Un mártir de nuestro tiempo
Caricaturizó el dibujo de san Juan de la Cruz. Aquel en que aparece un Cristo crucificado con la cabeza gacha, mortecina, melenuda. Aquel del clavo enorme en la flamígera mano izquierda, que no se hunde en la carne hasta el cabezal, debido a su extrema longitud. Aquel Cristo crucificado con tres gotas gigantescas de sangre que salpican desde el antebrazo derecho. Aquel de carne nervuda y enteca, de piernas flexionadas sobre el madero, al que se le ciñe en la frente una cinta lisa más que una corona de espinas, por disminuir algo, a modo de piedad, el estremezón del ojo devoto. Caricaturizó el tristísimo dinamismo del cuerpo inerte del crucificado con el mismo acierto terrorífico de la estampa original, la del poeta místico del siglo XVI, del que todavía hoy se exponen, por diversas vitrinas de España, algunos de sus huesos mondos de santo, unos huesos amarillos como de pollo corredor. El caricaturista caricaturizó el logradísimo dibujo, y el periódico que le pagaba se lo publicó, con la abierta intención de la crítica mordaz hacia la oleada de acusaciones contra decenas de sacerdotes católicos del momento, unas acusaciones probadas de pederastia. Pocas semanas después, el caricaturista apareció en la redacción con la cara sembrada de cicatrices sequizas, algunas aún frescas, tantas cicatrices que parecía que le había estallado un barreno en la cabeza. Arrastraba el caricaturista un rostro tan desfigurado que gesticulaba y no se sabía que gesticulaba, que lograba reír y no se apreciaba que reía. Sí, el caricaturista pecaba de temperamento, de una rara vitalidad. Efectivamente, un fanático religioso, con la ayuda de una botella de vidrio quebrada, intentó arrancarle la piel a tiras al caricaturista, por haber dibujado en la entrepierna del Cristo doliente la nuca de un crío al que se le apreciaba claramente, en las cervicales, la figura de un hiperbólico glande humano, la violenta realidad de que al crío le atravesaba la garganta una demoledora barra de hierro como pene. Dijeron las estadísticas del propio diario que el 100 por 100 de los encuestados no había dado crédito a la veracidad de la noticia, dato que sirvió de alivio al conjunto de la población española que ya vivía la segunda década del siglo XXI.
Texto perteneciente al libro titulado ARTÍCULOS DOMINICALES






































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