ABC, artículo 4
ANÉCDOTA CON MOTE
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 14 de junio de 1998.
Un detalle. No sé si por censura o por lapsus, el caso es que tenía que aparecer en este artículo “Miguel Ángel Rodríguez”; y sólo se publicó “Miguel Ángel”, con lo que ningún lector supo jamás que me refería al que era, a la sazón, portavoz del Gobierno de Aznar. Sólo he soportado ese único lapsus, tal vez censura, en las publicaciones de mi etapa de ABC.
Playa de Castelldefels, Barcelona. Hora temprana. Templado aliento solar. Cielo abierto, sin legañas de algodón. Abierto, muy abierto, de un azul agreste que se inyecta por los poros a fin de que renazca la euforia. Olor a gambas a la plancha, a algas como pinos, a cremas de polen dispuestas a combatir los arañazos del sol. Todo bien. Todo un día estival, de mansa disposición. La toalla sobre la arena. Mis riñones sobre la toalla. Los carrillos armándose de saludable color. El bostezo despreocupado parece una gaviota que flota en el aire, como dormida. Cierro los ojos. Mi cuerpo se desvanece poco a poco hacia el margen de las cosas. Menos las orejas.
Las orejas, la trompetilla de los tímpanos, no se pueden desconectar. Siempre oyen. Debido a la incansable actividad de las orejas, generalmente descubiertas, expuestas a los átomos de las corrientes, una lucecita roja se me enciende cuando casi me había abstraído en las delicadas brumas del abandono. Empiezo a escuchar unos vocablos entrecortados, medio incógnitos, (“comiendo mocarracas”, “con sus cachorreñas”, “una hartá”…), palabras aprisionadas dentro de un compacto acento andaluz, como nacidas de los terruños de las campiñas cordobesas. Abro los ojos. Durante unos segundos sólo contemplo fosfenos. Descubro que aquellas palabras pertenecen al diálogo que mantienen dos vejetes, algo irritados, en la orilla del mar. Evidentemente me aproximo a ellos, de rondón, impulsado por la intriga.
El que lleva la voz cantante, por lo que dice, es “maestroescuela jubilado”. Defiende su soltería. Se conoce que sobrelleva una soltería rancia, de muchas puertas cerradas. Su bañador, de verde clorofila, muy holgado, le tapa las corvas y baila según los antojos del aire. Este maestroescuela enseña una maleza de pelos canos en el pecho. Se erige algo giboso y huesudo, marcadamente en los huesos. Es de los que lastiman, de los que dan calambre si se tropieza con esa especie de huesos graníticos, infinitos, puntiagudos y romos. Sus palabras, ahora, son un dechado de susceptibilidad, un canto a la chanza ácida, a la subjetividad más ferruginosa. Pronuncia el deíctico interrogativo “¿ése?”, y a continuación lanza un nombre y un mote que razona. Sus palabras suenan, poco más o menos, así:
“¿Ése?: Felipe González Carántula, por mofletudo caradura. Mandón crispado, parece una tarántula. ¿No le dará vergüenza? A Borrell, en el aeropuerto, lo traía como un zarandillo. A callar, que perdemos el avión. Habla. A callar, que se nos va el avión. Habla. Vámonos ya, venga, querido caniche. Y el otro obedecía como un niño aplicado sin sacudirse el ridículo. Cuando Borrell mande de verdad, seguro que lo echa, por Carántula… ¿Ése?: Jordi Pujol Sacamantecas, por chupasangre, que hasta el blanco de los ojos lo tiene ensangrentado de tanto regurgitar. Mesías de lata en conserva, al paso de un par de generaciones sus plegarias latosas tendrán un sabor revenido y bobo. Gorgojo y galápago, arroja fríos espurreos cuando habla, por Sacamantecas… ¿Ése?: Miguel Ángel Rodríguez Zurriago, por esconder una vara verde en la manga, que te la puede señalar incluso por la espalda. Si estás cerca de él, sube la guardia, que te la endiña. Más que portavoz, es una chicharra. Su mirada azulenca pega coces, por soberbio y poco de fiar, por Zurriago… ¿Ése?: nada, a nadar, paisano, al agüita…”
El vejete maestroescula, con cierta parsimonia, cruza la raya de las olas rotas. Sin volverse, murmura una frase que le he escuchado a uno de los principales maestros literarios de este país: “y quien venga detrás, que arree”. El vejete se hace el muerto, boca arriba, y se adormila mecido por la marea. Parece una tabla náufraga; y su holgado bañador, una sábana de sargazo.
Bonito día. Atolondrado de sarcasmo y motes machacones, tomo asiento. Mis orejas se relajan, pese a los granitos de arena que, desde los lóbulos, construyen sus sendas ayudados por el soplo de una magnífica brisa. Una señorita, a mis pies, cuece sus pechos nacarados. Bonito día. Escritos quedan los ecos.





































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