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EL PASEO DE LOS CARACOLES, una cita de cada página, en ABIERTO

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La hemeroteca virtual de ABC

Domingo, 27 de Septiembre de 2009 Sin comentarios

"Después del sueño", en el semanario dominical Blanco y Negro, del diario ABC

Ayer me enteré de la inauguración de una nueva página web, se llama hemeroteca.abc.es. Pues bien, o parece que han rehecho los ejemplares de ABC al libre albedrío de algún maniático, o parece que, por la cara, se han quitado de encima a infinidad de articulistas. Porque tanto yo, como otros muchos, muchísimos, no aparecemos. Diez artículos míos tiene el diario ABC. Y ninguno sale a relucir. Diez artículos en diez ejemplares de periódicos que guardo en el baúl de los recuerdos. De cuando me vi en la necesidad de colaborar con la prensa, como único medio de promoción literaria. Tenía dos libros publicados por aquel entonces. Qué tiempos. Menos mal que la promoción literaria de los escritores del siglo XXI ya no depende, en exclusividad, de las editoriales y de la prensa. Los escritores del siglo XXI dependen de sí mismos, exclusivamente de sí mismos en la mayor parte del porcentaje que existe. Internet como fuente de liberación. Ya he hablado de eso en Dietario en Red.

Vaya, vaya, menudo lío se ha hecho la hemeroteca de ABC para Internet. Sus ejemplares no son reales. Sus ejemplares están equivocados. No sé si con aviesa intención. En cambio, mis cuentos del semanario Blanco y Negro sí aparecen. Tanto «Después del sueño» (123) como «Anhelos y luces» (123) pueden leerse en la versión que les mandé. Como se sabe, ambas historias pertenecen al libro Cuentos agrios.

La hemeroteca de ABC para Internet. A través de ella, el lector curioso que me sigue podrá leer la primera edición de estos dos cuentos míos. Cosa que recomiendo, como es natural.

"Anhelos y luces", en el semanario dominical Blanco y Negro, del diario ABC

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2009-2010

Estrella Morente

Sábado, 27 de Septiembre de 2008 4 comentarios

La noche hambrón y yo. Es que todavía soy soltero; es decir, solterón. La soledad de los solteros. No se puede escribir sin una gran soledad. Qué ironía. Qué gran hostión. Vaya, en mi desvío de la mirada me tropiezo con la cubierta de la segunda edición de El Paseo de los Caracoles. Recibí la novela ayer. Está recién salida del horno. Y dice la gitanilla Estrella: “Tú el pecador y yo el penitente”.

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2007-2008.

En la tumba de Camilo José Cela

Sábado, 5 de Julio de 2008 Sin comentarios

Llegada a Iria Flavia

Unos pasos más. Ya estoy en Iria Flavia. Un grupo de casas adosadas es la Fundación Camilo José Cela. Tiene dos plantas. Están cerradas a cal y canto, cosa que me resulta indiferente. No tengo intención de visitar su interior. De la Fundación, hoy, sólo me interesa su cáscara.

*   *   *

—Ni hablar de eso. Sabes que te he apreciado muchísimo. Y que te sigo apreciando.
—Pues te jodes si yo hablé sobre tu artículo, el que respondía al mío, e hice algunas llamadas de desagrado.

Fragmentos pertenecientes a DIETARIO EN RED 2007-2008.

Frente a la tumba de Cela (la libreta de notas parece una cartuchera)

Sentado sobre la tumba de Cela, descansando con el difunto

El primer remojón

Sábado, 28 de Junio de 2008 Sin comentarios

La playa de Castelldefels. Qué recuerdos. Esta playa sale en uno de mis artículos de ABC. Fue el cuarto. Y también en alguna parte de la novela Caliente.

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2007-2008.

ABC, artículo 1

Jueves, 29 de Mayo de 2008 Sin comentarios

UNOS TRAGOS
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 2 de mayo de 1998.

Ahora que las alturas de la mercadotecnia aúpan a los novelistas recién salidos de su más tierna edad, con el fin de que consagren el retrato de la más sórdida inmediatez. Ahora que muchos niños plumíferos se afanan en elevar a rango literario las más infantiles torpezas, que ni siquiera los correctores aciertan a enmendar. Ahora que, indiscriminadamente, estos mismos infantes citan el nombre del gran padre Bukowski en ambientes de cartón piedra. Ahora, digo, se está consolidando la moda de lo que se suele entender como realismo sucio, un realismo sucio nacido de un lustroso chupete cuya mayor pericia es la de citar o imitar al gran padre Bukowski, novelista y poeta de una vitalidad a flor de piel, y devorado, durante la mayor parte de su vida, por una constante miseria.

Ahora que las alturas de la mercadotecnia intentan esparcir la esencia irreductible del gran padre Bukowski, encuentro una oportunidad para darles fe de que no hace mucho se me apareció el espectro del gran Bukowski. Deambulando por una noche desorientada, me introduje en un bar equivocado. Se trataba de un local de alterne. Sentado en un taburete reparé en que la atmósfera se ceñía a una pompa de luz anaranjada y aceitosa. Todos exhibíamos un rostro deformado. Todos respirábamos un sudor revenido. Por lo menos, pensé, me quedaré hasta terminar mi copa. Y se me apareció el espectro de Bukowski, el gran Bukowski, en el espejo del mostrador. Me volví y me encontré con una mujer que me agarraba de la cintura, una mujer tan chaparrita como rebosante de arrobas, con unos ojos infectados de rímel, unos carrillos ahogados en pintura y unos senos que se le salían de sus órbitas. Le faltaban dos dientes a su sonrisa y le negreaba un colmillo de caries. De improviso, se imantó a mi boca. Su lengua helada de brebaje con hielo buceaba en mi sequía. Se estremeció un poco en un regüeldo y a mis profundidades arribaron varios tragos de dulzona ginebra templada.

Salí de allí algo mareado, pensando en el realismo sucio, en los brazos mercantiles del realismo sucio, en la oleada latina y párvula del realismo sucio. Y en una esquina de la calle, el espectro del gran Bukowski me señaló la profundidad del cielo nocturno y lluvioso. Y el cielo, con sus relámpagos, parecía que trenzaba largos cabellos negros.

ABC, artículo 2

Jueves, 22 de Mayo de 2008 2 comentarios

SENSACIONES
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 24 de mayo de 1998.

Como las sensaciones son unas impresiones, más bien frías, que se le suben a uno por la calle arriba del espinazo hasta llegar, con su estela de variadas memorias, a los mismos pies de la conciencia, tendrá que transcurrir una treintena de días, con sus savias en tromba, para que se me aplaque el fulgor sensitivo que produjo la visión de todo un Presidente a escasos metros de mí.

Fue en la plaza San Jaime. Inesperadamente, una comitiva traspasó la nube de musarañas que contemplaba en esos momentos. Y de un centro radiante apareció la sonrisa rugosa del Honorable Jordi Pujol. Tuve la sensación de que una cubitera se agitaba en mi estómago, de que escuchaba la voz niña e inocente del hermanito mulato de nuestro entrañable Lazarillo de Tormes, cuando exclamaba, al ver a su padre, la única persona negra que conocía, “¡Madre, coco!”. Sí, el pavor y el susto fueron mis primeras impresiones. A mi memoria arribaron, como en emboscada, la pupa y el acarreo de espinosos nudos amargos. Una buena parte de la política de aquel señor, que expandía una sonrisa forzada, me había hecho masticar el sabor de la exclusión y el aislamiento. Y la palabra exclusión, aquí, suena a marginación.

Con la cercana presencia del Honorable, tuve la sensación de que un inmenso marbete en mi solapa mostraba la proclama que me negó la docencia, allá, en unas listas del Departamento de Enseñanza: “Exclòs: manca català”. (Excluido: falta catalán). Recuerdo las sensaciones de calentura y ahogo tras leer aquellas palabras, tres palabras que se sucedían en una larga retahíla de candidatos indefensos, impotentes, apartados o despreciados. Tuve la sensación de que me habían cortado las alas, de que mis largos años de estudio se habían convertido en aire disipado y trivial. Nunca antes un participio, “excluido”, me había parecido tan agresivo. Comprendí de primera mano qué significa una política excluyente.

Se trata de lo que se denomina ahora política lingüística, esa especie de ceguera que se ha ido cociendo a fuego lento mostrando, sin tapujos, los prejuicios lingüísticos de las mentes más fanáticas o tercas. Hace ya unos años surgieron unos cartelitos de propaganda oficial expresando la leyenda que, traducida al castellano, es la que sigue: “En el mundo del trabajo el catalán cada día está más presente. Por Servicio. Por Prestigio. El catalán, herramienta de trabajo”. Y me pareció mentira que la Generalitat pudiera firmar tan grotesco dislate e ignorar algo tan elemental como que las lenguas sirven para la comunicación y que, por lo tanto, no existe ninguna mejor que otra, puesto que todas cubren sus necesidades.

La fina pluma de Juan Marsé, en su novela pijoapartesca, refiriéndose a unos determinados universitarios de finales de los 50, declara: “Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, ninguno como inteligente, todos como lo que eran: señoritos de mierda”. Sin llegar a caer en la estropajosa trampa de las estridencias, me da la sensación de que este último entrecomillado podrá ser extrapolable a todos los mandatarios, con su cohorte de paladines, que excluyen y marginan. Pero no me corresponde a mí la descalificación, materia tan deleznable será asunto de la Historia, con mayúscula, esa damita llana, paciente, imperturbable, que tantos ciclones apergamina, quien, más bien tarde, dictamine con su implacable perspectiva.

Allí, en la plaza San Jaime, entre mi perplejidad y la sonrisa del Presidente, inevitablemente vampírica, capté tremendas sensaciones de grima. Y mis pensamientos se avinagraron en una cabeza temblona, aislada, ruborizada.

ABC, artículo 3

Domingo, 11 de Mayo de 2008 1 comentario

CENTENARIO
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 5 de junio de 1998.

Un detalle. El día 5 de junio de 1898 nació Federico García Lorca.

Cuando algunas noches se me cruza la luna por los ojos, vislumbro en ella, según la órbita de su inclinación, escalonadas fraguas con manchas de pulmones ahogados en agua. Entonces recuerdo los destellos de numerosas imágenes regaladas, multitud de olivares, higueras, juncos afilados llenos de pasiones rojas, limo y matas de pelo. Y se me ahueca la mirada y noto muy en lo hondo el fragor de un viento furioso que muerde los techos de pizarra de mis melancolías. Poco después me atrapan unas cadenas de soledad, extraños gozos, unas nubes de negra radiación, y me imagino, sobre las paredes encaladas, el borboteo de unas facciones lorquianas.

Lorca, Federico García Lorca, te veo tan cerca que te siento hermano. Por estos pagos finiseculares, muy prestos a la remembranza, te homenajean, te jalean, repasan tu vida, la representan, hacen cábalas sobre tu presumible evolución poética, aparecen nuevas traducciones en el extranjero, subastan algunas de tus cartas íntimas a precio de oro, incluso lo que tocaste, como reliquias de compra-venta al mejor postor, restauran el breve manuscrito de tu llanto taurino con una póliza de seguros de cincuenta millones de pesetas caudalosas, protectoras, enriquecedoras, actualizan la interpretación de tus versos, a todos contentas. Lorca, hermano, disgregado en tierra leve y anónima, cumples tus primeros cien años de vida.

Silencio. Valor grandilocuente. Nuestra poesía de final de milenio desfila. Silencio. Porte solemne. Nuestra última poesía marcha sobre una alfombra de cascajos, aureolada de bisutería y ñoñas rencillas cubiertas de palabras fofas y enclenques. Silencio. Salvo grandes excepciones, nuestra poesía de final de milenio se deshace aquejada de estornudos y carraspeos. El niño grande, el hombre grande, el de la sonrisa morena, el maestro granadino que humanizaba todo lo que tocaba, sonrojado de candelas, dijo que al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre. Y el duende, ese pellizco al que Horacio llamaba nervio, parece que hoy se multiplica y ronca estentóreamente dormido, como poseído de la resaca de pasadas glorias; mientras la sangre, ese torrente de floraciones, generalmente sólo riega viejas carnes cansadas.

Presiento la descarga de un silencio suave, las imágenes. En estos momentos, compañero, la luna se ve suspendida con dos manos largas, dorada de ruegos, todavía habitada por tus ojos y su corazón de misterio.

El silencio me cubre con sus notas reposadas. La noche navega hacia frisos estivales, bajo el remanso de las estrellas que parpadean. Cerca de una fuente, una gota de cien años resbala sobre las mejillas de un cuerpo milenario, espíritu de tez morena, maravilla indeleble, sumidero de poetas, llama de prosas.

ABC, artículo 4

Lunes, 28 de Abril de 2008 Sin comentarios

ANÉCDOTA CON MOTE
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 14 de junio de 1998.

Un detalle. No sé si por censura o por lapsus, el caso es que tenía que aparecer en este artículo “Miguel Ángel Rodríguez”; y sólo se publicó “Miguel Ángel”, con lo que ningún lector supo jamás que me refería al que era, a la sazón, portavoz del Gobierno de Aznar. Sólo he soportado ese único lapsus, tal vez censura, en las publicaciones de mi etapa de ABC.

Playa de Castelldefels, Barcelona. Hora temprana. Templado aliento solar. Cielo abierto, sin legañas de algodón. Abierto, muy abierto, de un azul agreste que se inyecta por los poros a fin de que renazca la euforia. Olor a gambas a la plancha, a algas como pinos, a cremas de polen dispuestas a combatir los arañazos del sol. Todo bien. Todo un día estival, de mansa disposición. La toalla sobre la arena. Mis riñones sobre la toalla. Los carrillos armándose de saludable color. El bostezo despreocupado parece una gaviota que flota en el aire, como dormida. Cierro los ojos. Mi cuerpo se desvanece poco a poco hacia el margen de las cosas. Menos las orejas.

Las orejas, la trompetilla de los tímpanos, no se pueden desconectar. Siempre oyen. Debido a la incansable actividad de las orejas, generalmente descubiertas, expuestas a los átomos de las corrientes, una lucecita roja se me enciende cuando casi me había abstraído en las delicadas brumas del abandono. Empiezo a escuchar unos vocablos entrecortados, medio incógnitos, (“comiendo mocarracas”, “con sus cachorreñas”, “una hartá”…), palabras aprisionadas dentro de un compacto acento andaluz, como nacidas de los terruños de las campiñas cordobesas. Abro los ojos. Durante unos segundos sólo contemplo fosfenos. Descubro que aquellas palabras pertenecen al diálogo que mantienen dos vejetes, algo irritados, en la orilla del mar. Evidentemente me aproximo a ellos, de rondón, impulsado por la intriga.

El que lleva la voz cantante, por lo que dice, es “maestroescuela jubilado”. Defiende su soltería. Se conoce que sobrelleva una soltería rancia, de muchas puertas cerradas. Su bañador, de verde clorofila, muy holgado, le tapa las corvas y baila según los antojos del aire. Este maestroescuela enseña una maleza de pelos canos en el pecho. Se erige algo giboso y huesudo, marcadamente en los huesos. Es de los que lastiman, de los que dan calambre si se tropieza con esa especie de huesos graníticos, infinitos, puntiagudos y romos. Sus palabras, ahora, son un dechado de susceptibilidad, un canto a la chanza ácida, a la subjetividad más ferruginosa. Pronuncia el deíctico interrogativo “¿ése?”, y a continuación lanza un nombre y un mote que razona. Sus palabras suenan, poco más o menos, así:

“¿Ése?: Felipe González Carántula, por mofletudo caradura. Mandón crispado, parece una tarántula. ¿No le dará vergüenza? A Borrell, en el aeropuerto, lo traía como un zarandillo. A callar, que perdemos el avión. Habla. A callar, que se nos va el avión. Habla. Vámonos ya, venga, querido caniche. Y el otro obedecía como un niño aplicado sin sacudirse el ridículo. Cuando Borrell mande de verdad, seguro que lo echa, por Carántula… ¿Ése?: Jordi Pujol Sacamantecas, por chupasangre, que hasta el blanco de los ojos lo tiene ensangrentado de tanto regurgitar. Mesías de lata en conserva, al paso de un par de generaciones sus plegarias latosas tendrán un sabor revenido y bobo. Gorgojo y galápago, arroja fríos espurreos cuando habla, por Sacamantecas… ¿Ése?: Miguel Ángel Rodríguez Zurriago, por esconder una vara verde en la manga, que te la puede señalar incluso por la espalda. Si estás cerca de él, sube la guardia, que te la endiña. Más que portavoz, es una chicharra. Su mirada azulenca pega coces, por soberbio y poco de fiar, por Zurriago… ¿Ése?: nada, a nadar, paisano, al agüita…”

El vejete maestroescula, con cierta parsimonia, cruza la raya de las olas rotas. Sin volverse, murmura una frase que le he escuchado a uno de los principales maestros literarios de este país: “y quien venga detrás, que arree”. El vejete se hace el muerto, boca arriba, y se adormila mecido por la marea. Parece una tabla náufraga; y su holgado bañador, una sábana de sargazo.

Bonito día. Atolondrado de sarcasmo y motes machacones, tomo asiento. Mis orejas se relajan, pese a los granitos de arena que, desde los lóbulos, construyen sus sendas ayudados por el soplo de una magnífica brisa. Una señorita, a mis pies, cuece sus pechos nacarados. Bonito día. Escritos quedan los ecos.

ABC, artículo 5

Jueves, 24 de Abril de 2008 5 comentarios

ASUNTOS GROTESCOS
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 11 de julio de 1998.

De nuevo los tanteos y escurribandas acerca de la política lingüística catalana, como esos gallos que picotean el suelo en busca de bichitos y granos imprevistos. El hastío y una reconcentrada y provocada mueca estupefacta me llevan a mirar hacia atrás.

Recuerdo la visita de Jordi Pujol, presidente de la Generalitat de Cataluña, a Fernando Álvarez de Miranda, Defensor del Pueblo –con motivo de unos matices, recomendaciones y sugerencias, sobre la ley del catalán–, sus palmaditas y el mutuo estrechamiento de manos. Recuerdo la reciente queja del Defensor, acusado de inquisidor por curiales invidentes del medievo. Críe usted cuervos, bellísima señora, que verá dónde vuelan sus pestañas de negros remolinos. Recuerdo las declaraciones de Joaquim Nadal, portavoz del PSC, al evidenciar que la Generalitat iniciaba borradores sobre decretos lingüísticos sin consultar a los miembros de su partido, unas declaraciones airadas que amenazaban con retirar el apoyo a la ley que su mismo grupo votó, como si la votación de toda una ley, con sus gigantescas repercusiones, fuese airecillo grácil, pronta materia de quita y pon y causa de rabieta infantil. Poco después escuché a su compañero y líder, Narcís Serra, que repetía los mismos acordes, esta vez a causa de una propuesta de cuotas y sanciones en la industria del cine. Indudablemente, la ligereza sobre la lengua abona un terreno grotesco.

Los nacionalismos… Recuerdo la inauguración de la Feria de Abril de Santa Coloma de Gramenet, en la que participó el regidor de Cultura, Joan Maria Pujals, sin que perdiera tiempo en citar el amor de Federico García Lorca hacia Cataluña. Mi felicidad hubiera enjugado seguros hilillos de baba si el regidor hubiese leído las siguientes palabras del poeta centenario: “Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos”.

Una venda en los ojos. El bochorno de la paradoja. La tristeza de comprobar cómo el poder político barre exclusivamente hacia sus obsesiones. Todo cuenta y suma. Jordi Pujol no se cansa de expresar que la Ley de Política Lingüística nunca vulnerará los derechos de los castellanohablantes. Gran falacia. La ley anterior, digamos menos endurecida, ya recortaba la libertad incluso de los catalanohablantes. Sí, así es.

En Cataluña coexisten dos lenguas oficiales, el catalán y el castellano. Y cualquiera de las dos, o tan sólo una de ellas, debiera servir para, por ejemplo, acceder al sector público. Me he encontrado con varios catalanohablantes, con sus carreras conclusas, que no consiguen acceder a su vocacional empleo debido al famoso nivel C de la Junta Permanent (en esta prueba de catalán se exige, como mínimo, un 7,2 para considerarse apto). Sus carreras se convierten en papel mojado. Y si desean disfrutar de oportunidades en el empleo público, han de emigrar a otras comunidades.

Cómo empobrece la venda en los ojos. Incluso la parcialidad de pequeñas excelencias. Sin alejarme del ámbito público, los que aspiran a ser profesores de secundaria, en convocatoria catalana de oposición, deben superar, como es normativo, unos exámenes previos sobre el conocimiento de las dos lenguas oficiales. Mientras los aspirantes de filología catalana quedan exentos de la prueba de catalán, algo elementalmente lógico, los candidatos de filología castellana se ven obligados a desgastarse y mostrar sus conocimientos de castellano. Se conoce que los engranajes de la Generalitat deben de argüir que los licenciados en filología catalana poseen albricias, caminos más despejados o, como diría Juan Alfonso de Baena, gracia infusa del señor Dios.

Revolotea la diglosia de los decretos, la parcialidad, un espectro de cuotas, sanciones, multas, imposiciones, vías monolingüistas, apellidos abocados a la metamorfosis… Los nacionalismos. Es evidente que existen numerosos ciudadanos catalanes, y no catalanes pero residentes en Cataluña, afectados por la política lingüística. Y que a la mayoría de ellos le importa muy poco la buena salud del castellano o que lo hablen 400 millones de personas. El círculo donde desarrollan sus vidas es muy reducido.

Se ensancha la vereda. Una zalagarda de gallos, atarambanados, presentan sus husmas de espolones y cacareos bajo un cielo de fanfarria.

ABC, artículo 6

Miércoles, 9 de Abril de 2008 Sin comentarios

UN TEXTO PLAGADO DE KAS
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 17 de julio de 1998.

A uno le van las letras, incluso en la sopa. Algunas veces me alimento con sopa de letras, aun sabiendo que pasado un tiempo he de evacuarla. La necesidad obliga (“miseria homini”). Letras y más letras. Letras en berrinche, letras en desbandada, letras delicadas, letras afiladas, letras ensopadas, letras papanatas, letras para dar y vender.

Acabo de leer una extensa diatriba sobre unos cuantos novelistas del país. Esto de los berrinches de las letras, de las discusiones literarias, es una trocha placentera cuando su forma y su fondo acaparan un apetitoso bocado de letras, cuando la calabazada alumbra un giro de sorprendente luz. Recordemos “Vuestros coplones, cordobés sonado”, de Quevedo contra Góngora, o “Anacreonte español, no hay quien os tope”, de Góngora contra Quevedo, o la más reciente “Pavana para un doncel tontuelo”, de Cela contra Muñoz Molina, que pudimos saborear en un ABC Literario de hace cuatro años. No hace falta insinuar que las letras literarias son inofensivas, muy al contrario de las de los decretos. A José Hierro, los berrinches de las letras le parecen muy bien siempre que obedezcan a la pasión y no a la vanidad. Las pasiones, qué gran ilusión de fortaleza contenida y grietas, de tripa dura y venas tensas.

Metiéndonos en honduras, he de aclarar que la diatriba que he mencionado al principio la firma José Ángel Mañas, mozo bravo para muchos. Se trata de un largo artículo plagado de kas y con una gran mayoría de bes. Sobre estas dos letras, de forma azarosa, y como diría Julio Camba, muda esto, lo otro y lo de más allá. Pero nada. No advertimos dificultades. Los escritores escriben para ser comprendidos. La fonética es la misma, y la sintaxis, reglamentaria, de lo contrario no habría cultura ni contracultura que fuese capaz de entenderlo. El chasis de estas letras es un claro ejemplo de colorete o escaparate, cosa bastante lícita.

Claro es que yo no le voy a dar palmaditas en el hombro al nene aparentemente asilvestrado, ni tampoco lo contrario, que esas trifulcas no son mías, tan sólo me limito a confesar, con mucho gusto, independientemente de las filias y fobias literarias del aludido, que no es tan fresco el pienso como reluce y que innumerables veces los pregoneros no se creen lo que pregonan. Veamos.

En su declaración de principios se manifiesta, básicamente, en contra de la técnica, de lo literario, del estilo oficialesco (?), y a favor de la contracultura y la anarquía. Todo queda muy chillón. Pero suena a paradoja. El artículo muestra una pulcra y nítida estructura, ni siquiera le falta un cuadro de notas con académicas citas y abreviaturas latinas. Debido a su técnica, así como en sus dos primeras novelas (son las que conozco), consigue un ritmo vertiginoso que es de agradecer. Se ve, se veía, que los tabiques de su cráneo no alojan viento huracanado, sino una elaborada inteligencia, sin anarquías. ¿Anárquico? Será de palabra. O sea, un ridículo anárquico que ha pasado por la piedra de los cánones de la licenciatura en Historia, esclavizado a unos horarios y al acojono de los exámenes. ¿Contracultural? Riámonos juntos, kolega. Los verdaderos contracultura siempre han vivido en el subsuelo, y no pasarán de ahí mientras mantengan un mínimo resuello. A los verdaderos contracultura no los apoyan las grandes empresas empapeladas de billetes, que apuestan sobre seguro con sus inmensos aparatos de publicidad, con sus presentaciones por todo lo grande. Los verdaderos contracultura son literalmente marginales y hambrientos. El plato diario de habichuelas se les convierte en pesadilla. Se puede expresar que nuestro muchacho, apoyado por una maquinaria poderosa de productos de consumo, como ha triunfado muy joven, no ha mordido, de cabeza, la fértil tierra.

A la altura de estas líneas, lo que me daba mucho gusto reseñar ya ha sido comentado. Sólo una última evidencia, aunque sea reiterativa. Una clara muestra de la ladina inteligencia del nene aparentemente asilvestrado se atisba cuando, lejos del gargajo con verdina de nombres que denuesta, aparecen respetados tres gigantes: Cela, Umbral y Baroja, al que adora. Este muchacho, si no la casca antes, tiene tiempo para dar juego y sorprender, con sus presuntas bizarrías, a los impresionables.

ABC, artículo 7

Jueves, 28 de Febrero de 2008 1 comentario

El séptimo artículo aparecido en ABC

CUESTIÓN DE PULMÓN
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 18 de agosto de 1998.

Aquí no hay quien pare. Casi cuarenta grados. Las vacaciones. La sierra. La siesta. Seguro que ustedes asocian la severidad de una canícula áspera, casi en chispas, con determinadas escenas delirantes. Pues aquí no hay quien pare. Aquí significa un conjunto de chalés en línea, con unos tejados, trasunto de brasas, medio consumidos por los rigurosos chasquidos del sol y por los constantes, los interminables, los incasables, los frenéticos ladridos de un perro.

El perro es enorme y blanco y ladra como si fuese un animal salvaje. Siempre lo veo inquieto, en movimiento, a unos treinta metros de mi guarida, sobre un montículo que le invita a saltar la cancela, atado con una cadena que le cuelga de un collar de púas. Es el vesánico cancerbero de una casa inhóspita, la truculenta pesadilla de unas vacaciones estranguladas, la principal fuente de unos pensamientos que caminan desquiciados. Si se le mira de cerca, te enseña los dientes, encoge la papada y se pone monstruoso. Entonces uno nota un hormigueo sanguíneo, como si la sangre pretendiera levitar, como si la densidad de la sangre se aguara inextricablemente desfallecida por los gruñidos.

El perro es enorme, de un blanco que encandila bajo la luz canicular, y siempre ladra fielmente paralelo a la concatenación de las horas. Sus orejas enhiestas acechan el orbe, como las presencias perpetuas. La punta de su oreja diestra quiebra una simetría perfecta, parece un dedo dislocado y se balancea, amortecida, según la agitación. A su columna se le conocen todas las vértebras, como a un hombre largo y raquítico. Por esa zona, unas tenues gotas de canela pretenden disculparlo. El perro ladra. El mundo ladra. Unos contertulios metálicos resuenan en una radio. A la siesta se le escapan las cigarras. El perro tiene unos ojos de verde difuminado, casi grises, como gastados con disolvente, hipnotizadores, profundamente magnéticos, preciosos. Sus ladridos estallan desde lo más recóndito de sus fuerzas. Sus ladridos se suceden tan broncos y graves que a una persona sensible le puede entrar la rabia. La voz desorbitada de un vecino se dirige al can: “¡Te voy a poner un bozal!”. La voz solidaria de otro vecino añade: “¡Desde luego!”. Un lío de chiribitas expande sus redes. Se masca un desenlace tremendista. Como a saltos, unas palabras de la radio mencionan el término “corrupción”, refiriéndose a determinadas y altas esferas políticas. Y la figura de Azorín –bonito momento– colea entre mis parpadeos.

Azorín. Qué hombre. Excelente pluma. Para Azorín el cultivo de las cosas del espíritu y el intelecto impediría “la corrupción de los de arriba”. Pero no. La condición humana es insospechada, incluso la de los muy leídos. Azorín: la pulida descripción de la nostalgia. Sugestión ascendente, sin sobresaltos, de inevitable agrio punzón. Un grande. Su rocosa serenidad, aquí, se arrugaría como un higo.

Aquí no hay quien pare. No se producen novedades. No pasa nada distinto que las tórridas bocanadas del cielo y la tenaz apisonadora de los ladridos. El verano se desinfla como la repentina ventosidad de una sudorosa cabritilla loca, allá, por aquellos caminos de polvo de color carne, muy de la carne. Y por las cunetas, entre la maleza, la lánguida decadencia de algunas violetas inclinadas, con sus reverencias afligidas… etcétera.

El ladrido persiste, familiar, casi humano.

ABC, artículo 8

Martes, 19 de Febrero de 2008 4 comentarios

El octavo artículo aparecido en ABC

UN TÍMIDO ESBOZO
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 30 de agosto de 1998.

Un estímulo que pellizca, un suspiro descarrilado, unos puntuales latidos en las sienes, como el inesperado y brusco titilar de la angustia, son suficientes para sacarnos fuera. Repentinamente notamos que una parte de nuestro espíritu serpentea como los soplos del aire, entre las bocanadas del aire, y lo detenemos. Pero hoy debe ser distinto. Caminemos juntos un momento, no descartemos esa posibilidad, abracemos este valle de abstracción y misterio.

Sí; ya estamos preparados. Nos dejamos llevar y ascendemos como lentas espirales de luz que, quizá, sólo hemos entrevisto en sueños. Nos rodea el silabeo suave y monótono del viento. La altura es considerable, de hondo acantilado. Avanzamos hacia el sur. Atravesamos la grisalla cavernosa de muchas nubes disgregadas. La noche parece una enorme gavilla de ojos negros. El cielo nos empuja con sus manos frescas mientras contemplamos, a nuestros pies, cómo se suceden las ciudades, muy encogidas, sofocadas de aliento estival, rutilantes como fogatas. A lo lejos, la calígine azulina de una oronda raya absorbe nuestra atención y atrae la dirección de nuestras decididas inercias. Es la costa, una costa andaluza. Estamos alcanzando los ondulantes penachos de la mar, sus aguas nocturnas, siempre vitales. Descendemos paulatinamente. Parece que el paisaje de la tierra se despereza, que se crece, que levanta un telón de perspectivas. Nos vamos percatando de las altas temperaturas que se arraciman por los suelos. Planeamos a muy pocos metros de la superficie del mar, tan cerca del rizo de las espumas que sentimos fríos borboteos sobre nuestro rostro. Nos espaciamos en una diminuta orilla. Es una cala rebosante de cantos rodados.

La soledad se presenta casi absoluta. Un chico y una chica, sentados en una piedra, a cierta distancia, observan el repicar de las olas. Deben de tener unos veinticinco años. Él parece apesadumbrado. Taponando sus palabras, se limita a construir con los guijos algo semejante a un obelisco. Ella moja sus pies en las intermitentes aguas vencidas y acaricia el pulimento de una concha irisada. A ella se le distingue en la fisonomía el bullicio de unos deseos estancados. Su pelo rubio y recogido connota serenidad. En el centro de su pecho, coloreado como las naranjas, dos pecas se mecen desde que nacieron. Besa la concha y la abandona, cuidadosamente, sobre un guijarro. De improviso se alejan, sin mediar palabra. Uno tras otro, suben por un caminillo tortuoso, muy angosto. Finalmente caminan cogidos de la mano, sin pronunciar palabra, como llevados de una liviana pero desgarradora tensión. Ambos desaparecen en las quebradas aristas de una gran peña. El pequeño obelisco y la concha besada están impregnados de huellas humanas.

Tras aproximadamente una hora de exclusiva unión con los murmullos del mar, de nuevo la soledad se nos presenta casi absoluta. Las aguas acaban de arrojar dos cuerpos inertes. Son de un chico y una chica de unos veinticinco años. El perfil moreno de su piel y sus negros y crespos cabellos contrastan, como alaridos, con la fija blancura de sus ojos abiertos. Él yace de bruces. La fuerza agonizante de las olas lo ha dejado sobre los descompuestos guijos que parecían formar un obelisco. Ella, con los pies sumergidos en las tímidas aguas que se disuelven, mantiene todavía los brazos flexibles. Da la sensación de que sus manos, dirigidas por el desgastado impulso de las olas, intentan alcanzar la concha abandonada, con un beso, sobre un guijarro. Unos maderos chirrían y se mellan contra algunas rocas del rompiente. Pertenecían a una mínima embarcación proveniente de una playa marroquí. Fluctuantes como trapos enmohecidos, varios cuerpos ahogados continúan su tajante marcha en el regazo de las corrientes.

Nueve espaldas desnudas destellan a la luz de la noche, devuelven reflejos agitados, de luna revuelta, muy tristes. Todo se desvanece gradualmente. Nuestra impotencia es vergonzosa. Volvamos a nuestro ser. Hoy ya hemos visto bastante.

ABC, artículo 9

Lunes, 11 de Febrero de 2008 1 comentario

El noveno artículo publicado en ABC

JOSEP PLA EN MOVIMIENTO
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 3 de octubre de 1998.

Confieso que todavía me zarandea un extraño temblor. El cortísimo primer plano del maestro se me ha pegado a la retina como un manchón de decadencia taciturna. Por fin he logrado contemplar, en cinta de vídeo a la venta, la valiosa entrevista que Joaquín Soler Serrano le hizo a Josep Pla en 1976. El impacto ha sido minuto a minuto, hasta el final, culminante, sin gradaciones. Uno estaba convencido de que jamás escucharía el acento catalán del maestro –un acento muy cerrado, como de plataforma hermética–, que nunca mediría las hechuras de sus movimientos, y de repente me veo abrazando su imagen decrépita con una incontenible flojera de quijadas. Háganse cargo. Si nos dijeran que se ha descubierto una película polvorienta, con Valle-Inclán en movimiento y sus ceceos en sarta, se abrirían muchas bocas.

El ajado pellejo del maestro, cinco años antes de su muerte, es total. Lo que se distingue en un cortísimo primer plano no se aprecia en fotografías. Hay viejos y viejos. A Picasso, por ejemplo, físicamente se le veía joven. A Josep Pla no. Pla es un viejo de hueso duro cristalizado y arruga firme, un viejo plenamente viejo, un viejo casi de tembleque y baba. Su lagrimeo constante, finamente amalgamado con el particular tonillo de sus palabras y el descomunal acierto de sus argumentaciones, pone, como él mismo diría, la carne de gallina.

La honestidad del maestro también abruma. Sus incisos de modestia, chispeantemente simpáticos, y como de tapadillo, permiten que tomemos aire. Sus incisos son del tipo “no sé si esto le puede interesar”, “perdone, quite usted esto y todo lo que le venga en gana”, “yo no sé nada de nada, ¿no lo ve usted, hombre?”, “usted lo conoce mucho mejor, todo eso”. Pla responde sobre casi todos los temas. Soler Serrano lo desnuda con bastante tino, con absoluta sencillez, hasta lo anima, ya en la conclusión, a que se incruste la boina. (A medida que transcurría la cinta, la oronda faz de Soler Serrano me inquietaba. La emparentaba con alguien que se me resistía al vislumbre. Esos carrillos de globo, cuyos muelles estirados se prolongaban en los párpados, evocaban una identidad que no sabía descifrar y que el maestro, muy pronto, me descubrió durante uno de sus incisos de modestia, cuando afirmó: “Usted tiene mucha más experiencia que yo. Si parece usted, carajo, un emperador romano, el general Galba”).

No sé precisar exactamente el motivo. El aceite del cerebro del maestro me lo imagino sin cesar en persistente borboteo. Su prosa es la de un observador nato. Pla es un observador minucioso, inigualable, una rareza. En la cinta lo podemos ver reconociendo que, frente a la literatura de imaginación, él siempre ha hecho literatura de observación. Es tan observador que sabe lo que vale un peine. Por eso escribe: “La lengua es tan difícil, tan dura, tan tiesa, de un manejo tan rígido, tan llena de dificultades, que todo el mundo escribe como puede… ¡y gracias!”. Evidentemente, sigue siendo así. Incluso tenemos escritores consagrados que parecen plumíferos, de bajo relieve, debido a su continua manía de soslayar la dolorosa doma de la lengua. No se puede evitar: los sudores son agrios, mojan y hieden.

Sigo en las mismas, con el extraño temblor. El cortísimo primer plano del maestro se me ha pegado a la retina como un manchón de decadencia taciturna, muy amarga. Ya me ha marcado la imagen en movimiento de Josep Pla, con esa colilla ensalivada que no le tira y la desagradable constatación, según sus propias palabras, de haber sido para la vida un hombre totalmente infeliz. El maestro nunca consiguió atenuar su obsesión por la escritura. Su claridad mental y sus ordenados principios lo llevaron al aislamiento, al desengaño más estridente y puramente ácido. Josep Pla es LITERATURA, con mayúsculas. Ya no queda gente así.

ABC, artículo 10

Martes, 5 de Febrero de 2008 2 comentarios

El artículo décimo de Antonio Gálvez Alcaide en ABC

“CARTA A LOS JÓVENES ESCRITORES”
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 11 de noviembre de 1998.

“El título aparece entrecomillado porque es el mismo de un artículo aparecido días antes que firmaba Camilo José Cela. El artículo de Gálvez glosa el de Cela dando la impresión de que amplía e incluso enmienda el tema que aborda su admirado maestro. Incomprensiblemente, a Gálvez no le volvieron a publicar más artículos en ABC. Se presenta, también, el mencionado artículo de Camilo José Cela”.

Me dirijo a ustedes, los autores que caminan a salto de mata por los escarpados caminos de la literatura; a ustedes, los autores que se hallan aislados, por temperamento o por sencillas cuestiones geográficas; a ustedes, los que, en esas veredas muchas veces incomprensibles, sólo cuentan como mediadores a unas solicitadísimas señoras que se llaman Estafeta de Correos. Ustedes que insisten, siempre con el gatillo de la tinta a mano. Ustedes que devoran lecturas importantes y escriben sin extraviar vuestro pozo sin fondo de la esperanza; que ven pasar un año, y otro, y otro año más sin recoger, siquiera, famélicos frutos. Y sin embargo, siguen. Y siguen. Ustedes son de los míos. Ustedes tienen mi más sincera simpatía.

Estamos en un tiempo de paulatino enfriamiento, en el que, según nos pille el norte, podemos pisar descascarilladas hojarascas sobre la tierra. Estamos en otoño. Los jóvenes autores, y no tan jóvenes, los autores que pueden llevar más de una década intentando empezar, con un primer paso firme, en la farragosa senda literaria, saben que se inicia una nueva temporada, una época en la que proliferan los fallos de numerosos concursos literarios. Camilo José Cela, cuando principiaban las brumas otoñales, escribió, en estas mismas páginas, un artículo titulado “Carta a los jóvenes escritores”, de ahí me encabezamiento entrecomillado. El viejo maestro dice: “en el otoño nace, como todos los años, el tiempo de los premios literarios y su secuela de ilusiones y decepciones”. Y yo, como muchos, me di por aludido, en mi caso no tanto por mi engañosa juventud, sino porque me hallaba implicado en lo que Cela refería (en esos momentos tenía dos novelas finalistas en un mismo premio de novela). El viejo maestro expresa que la literatura es “una carrera de antorchas que cada cual lleva hasta donde puede y los demás le dejan”. Repito: “y los demás le dejan”. El viejo maestro, ya en la conclusión, afirma: “todos nos debemos al calendario, a la vocación y a la suerte”. Repito: “y a la suerte”. Efectivamente, aunque Cela cumplió sobradamente con el propósito de su mensaje, el de estimular –desde el inicio se le ve la intención: “me gustaría tener ingenio y fuerzas bastantes para alentar a los jóvenes escritores”–, a uno se le baja el alma a los pies cuando lee, tan a las claras, y por una cúspide, lo que uno ya sospechaba y nunca podrá controlar. Me refiero a eso que he subrayado, al azaroso vuelo de la suerte y a la determinante estela de llegar hasta donde los demás te dejen.

A mí, desde el espacio que me concede esta tribuna, también me gustaría tener ingenio y fuerzas suficientes para hacerles llegar un descomunal impulso sin fronteras, que fuese sosegadamente comburente a fin de que siempre se mantenga activo vuestro fuego literario. Y me gustaría expresar, con delicadeza, que ustedes nunca serán escritores, simple y llanamente escritores, mientras no llegue el día que viváis de vuestras letras impresas. Aunque sabemos muy bien que el DRAE dice que el escritor es la persona que escribe, sin más, prueben ustedes autodefinirse escritores delante de las orejas de vuestros compañeros de la zanja, de vuestros compañeros de la oficina, de vuestros compañeros de la fábrica, del taller, etc. Y comprobarán, si mantienen los ojos abiertos, cómo vuelan sobre vuestras cabezas los desastrados vientos de la petulancia, una realidad falseada, una omisión estúpida a la verdadera profesión que les sostiene.

La escritura es muy difícil, una herramienta que se estira sin agrietarse, una joya que nunca les permitirá bajar la guardia. Recientemente leí, en un suplemento literario, la reseña de un libro de relatos –un libro que pertenece a un grupo editorial poderoso– en la que el crítico sacaba a relucir casi una cincuentena de faltas de concordancia, ortografía y puntuación. Sí, seguro que ustedes han pensado alguna vez que muchos empiezan a publicar antes de aprender a escribir. Me refiero al dominio de los rudimentos, de las cuatro reglas gramaticales.

Si ustedes creen que, un día tras otro, necesitan horas para desarrollar vuestras obras. Si ustedes sienten que se les escapa el tren por una mera cuestión de tiempo. Si ustedes piensan, desde el análisis de una notable frialdad, que vuestras letras tienen serias posibilidades de hacerse paso, por sí solas, entre las salpicadas escolleras de la literatura, pues entonces no lo duden, no se queden ustedes con la picajosa duda para siempre, y compren vuestra libertad, como podían hacer algunos esclavos de la antigua Roma. Rompan con vuestros trabajos. Pidan la cuenta tras un concienzudo período de ahorro económico y láncense al vacío. Si ustedes se juegan el pellejo, no les cabrá la menor duda de que lo han intentado hasta el límite. La paciencia y la tenacidad habrán de rodearles por los cuatro costados (un ejemplo: mi primer libro editado cruzó la tronera de veintidós editoriales) y la sensación de piedra abandonada les atornillará el alma. Yo no soy del todo temerario, hablo según el dictado de mi propia experiencia.

El jaque es muy ingrato y muchas veces acobarda de una manera insufrible; pero no viene del todo mal, porque ustedes escriben sobre la vida. El callo literario es una garantía, y haber llegado al inicio del camino sin unas manitas que te abren brechas, le da a uno mucha confianza, como podrán comprobar con la ayuda del tiempo.

Arreen ustedes con las mejores y más plausibles esperanzas, y cárguense de buenas y malas palabras, que todas hacen su avío.

Obra literaria de Antonio Gálvez Alcaide, aquí.

El artículo aludido de Camilo José Cela

Escuchando

Sábado, 1 de Enero de 2005 Sin comentarios

Se me ha ido el año con la música de fondo de Estrella Morente. Hacía tiempo que no me acompañaban un vaso de whisky y el vídeo de esta guapa gitanilla.

Entradilla inicial. Texto de DIETARIO EN RED 2004-2006

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