Un caracol adolescente

En el patio de luz del bar Los Cordobeses se oye el resollar de dormilones ruidosos.
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 32).


En el patio de luz del bar Los Cordobeses se oye el resollar de dormilones ruidosos.
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 32).

El bar Los Cordobeses está cerrado y en penumbra.
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 30).

Fernandín es consciente de que lo capta todo.
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 27).

Pepín maldice, al limpiar las miserias, todos los días.
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 15).

Afuera, los camareros de la Rambla recogen las mesas y las sillas con la trágica idea de ahogarse, paulatinamente, en el aire calentón.
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 14).

Cuando la amplia y oscura cazuela se enfría, el caldo de los caracoles es de un acentuado verde hierbabuena. Los caracoles, tiesecillos, muertos fuera de la concha, con paciencia se pueden contar de uno en uno. Sólo quedan dos o tres raciones.
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 13).

El bar y la calle combinaban una constante agitación de voces, de pasos sedientos.
Fragmento perteneciente al relato
titulado «Cosa de tres» , del libro TRENZADO DE HOMICIDAS (pág. 95).

—¡Soy la reina de la tierra, la reina de los mares!
Fragmento perteneciente al relato
titulado «Cosa de tres» , del libro TRENZADO DE HOMICIDAS (pág. 94).

—Espérame un momento, que voy a echar una meada.
Fragmento perteneciente al relato
titulado «Un puzzle gris» , del libro TRENZADO DE HOMICIDAS (pág. 15).

—Caballero, ¿se encuentra bien?
—Sí, por supuesto.
El camarero se justificó, carraspeó en su soflama.
—Parecía como acalorado.
Fragmento perteneciente al relato
titulado «Un puzzle gris» , del libro TRENZADO DE HOMICIDAS (pág. 13).
Por la mañana, con las piernas pidiendo cierto trote. Salgo del alojamiento dispuesto a liquidarme, antes de la hora de comer, la parte este del plano. Aunque aquí, en Toledo, el viajero primerizo no anda seguro ni con plano, ya que cuando desembocas en una callejuela cuyos muros carecen del cartel de su nombre te encuentras automáticamente como en Babia. Así que uno ha de guiarse, muchas veces, por la intuición, que pocas veces falla.
Me tomo un café con leche en un bar de la plaza Mayor. Justo a mi lado está tomándose un café con leche una chica que impone por su inusual belleza. A mí me resulta francamente difícil tropezarme con una chica que impone, precisamente por su inusual belleza. Pues aquí la tengo, a menos de medio metro, como compañera de café con leche, sentada en su taburete. Yo sentado en mi taburete. Ella sentada en su taburete. Yo solo. Ella sola. Debido a la falta de costumbre uno se queda como mudo, como con vergüenza de mirar a cualquier lado, y no digamos de mirar el espectáculo que ofrece la inusual belleza de la chica, aunque sea de refilón y como pidiendo disculpas. A veces consigo desviar la vista, como quien no quiere la cosa, y aprecio como en un flas la inusual belleza de la chica. La chica tiene un pantalón negro cruzado de piernas, de fina tela estival. Sus pestañas son muy largas y gruesas, demasiado largas y gruesas para que resulten verosímiles. La chica tiene un bolso negro desperdigado en el mostrador. Su pelo largo y lacio se presenta más negro que el azabache. Impone la morena a cada segundo. La falta de costumbre. ¿Y qué le voy a decir yo sin un diminuto lazo que nos relacione? Un casanova me diría que nos relaciona el bar y el café con leche, y al casanova le sobrarían estrategias para entablar una graciosa conversación. A mí me sube un ligero temblor al imaginar una vuelta de tuerca conversacional, a todas luces forzada, artificiosa, como con dientes prietos. La falta de costumbre. Pago mi consumición. Ella también está pagando su consumición. Aunque pagamos y salimos casi al mismo tiempo, en la calle miro a los cuatro puntos cardinales y no encuentro ni la más ligera estela de la chica de inusual belleza. Parece que se haya esfumado utilizando artimañas de hada.
Me dirijo al Alcázar.
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