Otra vez en el Tajo
Por la mañana. Y mi tercera visita al Tajo. Ahora casi tocando sus aguas. Estoy sentado en una piedra, a la sombra de una arboleda cuya raíz se oculta empapada en aguas, en la mismísima margen del río. Estoy prácticamente a ras del cauce del Tajo. Delante, a mi derecha, el puente medieval de San Martín. Delante, a mi izquierda, los peñascos de un conocido acantilado, el que se sitúa frente a las Cortes de Castilla-La Mancha. El río Tajo, desde esta posición, impone. Que te mire un río caudaloso, cara a cara, a metro y medio de su margen, te pone las orejas cautas, el pie firme, los tendones a la defensiva. Mucha agua tiene el río. Desde aquí parece que no camina tan despacio. Enfrente, en la otra margen, tengo una cigüeña parada. Ahora arranca a volar, pesada y ágil, las dos cosas. Una chicharra, detrás de mí, vocea; otra le contesta, algo más allá. De vez en cuando oigo un chapoteo, como si una criaturilla se lanzara de cabeza. Miro hacia el borboteo.
Sólo hallo ondas concéntricas en el agua, con la criaturilla sumergida fuera de mi vista. Supongo que se trata de algún pez que sale a respirar más claro. Tengo en la esquina el ruidazal de aquel rompiente de espuma de verde vómito. La verdad es que desde aquí, desde estos dedos de río que parece que te tocan, no se ve el agua tan llena de mierda. El escupitajo de su porquería se aprecia detrás del rompiente. Dos patos navegan al límite del rompiente. No se lanzan, como en tobogán. Mis amigas las golondrinas planean a milímetros de la pista en movimiento del río, como hacían en abril las de Córdoba, sobre el Guadalquivir. Un vuelo temerario. A lo mejor les reconforta verse reflejadas, en el espejo del agua, con los brazos abiertos de sus plumas, con el timón engrasado de su cola. Aletean unas palomas sobre unos peñascos. Aquí hay sitio para cualquier ojo. El cielo sin una nube, como desde el martes que me vio llegar a la ciudad. El río Tajo. A lo mejor queda alguna ninfa náufraga, casi olvidada. Otro chapoteo. Miro. Nada. Quizá haya salido una ninfa, me haya visto y haya huido. Si ha sido así, sólo estoy distinguiendo de ella una onda concéntrica de aguas, como si la hubiera dejado cualquier aburrido pez. Una ninfa que me huye. El asunto entristece un poco el duro callo de mi alma. Una brisa fresca, que llega sin avisar, recompensa mi estancia aquí. El sereno bucolismo del Tajo, tan cantado.
Mañana, a estas horas, estaré a menos de hora y media de Barcelona. En este momento, a orillas del Tajo, estoy viendo Toledo como a mis espaldas. Mi espalda a lo lejos. Una espalda entrada en años, todavía briosa, combativa, incluso desafiante. Una espalda garcilasiana.












Por la tarde, reparando un despiste. La iglesia de San Román, la de
Frente a la Posada de la Hermandad, con su viejísima fachada de sabroso granito. Unos capiteles vegetarianos de los siglos. Un león con cara de galápago. Un león con cara de mono. Un soldado ligero de ropa defensiva. En una mano una flecha; en la otra, la punta de su espada, cuya hoja descansa sobre su hombro; y la empuñadora, al aire de la espalda. Es un soldado cansado de escaramuzas, zafarranchos, jodidas batallas. Un soldado en retirada, con cara de retirada claramente esculpida. El soldado que lo acompaña tiene una ballesta.
Por la mañana. Pensando que la polvareda que levanta mi bolígrafo en esta baqueteada libreta, va a descender en densidad. De Toledo, sólo me falta el interior del Alcázar, cerrado por obras. Y según me refirió un librero de la Facultad de Derecho, del antiguo asentamiento de la iglesia de San Pedro Mártir, el acceso a la tumba del gran
Bajo por la empinada bajada del convento de Santo Domingo. Y bajo. Y unos obreros cortan baldosas con sierras. Gran nube de polvo. Contengo la respiración. Y bajo. Y en la punta doy con lo que llaman «escaleras mecánicas». Desde aquí se aprecian unas vistas magníficas de las afueras de Toledo. Escaleras mecánicas que suben y bajan sin parar, de siete a diez de la noche en días laborables. Veo que se especifica la denominación: «Remonte mecánico en el Paseo de Recaredo». Se inauguró en junio de 2000. El final de este culebreo automatizado te deja prácticamente en la Puerta de Alfonso VI, que tiene muy buena piedra gastada en troceada mole. Murallas. A continuación se llega a la Puerta Nueva de Bisagra. En ella tiene su monumento Carlos V. Y me encuentro con un azulejo que recuerda lo de la «peñascosa pesadumbre» que firma Cervantes. Dice: «Toledo: peñascosa pesadumbre, gloria de España y luz de sus ciudades». La literatura.
Por la tarde, en el convento de Santo Domingo el Antiguo. Porque aquí está la sepultura de El Greco. Entro. Veo a una chica extranjera. Veo a una vieja monja vestida de hábito, un blanco y negro veterano. Las dos mujeres intercambian palabras. Doy un par de pasos.
En el Museo de la Sacristía, nada más entrar, llama la atención una enorme pintura. Se llama San Pedro A., de E. Caxés, sin más datos. Lo primero que llega a los ojos frente al cuadro es el signo del diablo, una cruz invertida. Sensación molesta. Aparece san Pedro crucificado al revés. Una cruz invertida. Impresiona. Aquí están las manos de Ticiano, de Rafael, de El Greco, de Caravaggio…, y una mano doblada, acartonada por el rigor de la muerte, en un cuadro de Juan Bellini (siglo XV), titulado Entierro de Cristo.
Por la mañana, y el estimulante empuje del café. Estoy en la catedral de Toledo, gran mole construida entre los siglos XIII y XV. Si uno gira a la redonda de la parte externa de la Catedral, encuentra que tiene cierta vistosidad la bajada de la calle Arco de Palacio. Por su enorme torre gótica, por el aderezado jugueteo de sus chillonas golondrinas, que planean, que hacen requiebros sanos, que se marean de buenas entre ellas, en un clima de vertiginosa complacencia. La catedral de Toledo, granito gótico como el de San Juan de los Reyes.
En un instante me planto en la sinagoga de Santa María la Blanca, del siglo XII. De su fachada sólo hay reseñable un madero de ochocientos años, más castaño que negro, que sirve como sostén, ahí plantado, gastado, poderoso, a la burla del paso del tiempo, de cualquier cosa animada. En su interior, el mudéjar castellano. Gruesas columnas con arcos de herradura. Sus capiteles afiligranados, de nido de avispa. Ancho espacio blanco, como enjalbegado por mi madre de joven. Las serpenteantes filigranas. Doy rápido la vuelta. Y salgo. Ni diez minutos dentro. Menos que
Me parece que voy a pillar el camino de las actuales Cortes de Castilla-La Mancha. No las tengo demasiado lejos. Sí, emprendo la marcha. Camino de las Cortes, rebaso la Sinagoga del Tránsito, que no visito, que mandó construir Samuel Leví, el tesorero que
Por la tarde, en la calle, a las cinco y media, con un aire que echa para atrás, que hierve como la sopa. En un instante estoy frente a la iglesia de Santo Tomé. Porque dentro se ubica el famoso cuadro de El Greco titulado El entierro del conde de Orgaz. Me siento en un mojón, a la sombra en llamas. Noto cómo la piedra calienta mis glúteos. Enrojecen mis carrillos. Recuerdo al diablo de San Juan de los Reyes, el que aparece sentado en el cuenco de una olla. Percibo cómo el aire, que arde y se arrastra de mala manera, calienta el flaco tabique de mis orejillas. Imagino los sentimientos de un filete sobre una sartén.
En el puente de San Martín, frente a sus cuatro arcos medievales de ennegrecida piedra de los siglos, junto a uno de sus torreones defensivos. En el puente de San Martín, que no sobre el puente de San Martín. Desde esta parte, unos jardines que me he encontrado, que señalan «Torreón», se tiene el acceso cerrado. Desde aquí se aprecia perfectamente el agua mansurrona del Tajo. Agua de agonía anfibia. Espuma con verdina en desnivel. Quieta corriente de agua espesa, sin ventilar. Ahogo de peces. Río malsano en este punto toledano, de verde estanque, no propicio para la vida normal, para la poesía. Y eso que en tiempos del gran Garcilaso inspiraba. Ya iba lenta su corriente, aunque no sucia, enferma. Garcilaso menciona su corriente, en una de sus églogas, como «clara mansedumbre». Es lógico que aparecieran las ninfas en los versos del gran poeta cortesano.
La una y media, con un sol que llamea sobre mi boca. Ya es hora de subir la frenética cuesta que me espera. Ya es hora de aparecer como fiel comensal.
Nada más entrar, se toca su claustro, la techumbre nerviosa de tendones ojivales, los relieves de hojarasca, los adornos lobulados de sus arcos, todo como dominio del primer vistazo. La estatuaria de casi metro y medio se ve muy formal, clavada en su pedestal, cosa que apunta al aburrido y poco pedagógico orden arquitectónico del siglo siguiente. Pero aún estamos en el gótico, aunque sea flamígero, el digno sucesor de mi queridísimo románico, y aquí no para la cosa. Me encuentro con el detalle en relieve, aunque muy oculto, entre el follaje, esos temas vegetales construidos como para salir del paso. Así que ahí, como entre col y col, lechuga, se halla la herencia románica, el detallismo medieval que tanto aprecio.
Veo a otro diablillo, con cara de mono agradable, con un pañuelo anudado, que tiene un libro abierto y que está sentado, tranquilamente, sobre el cuenco de una olla que arde, perteneciente, quizá, a una chamusquina de cristianos. Veo rostros fantasmagóricos de personas, sólo la mofletuda faz, que flotan en un cielo raso. Veo a un campesino que intenta arrancarle la cabeza a otro campesino, bajo una calabaza llena de agua, que cuelga de una rama. Veo a otro campesino, que ha perdido la cabeza por el paso de los siglos, un campesino que quiebra las quijadas de un monstruo peludo. Sus manos sobre las mandíbulas, y una boca escandalosamente abierta, desencajada. Veo que uno de los pedestales que soportan la estatuaria de casi metro y medio, quiebra la formalidad de sus semejantes. Se trata de una Judit coronada, a punto de esbozar una sonrisa, con un libro abierto en una mano, y en la otra mano la empuñadura de una espada cuya punta, lejos de reposar en el suelo, se clava en la cabeza barbada, decapitada, de Holofernes. Un drama judío en el que los minutos resbalan como si nada. Veo que a una santa mártir, en la estatuaria de los pedestales, una espada le entra por la coronilla, le sale por el cuello y se le clava en el hombro…
Estoy sentado en un peldaño del monumento que se le hizo a la Inmaculada Concepción en 1954. Tenemos aquí a una Virgen muy joven, demasiado guapa, con el pelo hacia atrás, muy pegado a la cabeza, como mojado, con las manos unidas en actitud de rezo, de pie, sobre un diablillo con cara de cabra y dientes carnívoros, un diablillo al que le cuelga la lengua, exhausta, debido al peso que soporta su cuerpo con la Virgen encima. Qué Virgen más guapa. Qué modernidad presenta su rostro. Qué capacidad de seducción. Parece mentira que este monumento se haya inaugurado en pleno delirio franquista, con sus censuras y sus mojigaterías. Qué Virgen más guapa. Y qué implacable frente al mal. Qué guapa.
Como los edificios con arte dentro no abren hasta las diez de la mañana, y tengo intención de recorrer ahora, dentro de poco, el monasterio de San Juan de los Reyes, me dejo caer sobre la fachada de la Casa-Museo de El Greco, puesto que no ha de abrir, por obras, y me pilla de camino.
Aquí dentro hay una exposición que se llama «Beato. Presencia de tiempos», Beato como segundo apellido del artista, un artista contemporáneo, todavía vivo. Estará hasta septiembre de este año. El artista tiene pintura de desnudos, de monstruos (hay un dragón que sonríe, con un buche enorme, como de haberse comido a alguien), de abstracciones, de edificios con solera, de guerras actuales, como En esas estamos (2009), pintura en la que aparece una mujer en cueros, despatarrada, pero con el sexo cubierto por una mancha rectangular que rompe la posible alegría de los militares y de los visitantes. Se trata de una exposición que no está mal. Aunque claro, con la obra de El Greco tan reciente en mi retina… La ubicación es excelente. Sus salas, amplias, luminosas, muy limpias, frescas, forman una cruz. Toda su cubierta es de madera cincelada a base de trabajadas figuras vegetales. Llama la atención una señora que vigila el habitáculo. No deja de caminar de norte a sur, de norte a sur, de norte a sur, sin parar, en línea recta, de norte a sur, como muchos reclusos, de norte a sur, arriba y abajo, sin parar. Sólo se detiene cuando alguien le pregunta algo. Es amable.
Salgo. Desde el vestíbulo se accede a la segunda puerta del palacete, y desde ahí, al claustro. Es bonito, radiante, ordenado, con arcos en sus dos plantas, con relieves vegetales y cruces sin sugestión, muy siglo XVI. Este claustro expone lápidas funerarias y escudos de armas del XVI, estatuas, incluso ataúdes medievales de piedra, semejantes a los que vi, en julio del pasado año,
Salgo del convento de Santa Fe, cuando el sol está casi en lo más alto y pica como borboteo de agua que hierve. Y bajo hasta abajo del todo, en busca del puente de Alcántara, sobre el Tajo. Aunque el puente es de origen romano, su torreón es del siglo XVIII. Me pongo de codos en el pretil. Corroboro su agua echada a perder, su verde estanque, su corrosivo discurrir por este punto. Y veo flotar, muerto, un gorrión. Sus alas en cruz por la parte central del cauce, lentamente, muy lentamente llevadas por la diminuta corriente. Me disipo.
Y subiendo, la literatura. Me topo con un bronce de Cervantes frente al Arco de la Sangre, a punto de llegar a la plaza Zocodover. Aparece un Cervantes muy ufano, con una mano sobre la cadera, con un libro en la otra mano, con esos pantaloncillos cortos de cortesano, y los floridos plieguecillos de moda que rodean los cuellos adinerados para que las cabezas parezcan construidas sobre un pedestal. Demasiado alegre y ufano ha esculpido el artista a Cervantes. Demasiado para lo que fue el gran maestro. Quién te ha visto y quién te ve, querido Miguel de Cervantes.
La obra de El Greco en el Convento de Santa Fe, la obra que se ha trasladado desde la Casa-Museo de El Greco, cerrada por reformas desde 2006, una obra que se expondrá en México desde el próximo mes de agosto. Por poco no pillo los cuadros del maestro. Me acerco a la fachada del convento. Sobre su friso, un relieve. Un jinete, blandiendo su espada, arrolla con su caballo a un combatiente en desgracia, que, en el suelo, intenta guarecerse bajo su escudo, un escudo fuertemente atado a su brazo. La violencia.
El cuadro San Bartolomé. Mucho manto blanco sobre fondo ennegrecido. Su barba con algunas canas, buen detalle. Su mirada triste e interrogante. En su mano izquierda, la cadena que atrapa por el cuello al diablillo renegrido
En uno de los cuadros que se titulan Crucificado, impresiona el detalle del madero de la cruz a los pies de Cristo. Por la madera se desliza un chorro de sangre que forma una chillona línea vertical. No sé, por ahora, qué representan cuatro fémures humanos y dos calaveras al pie de la cruz. En otro Crucificado, aparte de los chorros de sangre sobre el madero de la cruz, se descubre cómo sale despedido, a presión, el líquido acuoso que salió del costado de Cristo cuando el lanzazo que le clavaron. La violencia. Aquí, el paño que cubre las partes de Cristo es minúsculo, con lo que la desnudez casi íntegra del hombre torturado con saña acrecienta el dramatismo de su humillación.























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