Cuestión de una mejilla y de olfato

La muchacha le dio un beso en su estropajosa mejilla.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 54).

Un hecho inexplicable

Llagas en los labios

Se abrazaron dos personas saqueadas, desdichadas, pero sabedoras de la progresiva iluminación que experimentaban sus pensamientos.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 53).

Una declaración de amor

Luego se secó con una toalla algo tiesa que le raspó la piel.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 52).

Violencia de género

Sobre violencia machista

Y se topó con un ojo absolutamente ensangrentado, de rubí intenso, enardecido por los destellos que le procuraban las lágrimas.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 51).

Llega el amor

—Siéntate en el sillón. Yo me siento aquí. No tengo sofá porque se lo di a mi vecina, que le hacía más falta.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 50).

Figura fantasmal

En invierno, desde las cinco de la tarde, cuando empezaba a declinar la luz del día, la figura de Salvador arrastrando los pies se asemejaba a una estantigua verdaderamente fantasmal.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 49).

Palabras

No prestó la más mínima importancia a las palabras que acababa de murmurar, unas palabras que tan sólo significaban un disparate más de los muchos que barajaba su mente.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 48).

Miedos

Pensó en su torpeza. Pensó que sobraba. Pensó en la chica maravillosa. Pensó que todo lo hacía mal. Pensó en los miedos del futuro.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 47).

Escarcha

Junto a la paulatina recuperación de su conciencia, notó cómo se acrecentaba el grosor de la escarcha que se le había adherido en la piel.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 46).

El Pasaje del Reloj

El Pasaje del Reloj. Desde Escudellers se ve como una calle siniestra, sin salida, estrecha, oscura, desmadejada, triste, paralizada.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 45).

Como piedras en la cara

Se le quedó la mente en blanco tras la primera decena de puños como piedras.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 44).

Larga enfermedad

—Mírame los labios —dijo Magdalena—, los tengo cocidos, llagados.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 43).

Atenta entrevista, triste

—¿Y por qué tienes ganas de llorar? ¿Qué te pasó?
—Todo está muy triste y muy feo. ¿Tú no te das cuenta de eso?

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 42).

Tenerife

A esas horas de la noche era imposible que aquella muchachita isleña, de Tenerife, pudiera reparar en que la mirada de aquel hombre desgreñado le inyectaba el sereno amanecer de su pueblo azul.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 41).

Agua en el cerebro

—Estoy bien. Me ves así porque tengo agua en el cerebro. No mucha.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 40).

Y más flechazos

La chica maravillosa se percató de Salvador, de su mirada limpia, de sus barbas cortadas a bocados, de su melena zarrapastrosa; de su mirada otra vez, de su mirada, de su mirada otra vez, de su mirada transparente, pura y dolida.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 39).

Flechazo

Salvador sintió que el templado aliento de una boca de mujer le derretía la helada circulación de su sangre pisoteada.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 38).

Mujeres

—Tu padre no quiere a la niña que te has agenciado. Tuvo novio. Se lo dijo a tu madre el otro día pegando un montón de voces.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 37).

Ambiente del bar California

A Pepe se le veía animado. Se le agarraba esa ilusión misteriosa, impetuosa y positiva que suelen tener las parejas de novios durante las primeras citas.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 36).

El bar California, los camareros

Un cuadro de Francisco Ribera

Los camareros del California todavía viven, arrugados como una pasa, nonagenarios.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 35).