Calor del Ampurdán

(sobre el calor del Ampurdán). Josep Pla a la mesa, en su "mas"

Josep Pla a la mesa, en su “mas”

Estos últimos días ha hecho calor, pero en la última madrugada llovió dos o tres horas. Por la tarde, la mezcla del bochorno de la tierra y del frescor del aire, es deliciosa.

Voy al “mas” por la carretera del cementerio. Desde Morena se ve un gran panorama: los Pirineos al fondo, blancos, sobre un cielo inmenso (…); en primer término el pequeño Ampurdán es como una miniatura dibujada, preciosa.

La lluvia ha refrescado el verde de los pinares y de las alfalfas. Todo está brillante, bruñido. El trigo está en el momento del paso del verde a la espuma blanca y rubia de la madurez. (…). Los colores son fuertes y lustrosos y los perfiles muestran una incisión profunda, una rugosidad precisa. El paisaje me hace pensar en las pinturas de los primitivos que a veces veo reproducidas en las revistas ilustradas. ¿Me será posible ver esa pintura algún día?

A las tres de la tarde la temperatura es elevada y la luz es cruda. Cuando entro en la gran sala del “mas”, abro un poco el balcón y el viento hincha, ligeramente, la cortina. Afuera, en las acacias inmediatas, se oyen los gorriones. La presencia de los pájaros parece aumentar el silencio. El silencio siempre sorprende. Es una cosa insólita, que tiene una punta de misterio. Paso un rato, sentado en una silla, perplejo. El viento hincha y deshincha la cortina.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 92).

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Otra vez el poeta Josep Carner

Josep Carner

Josep Carner

Recuerdo que, en el invierno pasado, Joan Climent me decía en Barcelona que la literatura de Carner es exquisita. Yo la encuentro más que exquisita: Carner es un gran poeta. Lo es, diríamos, en el sentido técnico, de ejercicio escolar. En este plano, Carner es un enorme escritor, probablemente uno de los más considerables del mundo. Esto que acabo de escribir se comprende, sobre todo, si se tiene presente que Carner trabaja una lengua que literariamente está por hacer, pobre, envarada, anquilosada, muy limitada de léxico, llena de zonas corrompidas, seca como los huesos, de una anarquía ortográfica mantenida por núcleos intelectuales del país, desarrollándose en una ciudad caótica e inmensa, en medio de la indiferencia de una gran parte de la sociedad, en un núcleo humano que tiene, más que la dureza de un cristal de contraste, un poder de absorción meramente biológico, la aspiración de una enorme esponja. En este sentido, el catalán vive en tragedia permanente.

Tendremos, pues, que agradecer siempre a Carner el esfuerzo que hace, el esfuerzo técnico.

Pero después hay una segunda parte: la literatura de Carner no prende mucho, no tiene profundidad humana; a pesar de que nunca es frívola, tiene poco que ver con la vida y las obsesiones de la gente de la época: a veces hace el efecto de un provenzalismo de vitrina, siempre muy gracioso y elegante, pero de poco peso en las vísceras.

Carner, claro, tendrá discípulos. (Y quizá esto es lo que no convendría). Los que exploten su parte de marquetería y de juego verbal, llegarán rápidamente a la insignificancia. Los que traten de aplicar la retórica carneriana a la propia confusión mental parecerán poetas ingleses o escandinavos traducidos. Carner es un caso de agotamiento de una fuente poética.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 90).

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Contestar a un artículo periodístico

Pío Baroja, posando como si escribiera

Pío Baroja

-Contestar a un artículo o a un libro que ataca o defiende una teoría, diciéndole al autor que es jorobado o que su mujer le engaña, me parece muy aldeano, muy tonto (…)
-Pero usted quiere ver la literatura como si no tuviera actualidad, como si ya hubiera pasado en la historia o no hubiera en ella pasiones.
-Yo creo que es lo más cómodo, lo mejor y lo más verdadero.
-Pues de ahí nace mucha de la antipatía que tienen contra usted. Es usted un traidor al gremio.
-¿Usted lo cree así?
-Claro que así lo creo.
-Puede que sí. ¡Qué le vamos a hacer! Yo no he tenido una postura pensada ante el público, porque creo que no valía la pena. Hace poco algún simpatizante me ha mandado dos o tres números de la Gaceta Literaria, de Giménez Caballero, y en uno de ellos hay una nota de un profesor belga, Lucien Paul-Thomas, que escribió algo sobre mí, y al final de la nota dice: “Parece ser que Baroja, tanto en Bélgica como en Holanda, dejó atrás una impresión hermética, banal”. ¿Y para qué iba a dejar otra impresión? No era cosa de andar con una chaqueta roja, con melenas o con una cacatúa en el hombro.
-Usted exagera, pero algo hay que dar al público.
-Yo creo que si el público no da nada, hay que contestar haciendo lo mismo.
-Así le tendrán antipatía.
-Es igual. Esto no influye en la vida. Yo me creo hombre, no digo que de mérito, pero sí de cierto carácter y de tesón. Decidirse, como me decidí yo, a ser sólo novelista, sin empleo ni medios de fortuna, si se considera desde cierto punto de vista tiene su mérito. Yo estaba convencido de que no encontraría apoyo en ninguna parte y de que no ganaría apenas para vivir. Fuera de esto, lo único que me hubiera gustado hubiera sido hacer un trabajo científico; pero esto era más difícil aún. Por otros caminos no encontré nada.

Fragmento perteneciente al libro de Pío Baroja, Bagatelas de otoño (pág. 18).

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Martín

Martín (José Sacristán), en La Colmena.

Martín se lleva la mano a la frente. Está sudando como un becerro, como un gladiador en el circo, como un cerdo en la matanza.
-¡Ay!
Dos pasos más.
Martín empieza a pensar muy deprisa.
-¿De qué tengo yo miedo? ¡Je,je! ¿De qué tengo yo miedo? ¿De qué, de qué? Tenía un diente de oro. ¡Je,je! ¿De qué, de qué? A mí me haría bien un diente de oro. ¡Qué lúcido! ¡Je,je! ¡Yo no me meto en nada! ¡En nada! ¿Qué me pueden hacer a mí si yo no me meto en nada? ¡Je,je! ¡Qué tío! ¡Vaya un diente de oro! ¿Por qué tengo yo miedo? ¡No gana uno para sustos! ¡Je,je! De repente, ¡zas!, ¡un diente de oro! “¡Alto! ¡Los papeles!”. Yo no tengo papeles. ¡Je,je! Tampoco tengo un diente de oro. ¡Je,je! En este país, a los escritores no nos conoce ni Dios. Paco, ¡ay, si Paco tuviera un diente de oro! ¡Je,je! “Sí, colabora, colabora, no seas bobo, ya darás cuenta, ya…”. ¡Qué risa! ¡Je,je! ¡Esto es para volverse uno loco! ¡Este es un mundo de locos! ¡De locos de atar! ¡De locos peligrosos! ¡Je,je! A mi hermana le hacía falta un diente de oro. Si tuviera dinero, mañana le regalaría un diente de oro a mi hermana. ¡Je,je! Ni Isabel la Católica, ni la Vicesecretaría, ni la permanencia espiritual de nadie. ¿Está claro? ¡Lo que yo quiero es comer! ¡Comer! ¿Es que hablo en latín? ¡Je,je! ¿O en chino? Oiga, póngame aquí un diente de oro. Todo el mundo lo entiende. ¡Je,je! Todo el mundo. ¡Comer! ¿Eh? ¡Comer! ¡Y quiero comprarme una cajetilla entera y no fumarme las colillas del bestia! ¿Eh? ¡Este mundo es una mierda! ¡Aquí todo Dios anda a lo suyo! ¿Eh? ¡Todos! ¡Los que más gritan se callan en cuanto les dan mil pesetas al mes! O un diente de oro. ¡Je,je! ¡Y los que andamos por ahí tirados y malcomidos, a dar la cara y a pringar la marrana! ¡Muy bien! ¡Pero que muy bien! Lo que dan ganas es de mandar todo al cuerno, ¡qué coño!
Martín escupe con fuerza y se para, el cuerpo apoyado entre la gris pared de una casa. Nada ve claro y hay momentos en los que no sabe si está vivo o muerto.
Martín está rendido.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 207).

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En París

París en los años 20

A mí, al principio, venían a visitarme algunas personas en París, en la Ciudad Universitaria. El visitante, al verme en un cuarto pequeño y pobre, debía de sentir una impresión de desdén.
-Esto no es nada -pensaba seguramente-. Si este señor tuviera unas grandes barbas y el pelo largo y vistiera muy bien o muy mal, o hablara el francés como un parisiense, o no supiera una palabra de francés, estaría en su sitio. Pero un hombre así, viejo, con un traje raído, una boina y un pañuelo al cuello, que habla un francés pobre y sin carácter, no vale la pena de tomar en serio. No es asunto para ocuparse de él y hacer un artículo.
(…)
Me preguntó varias cosas, a las cuales yo contesté, y luego me dijo:
-Oiga usted. ¿Cómo explica usted que, siendo un hombre atento, corriente, se tenga de usted la idea de que es usted un tipo brutal y de mal genio?
-Pues no sé a punto fijo. Me figuro que es una consecuencia de incompatibilidad en conceptos e inclinaciones. Mucha gente piensa, o por lo menos siente, que el que no tiene sus hábitos y sus entusiasmos es un enemigo. A mí me parece lógica la intransigencia tratándose de ideas esenciales.

Fragmento perteneciente al libro de Pío Baroja, Bagatelas de otoño (pág. 16).

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Anécdotas

Anécdotas

Usted, que es una lectora inteligente y benévola, habrá notado, con seguridad, que yo marcho en estos últimos libros de recuerdos a la deriva. No puedo seguir un rumbo seguro y navego caprichosamente a la buena de Dios. Respecto al título, la mayor parte de las historias y anécdotas que cuento aquí son pequeñeces.
También hay para mí algo serio en este volumen; pero como las bagatelas dominan y las escribo en otoño, les he dado este nombre: BAGATELAS DE OTOÑO, y perdone usted la impertinencia, si es que la hay.
(…)
Como le digo, este centón, casi completamente formado por anécdotas, quizá le parezca a usted algo más mediocre que los otros volúmenes anteriores, que se ocupan de cuestiones de historia y de literatura; pero yo no creo que un libro sea bueno o malo sólo por el género que trata. (…) En este libro hay muchas anécdotas oídas; otras, contadas y pocas leídas.
Este libro, final de estas Memorias, es como una función de fuegos artificiales de aldea cuando comienzan a sonar los chupinazos, se levantan en la noche cohetes brillantes y va dando vueltas en la oscuridad una serpiente luminosa, que al último queda reducida a unas chispas que giran alrededor de unas aspas de caña.
Yo no sé si servirá para pasar el rato. Si sirve para eso, es bastante. Está uno viejo y gaga con poca fibra.
Ya que no puede uno dedicarse a grandes especulaciones, diremos, como el abate Swift: ¡Viva la bagatela!

Fragmento perteneciente al libro de Pío Baroja, Bagatelas de otoño (pág. 7).

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Eugeni d’Ors

eugeni ors

A las generaciones futuras les parecerá extraño que una de las causas del éxito inicial del Glosari de Eugeni d’Ors en este país fuese el hecho de que Xènius ha sido el primer escritor del renacimiento -palabra demasiado presuntuosa para ser de mi gusto, que utilizo porque no dispongo de ninguna otra-, que manejó con naturalidad o, al menos, con una naturalidad relativa, en diarios de cinco céntimos, alguna que otra idea gratuita; quiero decir desprovista de utilidad práctica inmediata. Fue un deslumbramiento.
(…) Si tuviéramos que hacer la historia de la taberna de Gervasi, tendríamos que presentar la historia de nuestra querida villa natal. Esta historia sería curiosa porque, además de ser muy corta tendría la particularidad de no contener ni hechos gloriosos ni personajes de fama y de renombre. Sospecho que esta falta de tradición brillante entristecería a mucha gente. A mí me encanta haber nacido en un pueblo que no ha producido ningún redentor ni ningún coleccionista de sensaciones raras, ni ningún predicador estentóreo. Esto me da una sensación de ligereza y de libertad.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 84).

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Chicas

Chicas prostitutas
Hay algunas chicas muy simpáticas, las de tres duros; no son muy guapas, esa es la verdad, pero son muy buenas y amables, y tienen un hijo en los agustinos o en los jesuitas, un hijo por el que hacen un esfuerzo sin límite para que no salga un hijo de puta, un hijo al que van a ver, de vez en cuando, algún domingo por la tarde, con un velito a la cabeza y sin pintar. Las otras, las de postín, son insoportables con sus pretensiones y con su empaque de duquesas; son guapas, bien es cierto, pero también son atravesadas y despóticas, y no tienen ningún hijo en ningún lado. Las putas de lujo abortan, y si no pueden, ahogan a la critatura en cuanto nace, tapándole la cabeza con una almohada y sentándose encima.
Martín va pensando, a veces habla en voz baja.
-No me explico -dice- cómo sigue habiendo criaditas de veinte años ganando doce duros.
Martín se acuerda de Petrita, con sus carnes prietas y su cara lavada, con sus piernas derechas y sus senos levantándole la blusita o el jersey.
-Es un encanto de criatura, haría carrera y hasta podría ahorrar algunos duros. En fin, mientras siga decente, mejor hace. Lo malo será cuando la tumbe cualquier pescadero o cualquier guardia de Seguridad. Entonces será cuando se dé cuenta de que ha estado perdiendo el tiempo. ¡Allá ella!
Martín sale por Lista y al llegar a la esquina del General Pardiñas le dan el alto, le cachean y le piden la documentación.
Martín iba arrastrando los pies, iba haciendo ¡clas! ¡clas! sobre las losas de la acera. Es una cosa que le entretiene mucho…

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 202).

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Santiago Rusiñol

Santiago Rusiñol

Hace días intento concretar en pocas líneas la impresión que me ha hecho una reciente lectura de El Poble Gris de Santiago Rusiñol.
El libro podría ser exacto, excelente, perfecto y no lo es. La idea, la realidad, el tema, la impresión dada en cada capítulo, no puede ser más concreta y precisa. Todas las personas que vivimos en un pueblo -aunque este pueblo sea un poco más agradable, menos aragonés (diríamos), menos caricaturesco que el pueblo gris- sabemos que cada capítulo del libro responde a una realidad observada, directa, indiscutible, pero Rusiñol coge estos hechos, los desliga, los manipula, los deforma, los exagera, los aumenta o los empequeñece, proyecta sobre ellos su monótono mecanismo humorístico y convierte una cosa viva, palpitante, en un juguete, en una banalidad, en una irrisoria maquinita. Ante la realidad maravillosa, Rusiñol no tiene ningún tacto, es incapaz de la menor delicadeza. La interpreta mecánicamente, con la frialdad de un engranaje, con la ineluctabilidad de una rueda que produce frases y coloca adjetivos siempre igualmente rusiñolescos. Esto hace que, cuando se tiene una cierta práctica en la lectura de sus libros, se pueda adivinar, a frase leída, lo que dirá el autor en la frase siguiente.
Esta manera de hacer, constatada página tras página, fatiga positivamente, sobre todo en los momentos en que el autor trata de hacer poesía, pues no hay nada más fatal, en poesía, que adivinar, indefectiblemente, después de una frase, la que tiene que venir.
Pienso que a través de Rusiñol, se puede llegar a comprender con claridad que la peor tara que puede tener un escritor es el manierismo.
Rusiñol, que se burla siempre de las máquinas -ahora acaba de publicar una máquina para azucarar fresas dibujada por él- es el autor más maquinal de la literatura catalana moderna.
En todo caso Rusiñol es un caso de dilapidación, de prodigalidad de facultades impresionante, sin precedentes.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 77).

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Martín Marco

Martín Marco y el banco callejero (La Colemena)

Martín Marco se sienta en un banco de madera y enciende una colilla que lleva envuelta, con otras varias, en un sobre que tiene un membrete que dice: “Diputación Provincial de Madrid. Negociado de Cédulas Personales”.
Los bancos callejeros son como una antología de todos los sinsabores y de casi todas las dichas: el viejo que descansa su asma, el cura que lee su breviario, el mendigo que se despioja, el albañil que almuerza mano a mano con su mujer, el tísico que se fatiga, el loco de enormes ojos soñadores, el músico callejero que apoya su cornetín sobre las rodillas, cada uno con su pequeñito o grande afán, van dejando sobre las tablas del banco ese aroma cansado de las carnes que no llegan a entender del todo el misterio de la circulación de la sangre. Y la muchacha que reposa las consecuencias de aquel hondo quejido, y la señora que lee un largo novelón de amor, y la pequeña mecanógrafa que devora su bocadillo de butifarra y pan de tercera, y la cancerosa que aguanta su dolor, y la tonta de la boca entreabierta y dulce babita colgando, y la vendedora de baratijas que apoya la bandeja sobre el regazo, y la niña que lo que más le gusta es ver cómo mean los hombres…
El sobre de las colillas de Martín Marco salió de casa de su hermana. El pobre, bien mirado, es un sobre que ya no sirve para nada más que para llevar colillas, o clavos, o bicarbonato. Hace ya varios meses que quitaron las cédulas personales. Ahora hablan de dar unos carnés de identidad, con fotografía y hasta con huellas dactilares, pero eso lo más probable es que vaya para largo. Las cosas del Estado marchan con lentitud.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 198).

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Montaigne y Josep Pla

Montaigne

No me canso de leer los Ensayos de Montaigne. Así paso horas y horas de la noche en la cama. Me hacen un efecto plácido, sedante; me dan un reposo delicioso. Encuentro a Montaigne de una gracia casi ininterrumpida, lleno de continuas, inagotables sorpresas. Una de estas sorpresas proviene, creo yo, del hecho de que Montaigne tiene una idea muy precisa de la insignificante posición que tiene el hombre sobre la tierra.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 75).

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La señorita Elvira

Gato en pesadilla de la señorita Elvira

La señorita Elvira, de vueltas en la cama, está desasosegada, impaciente, y una pesadilla se le va mientras otra le llega. La alcoba de la señorita Elvira huele a ropa usada y a mujer: las mujeres no huelen a perfume, huelen a pescado rancio. La señorita Elvira tiene jadeante y como entrecortado el respirar, y su sueño violento, desapacible, su sueño de cabeza caliente y panza fría, hace crujir, quejumbroso, el vetusto colchón.
Un gato negro y medio calvo que ronríe enigmáticamente, como si fuera una persona, y que tiene en los ojos un brillo que espanta, se tira, desde una distancia tremenda, sobre la señorita Elvira. La mujer se defiende a patadas, a golpes. El gato cae contra los muebles y rebota, como una pelota de goma, para lanzarse de nuevo encima de la cama. (…). Mira siniestramente, como un verdugo. Se sube a la mesa de noche y fija sus ojos sobre la señorita Elvira con un gesto sanguinario. La señorita Elvira no se atreve ni a respirar. El gato baja a la almohada y le lame la boca y los párpados con suavidad, como un baboso. Tiene la lengua tibia como las ingles y suave, igual que el terciopelo. (…). A la señorita Elvira le tiembla todo el cuerpo con violencia. Respira con fuerza mientras siente la lengua del gato lamiéndole los labios. El gato sigue estirándose cada vez más. La señorita Elvira va quedándose sin respiración, con la boca seca. Sus muslos se entreabren, un instante cautelosos, descarados después…
La señorita Elvira se despierta de súbito y enciende la luz. Tiene el camisón empapado en sudor. Siente frío, se levanta y se echa el abrigo sobre los pies. Los oídos le zumban un poco y los pezones, como en los buenos tiempos, se le muestran rebeldes, casi altivos.
Se duerme con la luz encendida, la señorita Elvira.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 190).

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Madera de perdedor
Melancolía

Tabernas

Caricatura de una borracha
En la explanada había cinco o seis tabernas de mala muerte, ahumadas y grasientas. Se vendía horchata de pícaro y caña sin rebajar. Exteriormente tenían un aire miserable y desgarrado; pero dentro me encontraba bien. Me gustaba, sobre todo, un bergantín minúsculo que colgaba del techo rojizo de una taberna, pintado de blanco y negro, al cual no le faltaba nada. La persona más importante de aquel barrio era la Rosa, una mujer alta, cuadrada, pálida como una muerta, que bebía la caña como si fuese agua. La Rosa ratoneaba por el muelle, fumaba medio caliqueño detrás de los bocoyes y se entretenía con los embarcados. La Rosa llevaba unas medias con rayas rojas; sabía tres o cuatro canciones de su época, pero no podía cantar porque siempre tenía la boca seca. A la Rosa no la había visto nunca nadie borracha, y el notario de Palamós, que llevaba una capa llena de desgarrones, decía que el hígado de aquella mujer debía de ser soluble en alcohol.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 71).

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Adiós, Sonsoles

Adiós
-Adiós, Sonsoles, hasta luego.
La mujer ni levanta la vista de la costura.
-Adiós, Alfonso, dame un beso.
Sonsoles tiene debilidad en la vista, tiene los párpados rojos; parece siempre que acaba de estar llorando. A la pobre, Madrid no le prueba. De recién casada estaba hermosa, gorda, reluciente, daba gusto verla, pero ahora, a pesar de no ser vieja aún, está ya hecha una ruina. A la mujer le salieron mal sus cálculos, creyó que en Madrid se ataban los perros con longanizas, se casó con un madrileño y ahora que ya las cosas no tenían arreglo, se dio cuenta de que se había equivocado. En su pueblo, en Navarredondillas, provincia de Ávila, era una señorita y comía hasta hartarse; en Madrid era una desdichada que se iba a la cama sin cenar la mayor parte de los días.(…) Macario y su novia, muy cogiditos de la mano, están sentados en un banco, en el cuchitril de la señora Fructuosa, tía de Matildita y portera de la calle de Fernando VI.
-Hasta siempre…
Matildita y Macario hablan en un susurro.
-Adiós, pajarito mío, me voy a trabajar.
-Adiós, amor, hasta mañana. Yo estaré todo el tiempo pensando en ti.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 140).

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La escritora Víctor Català

Escritora Víctor Català (seudónimo)
Leyendo a Víctor Català me he preguntado muchas veces si entre los payeses hay la profusión de dramas que la escritora les supone y les ve. Hay un drama enorme en este mundo -el dinero-, pero me parece que no es exclusivo del ruralismo. Es muy general. En la montaña no sé si hay tantos dramas. En el llano, seguramente, no tantos. No conozco la montaña. Víctor Català la conoce más, claro está. Conoce muchas montañas y el Montgrí -un Montgrí quizá demasiado escenográfico, efectista y meterlinkiano.
La gran impresión que causa esta escritora proviene quizá del hecho de que, leyéndola, uno siente que, si se desnudase su obra de escenografía, costumbrismo, naturalismo y sociología artisticorrecreativa, resultaría una creadora de novelas policíacas considerable.
(…)
A veces me paseo por las calles con el exclusivo objeto de mirar la cara de los hombres y de las mujeres que pasan. La cara de los hombres y de las mujeres que han pasado de los treinta años, ¡qué cosa más impresionante! ¡Qué concentración de misterios minúsculos y oscuros, a la medida del hombre; de tristeza virulenta e impotente, de ilusiones cadavéricas arrastradas años y años; de cortesía momentánea y automática; de vanidad secreta y diabólica; de abatimiento y de resignación ante el Gran Animal de la Naturaleza y de la vida!

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 64).

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Un niño

Una patadaAl niño que cantaba flamenco le arreó una coz una golfa borracha. El único comentario fue un comentario puritano.
-¡Caray, con las horas de estar bebida! ¿Qué dejará para luego?
El niño no se cayó al suelo, se fue de narices contra la pared. Desde lejos dijo tres o cuatro verdades a la mujer, se palpó un poco la cara y siguió andando. A la puerta de otra taberna volvió a cantar.
El niño no tiene cara de persona, tiene cara de animal doméstico, de sucia bestia, de pervertida bestia de corral. Son muy pocos sus años para que el dolor haya marcado aún el navajazo del cinismo -o de la resignación- en su cara, y su cara tiene una bella e ingenua expresión estúpida, una expresión de no entender nada de lo que pasa. Todo lo que pasa es un milagro para el gitanito, que nació de milagro, que come de milagro, que vive de milagro y que tiene fuerzas para cantar de puero milagro.
Detrás de los días vienen las noches, detrás de las noches vienen los días. El año tiene cuatro estaciones: primavera, verano, otoño, invierno. Hay verdades que se sienten dentro del cuerpo, como el hambre o las ganas de orinar.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 82).

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Las mujeres

Mujeres

Después de darle vueltas, resulta que las mujeres, naturalmente, me interesan, pero no recuerdo haber hecho nunca ningún esfuerzo por tener una de verdad, hasta el punto de que ahora mismo puedo decir con el poeta:
Flamma d’amor nel cor non m’è rimasta.
Quisiera estar en todas partes y no me muevo nunca de casa. Lo querría acaparar todo y en realidad todo me es indiferente. Querría tener dinero y a la primera dificultad me vuelvo atrás. Querría, querría… ¿Querría, qué?
Con este temperamento ¿qué podré hacer en la vida? ¿Haré algo más que charlar, pasar, vagar, deliberar, huir? Me pasa lo mismo que a aquel hojalatero de Palafrugell que un día me decía:
-¿Sabes lo que hago cuando no me tengo de trabajo, cuando me acosan por todos lados? Pues ahora se lo diré: me voy a dormir…
(…)
Casi todos los vecinos de la casa que habitamos en la calle del Sol están reñidos. Están a matar. Se odian y se pelean constantemente. Cuanto más pequeño es un pueblo, más fuertes son los estragos de la proximidad de la gente.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 61).

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La muchachita

Una muchachita

A la muchachita le apuntaban sus cosas debajo del abrigo de algodón. Los zapatos los llevaba un poco deformados ya. Tenía los ojos claritos, verdicastaños y algo achinados. “Vengo de casa de mi hermana la casada”. “Je, je… Su hermana la casada, ¿te acuerdas, Paco?”.
Don Edmundo Páez Pacheco murió de unas viruelas, en Almería, el año del desastre.
La chica, mientras hablaba con Paco, le había sostenido la mirada.
Una mujer pide limosna con un niño en el brazo, envuelto en trapos, y una gitana gorda vende lotería. Algunas parejas de novios se aman en medio del frío, contra viento y marea, muy cogiditos del brazo, calentándose mano sobre mano.
Celestino, rodeado de cascos vacíos, en la trastienda de su bar, habla solo. Celestino habla solo, algunas veces. De mozo su madre le decía:
-¿Qué?
-Nada, estaba hablando solo.
-¡Ay, hijo, por Dios, que te vas a volver loco!

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 77).

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Jacinto Verdaguer

Jacinto Verdaguer

Durante la madrugada trato, una vez más, de leer a Verdaguer. No he podido, hasta ahora, terminar ni un solo canto de La Atlántida o del Canigó. Me avergüenzo, incluso, de confesarlo… Hago otro esfuerzo. Clavo el diente. El paquete no pasa. Toda esta enorme geología, todas estas historias desorbitadas, no me producen el menor interés. Comprendo que estos escritos son una gran cosa y que las literaturas tienen que contener estas baluernas de la misma manera que en los grandes palacios tiene que haber enormes chimeneas que no calientan, meramente decorativas, y tapices colgados de las paredes. Comprendo, asimismo, que mi sensibilidad es muy incompleta. Pero no puedo hacer más. La sensación de vacío, la escombrera de verbalismo, glorioso, efectista, pero totalmente desligado de la vida humana auténtica, la sonoridad grandiosa de las estrofas, me esterilizan toda posibilidad de atención o de curiosidad.
He oído suspirar alguna vez:
-¡La mística, la poesía mística de Verdaguer…!
Pero yo querría que alguien me explicase qué relación tiene este país, poblado de esta clase de payeses, de esta clase de palurdos, de la industria y del comercio, con la mística. Querría que alguien me explicase qué intención tenía Verdaguer en tratar de ligarnos, a través de la mística, con una literatura tan intrísecamente forastera.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 53).

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Niños que juegan

Niños y tren

Los niños que juegan al tren han parado de repente. Un señor les está diciendo que hay que tener más educación y más compostura, y ellos, sin saber qué hacer con las manos, lo miran con curiosidad. Uno, el mayor, que se llama Bernabé, está pensando en un vecino suyo, de su edad poco más o menos, que se llama Chus. El otro, el pequeño, que se llama Paquito, está pensando en que al señor le huele mal la boca.
-Le huele como a goma podrida.
A Bernabé le da la risa al pensar aquello tan gracioso que le pasó a Chus con su tía.
-Chus, eres un cochino, que no te cambias el calzoncillo hasta que tiene palomino; ¿no te da vergüenza?
Bernabé contiene la risa; el señor se hubiera puesto furioso.
-No, tía, no me da vergüenza; papá también deja palomino.
¡Era para morirse de risa!
Paquito estuvo cavilando un rato.
-No, a ese señor no le huele la boca a goma podrida. Le huele a lombarda y a pies. Si yo fuese de ese señor me pondría una vela derretida en la nariz. Entonces hablaría como la prima Emilita -gua,gua-, que la tienen que operar de la garganta. Mamá dice que cuando la operen de la garganta se le quitará esa cara de boba que tiene y ya no dormirá con la boca abierta.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 60).

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