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EL PASEO DE LOS CARACOLES, una cita de cada página, en ABIERTO

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La iglesia de San Román

Sábado, 25 de Julio de 2009 Sin comentarios

Frescos de la iglesia de San RománPor la tarde, reparando un despiste. La iglesia de San Román, la de la plaza de Garcilaso, sí que abre sus puertas, pero por otro lado. Seguro que siempre he rebasado la entrada que abre su puerta fuera de horas. Me interno en el siglo XIII. Aquí están los únicos restos visigodos, en activo, de Toledo, trabajando en deliciosas columnas y capiteles de decenios que se triplican sin interrupción y que soportan enormes arcos de herradura. Aquí se conservan muy bien los únicos frescos románicos de la ciudad. Ángeles como copistas con cara de gato, con cara de hermosa doncella, con cara de buey. Muertos que abren las lápidas de sus tumbas. Muchos de ellos sorprendidos frente a la tesitura de una segunda oportunidad. Muchos de ellos con cara de mala uva, fastidiados por una vuelta a las presiones terrenales. Una Eva que se cubre los bajos con las dos manos, como hizo una niña que vi cuando chico… Majestuoso espacio, con su curvilíneo rojo y blanco de mi Córdoba de abril.

Salgo sin rumbo. A estas alturas ya he caminado toda la ciudad. Salgo sin saber qué hacer en los próximos minutos, y recuerdo una querencia situada a la vuelta de la esquina, en la cuesta de Santo Domingo el Antiguo, la cuesta que se halla en medio de la cripta de El Greco y de lo que fue vivienda de Garcilaso. Voy hacia la cuesta. Me detengo nuevamente en ella. Otra vez esta calle solitaria. Otra vez la lápida que descubriera Alberti. Y Garcilaso delante a pocos metros. Y El Greco detrás a pocos metros. Tan a pocos metros que ambos se oyen, como si palparan ruidosamente la fina costra de penumbra que separa el mundo de los vivos del mundo de los muertos. La solitaria y pronunciada cuesta. Apoyo mi espalda en uno de los muros del convento de Santo Domingo. Delante tengo la lápida adosada de Alberti, aquella que anuncia que en ese mismo punto solariego vivió Garcilaso de la Vega,  con sus risas infantiles, sus tropelías de adolescente, su talante ambicioso de juventud. Y detrás, algo más allá del viejo muro en que me apoyo, los huesos limpios de El Greco, su ataúd impregnado de miradas, la exposición de su muerte como hueso de santo. Garcilaso delante. El Greco detrás. Garcilaso, en esencia. El Greco, en el desordenado mejunje de sus huesos. Yo en medio de los dos. Pequeño. Con la cabeza gacha. Una esencia que decae. Unos huesos encajados. Y respirando sin hallar en mi tuétano una mínima porción de la sensibilidad talentosa encerrada en los dos hombres que me circundan. Respirando lleno de ideas atropelladas. Respirando y rebosando letras que no van a ninguna parte, que no terminan de cuajar ni por compasión, que no descubren nuevos caminos, que carecen de destreza, de nervio, que terminan evaporadas nada más nacer.

Son las siete menos diez. Un pajarito silba como si fuera pajarito de jaula. Unos pasos humanos a lo lejos. El sol que seca todo lo que mira. El sonido de unas campanas muy lejanas. Los arcos de ladrillos. Las farolas apagadas. Garcilaso de la Vega delante. El Greco detrás. Yo en medio. A la sombra. Sin rumbo ya en la ciudad. Todo hecho en Toledo. Mejor espero que llegue la noche, y desaparezco en la alegría de vivir de sus alcohólicas copas, en la alegría de vivir de los demás.

Escaleras mecánicas

Viernes, 24 de Julio de 2009 Sin comentarios

Escaleras mecánicas de ToledoBajo por la empinada bajada del convento de Santo Domingo. Y bajo. Y unos obreros cortan baldosas con sierras. Gran nube de polvo. Contengo la respiración. Y bajo. Y en la punta doy con lo que llaman «escaleras mecánicas». Desde aquí se aprecian unas vistas magníficas de las afueras de Toledo. Escaleras mecánicas que suben y bajan sin parar, de siete a diez de la noche en días laborables. Veo que se especifica la denominación: «Remonte mecánico en el Paseo de Recaredo». Se inauguró en junio de 2000. El final de este culebreo automatizado te deja prácticamente en la Puerta de Alfonso VI, que tiene muy buena piedra gastada en troceada mole. Murallas. A continuación se llega a la Puerta Nueva de Bisagra. En ella tiene su monumento Carlos V. Y me encuentro con un azulejo que recuerda lo de la «peñascosa pesadumbre» que firma Cervantes. Dice: «Toledo: peñascosa pesadumbre, gloria de España y luz de sus ciudades». La literatura.

Hay que ver lo bien que queda Cervantes con todas las ciudades, con todo el mundo. Fue muy amable este hombre. De ello dan fe las crónicas. La literatura.

Sepultura de El Greco

Viernes, 24 de Julio de 2009 Sin comentarios

Entrada del convento de Santo Domingo el Antiguo, donde se sitúa la cripta de El GrecoPor la tarde, en el convento de Santo Domingo el Antiguo. Porque aquí está la sepultura de El Greco. Entro. Veo a una chica extranjera. Veo a una vieja monja vestida de hábito, un blanco y negro veterano. Las dos mujeres intercambian palabras. Doy un par de pasos.

—Hay que sacar entrada —me dice la vieja monja.
—Ah.

Ella misma me brinda el pase. La vieja monja lo controla todo. Una reja divide en dos el amplio rectángulo del convento. Iluminación. Un par de minutos. La chica extranjera sale. La vieja monja se dirige a mí.

—Mire esa parte de los cuadros, y luego esto —dice señalando el otro lado de la reja.
—Muchas gracias.

Hay un relieve en retablo plateresco, de la primera mitad del XVI, que se llama Cristo y los ladrones. Muy grandes los clavos de Cristo. Para que impresionen. Cristo, erguido; los ladrones, muy torcidos. Unos ladrones amarrados con sogas que queman. El madero de Cristo late pulido. El madero de los ladrones mantiene sus protuberancias de ramas desgajadas. Uno de los ladrones ha librado un pie de sus ligaduras. Sensación de ser testigo de la crucifixión de Cristo.

Me acerco a la reja donde para la vieja monja, que me señala el suelo agitando la mano.

—La tumba del Greco, la tumba del Greco —dice.

Me pongo frente a un agujero cuadrado, sin cruzar la reja. El agujero está protegido por un vidrio fieramente rasgado de lado a lado. Se ve en su interior un vacío de luz amarilla, un espacio de ladrillos arábigos, algo de tierra en algo que parece una lápida. Supongo que debajo está El Greco. Y la vieja monja me ordena que me agache. Me pongo en cuclillas. Aparece un ataúd negro. No lo esperaba. Un ataúd de madera sobre un túmulo. Se ve casi toda su largura. A la altura de su cabecera brota el relieve de una cruz. La monja vigila. Creo que se escama un poco. Supongo que no ha visto a nadie, en cuclillas, escribiendo en una libreta sin detenerse, como si la propia cripta dictara una palabra tras otra. El ataúd. No lo esperaba. La monja vigila. Considero una descortesía sacar la cámara fotográfica. Queda claro en el recinto que está prohibido hacer fotos. El ataúd del maestro. A menos de tres metros. Huesos de genio.

Me levanto. Doy un primer paso. La vieja monja apaga la luz de la cripta, para ahorrar electricidad. La vieja monja enciende la luz de la sala tras la reja. Entro. La vieja monja queda en la distancia. Es una vieja monja delgada, ágil, garbosa, ahorradora. Oigo cantar a un gallo. Aparece un coro liso, sin figurillas talladas. Frente a un retablo. Frente a tallas románicas. Cuánto arte florece en Toledo, con el despliegue de sol, con el repliegue de la luna. Descubro a la vieja monja que me observa. Otra vez enfrascado con la libreta. Me deja hacer. Me aproximo a los cacareos del gallo. Y canta otro, de garganta más aguda. Un sepulcro del siglo XIV pertenece a Juan de Aljofrín. Su cuerpo aparece esculpido, vestido de armadura. A su mármol flamante, suavísimo, le falta media hoja de espada. Sensación de que al muerto le apetece sonreír.

En una bandeja plateada se encuentra la Cabeza de San Juan Bautista, a tamaño natural. Impresiona. En el cuello del santo se estanca una sangre de mal color, apagado, revenido. La boca entreabierta. La lengua. Los dientes de arriba que se asoman. El pelo revuelto con raya en medio. Los ojos a medio cerrar, muy cansados, perdidos. Dibujo de cejas dolorosas. Se trata de una talla policromada del siglo XVII, de Pedro de Mena, siempre tan arrebatador.

A la salida intercambio unas palabras con la vieja monja, que también es muy amable y servicial, y curiosa. Me señala la libreta. Me pregunta qué hago.

—Tomo notas. Como no podemos hacer fotos… Así me acuerdo mejor de lo que veo.
—Ah.

A una pregunta mía, la vieja y eléctrica monja me explica.

—No, el ataúd nunca ha estado cubierto de tierra. El Greco compró esta cripta, aquí en Santo Domingo. Pero como no era famoso, sólo tiene la cripta. Nosotros pusimos ese ataúd hace veinticinco años. Los médicos le limpiaron los huesos. Su caja estaba ya que se deshacía. Como la gente lo quería ver, hicimos ese agujero.

Le compro una postal a la vieja y atenta monja. Me despido de ella. Salgo. Y pienso, sin sospechar el motivo, que nunca volveré a verla. La vieja monja de Toledo y yo. Casi todo el tiempo a solas. Miradas que se buscaban, que se encontraban. Como conviviendo con un cordón invisible. Un cordón que nos entrelazaba. Rarezas. Estupenda visita. Muy íntima.

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