ABC, artículo 3
CENTENARIO
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 5 de junio de 1998.
Un detalle. El día 5 de junio de 1898 nació Federico García Lorca.
Cuando algunas noches se me cruza la luna por los ojos, vislumbro en ella, según la órbita de su inclinación, escalonadas fraguas con manchas de pulmones ahogados en agua. Entonces recuerdo los destellos de numerosas imágenes regaladas, multitud de olivares, higueras, juncos afilados llenos de pasiones rojas, limo y matas de pelo. Y se me ahueca la mirada y noto muy en lo hondo el fragor de un viento furioso que muerde los techos de pizarra de mis melancolías. Poco después me atrapan unas cadenas de soledad, extraños gozos, unas nubes de negra radiación, y me imagino, sobre las paredes encaladas, el borboteo de unas facciones lorquianas.
Lorca, Federico García Lorca, te veo tan cerca que te siento hermano. Por estos pagos finiseculares, muy prestos a la remembranza, te homenajean, te jalean, repasan tu vida, la representan, hacen cábalas sobre tu presumible evolución poética, aparecen nuevas traducciones en el extranjero, subastan algunas de tus cartas íntimas a precio de oro, incluso lo que tocaste, como reliquias de compra-venta al mejor postor, restauran el breve manuscrito de tu llanto taurino con una póliza de seguros de cincuenta millones de pesetas caudalosas, protectoras, enriquecedoras, actualizan la interpretación de tus versos, a todos contentas. Lorca, hermano, disgregado en tierra leve y anónima, cumples tus primeros cien años de vida.
Silencio. Valor grandilocuente. Nuestra poesía de final de milenio desfila. Silencio. Porte solemne. Nuestra última poesía marcha sobre una alfombra de cascajos, aureolada de bisutería y ñoñas rencillas cubiertas de palabras fofas y enclenques. Silencio. Salvo grandes excepciones, nuestra poesía de final de milenio se deshace aquejada de estornudos y carraspeos. El niño grande, el hombre grande, el de la sonrisa morena, el maestro granadino que humanizaba todo lo que tocaba, sonrojado de candelas, dijo que al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre. Y el duende, ese pellizco al que Horacio llamaba nervio, parece que hoy se multiplica y ronca estentóreamente dormido, como poseído de la resaca de pasadas glorias; mientras la sangre, ese torrente de floraciones, generalmente sólo riega viejas carnes cansadas.
Presiento la descarga de un silencio suave, las imágenes. En estos momentos, compañero, la luna se ve suspendida con dos manos largas, dorada de ruegos, todavía habitada por tus ojos y su corazón de misterio.
El silencio me cubre con sus notas reposadas. La noche navega hacia frisos estivales, bajo el remanso de las estrellas que parpadean. Cerca de una fuente, una gota de cien años resbala sobre las mejillas de un cuerpo milenario, espíritu de tez morena, maravilla indeleble, sumidero de poetas, llama de prosas.





































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