
SENSACIONES
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 24 de mayo de 1998.
Como las sensaciones son unas impresiones, más bien frías, que se le suben a uno por la calle arriba del espinazo hasta llegar, con su estela de variadas memorias, a los mismos pies de la conciencia, tendrá que transcurrir una treintena de días, con sus savias en tromba, para que se me aplaque el fulgor sensitivo que produjo la visión de todo un Presidente a escasos metros de mí.
Fue en la plaza San Jaime. Inesperadamente, una comitiva traspasó la nube de musarañas que contemplaba en esos momentos. Y de un centro radiante apareció la sonrisa rugosa del Honorable Jordi Pujol. Tuve la sensación de que una cubitera se agitaba en mi estómago, de que escuchaba la voz niña e inocente del hermanito mulato de nuestro entrañable Lazarillo de Tormes, cuando exclamaba, al ver a su padre, la única persona negra que conocía, “¡Madre, coco!”. Sí, el pavor y el susto fueron mis primeras impresiones. A mi memoria arribaron, como en emboscada, la pupa y el acarreo de espinosos nudos amargos. Una buena parte de la política de aquel señor, que expandía una sonrisa forzada, me había hecho masticar el sabor de la exclusión y el aislamiento. Y la palabra exclusión, aquí, suena a marginación.
Con la cercana presencia del Honorable, tuve la sensación de que un inmenso marbete en mi solapa mostraba la proclama que me negó la docencia, allá, en unas listas del Departamento de Enseñanza: “Exclòs: manca català”. (Excluido: falta catalán). Recuerdo las sensaciones de calentura y ahogo tras leer aquellas palabras, tres palabras que se sucedían en una larga retahíla de candidatos indefensos, impotentes, apartados o despreciados. Tuve la sensación de que me habían cortado las alas, de que mis largos años de estudio se habían convertido en aire disipado y trivial. Nunca antes un participio, “excluido”, me había parecido tan agresivo. Comprendí de primera mano qué significa una política excluyente.
Se trata de lo que se denomina ahora política lingüística, esa especie de ceguera que se ha ido cociendo a fuego lento mostrando, sin tapujos, los prejuicios lingüísticos de las mentes más fanáticas o tercas. Hace ya unos años surgieron unos cartelitos de propaganda oficial expresando la leyenda que, traducida al castellano, es la que sigue: “En el mundo del trabajo el catalán cada día está más presente. Por Servicio. Por Prestigio. El catalán, herramienta de trabajo”. Y me pareció mentira que la Generalitat pudiera firmar tan grotesco dislate e ignorar algo tan elemental como que las lenguas sirven para la comunicación y que, por lo tanto, no existe ninguna mejor que otra, puesto que todas cubren sus necesidades.
La fina pluma de Juan Marsé, en su novela pijoapartesca, refiriéndose a unos determinados universitarios de finales de los 50, declara: “Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, ninguno como inteligente, todos como lo que eran: señoritos de mierda”. Sin llegar a caer en la estropajosa trampa de las estridencias, me da la sensación de que este último entrecomillado podrá ser extrapolable a todos los mandatarios, con su cohorte de paladines, que excluyen y marginan. Pero no me corresponde a mí la descalificación, materia tan deleznable será asunto de la Historia, con mayúscula, esa damita llana, paciente, imperturbable, que tantos ciclones apergamina, quien, más bien tarde, dictamine con su implacable perspectiva.
Allí, en la plaza San Jaime, entre mi perplejidad y la sonrisa del Presidente, inevitablemente vampírica, capté tremendas sensaciones de grima. Y mis pensamientos se avinagraron en una cabeza temblona, aislada, ruborizada.
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