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EL PASEO DE LOS CARACOLES, una cita de cada página, en ABIERTO

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La abuela de Montilla

Jueves, 18 de Febrero de 2010 Sin comentarios

Manos de la vejez

“Bendita la luz del día y el Señor que nos la envía con su caridad y amor que tan grande es”.

Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 50).

Un mártir de nuestro tiempo

Domingo, 3 de Enero de 2010 Sin comentarios

Cristo crucificado, de san Juan de la Cruz (siglo XVI)Caricaturizó el dibujo de san Juan de la Cruz. Aquel en que aparece un Cristo crucificado con la cabeza gacha, mortecina, melenuda. Aquel del clavo enorme en la flamígera mano izquierda, que no se hunde en la carne hasta el cabezal, debido a su extrema longitud. Aquel Cristo crucificado con tres gotas gigantescas de sangre que salpican desde el antebrazo derecho. Aquel de carne nervuda y enteca, de piernas flexionadas sobre el madero, al que se le ciñe en la frente una cinta lisa más que una corona de espinas, por disminuir algo, a modo de piedad, el estremezón del ojo devoto. Caricaturizó el tristísimo dinamismo del cuerpo inerte del crucificado con el mismo acierto terrorífico de la estampa original, la del poeta místico del siglo XVI, del que todavía hoy se exponen, por diversas vitrinas de España, algunos de sus huesos mondos de santo, unos huesos amarillos como de pollo corredor. El caricaturista caricaturizó el logradísimo dibujo, y el periódico que le pagaba se lo publicó, con la abierta intención de la crítica mordaz hacia la oleada de acusaciones contra decenas de sacerdotes católicos del momento, unas acusaciones probadas de pederastia. Pocas semanas después, el caricaturista apareció en la redacción con la cara sembrada de cicatrices sequizas, algunas aún frescas, tantas cicatrices que parecía que le había estallado un barreno en la cabeza. Arrastraba el caricaturista un rostro tan desfigurado que gesticulaba y no se sabía que gesticulaba, que lograba reír y no se apreciaba que reía. Sí, el caricaturista pecaba de temperamento, de una rara vitalidad. Efectivamente, un fanático religioso, con la ayuda de una botella de vidrio quebrada, intentó arrancarle la piel a tiras al caricaturista, por haber dibujado en la entrepierna del Cristo doliente la nuca de un crío al que se le apreciaba claramente, en las cervicales, la figura de un hiperbólico glande humano, la violenta realidad de que al crío le atravesaba la garganta una demoledora barra de hierro como pene. Dijeron las estadísticas del propio diario que el 100 por 100 de los encuestados no había dado crédito a la veracidad de la noticia, dato que sirvió de alivio al conjunto de la población española que ya vivía la segunda década del siglo XXI.

Texto perteneciente al libro titulado ARTÍCULOS DOMINICALES

Palabras irreverentes

Domingo, 1 de Noviembre de 2009 Sin comentarios

Códice Beato de Liébana (copia del siglo XIII) A ver quién se ha librado alguna vez del pretendido veneno de las palabras irreverentes. Nadie. Ni Dios desde su sagrada palabra indirecta en el Viejo Testamento, que tantos conocen. Ni Cristo desde su sagrada palabra indirecta en el Nuevo Testamento, que tantos conocen. Ni siquiera los santos, desde sus palabras volanderas, que por volanderas no tantos conocen. De ahí para abajo, la humanidad ha experimentado una especie de competición de irreverencias por ver quién la decía más gorda, sólo por comprobar quién la lanzaba más gorda que los santos, unos entes más cercanos y asequibles que Cristo y Dios. Acabo de indicar que ni siquiera los santos. Y que no tantos conocen las palabras volanderas, descarnadas, esputadas por los santos. Entonces recuerdo los puyazos que se lanzaron mutuamente san Beato de Liébana y san Elipando de Toledo, en el siglo VIII.

Resulta que se discutía sobre teología casi hasta llegar a las manos en el I Concilio de Toledo. Y que se cortaban con la mirada Elipando y Beato, que, indiscutiblemente, llevaban una vida ejemplar, una vida de futura santidad oficial. En unas de esas idas y venidas de carraspeos y de gargajo verde, el monje Beato, sudándosela que Elipando fuese arzobispo de Toledo, le dijo a Elipando que era el mismísimo «cojón del Anticristo». A lo que Elipando replicó con que Beato era un «borracho» y un «farsante». Según la óptica de nuestros días, seguro que ambos santos escupieron su violencia verbal por alguna chorradilla ya superada. Sin conocer la chispa que provocó tal intercambio de lengua ardiente, seguro que tuvo razón san Beato, el monje recoleto al que le sobraban los títulos. Y no sólo por la simpatía a que inclina su vida retirada y austera, sino porque su imagen visionaria «cojón del Anticristo» supera con creces a los tópicos términos de «borracho» y «farsante». No en vano, san Beato de Liébana conocía el registro literario de la lengua, se encerró a solas con los demonios de una pluma, le dio caña a ensartar palabras y escribió Comentario al Apocalipsis de San Juan, su famoso códice en el que a lo mejor no deja títere con cabeza, del que ya diré algo cuando lo lea, puesto que lo tengo entre mis lecturas escogidas.

Las palabras de contenido irreverente. Ellas. Cada vez menos impactantes en los receptores de hoy por casi tratarse de un lugar común, por escupirse casi desde la cuna. Pero siguen cumpliendo con su poder de destrucción psicológica, sobre todo si las pronuncia alguien que no suele, de tal modo que producen el efecto de que las palabras hacen más bulto que la persona.

Charles Bukowski tocándole el coño a su esposa, Linda Lee BeighleEn este momento de chupitos de whisky y de escritura corta, como me acuerdo a menudo de que están removiendo los huesos de Federico García Lorca, en su triste fosa de fusilado, por el asunto de las irreverencias llegan a mi memoria unos versos de Charles Bukowski, escritor yanqui, maldito y genial, en los que menciona a Lorca, el mayor poeta de la literatura española. Dicen así: «Villon fue un ladrón. / Lorca chupaba pollas. / T.S. Elliot trabajaba de cajero en una ventanilla, / la mayoría de los poetas son cisnes, / son garzas.».

¿Acabamos de percibir una irreverencia de contenido sexual? ¿O hemos de aferrarnos a la lógica con naturalidad, por la condición de homosexual del poeta granadino? Es sabido que la mayoría de los términos irreverentes se relacionan con el sexo. Aunque algunos, paradójicamente, quizá pueden favorecerte. Cuando en 2004 levanté el seudónimo de mi niña Paz, con Caliente, tras el tinglado que montó con su novela experimental en Internet, alguien dijo, muy desilusionado, que quien se escondía en el personaje de Paz Vega López resultó ser un tío pajero cuarentón con veinte centímetros de polla.

Las irreverencias que se muerden la cola.

Texto perteneciente al libro titulado ARTÍCULOS DOMINICALES

Sepultura de El Greco

Viernes, 24 de Julio de 2009 Sin comentarios

Entrada del convento de Santo Domingo el Antiguo, donde se sitúa la cripta de El GrecoPor la tarde, en el convento de Santo Domingo el Antiguo. Porque aquí está la sepultura de El Greco. Entro. Veo a una chica extranjera. Veo a una vieja monja vestida de hábito, un blanco y negro veterano. Las dos mujeres intercambian palabras. Doy un par de pasos.

—Hay que sacar entrada —me dice la vieja monja.
—Ah.

Ella misma me brinda el pase. La vieja monja lo controla todo. Una reja divide en dos el amplio rectángulo del convento. Iluminación. Un par de minutos. La chica extranjera sale. La vieja monja se dirige a mí.

—Mire esa parte de los cuadros, y luego esto —dice señalando el otro lado de la reja.
—Muchas gracias.

Hay un relieve en retablo plateresco, de la primera mitad del XVI, que se llama Cristo y los ladrones. Muy grandes los clavos de Cristo. Para que impresionen. Cristo, erguido; los ladrones, muy torcidos. Unos ladrones amarrados con sogas que queman. El madero de Cristo late pulido. El madero de los ladrones mantiene sus protuberancias de ramas desgajadas. Uno de los ladrones ha librado un pie de sus ligaduras. Sensación de ser testigo de la crucifixión de Cristo.

Me acerco a la reja donde para la vieja monja, que me señala el suelo agitando la mano.

—La tumba del Greco, la tumba del Greco —dice.

Me pongo frente a un agujero cuadrado, sin cruzar la reja. El agujero está protegido por un vidrio fieramente rasgado de lado a lado. Se ve en su interior un vacío de luz amarilla, un espacio de ladrillos arábigos, algo de tierra en algo que parece una lápida. Supongo que debajo está El Greco. Y la vieja monja me ordena que me agache. Me pongo en cuclillas. Aparece un ataúd negro. No lo esperaba. Un ataúd de madera sobre un túmulo. Se ve casi toda su largura. A la altura de su cabecera brota el relieve de una cruz. La monja vigila. Creo que se escama un poco. Supongo que no ha visto a nadie, en cuclillas, escribiendo en una libreta sin detenerse, como si la propia cripta dictara una palabra tras otra. El ataúd. No lo esperaba. La monja vigila. Considero una descortesía sacar la cámara fotográfica. Queda claro en el recinto que está prohibido hacer fotos. El ataúd del maestro. A menos de tres metros. Huesos de genio.

Me levanto. Doy un primer paso. La vieja monja apaga la luz de la cripta, para ahorrar electricidad. La vieja monja enciende la luz de la sala tras la reja. Entro. La vieja monja queda en la distancia. Es una vieja monja delgada, ágil, garbosa, ahorradora. Oigo cantar a un gallo. Aparece un coro liso, sin figurillas talladas. Frente a un retablo. Frente a tallas románicas. Cuánto arte florece en Toledo, con el despliegue de sol, con el repliegue de la luna. Descubro a la vieja monja que me observa. Otra vez enfrascado con la libreta. Me deja hacer. Me aproximo a los cacareos del gallo. Y canta otro, de garganta más aguda. Un sepulcro del siglo XIV pertenece a Juan de Aljofrín. Su cuerpo aparece esculpido, vestido de armadura. A su mármol flamante, suavísimo, le falta media hoja de espada. Sensación de que al muerto le apetece sonreír.

En una bandeja plateada se encuentra la Cabeza de San Juan Bautista, a tamaño natural. Impresiona. En el cuello del santo se estanca una sangre de mal color, apagado, revenido. La boca entreabierta. La lengua. Los dientes de arriba que se asoman. El pelo revuelto con raya en medio. Los ojos a medio cerrar, muy cansados, perdidos. Dibujo de cejas dolorosas. Se trata de una talla policromada del siglo XVII, de Pedro de Mena, siempre tan arrebatador.

A la salida intercambio unas palabras con la vieja monja, que también es muy amable y servicial, y curiosa. Me señala la libreta. Me pregunta qué hago.

—Tomo notas. Como no podemos hacer fotos… Así me acuerdo mejor de lo que veo.
—Ah.

A una pregunta mía, la vieja y eléctrica monja me explica.

—No, el ataúd nunca ha estado cubierto de tierra. El Greco compró esta cripta, aquí en Santo Domingo. Pero como no era famoso, sólo tiene la cripta. Nosotros pusimos ese ataúd hace veinticinco años. Los médicos le limpiaron los huesos. Su caja estaba ya que se deshacía. Como la gente lo quería ver, hicimos ese agujero.

Le compro una postal a la vieja y atenta monja. Me despido de ella. Salgo. Y pienso, sin sospechar el motivo, que nunca volveré a verla. La vieja monja de Toledo y yo. Casi todo el tiempo a solas. Miradas que se buscaban, que se encontraban. Como conviviendo con un cordón invisible. Un cordón que nos entrelazaba. Rarezas. Estupenda visita. Muy íntima.

Obra de El Greco

Miércoles, 22 de Julio de 2009 Sin comentarios

En el convento de Santa FeLa obra de El Greco en el Convento de Santa Fe, la obra que se ha trasladado desde la Casa-Museo de El Greco, cerrada por reformas desde 2006, una obra que se expondrá en México desde el próximo mes de agosto. Por poco no pillo los cuadros del maestro. Me acerco a la fachada del convento. Sobre su friso, un relieve. Un jinete, blandiendo su espada, arrolla con su caballo a un combatiente en desgracia, que, en el suelo, intenta guarecerse bajo su escudo, un escudo fuertemente atado a su brazo. La violencia.

Comienza el desfile de salas en penumbra. Los vigilantes dejan hacer fotos sin flas. Me encuentro con una fila larga de retratos de viejos, de hombres de mediana edad, la mayoría de ellos santos. Gusta ver a San Judas Tadeo, que te observa con un solo ojo, sujetando la alabarda que lo decapitó. La violencia. Tiene un rostro sugerente. Parece que te diga que no entiende lo que le pasó, que ya no entiende el porvenir. Me cuesta escribir. La oscuridad de la sala. Mis letras salen a tentones, pese a que las oriento hacia la escasa luz que se proyecta en los cuadros. Aparece San Simón, que lee un libro de cuatro o cinco kilos. Aquí no sale representado con la sierra que lo partió en dos. La violencia. El diablo de san BartoloméEl cuadro San Bartolomé. Mucho manto blanco sobre fondo ennegrecido. Su barba con algunas canas, buen detalle. Su mirada triste e interrogante. En su mano izquierda, la cadena que atrapa por el cuello al diablillo renegrido de ojos redondos y orejas afiladas, el demonio que el santo liberó de la hija del rey de Armenia. Su mano derecha sostiene, con la punta en alto, el cuchillo con que el santo fue desollado. Le quitaron la piel a tiras mientras le quedaba un soplo de resuello. La violencia. Delante de las Lágrimas de san Pedro. Tenemos a un san Pedro metido en una cueva, con la mirada en alto, tenso, las manos fuertemente cogidas, los ojos reverberantes. Está muy arrepentido de haber negado a Cristo tres veces seguidas. Las llaves del cielo y de la tierra le cuelgan de la muñeca izquierda. Aparece tan contrito, tan afectado el hombre barbado, tan viejo, que a uno se le pega su pesadumbre. Tras su hombro derecho irrumpe un ángel de luz, y una mujer que puede ser María Magdalena, con el objeto de anunciarle al santo que Cristo ya no está en su tumba, que ha resucitado. Camino. Hay una sala de cristal que ofrece estupendas vistas de la ciudad. El Tajo, desde este ángulo, parece correr más. En San Juan Evangelista y san Juan Bautista gusta el realismo del Bautista, su carácter de retiro eremita, de persona austera y solitaria. Cuatro pellejos de cabra cubren a un Bautista lleno de huesos y tendones. En La verónica estalla un velo con el rostro de Cristo impreso. Se refiere a la mujer que enjugó el sudor de Cristo camino del Calvario. Demasiado sereno se ve a Cristo aquí, con su remarcada corona de espinas y el drama que lo acometía. Parece como si nada le ocurriera. El agua de CristoEn uno de los cuadros que se titulan Crucificado, impresiona el detalle del madero de la cruz a los pies de Cristo. Por la madera se desliza un chorro de sangre que forma una chillona línea vertical. No sé, por ahora, qué representan cuatro fémures humanos y dos calaveras al pie de la cruz. En otro Crucificado, aparte de los chorros de sangre sobre el madero de la cruz, se descubre cómo sale despedido, a presión, el líquido acuoso que salió del costado de Cristo cuando el lanzazo que le clavaron. La violencia. Aquí, el paño que cubre las partes de Cristo es minúsculo, con lo que la desnudez casi íntegra del hombre torturado con saña acrecienta el dramatismo de su humillación.

Son interesantes también las fotografías de época sobre el Marqués de la Vega Inclán (apellidos de grandes escritores), el mecenas que en 1900 sacó del ostracismo la obra de El Greco, para bien del sentimiento, de la cultura, de la retina de la humanidad, ese complejo y laberíntico organismo.

El cristianismo…(107)

Viernes, 5 de Junio de 2009 Sin comentarios

cristianismo

Jesucristo fue un filósofo que sólo hacía el bien sin mirar a quién. Sus conceptos estrella de la vida: la humildad, tener alma de cordero, el amor. Aspectos que todos alabamos y que ninguno sigue. Jesucristo fue un hombre y, como tal, es posible que

Texto perteneciente a la novela titulada CALIENTE (pág. 113).

Últimos pasos en Aguilar

Lunes, 6 de Abril de 2009 4 comentarios

Plaza de San José, Aguilar de la Frontera

Tras comprobar que la Torre del Reloj y la octogonal plaza de San José siguen en su sitio, incólumes, con sabor a siglos XVII y XVIII, vuelvo a la iglesia del Carmen, no sin antes anotar una dedicatoria que ofrece la mencionada y cuca plaza:

“Aguilar de la Frontera a los insignes poetas y artistas que acuden atraídos al mágico recinto de esta plaza ochavada con un solo afán de luz y de armonía”.

De nuevo en la iglesia del Carmen. Sigue cerrada. Coincido con una señora que llama a unos críos, que toca la aldaba, produciendo en la puerta un sonido seco de hierro. Pido permiso. Me dejan entrar. Hay hombres y mujeres que limpian y preparan los pasos que saldrán por la tarde, esos altares movibles que se echan a los hombros en procesión. Como tengo la chaqueta en el brazo, noto un cambio húmedo de temperatura, una frialdad de cueva. Fotografío toda la penumbra, incluso el altar donde se casó mi mama Antonia. No hay rastro de la pila que bautizó a mi madre. La pila bautismal actual es de quita y pon. La veo arrinconada. La han desplazado para hacer sitio a los pasos.

Poco antes de emprender la salida, respiro hondo sin saber por qué. Camino de la salida, agradezco a los que trajinan su conmiseración. Cierro la puerta de la iglesia. Repentina lluvia de calor. Ensancho la vista hacia el adiós de Aguilar.

P.D. De Aguilar es María, conocida como la Virgen, uno de los personajes de la novela El Paseo de los Caracoles.

Pasos de la Virgen

Pasos de Cristo

Aguilar de la Frontera

Lunes, 6 de Abril de 2009 Sin comentarios

Iglesia del Carmen, en Aguilar de la Frontera, donde se casaron mis abuelos

Nada más poner pie en Aguilar, llamo a mi madre, que vivió aquí tres años. Mi madre estuvo aquí de chiquilla, de los diez a los trece años. Se trasladó a la casa de sus abuelos, en la calle Calvario, 56, con sus hermanos y sus padres. Aquí vivió mi madre los tres años de la Guerra Civil. Pasado este periodo, jamás regresó al pueblo, aunque estuvo muy cerca en una ocasión, cuando trabajó, en cuadrilla, en una casería de olivos, cogiendo aceitunas. Se pone mi madre al teléfono. Le digo que el autocar ha parado en la calle Miguel Cosano.

—¡Sí, la calle Cosano! La iglesia del Carmen está cerca.

Me sorprende su memoria. Mi madre me da instrucciones. Mi madre levanta un poco la voz, a veces, al teléfono. Supone que así la escucho mejor. Pocas veces se equivoca. Mi madre me responde un poco ajetreada, con sus mejillas color de rosa. A mi madre le digo que ahora mismo voy a ir para allá, que no se retire muy lejos del teléfono. Mi intención es que participe, casi a cada paso mío, en el viaje a este pueblo.

Efectivamente, la iglesia del Carmen estaba muy cerquita. Se ufana en la plaza del Carmen, que preside un Cristo crucificado no muy grande, con bastante mohín. Los clavos de sus pies son enormes. Cuatro faroles le brindan lustre por la noche. La iglesia es blanca, con cuatro peldaños en una larga entrada de madera en arco. La fachada tiene una leyenda incrustada en seis baldosines:

“Parroquia de Nuestra Señora del Carmen, antiguo convento de padres carmelitas. Fundado en 1590. Templo de una sola nave. Imágenes barrocas de gran interés”.

Mis abuelos se casaron en una iglesia con solera. Mi madre fue bautizada en una iglesia con solera. Llamo de nuevo a mi madre. Le digo que la iglesia está cerrada, pero que la abrirán más tarde para limpiar los pasos de Semana Santa. Ahora le pregunto por la calle Calvario, donde está la casa que habitó. Me dice que tire por la calle abajo hasta llegar al llano de la Cruz, donde se sitúa la calle Ancha, y que en la primera bocacalle de ésta, se encuentra la calle Calvario.

Cuelgo. El sol es bonito. Las subidas y bajadas son amables. El olor del azahar, tras mi salida de Córdoba,  sigue reinando.

Las Huelgas Reales y la Catedral de Burgos

Domingo, 13 de Julio de 2008 Sin comentarios

Junto a la tumba del Cid, Catedral de Burgos

Las visitas son guiadas, siempre a determinadas horas. Entramos en el templo la primera hornada turística. Exhaustivo control. Un guardia de seguridad, que entra también, que habla por radio, cierra la puerta. El convento de su interior sigue habitado. Larguísimas columnas de capitel vegetal. Malestar. Uno ha de darse prisa. Uno ha de seguir al rebaño. Mis anotaciones no se extienden.

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2007-2008.

Catedral de Segovia

Viernes, 11 de Julio de 2008 Sin comentarios

En la capilla de San Antón, Catedral de Segovia

La mejor pintura del museo es “La duda de Santo Tomás”, de Sánchez Coello. Santo Tomás le introduce a Cristo, por la enorme herida del costillar, los dedos índice y corazón. Es tan enorme el cuadro, es tan grande la llaga de Cristo, es tan curiosa y vigorosa la mano del santo, que se distinguen claramente las yemas de los dedos dentro de la violenta herida.

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2007-2008.

Segovia

Jueves, 10 de Julio de 2008 Sin comentarios

Frente a la pensión de Antonio Machado, en Segovia

Ya estoy en Segovia. Buen viaje. En una hora y cuarto desde Palencia. La velocidad punta de la máquina ha sido de 201 kilómetros hora. El tren deja a los viajeros a las afueras de la ciudad. Es la estación del AVE. Veinte minutos en llegar a la ciudad en autobús. Y otros veinte, a pie, en tocar la Plaza Mayor. En una de sus esquinas se ubica mi alojamiento. Durante el trayecto, desde el autobús de la estación, muchos alemanes a mi vera, muchos alemanes apretujados. Aquí se ve otro tipo de turismo.

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2007-2008.

Tarde palentina

Miércoles, 9 de Julio de 2008 Sin comentarios

En la cripta de la Catedral de Palencia

Desciendo por la llamada Cripta de San Antolín, un estupendo espacio de altura semicircular, pedregoso, robusto, con la solera intacta de la Alta Edad Media. El descenso de la temperatura, aquí, es más brusco que el que ofrece la sombra de la calle. El descenso de la temperatura, aquí, carece de aire libre, de corrientes. La temperatura, aquí, es una lengua de humedad, una lengua fría que casi moja la piel. Al fondo se estrecha, aún más, el espacio.

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2007-2008.

Catedral de León

Martes, 8 de Julio de 2008 Sin comentarios

En la Catedral de Léon

Se oye el llanto de un niño desconsolado. Su padre se lo lleva abajo. Pero no llora por la violenta belleza artística que disfrutamos los adultos que le rodean, sino porque se trata de un bebé que tal vez empiece a tener hambre, esa crueldad.

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2007-2008.

León

Lunes, 7 de Julio de 2008 Sin comentarios

Hermosísima fachada de la Catedral de León

Cuánta violencia se distingue en la iconografía medieval… La civilizada época que nos acoge terminará cegando, con una amplio telamen, esa iconografía asesina. La ley de la corrección política venidera sólo permitirá el visionado de esa iconografía pública y asesina a partir de los nenes mayores de dieciocho años.

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2007-2008.

Oscar Wilde

Domingo, 5 de Junio de 2005 Sin comentarios

Decepción. Hace 33 años, cuando cursaba tercero de Primaria, leí en clase un cuento que pertenecía a nuestro libro de texto. Era “El gigante egoísta”, de Oscar Wilde.

Entradilla inicial. Texto de DIETARIO EN RED 2004-2006

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