La iglesia de San Román
Por la tarde, reparando un despiste. La iglesia de San Román, la de la plaza de Garcilaso, sí que abre sus puertas, pero por otro lado. Seguro que siempre he rebasado la entrada que abre su puerta fuera de horas. Me interno en el siglo XIII. Aquí están los únicos restos visigodos, en activo, de Toledo, trabajando en deliciosas columnas y capiteles de decenios que se triplican sin interrupción y que soportan enormes arcos de herradura. Aquí se conservan muy bien los únicos frescos románicos de la ciudad. Ángeles como copistas con cara de gato, con cara de hermosa doncella, con cara de buey. Muertos que abren las lápidas de sus tumbas. Muchos de ellos sorprendidos frente a la tesitura de una segunda oportunidad. Muchos de ellos con cara de mala uva, fastidiados por una vuelta a las presiones terrenales. Una Eva que se cubre los bajos con las dos manos, como hizo una niña que vi cuando chico… Majestuoso espacio, con su curvilíneo rojo y blanco de mi Córdoba de abril.
Salgo sin rumbo. A estas alturas ya he caminado toda la ciudad. Salgo sin saber qué hacer en los próximos minutos, y recuerdo una querencia situada a la vuelta de la esquina, en la cuesta de Santo Domingo el Antiguo, la cuesta que se halla en medio de la cripta de El Greco y de lo que fue vivienda de Garcilaso. Voy hacia la cuesta. Me detengo nuevamente en ella. Otra vez esta calle solitaria. Otra vez la lápida que descubriera Alberti. Y Garcilaso delante a pocos metros. Y El Greco detrás a pocos metros. Tan a pocos metros que ambos se oyen, como si palparan ruidosamente la fina costra de penumbra que separa el mundo de los vivos del mundo de los muertos. La solitaria y pronunciada cuesta. Apoyo mi espalda en uno de los muros del convento de Santo Domingo. Delante tengo la lápida adosada de Alberti, aquella que anuncia que en ese mismo punto solariego vivió Garcilaso de la Vega, con sus risas infantiles, sus tropelías de adolescente, su talante ambicioso de juventud. Y detrás, algo más allá del viejo muro en que me apoyo, los huesos limpios de El Greco, su ataúd impregnado de miradas, la exposición de su muerte como hueso de santo. Garcilaso delante. El Greco detrás. Garcilaso, en esencia. El Greco, en el desordenado mejunje de sus huesos. Yo en medio de los dos. Pequeño. Con la cabeza gacha. Una esencia que decae. Unos huesos encajados. Y respirando sin hallar en mi tuétano una mínima porción de la sensibilidad talentosa encerrada en los dos hombres que me circundan. Respirando lleno de ideas atropelladas. Respirando y rebosando letras que no van a ninguna parte, que no terminan de cuajar ni por compasión, que no descubren nuevos caminos, que carecen de destreza, de nervio, que terminan evaporadas nada más nacer.
Son las siete menos diez. Un pajarito silba como si fuera pajarito de jaula. Unos pasos humanos a lo lejos. El sol que seca todo lo que mira. El sonido de unas campanas muy lejanas. Los arcos de ladrillos. Las farolas apagadas. Garcilaso de la Vega delante. El Greco detrás. Yo en medio. A la sombra. Sin rumbo ya en la ciudad. Todo hecho en Toledo. Mejor espero que llegue la noche, y desaparezco en la alegría de vivir de sus alcohólicas copas, en la alegría de vivir de los demás.












Por la tarde, en el convento de Santo Domingo el Antiguo. Porque aquí está la sepultura de El Greco. Entro. Veo a una chica extranjera. Veo a una vieja monja vestida de hábito, un blanco y negro veterano. Las dos mujeres intercambian palabras. Doy un par de pasos.
En el Museo de la Sacristía, nada más entrar, llama la atención una enorme pintura. Se llama San Pedro A., de E. Caxés, sin más datos. Lo primero que llega a los ojos frente al cuadro es el signo del diablo, una cruz invertida. Sensación molesta. Aparece san Pedro crucificado al revés. Una cruz invertida. Impresiona. Aquí están las manos de Ticiano, de Rafael, de El Greco, de Caravaggio…, y una mano doblada, acartonada por el rigor de la muerte, en un cuadro de Juan Bellini (siglo XV), titulado Entierro de Cristo.
Por la mañana, y el estimulante empuje del café. Estoy en la catedral de Toledo, gran mole construida entre los siglos XIII y XV. Si uno gira a la redonda de la parte externa de la Catedral, encuentra que tiene cierta vistosidad la bajada de la calle Arco de Palacio. Por su enorme torre gótica, por el aderezado jugueteo de sus chillonas golondrinas, que planean, que hacen requiebros sanos, que se marean de buenas entre ellas, en un clima de vertiginosa complacencia. La catedral de Toledo, granito gótico como el de San Juan de los Reyes.
Por la tarde, en la calle, a las cinco y media, con un aire que echa para atrás, que hierve como la sopa. En un instante estoy frente a la iglesia de Santo Tomé. Porque dentro se ubica el famoso cuadro de El Greco titulado El entierro del conde de Orgaz. Me siento en un mojón, a la sombra en llamas. Noto cómo la piedra calienta mis glúteos. Enrojecen mis carrillos. Recuerdo al diablo de San Juan de los Reyes, el que aparece sentado en el cuenco de una olla. Percibo cómo el aire, que arde y se arrastra de mala manera, calienta el flaco tabique de mis orejillas. Imagino los sentimientos de un filete sobre una sartén.
Como los edificios con arte dentro no abren hasta las diez de la mañana, y tengo intención de recorrer ahora, dentro de poco, el monasterio de San Juan de los Reyes, me dejo caer sobre la fachada de la Casa-Museo de El Greco, puesto que no ha de abrir, por obras, y me pilla de camino.
Aquí dentro hay una exposición que se llama «Beato. Presencia de tiempos», Beato como segundo apellido del artista, un artista contemporáneo, todavía vivo. Estará hasta septiembre de este año. El artista tiene pintura de desnudos, de monstruos (hay un dragón que sonríe, con un buche enorme, como de haberse comido a alguien), de abstracciones, de edificios con solera, de guerras actuales, como En esas estamos (2009), pintura en la que aparece una mujer en cueros, despatarrada, pero con el sexo cubierto por una mancha rectangular que rompe la posible alegría de los militares y de los visitantes. Se trata de una exposición que no está mal. Aunque claro, con la obra de El Greco tan reciente en mi retina… La ubicación es excelente. Sus salas, amplias, luminosas, muy limpias, frescas, forman una cruz. Toda su cubierta es de madera cincelada a base de trabajadas figuras vegetales. Llama la atención una señora que vigila el habitáculo. No deja de caminar de norte a sur, de norte a sur, de norte a sur, sin parar, en línea recta, de norte a sur, como muchos reclusos, de norte a sur, arriba y abajo, sin parar. Sólo se detiene cuando alguien le pregunta algo. Es amable.
Salgo. Desde el vestíbulo se accede a la segunda puerta del palacete, y desde ahí, al claustro. Es bonito, radiante, ordenado, con arcos en sus dos plantas, con relieves vegetales y cruces sin sugestión, muy siglo XVI. Este claustro expone lápidas funerarias y escudos de armas del XVI, estatuas, incluso ataúdes medievales de piedra, semejantes a los que vi, en julio del pasado año,
La obra de El Greco en el Convento de Santa Fe, la obra que se ha trasladado desde la Casa-Museo de El Greco, cerrada por reformas desde 2006, una obra que se expondrá en México desde el próximo mes de agosto. Por poco no pillo los cuadros del maestro. Me acerco a la fachada del convento. Sobre su friso, un relieve. Un jinete, blandiendo su espada, arrolla con su caballo a un combatiente en desgracia, que, en el suelo, intenta guarecerse bajo su escudo, un escudo fuertemente atado a su brazo. La violencia.
El cuadro San Bartolomé. Mucho manto blanco sobre fondo ennegrecido. Su barba con algunas canas, buen detalle. Su mirada triste e interrogante. En su mano izquierda, la cadena que atrapa por el cuello al diablillo renegrido
En uno de los cuadros que se titulan Crucificado, impresiona el detalle del madero de la cruz a los pies de Cristo. Por la madera se desliza un chorro de sangre que forma una chillona línea vertical. No sé, por ahora, qué representan cuatro fémures humanos y dos calaveras al pie de la cruz. En otro Crucificado, aparte de los chorros de sangre sobre el madero de la cruz, se descubre cómo sale despedido, a presión, el líquido acuoso que salió del costado de Cristo cuando el lanzazo que le clavaron. La violencia. Aquí, el paño que cubre las partes de Cristo es minúsculo, con lo que la desnudez casi íntegra del hombre torturado con saña acrecienta el dramatismo de su humillación.























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