
“CARTA A LOS JÓVENES ESCRITORES”
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 11 de noviembre de 1998.
“El título aparece entrecomillado porque es el mismo de un artículo aparecido días antes que firmaba Camilo José Cela. El artículo de Gálvez glosa el de Cela dando la impresión de que amplía e incluso enmienda el tema que aborda su admirado maestro. Incomprensiblemente, a Gálvez no le volvieron a publicar más artículos en ABC. Se presenta, también, el mencionado artículo de Camilo José Cela”.
Me dirijo a ustedes, los autores que caminan a salto de mata por los escarpados caminos de la literatura; a ustedes, los autores que se hallan aislados, por temperamento o por sencillas cuestiones geográficas; a ustedes, los que, en esas veredas muchas veces incomprensibles, sólo cuentan como mediadores a unas solicitadísimas señoras que se llaman Estafeta de Correos. Ustedes que insisten, siempre con el gatillo de la tinta a mano. Ustedes que devoran lecturas importantes y escriben sin extraviar vuestro pozo sin fondo de la esperanza; que ven pasar un año, y otro, y otro año más sin recoger, siquiera, famélicos frutos. Y sin embargo, siguen. Y siguen. Ustedes son de los míos. Ustedes tienen mi más sincera simpatía.
Estamos en un tiempo de paulatino enfriamiento, en el que, según nos pille el norte, podemos pisar descascarilladas hojarascas sobre la tierra. Estamos en otoño. Los jóvenes autores, y no tan jóvenes, los autores que pueden llevar más de una década intentando empezar, con un primer paso firme, en la farragosa senda literaria, saben que se inicia una nueva temporada, una época en la que proliferan los fallos de numerosos concursos literarios. Camilo José Cela, cuando principiaban las brumas otoñales, escribió, en estas mismas páginas, un artículo titulado “Carta a los jóvenes escritores”, de ahí me encabezamiento entrecomillado. El viejo maestro dice: “en el otoño nace, como todos los años, el tiempo de los premios literarios y su secuela de ilusiones y decepciones”. Y yo, como muchos, me di por aludido, en mi caso no tanto por mi engañosa juventud, sino porque me hallaba implicado en lo que Cela refería (en esos momentos tenía dos novelas finalistas en un mismo premio de novela). El viejo maestro expresa que la literatura es “una carrera de antorchas que cada cual lleva hasta donde puede y los demás le dejan”. Repito: “y los demás le dejan”. El viejo maestro, ya en la conclusión, afirma: “todos nos debemos al calendario, a la vocación y a la suerte”. Repito: “y a la suerte”. Efectivamente, aunque Cela cumplió sobradamente con el propósito de su mensaje, el de estimular –desde el inicio se le ve la intención: “me gustaría tener ingenio y fuerzas bastantes para alentar a los jóvenes escritores”–, a uno se le baja el alma a los pies cuando lee, tan a las claras, y por una cúspide, lo que uno ya sospechaba y nunca podrá controlar. Me refiero a eso que he subrayado, al azaroso vuelo de la suerte y a la determinante estela de llegar hasta donde los demás te dejen.
A mí, desde el espacio que me concede esta tribuna, también me gustaría tener ingenio y fuerzas suficientes para hacerles llegar un descomunal impulso sin fronteras, que fuese sosegadamente comburente a fin de que siempre se mantenga activo vuestro fuego literario. Y me gustaría expresar, con delicadeza, que ustedes nunca serán escritores, simple y llanamente escritores, mientras no llegue el día que viváis de vuestras letras impresas. Aunque sabemos muy bien que el DRAE dice que el escritor es la persona que escribe, sin más, prueben ustedes autodefinirse escritores delante de las orejas de vuestros compañeros de la zanja, de vuestros compañeros de la oficina, de vuestros compañeros de la fábrica, del taller, etc. Y comprobarán, si mantienen los ojos abiertos, cómo vuelan sobre vuestras cabezas los desastrados vientos de la petulancia, una realidad falseada, una omisión estúpida a la verdadera profesión que les sostiene.
La escritura es muy difícil, una herramienta que se estira sin agrietarse, una joya que nunca les permitirá bajar la guardia. Recientemente leí, en un suplemento literario, la reseña de un libro de relatos –un libro que pertenece a un grupo editorial poderoso– en la que el crítico sacaba a relucir casi una cincuentena de faltas de concordancia, ortografía y puntuación. Sí, seguro que ustedes han pensado alguna vez que muchos empiezan a publicar antes de aprender a escribir. Me refiero al dominio de los rudimentos, de las cuatro reglas gramaticales.
Si ustedes creen que, un día tras otro, necesitan horas para desarrollar vuestras obras. Si ustedes sienten que se les escapa el tren por una mera cuestión de tiempo. Si ustedes piensan, desde el análisis de una notable frialdad, que vuestras letras tienen serias posibilidades de hacerse paso, por sí solas, entre las salpicadas escolleras de la literatura, pues entonces no lo duden, no se queden ustedes con la picajosa duda para siempre, y compren vuestra libertad, como podían hacer algunos esclavos de la antigua Roma. Rompan con vuestros trabajos. Pidan la cuenta tras un concienzudo período de ahorro económico y láncense al vacío. Si ustedes se juegan el pellejo, no les cabrá la menor duda de que lo han intentado hasta el límite. La paciencia y la tenacidad habrán de rodearles por los cuatro costados (un ejemplo: mi primer libro editado cruzó la tronera de veintidós editoriales) y la sensación de piedra abandonada les atornillará el alma. Yo no soy del todo temerario, hablo según el dictado de mi propia experiencia.
El jaque es muy ingrato y muchas veces acobarda de una manera insufrible; pero no viene del todo mal, porque ustedes escriben sobre la vida. El callo literario es una garantía, y haber llegado al inicio del camino sin unas manitas que te abren brechas, le da a uno mucha confianza, como podrán comprobar con la ayuda del tiempo.
Arreen ustedes con las mejores y más plausibles esperanzas, y cárguense de buenas y malas palabras, que todas hacen su avío.
Obra literaria de Antonio Gálvez Alcaide, aquí.

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