. Haga la foto y salga por aquella puerta.
—Ah, sí, son ya las diez y media.

Parece que me ha jodido un poco el trato del vigilante. El imperativo del verbo imprevisto, quizá insolente. Pero reconozco que he visitado toda la Mezquita en sosiego a la hora de escribir. Sólo me ha faltado la supervisión final, y el haber descansado un poco frente a los huesos de Góngora, el haber conversado un poco con él. Otra vez será.

Camino del Alcázar, una gitana me detiene, me coge del brazo, me ofrece una ramita de romero. Huelo a caca de caballo. Dos carrozas se ofrecen a los transeúntes a unos tres metros. La ramita de romero. La gitana. Recuerdo que dentro de nada se celebra el día de la Palma.

—Chiquilla, que yo no creo en estas cosas.
—Pero si es gratis.

En el momento que con dos dedos, en forma de pinza, toco la ramita, noto cómo la gitana la agarra con fuerza para que no me la lleve. La gitana es más lista que el hambre. La gitana sabe que voy a tirar la ramita en la primera papelera que se me cruce. La gitana sabe que no tiene nada que hacer conmigo, que soy casi gitano, casi paisano también. Nos despedimos con una educación exquisita.

—Que tengas suerte —me dice.
—Que tenga suerte usted también —le digo con una sonrisa salida entre lo profundo y la sorna.

A las cuatro zancadas me planto en el Alcázar de los Reyes Cristianos, del siglo XIII. Jardines, almenas, el Imperio Romano dentro. Aquí se recuerda el episodio de la protección que tuvo una reina canariona por parte de Isabel de Castilla. Sé que el asunto da para un relato de los míos. A lo mejor lo escribo cuando me jubile. La docencia apenas deja tiempo para la ficción.

El Alcázar por la parte de arriba. Pasillos estrechos, almenas estrujadas por el potente trajinar de los siglos, mucha gente, vulgaridad. La parte de abajo alberga mosaicos romanos. Eros y Psique se encuentran abrazados, flotando en el aire. A Eros se la ve de espaldas, con su redondo culo entregado a las espirales del viento. A Psique, de cara, alado como un ángel, se le ve la pichilla. Hay mosaicos de guirnaldas y figuras geométricas. Ponen la vista bizca. Me tropiezo con Océano. Y también con Polifemo y una Galatea de pechos enhiestos.

Bajando hacia los baños árabes, la gente se asoma por una ventana. Yo hago lo mismo por inercia. Aparece el trazado de unos riscos sin forma, sembrados de oquedades, tal vez ruinosos aposentos, o baños perdidos para siempre, desencajados. Luego se muestran los baños arreglados, funcionales. Parecen una construcción actual, normal.

Salgo. Sospecho que la visita me ha sabido a poco.

La Mezquita de Córdoba

Domingo, 5 de Abril de 2009 Sin comentarios

Junto a la tumba de Góngora

Todavía no he hablado sobre la respiración en Córdoba. Aún no he mencionado que Córdoba, debido a la etapa en que la toco, en que la acaricio, tanto con los ojos como con el pensamiento, parece una ciudad rociada de colonia. Los naranjos se suceden por todos los rincones, y la flor del azahar la respiras, la masticas con agrado. Es el olor del pecho de las mujeres.

Gusta recorrer la larga fachada rectangular de la Mezquita de Córdoba. Porque se sabe arrancada en el siglo VIII y ampliada en el siglo X. Los añadidos cristianos renacentistas me dan lo mismo. Quiero decir que ni me gustan ni me disgustan. Su gruesa piedra dorada, sabrosamente gastada, no se eleva mucho. Como es natural, su cumbre es un larguísimo hilo de almenas.

Finalizado el recorrido rectangular, me interno por la primera puerta abierta. Estoy en el Patio de los Naranjos. Compro un billete de entrada al interior. Hasta la fecha, se trata del billete más caro de todas las catedrales de España: 8 euros. He de darle prisa a mis pies. A las diez y media tengo que desalojar. Se celebrará un oficio religioso en el Patio de los Naranjos, el de Domingo de Ramos. Es el día de la Palma.

Entro en la Mezquita. Hay poca luz. La techumbre está a poca altura. Los arcos rojiblancos se suceden, unos arcos que se asientan en valiosísimas columnas pulidas, muy suaves, jaspeadas. Toda una exhibición de lujo. Por los muros que dan a la fachada se suceden las capillas cristianas, un sacrilegio cristiano que se inició en el siglo XIII, el mismo sacrilegio que los musulmanes cometieron al construir la Mezquita sobre una basílica cristiana visigoda. Tanto monta, monta tanto, como diría mi reina Isabel.

Junto a la capilla de Nuestra Señora Concepción hay un cuadro de unos cuatro metros. Un presumible santo sostiene una espada y una palma. Se le pierde la mirada hacia arriba, pues tiene un gran tajo que le cruza la garganta. Claramente degollado, se mantiene en pie por intercesión milagrosa.

Salta la sorpresa. En la capilla de san Esteban y san Bartolomé descubro una pequeña urna funeraria. No me la esperaba. Sobre ella no tenía ni idea. Estoy frente a la tumba de don Luis de Góngora, muy buen poeta, famosa gran nariz, oscuridad de latines caprichosos. Se ve, en bronce, su conocido retrato, coronado por unas ramitas de laurel, también en bronce. Sus huesos, poquita cosa a estas alturas de la vida, se conoce que yacen amontonados en la urna, igual que en un revoltijo de pucheros que hierven. En el suelo, bajo tierra, delante del gran poeta, se lee esta inscripción en una tumba:

“Rogad a Dios por los Ximénez de Góngora, Duques de Almodóvar del Río, Marqueses de la Puebla de los Infantes, que aquí yacen”.

¿Quiénes son estos muertos de títulos nobiliarios, que comparten apellido y zona mortuoria con el gran poeta don Luis de Góngora, un poeta cura que vivió a salto de mata? ¿Sobrinos lejanos? Hasta este punto ha llegado la muerte de Góngora. Si no fuese por las prisas, me sentaría un rato junto a sus huesos molidos, como he hecho con los huesos molidos de viejos escritores muertos, amigos.

Un último apunte: frente a la capilla de la Concepción de san Pablo, acongoja presenciar la estatua de una mujer con aureola de santa, con manto azul. Se mantiene en pie, los brazos abiertos, un gesto de dolor, la mirada hacia el firmamento. Tiene media espada clavada en su corazón, y el alma partida. Sobran más palabras.

Salida y llegada

Sábado, 4 de Abril de 2009 Sin comentarios

Mi libreta de Córdoba

En el tren, un tren que se llama Arco. Desde Barcelona a Córdoba. Salida puntual, a las ocho de la mañana. Mi espacio posee la única mesa del vagón. Me rodea una familia completa, incluidos los abuelos. Tengo enfrente, de cara, a un viejo muy viejo, gordo, gordísimo, que no deja de toser, de carraspear. Recuerdo mi gripe reciente. Y pienso que el posible virus que me dispara el viejo ha de resultar en mi organismo absolutamente inocuo, ya que estoy tirando de antibióticos desde el lunes por la tarde. El viejo tiene un bastón, con empuñadura de paraguas, que le descansa en un costado. El viejo dice que pasó mucha hambre en Játiva, cuando soldado, en el año 47. El viejo tose. El viejo padece constantes accesos de tos. Una señora de atrás le regala un par de caramelos de eucalipto, para que se le suavice la sierra de su garganta. Es inútil. El viejo tose, sigue tosiendo una y otra vez. Como está tan gordo, su vientre se empina y cae a plomo, se empina y cae a plomo una y otra vez, con la energía de los puñeteros tosidos. Llega la hora de comer. Y el viejo corta un taco de jamón serrano. Huele que alimenta. El viejo, que no tose mientras saja el jamón, se ríe serenamente de las ocurrencias de su yerno. El olor del jamón fresco alimenta todo el vagón, solivianta el apetito del vagón. Florece una llama de alegría. El jamón abriéndose, en flor, es la alegría de la pequeña comunidad formada en el vagón. Pasa el tiempo. Y con el tiempo se consume el jamón. Y el viejo viejísimo, gordo gordísimo, escarba en sus dientes con un palillo de dientes. Limpia sus encías de restos de jamón, y se traga el jamón recuperado en un porcentaje perfecto. Pasa el tiempo. Y con el tiempo todos vemos que el viejo viejísimo no se desprende del palillo de dientes, que mantiene pegado a sus labios, como golosina perenne. Pasa el tiempo. Sobre el paso del tiempo, algunos viajeros son más conscientes que otros. El viejo sigue tosiendo. El viejo sigue con el palillo de dientes entre sus labios. Nunca escupe el palillo. Pasa el tiempo. Y creo que la imagen que puede pervivir más tiempo en mi memoria, sobre este viejo viejísimo, gordo gordísimo, es la del viejo enjugándose sus ojos rojos, llenos de lágrimas, en un pañuelo de papel.

*   *   *

Llego a mi alojamiento muy tarde, el hostal Cruz del Rastro, que está muy cerca de la Mezquita, enfrente del río, un establecimiento antiguo, amplio, bien insonorizado, de 36 euros la jornada, en pleno centro del meollo de la ciudad. El tren sólo se ha retrasado un cuarto de hora. Son casi las ocho de la tarde. Acabo de llegar, a pie, desde la estación de Córdoba hasta el río Guadalquivir. Mucho calor. Aquí la gente está en mangas de camisa. Mucha ropa tengo yo. He tenido que echar abajo una pudorosa gota de sudor que me rodaba por la sien.

Dejo los bártulos en la fonda, y me doy el primer garbeo. El día se apaga. Cruzo el Guadalquivir. La luz se empequeñece. El sol pretende esconderse en el horizonte, tan sin fuerzas, que se le puede mirar fijamente a los ojos. Mañana, con luz, diré lo que me parece el río. Hoy ya llevo bastante corrido a mis espaldas. Sólo una cosa más: delante del puente romano descubro un monumento a Góngora. Acabo de aterrizar en Córdoba y, tras mis primeros pasos, descubro el nombre del colosal narigudo. Dice el monumento: “Tributo a Góngora. 1627-1927”. Aparece en mármol un soneto, el soneto del maestro A Córdoba (“¡Oh excelso muro!”, etcétera). Vaya con Góngora, el poeta de “las bellaquerías detrás de la puerta”.

Mi llegada a Córdoba

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