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EL PASEO DE LOS CARACOLES, una cita de cada página, en ABIERTO

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La iglesia de San Román

Sábado, 25 de Julio de 2009 Sin comentarios

Frescos de la iglesia de San RománPor la tarde, reparando un despiste. La iglesia de San Román, la de la plaza de Garcilaso, sí que abre sus puertas, pero por otro lado. Seguro que siempre he rebasado la entrada que abre su puerta fuera de horas. Me interno en el siglo XIII. Aquí están los únicos restos visigodos, en activo, de Toledo, trabajando en deliciosas columnas y capiteles de decenios que se triplican sin interrupción y que soportan enormes arcos de herradura. Aquí se conservan muy bien los únicos frescos románicos de la ciudad. Ángeles como copistas con cara de gato, con cara de hermosa doncella, con cara de buey. Muertos que abren las lápidas de sus tumbas. Muchos de ellos sorprendidos frente a la tesitura de una segunda oportunidad. Muchos de ellos con cara de mala uva, fastidiados por una vuelta a las presiones terrenales. Una Eva que se cubre los bajos con las dos manos, como hizo una niña que vi cuando chico… Majestuoso espacio, con su curvilíneo rojo y blanco de mi Córdoba de abril.

Salgo sin rumbo. A estas alturas ya he caminado toda la ciudad. Salgo sin saber qué hacer en los próximos minutos, y recuerdo una querencia situada a la vuelta de la esquina, en la cuesta de Santo Domingo el Antiguo, la cuesta que se halla en medio de la cripta de El Greco y de lo que fue vivienda de Garcilaso. Voy hacia la cuesta. Me detengo nuevamente en ella. Otra vez esta calle solitaria. Otra vez la lápida que descubriera Alberti. Y Garcilaso delante a pocos metros. Y El Greco detrás a pocos metros. Tan a pocos metros que ambos se oyen, como si palparan ruidosamente la fina costra de penumbra que separa el mundo de los vivos del mundo de los muertos. La solitaria y pronunciada cuesta. Apoyo mi espalda en uno de los muros del convento de Santo Domingo. Delante tengo la lápida adosada de Alberti, aquella que anuncia que en ese mismo punto solariego vivió Garcilaso de la Vega,  con sus risas infantiles, sus tropelías de adolescente, su talante ambicioso de juventud. Y detrás, algo más allá del viejo muro en que me apoyo, los huesos limpios de El Greco, su ataúd impregnado de miradas, la exposición de su muerte como hueso de santo. Garcilaso delante. El Greco detrás. Garcilaso, en esencia. El Greco, en el desordenado mejunje de sus huesos. Yo en medio de los dos. Pequeño. Con la cabeza gacha. Una esencia que decae. Unos huesos encajados. Y respirando sin hallar en mi tuétano una mínima porción de la sensibilidad talentosa encerrada en los dos hombres que me circundan. Respirando lleno de ideas atropelladas. Respirando y rebosando letras que no van a ninguna parte, que no terminan de cuajar ni por compasión, que no descubren nuevos caminos, que carecen de destreza, de nervio, que terminan evaporadas nada más nacer.

Son las siete menos diez. Un pajarito silba como si fuera pajarito de jaula. Unos pasos humanos a lo lejos. El sol que seca todo lo que mira. El sonido de unas campanas muy lejanas. Los arcos de ladrillos. Las farolas apagadas. Garcilaso de la Vega delante. El Greco detrás. Yo en medio. A la sombra. Sin rumbo ya en la ciudad. Todo hecho en Toledo. Mejor espero que llegue la noche, y desaparezco en la alegría de vivir de sus alcohólicas copas, en la alegría de vivir de los demás.

Sepultura de El Greco

Viernes, 24 de Julio de 2009 Sin comentarios

Entrada del convento de Santo Domingo el Antiguo, donde se sitúa la cripta de El GrecoPor la tarde, en el convento de Santo Domingo el Antiguo. Porque aquí está la sepultura de El Greco. Entro. Veo a una chica extranjera. Veo a una vieja monja vestida de hábito, un blanco y negro veterano. Las dos mujeres intercambian palabras. Doy un par de pasos.

—Hay que sacar entrada —me dice la vieja monja.
—Ah.

Ella misma me brinda el pase. La vieja monja lo controla todo. Una reja divide en dos el amplio rectángulo del convento. Iluminación. Un par de minutos. La chica extranjera sale. La vieja monja se dirige a mí.

—Mire esa parte de los cuadros, y luego esto —dice señalando el otro lado de la reja.
—Muchas gracias.

Hay un relieve en retablo plateresco, de la primera mitad del XVI, que se llama Cristo y los ladrones. Muy grandes los clavos de Cristo. Para que impresionen. Cristo, erguido; los ladrones, muy torcidos. Unos ladrones amarrados con sogas que queman. El madero de Cristo late pulido. El madero de los ladrones mantiene sus protuberancias de ramas desgajadas. Uno de los ladrones ha librado un pie de sus ligaduras. Sensación de ser testigo de la crucifixión de Cristo.

Me acerco a la reja donde para la vieja monja, que me señala el suelo agitando la mano.

—La tumba del Greco, la tumba del Greco —dice.

Me pongo frente a un agujero cuadrado, sin cruzar la reja. El agujero está protegido por un vidrio fieramente rasgado de lado a lado. Se ve en su interior un vacío de luz amarilla, un espacio de ladrillos arábigos, algo de tierra en algo que parece una lápida. Supongo que debajo está El Greco. Y la vieja monja me ordena que me agache. Me pongo en cuclillas. Aparece un ataúd negro. No lo esperaba. Un ataúd de madera sobre un túmulo. Se ve casi toda su largura. A la altura de su cabecera brota el relieve de una cruz. La monja vigila. Creo que se escama un poco. Supongo que no ha visto a nadie, en cuclillas, escribiendo en una libreta sin detenerse, como si la propia cripta dictara una palabra tras otra. El ataúd. No lo esperaba. La monja vigila. Considero una descortesía sacar la cámara fotográfica. Queda claro en el recinto que está prohibido hacer fotos. El ataúd del maestro. A menos de tres metros. Huesos de genio.

Me levanto. Doy un primer paso. La vieja monja apaga la luz de la cripta, para ahorrar electricidad. La vieja monja enciende la luz de la sala tras la reja. Entro. La vieja monja queda en la distancia. Es una vieja monja delgada, ágil, garbosa, ahorradora. Oigo cantar a un gallo. Aparece un coro liso, sin figurillas talladas. Frente a un retablo. Frente a tallas románicas. Cuánto arte florece en Toledo, con el despliegue de sol, con el repliegue de la luna. Descubro a la vieja monja que me observa. Otra vez enfrascado con la libreta. Me deja hacer. Me aproximo a los cacareos del gallo. Y canta otro, de garganta más aguda. Un sepulcro del siglo XIV pertenece a Juan de Aljofrín. Su cuerpo aparece esculpido, vestido de armadura. A su mármol flamante, suavísimo, le falta media hoja de espada. Sensación de que al muerto le apetece sonreír.

En una bandeja plateada se encuentra la Cabeza de San Juan Bautista, a tamaño natural. Impresiona. En el cuello del santo se estanca una sangre de mal color, apagado, revenido. La boca entreabierta. La lengua. Los dientes de arriba que se asoman. El pelo revuelto con raya en medio. Los ojos a medio cerrar, muy cansados, perdidos. Dibujo de cejas dolorosas. Se trata de una talla policromada del siglo XVII, de Pedro de Mena, siempre tan arrebatador.

A la salida intercambio unas palabras con la vieja monja, que también es muy amable y servicial, y curiosa. Me señala la libreta. Me pregunta qué hago.

—Tomo notas. Como no podemos hacer fotos… Así me acuerdo mejor de lo que veo.
—Ah.

A una pregunta mía, la vieja y eléctrica monja me explica.

—No, el ataúd nunca ha estado cubierto de tierra. El Greco compró esta cripta, aquí en Santo Domingo. Pero como no era famoso, sólo tiene la cripta. Nosotros pusimos ese ataúd hace veinticinco años. Los médicos le limpiaron los huesos. Su caja estaba ya que se deshacía. Como la gente lo quería ver, hicimos ese agujero.

Le compro una postal a la vieja y atenta monja. Me despido de ella. Salgo. Y pienso, sin sospechar el motivo, que nunca volveré a verla. La vieja monja de Toledo y yo. Casi todo el tiempo a solas. Miradas que se buscaban, que se encontraban. Como conviviendo con un cordón invisible. Un cordón que nos entrelazaba. Rarezas. Estupenda visita. Muy íntima.

La catedral de Toledo (por dentro)

Viernes, 24 de Julio de 2009 Sin comentarios

Virgen blanca, del coro de la Catedral de ToledoEn el interior de la Catedral de Toledo, después de pagar siete moniatos. Debido al cambio de luz, uno entra como cegado. Una catedral, la vieja enormidad nutritiva. El fastidio de que el claustro se halle cerrado por reformas. Lástima. A lo mejor he perdido una voz en mi libreta. Entro en un recinto de orfebrería religiosa y mitológica, de oro y plata, que quita el hipo. Vaya, vaya, aquí se expone una espada que la legión española regaló en 1926 al dictador Francisco Franco. Todo en un habitáculo florecido de luz metálica, denominado «Tesoro».

Sigo la línea de las paredes, donde se hiende una capilla tras otra. Y llego al coro. En la entrada del coro te recibe un mármol policromado que se llama Virgen blanca, de metro y medio de alto, del siglo XIII, perfectamente conservado. Conocía a esta Virgen en foto de primer plano en blanco y negro, una foto que se tomó para referirla como símbolo de la alegría social europea, cuando el paso de la etapa románica al ciclo gótico. La Virgen muestra en brazos a su niño, como una vecina que nos enseña a su hijo. Familiaridad. Naturalidad. Ambas figuras sonríen con una benignidad y una anchura considerables. El niño le toca la barbilla a la madre. Familiaridad. Naturalidad. Y la madera cincelada del coro. Explosión de imaginerías. La caoba que brilla desde dentro. Los ojos que se arroban. Uno sale del coro como embriagado de perfección ajena, con el alma empequeñecida y humilde.

Girola de la Catedral de ToledoEn el Museo de la Sacristía, nada más entrar, llama la atención una enorme pintura. Se llama San Pedro A., de E. Caxés, sin más datos. Lo primero que llega a los ojos frente al cuadro es el signo del diablo, una cruz invertida. Sensación molesta. Aparece san Pedro crucificado al revés. Una cruz invertida. Impresiona. Aquí están las manos de Ticiano, de Rafael, de El Greco, de Caravaggio…, y una mano doblada, acartonada por el rigor de la muerte, en un cuadro de Juan Bellini (siglo XV), titulado Entierro de Cristo.

Con qué lujo de detalles mueren aquí los viejos reyes que se trajo Enrique II en 1373, a la Capilla de reyes nuevos. En la Capilla de Santiago, una reja te impide ver de cerca el espectacular sepulcro de don Álvaro de Luna, que fue decapitado en 1453. Lamentable. Ya estoy terminando la visita. La violencia de la muerte de Cristo. Gente principal, que muere para siempe aquí. La sublime inventiva de la madera indestructible. Color con vida. Mármol templado de dejarse mirar. La catedral de Toledo.

Toda la mañana, hasta la hora de comer, en la Catedral. Entretenido paseo. Ahora tocan unas tajadas de lomo, unos huevos fritos, unas patatillas, alguna bebida espiritosa. Camino hacia arriba. Y hago una confesión. Acabo de comprarme una daga romana preciosa, que tenía entre ceja y ceja desde mi primer día toledano, como una espina clavada que desaparecería con su adquisición. Según su vendedor, es exacta a la que le cayó en chaparrón a Julio César. Ya es la segunda vez que compro acero toledano. La Antigua Roma, otra debilidad que cobra vida en mi imaginación, una imaginación a veces desbocada, fértil, coordinada, de masa de harina con sal.

La catedral de Toledo (por fuera)

Viernes, 24 de Julio de 2009 Sin comentarios

Puerta de los Leones, Catedral de Toledo (sobre la puerta derecha se distingue el ataúd)Por la mañana, y el estimulante empuje del café. Estoy en la catedral de Toledo, gran mole construida entre los siglos XIII y XV. Si uno gira a la redonda de la parte externa de la Catedral, encuentra que tiene cierta vistosidad la bajada de la calle Arco de Palacio. Por su enorme torre gótica, por el aderezado jugueteo de sus chillonas golondrinas, que planean, que hacen requiebros sanos, que se marean de buenas entre ellas, en un clima de vertiginosa complacencia. La catedral de Toledo, granito gótico como el de San Juan de los Reyes.

La calle Arco de Palacio. El arco bajo el que uno pasa, incluso pasan los camiones, y que une el Palacio Arzobispal con la Catedral, es de ladrillo arábigo. Ladrillos, sin nada más. Esta calle desemboca en la Plaza del Ayuntamiento, que es amplia, y tiene un árbol frondoso, y los gruesos casetones del Ayuntamiento, un edificio construido por el hijo de El Greco. Desde esta plaza se contempla la fachada más colosalista de la Catedral, con sus tres puertas coronadas por arcos ojivales repletos de esculturas formalitas, de religiosidad sincera, bien peinadas, rutinarias. Una paloma se caga sobre el cogote de un santo, en las alturas. La paloma abre sus carnes. Vuelve a cagarse. La paloma suspende el producto de su torcijón, como un puntito en chispazo. Y se explaya el palomino sobre una ligera brisa, que lo mece un poco, hasta terminar estrellándose en el suelo. He de mencionar que uno de los tres tímpanos enseña, como con timidez, en una solitaria y diminuta fila, relieves de figurillas que penan en el infierno. Hay un par de tipos, muy cabezones, que espantan con su rostro de sádico lunático.

La calle del Cardenal Cisneros es la que aguanta el peso del siguiente lado del edificio. Desde aquí se accede al interior de la Catedral, pagando, a través de una entrada puesta en el año 1800. En esta recta causan muy buena impresión, una impresión de autenticidad, de traslado a los viejos tiempos medievales, la fila de sus ventanales en ojiva, en los que se conocen el reverso de las vidrieras. Esa impresión que retrotrae, que enciende la imaginación, que reblandece nuestra sensibilidad, se debe a la erosión de la piedra que, como mordisqueada, alardea de solera y de voz. A muchos escudos que acompañan a los ventanales, sólo les queda la arenilla de su relieve, en solemne blanco roto, digerido por el poder de los siglos.

Llegando a la punta, se topa uno con la Puerta de los Leones. Seis leones de buena piedra procuran que nadie abra la reja que vigilan. Uno de los leones parece compungido, asustado, más bien aterrado, sorprendido, como si acabara de descubrir una saeta voladora en busca de su pecho. El arco ojival de esta puerta guarda una gran presencia. Destaco un relieve de su tímpano. Seis hombres delante, y dos detrás, llevan un ataúd a cuestas, sobre sus hombros. Debajo del hueco que deja la caja, un señor aparece en el suelo, como desfallecido, en movimiento, con su tronco todavía en el aire. Lo acompaña otro señor, en cuclillas, al que se le distingue una espada enfundada en su cinto, un señor que parece auxiliar al caído, con un brazo en alto cuya mano toca la base del ataúd para que no se precipite sobre sus cabezas y al entierro se añada una desgracia más.

Desde la calle Chapinería también se accede al interior de la Catedral, a un pequeño rectángulo que desde fuera se anuncia como «para el culto». Esta calle está dedicada a don Vicente Blasco Ibáñez. La literatura. Hay un azulejo que recuerda la memoria del narrador valenciano. En el azulejo aparece dibujado el templo, y la leyenda que sigue: «La Asociación Cultural El Hombre de Palo recuerda a Vicente Blasco Ibáñez, autor de La Catedral. Toledo, febrero de 2002». En esta estrada «para el culto» destaca un paje de más de un metro. En una mano sostiene una lanza; en la otra, algo informe, que se me escapa. Debajo de un sobaco del paje, asoma en columna hasta su rodilla, la cabeza de tres caballos, una casualidad que nunca se ha producido en la vida cotidiana. Lo importante es la abierta sonrisa del paje, con todos sus pliegues animados, en relumbre sobre la fría piedra. El optimismo.

El entierro del Conde de Orgaz

Jueves, 23 de Julio de 2009 Sin comentarios

El entierro del Conde de Orgaz (su arco de medio punto corresponde a la construcción del cuadro)Por la tarde, en la calle, a las cinco y media, con un aire que echa para atrás, que hierve como la sopa. En un instante estoy frente a la iglesia de Santo Tomé. Porque dentro se ubica el famoso cuadro de El Greco titulado El entierro del conde de Orgaz. Me siento en un mojón, a la sombra en llamas. Noto cómo la piedra calienta mis glúteos. Enrojecen mis carrillos. Recuerdo al diablo de San Juan de los Reyes, el que aparece sentado en el cuenco de una olla. Percibo cómo el aire, que arde y se arrastra de mala manera, calienta el flaco tabique de mis orejillas. Imagino los sentimientos de un filete sobre una sartén.

Miro a la derecha. Adosado a la iglesia de Santo Tomé intenta erguirse el palacio de Fuensalida, todo en obras, desnaturalizado. Los obreros vocean, golpean, nivelan objetos, ríen, beben agua. Miro a la izquierda. La iglesia de Santo Tomé. Esta iglesia fue construida en el siglo XII,  y en el XIV fue salvada de la ruina. Su cáscara es como casi todas las cáscaras que se ven por aquí: ladrillos árabes, o mudéjares, o imitaciones, la mayoría horizontales, con el cambio que se dibuja en los arcos, de ladrillos verticales. Y ya está. Así de pelados. Vaya gracia. Como el románico no hay nada.

Entro en la iglesia. Aliento de agua fría. Lo primero que te recibe es el famoso cuadro del maestro, en una especie de vestíbulo, para que quien no quiera molestar en las tres naves del templo, no cruce la línea divisoria. Como hay mucha gente que mira el cuadro, le doy una vuelta a las tres naves de la iglesia. Hay una pila bautismal que parece románica. Acaricio sus relieves, como con un guiño.

Estoy delante del cuadro, enfrascado con mi libreta en penumbra, en la baranda que corta el paso a los visitantes. Tengo detrás a muchos japoneses. Vaya casualidad. Y qué cosas. Se me hielan las orejillas. Colisiona en mi cabeza una fuerte corriente de aire acondicionado, que baja del techo.

Antes de observar El entierro del Conde de Orgaz, que ocupa toda la pared, leo unas letras blancas sobre lápida negra, que explican una tumba a los pies del famoso cuadro. La leyenda de la lápida dice que yace don Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de Orgaz,  y que murió el 9 de diciembre de 1323. Sobre el señor de Orgaz, transcribo un par de líneas literales, a continuación, debido a su enorme interés histórico: «Cuando iba a ser enterrado, bajaron del cielo san Agustín y san Esteban, que con sus propias manos lo depositaron en este sepulcro».

El cuadro de El Greco. De la mitad para arriba se agolpan escenas religiosas. Esos ángeles. Esa Virgen sentada. Ese san Pedro con el colgajo de sus llaves. Ese Cristo en lo más alto. De la mitad para abajo, todo es licencia poética. Los señores que se agolpan junto al muerto, visten como vestían dos siglos después, con esos cuellos pujados de pliegues blancos que parecen pedestales bajo las cabezas. Sólo el muerto parece vestido a lo verosímil, con una lujosa armadura de domingo, de mortaja. El muerto está más pálido que nadie. Buen detalle. El hecho de que lo estén moviendo produce cierta sensación de desasosiego.

Hay que ver. Ya estoy fuera. Acaba de finalizar la visita más corta que he hecho hasta el momento.

La Casa-Museo de El Greco

Jueves, 23 de Julio de 2009 Sin comentarios

Calle Samuel Leví, con la casa de El Greco al fondoComo los edificios con arte dentro no abren hasta las diez de la mañana, y tengo intención de recorrer ahora, dentro de poco, el monasterio de San Juan de los Reyes, me dejo caer sobre la fachada de la Casa-Museo de El Greco, puesto que no ha de abrir, por obras, y me pilla de camino.

Subo por la estrecha callejuela de Samuel Leví, el que prefirió morir torturado antes de señalar dónde se encontraban sus riquezas. Desde el inicio de esta calle se ve asomar la denominada Casa o Museo de El Greco. Su puerta está flanqueada por unas columnas de granito sabrosamente erosionadas, con un arco, también de granito, sobre su friso, el granito que tantísimo se desvía del ladrillo árabe o mudéjar, tan rutinario por aquí. En realidad esta casa no fue la casa de El Greco, quien ocupó una de las llamadas «casas del Marqués de Villena», hoy un espacio ocupado por jardines. Sin embargo, el Marqués de la Vega Inclán compró este edificio muy a principios del siglo XX, lo decoró con mobiliario de la época y recogió en él, como sabemos, buena parte de la obra de El Greco.

Ameno rectángulo solitario frente a la falsa casa de El Greco, y medio descompuesto por una mosca muy viva que se me posa en el brazo, en los dedos que agitan el bolígrafo, en los pelitos tiesos de mi rapada cabeza… Hasta que se espanta por algo que se me escapa.

El Museo-Palacio de Santa Cruz

Miércoles, 22 de Julio de 2009 Sin comentarios

Por la tarde, y en buena hora. Vuelvo sobre mis pasos de la mañana. Para visitar el museo de Santa Cruz, un colosal palacete del siglo XVI, al que pertenece el convento de Santa Fe. Este colosal edificio tiene unos relieves muy formales y amigables en su fachada. Nadie se pelea. Todos se expresan devotos y hasta se abrazan.

"En esas estamos", cuadro de BeatoAquí dentro hay una exposición que se llama «Beato. Presencia de tiempos», Beato como segundo apellido del artista, un artista contemporáneo, todavía vivo. Estará hasta septiembre de este año. El artista tiene pintura de desnudos, de monstruos (hay un dragón que sonríe, con un buche enorme, como de haberse comido a alguien), de abstracciones, de edificios con solera, de guerras actuales, como En esas estamos (2009), pintura en la que aparece una mujer en cueros, despatarrada, pero con el sexo cubierto por una mancha rectangular que rompe la posible alegría de los militares y de los visitantes. Se trata de una exposición que no está mal. Aunque claro, con la obra de El Greco tan reciente en mi retina… La ubicación es excelente. Sus salas, amplias, luminosas, muy limpias, frescas, forman una cruz. Toda su cubierta es de madera cincelada a base de trabajadas figuras vegetales. Llama la atención una señora que vigila el habitáculo. No deja de caminar de norte a sur, de norte a sur, de norte a sur, sin parar, en línea recta, de norte a sur, como muchos reclusos, de norte a sur, arriba y abajo, sin parar. Sólo se detiene cuando alguien le pregunta algo. Es amable.

Claustro del palacio de Santa Cruz (medio sonrío porque sabía que estaban saliendo dos chicas muy guapas)Salgo. Desde el vestíbulo se accede a la segunda puerta del palacete, y desde ahí, al claustro. Es bonito, radiante, ordenado, con arcos en sus dos plantas, con relieves vegetales y cruces sin sugestión, muy siglo XVI. Este claustro expone lápidas funerarias y escudos de armas del XVI, estatuas, incluso ataúdes medievales de piedra, semejantes a los que vi, en julio del pasado año, junto al cementerio de Iria Flavia. En una de sus salas destaca el Cristo de la Luz, un crucificado románico del siglo XIII, en madera policromada. Se conserva muy bien el color de la sangre en el costado, en los pies, en las manos, en la frente, que carece de corona de espinas.

Salgo. Deambulo por las callejuelas. Una esquina aprovecha y pone a un Cristo crucificado, petrificado. Descanso en Zocodover. Doy por finalizada la parte este de mi plano. Si no vuelvo al puente de Alcántara, sobre el mortecino Tajo, para ver el castillo de San Servando, construido en el siglo XI, es porque sé de buena tinta que no puede visitarse su interior, que pertenece a un albergue juvenil. Las hechuras del castillo se aprecian perfectamente desde las vistas que ofrece una parte del Alcazar, la de la mujer en camisón que ofrece su espada al cielo.

Obra de El Greco

Miércoles, 22 de Julio de 2009 Sin comentarios

En el convento de Santa FeLa obra de El Greco en el Convento de Santa Fe, la obra que se ha trasladado desde la Casa-Museo de El Greco, cerrada por reformas desde 2006, una obra que se expondrá en México desde el próximo mes de agosto. Por poco no pillo los cuadros del maestro. Me acerco a la fachada del convento. Sobre su friso, un relieve. Un jinete, blandiendo su espada, arrolla con su caballo a un combatiente en desgracia, que, en el suelo, intenta guarecerse bajo su escudo, un escudo fuertemente atado a su brazo. La violencia.

Comienza el desfile de salas en penumbra. Los vigilantes dejan hacer fotos sin flas. Me encuentro con una fila larga de retratos de viejos, de hombres de mediana edad, la mayoría de ellos santos. Gusta ver a San Judas Tadeo, que te observa con un solo ojo, sujetando la alabarda que lo decapitó. La violencia. Tiene un rostro sugerente. Parece que te diga que no entiende lo que le pasó, que ya no entiende el porvenir. Me cuesta escribir. La oscuridad de la sala. Mis letras salen a tentones, pese a que las oriento hacia la escasa luz que se proyecta en los cuadros. Aparece San Simón, que lee un libro de cuatro o cinco kilos. Aquí no sale representado con la sierra que lo partió en dos. La violencia. El diablo de san BartoloméEl cuadro San Bartolomé. Mucho manto blanco sobre fondo ennegrecido. Su barba con algunas canas, buen detalle. Su mirada triste e interrogante. En su mano izquierda, la cadena que atrapa por el cuello al diablillo renegrido de ojos redondos y orejas afiladas, el demonio que el santo liberó de la hija del rey de Armenia. Su mano derecha sostiene, con la punta en alto, el cuchillo con que el santo fue desollado. Le quitaron la piel a tiras mientras le quedaba un soplo de resuello. La violencia. Delante de las Lágrimas de san Pedro. Tenemos a un san Pedro metido en una cueva, con la mirada en alto, tenso, las manos fuertemente cogidas, los ojos reverberantes. Está muy arrepentido de haber negado a Cristo tres veces seguidas. Las llaves del cielo y de la tierra le cuelgan de la muñeca izquierda. Aparece tan contrito, tan afectado el hombre barbado, tan viejo, que a uno se le pega su pesadumbre. Tras su hombro derecho irrumpe un ángel de luz, y una mujer que puede ser María Magdalena, con el objeto de anunciarle al santo que Cristo ya no está en su tumba, que ha resucitado. Camino. Hay una sala de cristal que ofrece estupendas vistas de la ciudad. El Tajo, desde este ángulo, parece correr más. En San Juan Evangelista y san Juan Bautista gusta el realismo del Bautista, su carácter de retiro eremita, de persona austera y solitaria. Cuatro pellejos de cabra cubren a un Bautista lleno de huesos y tendones. En La verónica estalla un velo con el rostro de Cristo impreso. Se refiere a la mujer que enjugó el sudor de Cristo camino del Calvario. Demasiado sereno se ve a Cristo aquí, con su remarcada corona de espinas y el drama que lo acometía. Parece como si nada le ocurriera. El agua de CristoEn uno de los cuadros que se titulan Crucificado, impresiona el detalle del madero de la cruz a los pies de Cristo. Por la madera se desliza un chorro de sangre que forma una chillona línea vertical. No sé, por ahora, qué representan cuatro fémures humanos y dos calaveras al pie de la cruz. En otro Crucificado, aparte de los chorros de sangre sobre el madero de la cruz, se descubre cómo sale despedido, a presión, el líquido acuoso que salió del costado de Cristo cuando el lanzazo que le clavaron. La violencia. Aquí, el paño que cubre las partes de Cristo es minúsculo, con lo que la desnudez casi íntegra del hombre torturado con saña acrecienta el dramatismo de su humillación.

Son interesantes también las fotografías de época sobre el Marqués de la Vega Inclán (apellidos de grandes escritores), el mecenas que en 1900 sacó del ostracismo la obra de El Greco, para bien del sentimiento, de la cultura, de la retina de la humanidad, ese complejo y laberíntico organismo.

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