
EN LA TUMBA DE JOSEP PLA
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Ilustración de Mariano Cornejo.
Publicado en la revista Lateral, nº 62, febrero de 2000.
HOMENAJE
Durante 1997, con ocasión del centenario de nacimiento del escritor y periodista Josep Pla, innumerables actos pusieron de manifiesto el unánime reconocimiento de las instituciones. Pero, ni siquiera aquel Any Pla ha evitado que sus restos descansen en una descuidada tumba en la localidad gironina de Llofriu. Aparentemente el ajuste de cuentas entre el intelectual y la intelligentsia catalana no ha terminado.
Nunca es tarde para hacerle una visita a Josep Pla. Aunque ahora se oculta entre las hechuras de los difuntos, el próximo día 8 de marzo cumplirá ciento tres años de vida.
La acción de salir de casa y emprender un largo viaje, por tierras de Gerona, con el exclusivo objeto de ofrecerle compañía, durante unos minutos, a un muerto totalmente ajeno a la sangre del visitante, es circunstancia de explicaciones sumamente embarazosas. El singular peregrinaje no se le puede confesar a cualquiera que se te cruce por la calle y te pregunte por tu ruta, porque quien te interpela, tras una respuesta sincera, de resonancias un tanto secas, pondría cara de ganso y te arrojaría una mirada de incógnitas, sin ahorrarse esos destellos livianos y ensombrecidos que se conceden a los extravagantes. El impulso de visitar muertos ajenos es una cuestión de callejas íntimas, de cordón umbilical que tira de los pies; es un asunto de magnetismo indomeñable que, en el momento más insospechado, recuerda un acto obligado que se mantiene pendiente. La estimación y la admiración son dos conceptos que definirían con facilidad esa especie de magnetismo que se engancha inexorablemente. Sin embargo, se quedan cortos e irrisorios. Hay algo más, muy complicado y probablemente inefable. El mismo Pla hizo cola en la plaza Roja de Moscú, en 1969, con setenta y dos años, a fin de situarse, durante unos segundos, frente a la momia de Lenin.
Llofriu, la población donde está enterrado el maestro, forma parte de un extenso llano flanqueado por un redondel de montañas. Pla describió así el Llofriu de su juventud: “lugarejo insignificante del término de Palafrugell con parroquia propia. Es un pueblecito silencioso de tierras de secano, pobre, con una gente resignada, cerrada, de pocas ilusiones”. Evidentemente, el tiempo pasa y las cosas cambian, en este caso para mejor. Sigue siendo una localidad minúscula, eso sí, de masías disgregadas y de casas, en su mayoría, que rondan la parroquia, una parroquia que parece ser del siglo XVI, aunque sin ningún orden arquitectónico reconocido en la historia del arte. Las piedras de la parroquia, rasposas, ariscas, amarillentas, como con mal de hígado, tienen contrafuertes hercúleos que salen de unos tejados. Por las mañanas, en los recodos del campanario, hay un pájaro que silba como las personas eufóricas y bromistas. Su trinar encierra cierto cachondeo y uno, que nunca consigue ver el pájaro, se sabe un poco desbordado, como elemento integrante de un chiste. En la puerta de la parroquia, el viento, que nunca falta, desplaza un olor a boñiga que abre el apetito. Como estamos por aquí a primera hora de la mañana, el viento, que nunca falta, nos llega frío como los carámbanos, se entremete por los siempre graciosos tabiques de las orejas y nos golpea la cara con sus puntillas afiladas. Inmerso en esos instantes de viento puro de bosque, uno tiende a pensar en una piel cálida y tierna como las esponjas, en una serrana clemente que te brinda una lumbre. Sobre este asunto recuerdo unas palabras de Pla que rebusco y exhibo a continuación: “El vientecillo de tierra es vivo y nos aclara la cabeza. Ahora sería el momento, quizá, de pasar un rato con una mujer malcasada, accesible, generosa y amable”.
Como sabemos, dentro de la espiral poética que nos lega nuestra historia, las malmaridadas se consagraron como un motivo muy sensible, y algo crispado, en las remotas canciones populares medievales. La literatura: toda una proeza de vidas paralelas. A Josep Pla le gustaba muchísimo, una exageración, la obra de Pío Baroja, otro prosista considerable del siglo que acaba de echarnos el cierre. Josep Pla mostraba una clara predilección por todo lo que se veía y se tocaba, y, además, sin muchas premuras o retóricas. Josep Pla también tiene unas palabras muy simpáticas sobre la controvertida prosa deslavazada de Baroja: “El defecto de Baroja es que es un hombre de adjetivo ligero. A veces juzga, adjetiva, ligeramente –los lanza como los burros los pedos”. Josep Pla era tan pragmático, amaba tanto la franqueza de la vida recta que llegó a divagar sobre una cuestión de Cervantes, a quien admiraba, de la siguiente manera: “Me pregunto por qué no se habla nunca de Cervantes tal como realmente fue: un hombre muerto de hambre, de asco y de tristeza. Es la impresión que da permanentemente a cualquier persona normal que lo lea”.
Josep Pla era un solitario de rancia costra apergaminada, un gran apartado. Incluso su casa, el “mas” Pla, la masía en la que se asentó en 1947, es la más apartada de Llofriu. Se halla casi a mitad de camino entre el poblado de Llofriu y el de Palafrugell. Uno se acerca al “mas” Pla, por cualquiera de las dos sendas que te aproximan, y se encuentra con un cartelito que anuncia su condición de propiedad privada, seguido del imperativo que prohíbe el paso. Guardando la distancia, se pueden contemplar buena parte de la fachada y, perfectamente, las evocadoras ventanas. Tras una de aquellas ventanas cayó, herido de muerte, uno de los abuelos de Pla, mientras se ensimismaba con los traquidos de una tormenta demasiado agresiva. Tras una de aquellas ventanas se asomaron, en verano, los revoloteos cariñosos de Adi Emberg, el amor de juventud del gran solitario, que le duró –más o menos a trancas y barrancas– quince años, hasta 1939. Uno no consigue evitar imaginarse a aquella chica, por la fresca de la mañana, apoyada en el alféizar de una de las ventanas con un viso de blancas transparencias.
El curso de la vida… Josep Pla salió del hospital para morirse entre los ecos de su masía, a los ochenta y cuatro años. Se dice que, un mes antes, el gran solitario pasó su cumpleaños absolutamente solo. Una advertencia del maestro: “Mi condición sería más solitaria que la de un mochuelo en la nocturnidad. No soy partidario de la soledad, a pesar de ser un solitario. No hagan caso de las locuras literarias personales. Los hombres y las mujeres han nacido para vivir con los demás”. Vayamos, sin más demora, al cementerio de Llofriu.
La calle del cementerio adopta un nombre incuestionablemente representativo. Se llama Tramontana. Para entrar al cementerio hay que buscar la llave de su verja. Esta pesquisa ya nos la avisó nuestro anfitrión. Tanto en El Cuaderno Gris (autobiografía) como en La Calle Estrecha (presunta novela), Pla nos dice lo mismo con distintas palabras, que siempre ha tenido curiosidad de visitar los cementerios rurales y que nunca ha encontrado la llave, una llave que parece que se esfuma. En nuestro caso no ocurre lo mismo. De nuevo se ve que, en algunos asuntos, los tiempos cambian para mejor.
Tenemos la llave. El cementerio de Llofriu tiene una llave de hierro dulce, larga, vieja, delgada como un lápiz, ennegrecida. La verja chirría cuando la dejamos entreabierta y nos detenemos para alcanzar una entera perspectiva. El cementerio forma un rectángulo reducidísimo. En la entrada, a la izquierda, nos reciben cuatro cipreses enfilados, copudos, densos, añosos, en constante abrazo, como una familia unida. A la derecha, tenemos dos cipreses del mismo tamaño, que se desarrollan paralelamente, pero guardándose las distancias. Como figura de contraste, parecen una pareja desavenida. Detrás de ellos, igual que un hijo temeroso, un ciprés primerizo, con su punta a menos de dos metros del suelo, enraíza su tronco, fino como una pierna, y estira sus ramas, delgadas como los brazos de un adolescente.
En el cementerio de Llofriu ningún difunto yace bajo tierra. Los bloques de nichos, de una altura irregular, se unen a los muros que se consagran a ambos lados y delante, en forma de u invertida. Al fondo, en línea recta, nos llama la tumba de Josep Pla, el gran maestro. Su bloque de nichos parece un torreón mellado. Se nos antoja semejante a unas almenas desdentadas. En su bloque se aglutinan nueve columnas ondulantes. La primera dispone de cuatro nichos (en uno de ellos se halla un niño fallecido en 1874). La segunda, la del maestro, tiene una altura de dos, a la que le siguen dos columnas, de tres nichos, con la finalidad de continuar esta suerte de rizos. O sea, debido a la irregularidad del bloque, los nichos no disponen de cubierta. No tienen cubierta. Estas tres palabras precedentes son profundamente alarmantes, tristes y terribles. Probablemente, cuando llueve, los restos de Pla se nos mojan fundidos en un alud de goterones y canales de agua burbujeante, entre el hálito de una eterna resignación depauperada y extenuada.
Presumiblemente, el maestro se nos moja. Su lápida cubre la altura de dos nichos y, por encima, en la estrechura del fondo, se distingue el enmohecido muro. El techo de la tumba es una fina capa de cemento que reboza las piezas de ladrillo habituales en la separación entre nichos. Sobre su techo, unos matojos se balancean al viento despreocupado, fortalecido, rabioso en estos momentos, por estas soledades. En la lápida leemos las siguientes letras esculpidas: “Familia Pla / Josep Pla Casadevall / Escriptor / 8-3-1897 / 23-4-1981”.
Imbuido en el convencimiento atroz de que el maestro se nos moja, se me ocurre un epitafio basado en unas palabras que el difunto dejó escritas: “Aquí yace uno de los escritores más atacados del país. Es indiferente. Mucho más se atacó a sí mismo. Y así sigue”. Las palabras de Pla son estas: “Fui uno de los escritores más atacados del país. Es indiferente. Mucho más me ataqué a mí mismo”. El maestro se nos moja. Por estas soledades no existe persona viviente que me convenza de lo contrario. No hay nadie. La cuestión es tan vergonzosa de pronunciar que renuncio a comentársela, posteriormente, a quien posee la llave.
Salimos del cementerio con el berrinche del viento y la cabeza poblada de aguas. La verja nos despide con su chirrío. Desde fuera contemplamos, por última vez, la blanca lápida de Josep Pla, al fondo. Y allí abandonamos a uno de los más grandes prosistas que nos ha dado el siglo que acaba de esfumarse. Allí lo dejamos, a la espera de las aguas filtradas y, como él mismo diría, pobre como una rata.
Obra de Antonio Gálvez Alcaide, aquí.

El nicho, doble, número 4 es la tumba de Josep Pla.
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