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EL PASEO DE LOS CARACOLES, una cita de cada página, en ABIERTO

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Palabras irreverentes

Domingo, 1 de Noviembre de 2009 Sin comentarios

Códice Beato de Liébana (copia del siglo XIII) A ver quién se ha librado alguna vez del pretendido veneno de las palabras irreverentes. Nadie. Ni Dios desde su sagrada palabra indirecta en el Viejo Testamento, que tantos conocen. Ni Cristo desde su sagrada palabra indirecta en el Nuevo Testamento, que tantos conocen. Ni siquiera los santos, desde sus palabras volanderas, que por volanderas no tantos conocen. De ahí para abajo, la humanidad ha experimentado una especie de competición de irreverencias por ver quién la decía más gorda, sólo por comprobar quién la lanzaba más gorda que los santos, unos entes más cercanos y asequibles que Cristo y Dios. Acabo de indicar que ni siquiera los santos. Y que no tantos conocen las palabras volanderas, descarnadas, esputadas por los santos. Entonces recuerdo los puyazos que se lanzaron mutuamente san Beato de Liébana y san Elipando de Toledo, en el siglo VIII.

Resulta que se discutía sobre teología casi hasta llegar a las manos en el I Concilio de Toledo. Y que se cortaban con la mirada Elipando y Beato, que, indiscutiblemente, llevaban una vida ejemplar, una vida de futura santidad oficial. En unas de esas idas y venidas de carraspeos y de gargajo verde, el monje Beato, sudándosela que Elipando fuese arzobispo de Toledo, le dijo a Elipando que era el mismísimo «cojón del Anticristo». A lo que Elipando replicó con que Beato era un «borracho» y un «farsante». Según la óptica de nuestros días, seguro que ambos santos escupieron su violencia verbal por alguna chorradilla ya superada. Sin conocer la chispa que provocó tal intercambio de lengua ardiente, seguro que tuvo razón san Beato, el monje recoleto al que le sobraban los títulos. Y no sólo por la simpatía a que inclina su vida retirada y austera, sino porque su imagen visionaria «cojón del Anticristo» supera con creces a los tópicos términos de «borracho» y «farsante». No en vano, san Beato de Liébana conocía el registro literario de la lengua, se encerró a solas con los demonios de una pluma, le dio caña a ensartar palabras y escribió Comentario al Apocalipsis de San Juan, su famoso códice en el que a lo mejor no deja títere con cabeza, del que ya diré algo cuando lo lea, puesto que lo tengo entre mis lecturas escogidas.

Las palabras de contenido irreverente. Ellas. Cada vez menos impactantes en los receptores de hoy por casi tratarse de un lugar común, por escupirse casi desde la cuna. Pero siguen cumpliendo con su poder de destrucción psicológica, sobre todo si las pronuncia alguien que no suele, de tal modo que producen el efecto de que las palabras hacen más bulto que la persona.

Charles Bukowski tocándole el coño a su esposa, Linda Lee BeighleEn este momento de chupitos de whisky y de escritura corta, como me acuerdo a menudo de que están removiendo los huesos de Federico García Lorca, en su triste fosa de fusilado, por el asunto de las irreverencias llegan a mi memoria unos versos de Charles Bukowski, escritor yanqui, maldito y genial, en los que menciona a Lorca, el mayor poeta de la literatura española. Dicen así: «Villon fue un ladrón. / Lorca chupaba pollas. / T.S. Elliot trabajaba de cajero en una ventanilla, / la mayoría de los poetas son cisnes, / son garzas.».

¿Acabamos de percibir una irreverencia de contenido sexual? ¿O hemos de aferrarnos a la lógica con naturalidad, por la condición de homosexual del poeta granadino? Es sabido que la mayoría de los términos irreverentes se relacionan con el sexo. Aunque algunos, paradójicamente, quizá pueden favorecerte. Cuando en 2004 levanté el seudónimo de mi niña Paz, con Caliente, tras el tinglado que montó con su novela experimental en Internet, alguien dijo, muy desilusionado, que quien se escondía en el personaje de Paz Vega López resultó ser un tío pajero cuarentón con veinte centímetros de polla.

Las irreverencias que se muerden la cola.

Texto perteneciente al libro titulado ARTÍCULOS DOMINICALES

En la casa de mis padres

Martes, 7 de Abril de 2009 Sin comentarios

La casa de mis padres, en el pasado

Frente a la casa de mis padres

Estoy frente a la casa donde vivieron mis padres, la casa de mi abuela mama Antonia. Está situada en la calle Federico García Lorca, bonito nombre, en el número 6, que se desvía en perpendicular, pues corresponde a lo que queda de la desaparecida calle El Pardito. Se mantiene absolutamente íntegra, sin remodelaciones. Es la única casa antigua, antiquísima, de toda la manzana. Merece la pena acercarse hasta aquí sólo por comprobar cómo eran las casas de antes. Está habitada por la misma señora que le compró la casa a mi mama Antonia, hace cincuenta años prácticamente exactos. Según me ha contado Frasquito, el de los Gallos, a esta señora la acompaña su hermano, que tiene ya más de noventa años. Frasquito lo ve muchas mañanas caminando con un bastón. La casa de mis padres. Su enjalbegado de cal estremece el valor de mi conciencia. Mi madre enjalbegó muchas casas. Y produjo alarma social cuando la descubrieron una vez, frente a una casa muy alta, subida en lo alto de una escalera. Mi madre cargaba con el embarazo de una de mis hermanas. Su barrigón temerario escandalizó la quietud de las miradas. El trabajo de los pueblos. Hace cincuenta años, mi madre regaló su hoz. La casa de mis padres. En ella nacieron mis primeras cuatro hermanas. También cuento a la que falleció al nacer. La casa de mis padres. Adivino la parte habitada. Se distingue la parte del corral, cuya fachada no es completamente lisa. Toda la parcela es muy larga. El corral de mi madre. Qué descripción más buena me hizo, y qué sentida. La copié al dictado. Sale en El Paseo de los Caracoles. Y ahora tengo toda la casa al alcance de mi mano. La casa es de una sola planta. Sus tejas aparecen negruzcas, con salitre, alimentadas por la mancha de algunos musgos. Un perrillo pasa por mi vera. Menea el rabo al ver que lo miro. Como descubre mis ojos impregnados de letras, no se atreve a olerme el pie. El perrillo tiene un talante cansado, resignado. Pasa de largo. Igual que las pocas personas que me descubren, el perrillo se pregunta por qué escribo. Me retrato frente a la casa. Me sale una sonrisa. Miro por última vez la entrada de la casa. Y me enfrío un poco al imaginar los tres olivos, en hilera, de su umbral. Y veo a mi padre y a mi tío José arrancándolos. Abandono el espacio que perteneció a mi familia. Doblo a la izquierda con cierto estremezón.

Museo Julio Romero de Torres

Martes, 7 de Abril de 2009 Sin comentarios

La chiquita piconera, frente a la que permanecí impresionado

Junto a mi chiquita piconera

Temprano, en la plaza del Potro, un llanito que se extiende desde el siglo XIII. Hace un aire frío que tiene su empuje, su consideración, el primer aire frío que se me cruza en Córdoba. El sol se filtra potente. Sensación de auxilio. Observo la fachada del Museo Julio Romero de Torres, una construcción que fue hospital en el siglo XV, que estuvo protegido por los Reyes Católicos. La fachada destaca un rectángulo de baldosas con la siguiente leyenda:

“El príncipe de los ingenios de España, Miguel de Cervantes Saavedra, de abolengo cordobés, mencionó este lugar y barrio en la mejor novela del mundo. Varios cordobeses con amor de paisano y con veneración de españoles dedican este humilde recuerdo al insuperable escritor. MCMXVII”.

Sensación de que lo que mencionó Cervantes suena a palabra de Dios. Cervantes fue una persona buena, adjetivo escrito en el sentido que se quiera. Cervantes fue un hombre desdentado, una persona relegada que degustó, la mayor parte de su vida, la amarga hiel de la miseria. Su novela El Quijote es un libro magnífico. Cervantes es Patrimonio de la Humanidad.

Me detengo frente a la puerta de la casa donde transcurrió toda la vida de Julio Romero de Torres, una casa con solera medieval, una casa de señorito andaluz. Otro patio engalanado por el olor del naranjo. La casa de la izquierda es ahora Museo de Bellas Artes. La fachada de la gran casona del pintor tiene un mármol adosado con cuatro clavos. Dice lo que sigue:

“En esta casa nació, vivió y murió Julio Romero de Torres, el cordobés insigne, que enamorado de su tierra supo sentir y exaltar, en los fondos de sus cuadros y en los ojos de sus mujeres, toda el alma de la ciudad”.

Me gusta lo de “los ojos de sus mujeres”. Entro en la casa-museo. Un conserje charla con alguien que parece amigo. Le compro un billete de acceso. El conserje me aconseja que haga la visita de arriba abajo. Le hago caso. Sólo hay dos largas plantas. Llego a la última. Me encuentro solo, como me gusta estar. Comienza la omnipresencia de la mujer. Estoy rodeado de mujeres pintadas. Gratísimo ambiente. Para que no se me desborde la imaginación pongo orden en lo que he de mirar. Me coloco unas antojeras figuradas. Mujeres. Mujeres relajadas, abandonadas a la cotidiana humildad de la piel, la que carece de confites, la clave del grandioso erotismo que encierran estos cuadros.

Veo a todas las mujeres hermosas, y algo parecidas, como si el pintor obedeciera a un mismo patrón para esculpir el rostro. Todas las mujeres hermosas. Y me encuentro de tú a tú con La chiquita piconera, un cuadro de 1929. De inmediato sé que no voy a tener más ojos que para ella, que estoy frente a la mujer más bella y apetecible de la casa. Sensación acuciada de que me haya rebasado, en algún momento de la vida, una mujer con su mismo rostro. La chiquita piconera es una muchacha sentada en una silla de enea, con las piernas entreabiertas, con una liga corrida, con los codos entre las piernas, pura relajación abandonada. Te mira con una mirada de escondidas y profundas melancolías, nunca pronunciadas en voz alta. La chiquita piconera me ha robado el corazón de la mañana.

Hago fotos. Y al instante suena por un altavoz ilocalizable la voz del conserje:

—Por favor, señor, está prohibido hacer fotografías.

Me sorprendo, me pongo escueto y digo a la nada, sabiendo que me oyen abajo:

—No lo sabía.

Acabo de recibir el picotazo que se siente cuando te cortan un poco el rollo. Aunque no localizo las cámaras, se conoce que estoy vigilado. No pasa nada. Guardo mi cámara. Ahora sólo manejo la libreta y el boli, que hierven.

Junto a mi chiquita piconera está la Nieta de la Trini, de 1929. Recuerdo este cuadro con los ojos de mis diez años de edad, y a mis padres al lado, y a un guía que, con acento andaluz, nos conmina a fijarnos en el detallismo del vello púbico de la Trini. Tenemos a una Trini completamente en cueros, guapetona, morenaza, unos pechos preciosos, unos muslos en su punto. Una zozobra. Me percato de que estoy presenciando, en cuatro días, un primer coño. Me río de mí mismo en Córdoba por primera vez.

Aparece una rubia, como un grajo blanco. Tiene una correa que amarra a un galgo cervantino. Los tirabuzones rubios de su pelo obedecen al mismo peinado que mi madre ha mantenido a lo largo de su vida.

Ante tanta mujer erótica, impresiona tropezarse con un cuadro titulado Cabeza de santa, que se pintó de 1920 a 1922. En una bandeja plateada, yace boca arriba la cabeza decapitada de otra mujer morena. Tiene la nariz afilada, los ojos borrosos, casi cerrados, unos labios entreabiertos que muestran la blancura de su perfecta hilera de dientes. Su decapitación llega hasta el hoyuelo de su garganta.

También impresiona La muerte de santa Inés, de 1918. La santa, estirada y muerta, a la que cubre una sábana que deja transparentar sus sinuosos pechos y hasta el negrear de su pubis, tiene a dos mujeres en la línea de su longitud; una, junto a su cabeza; la otra, a sus pies. La de la cabeza manda silencio a la de delante, con el índice en sus labios, y la de delante le muestra su palma de la mano, de la que salen unos haces de luz. Las dos mujeres se miran a los ojos en perfecta complicidad.

En Cante hondo, de 1925, se pinta una tragedia violenta en escenas. Aparece una mujer joven, pálida, con el pelo negro que rebosa en el ataúd que ocupa. También se ve a la misma mujer en el suelo, con un charco de sangre bajo su espalda, que llega a la altura de su cara. Se le desparrama un gran crucifijo como collar, que le cuelga, impotente, de un hombro, frenético símbolo de una inocencia desdichada, por los suelos, con las rodillas unidas, levantadas para ensalzar sus muslos, con las medias corridas. Un tipo, todavía con su navajón abierto, inclinado a los pies de la mujer, se pregunta por qué la ha matado.

Doy con Nocturno, de 1929. Aquí se distinguen siete mujeres en la oscuridad de una noche jaranera. Tres miran al retratista. Tres hablan entre ellas. Y la que me gusta, reclinada la barbilla en su mano, se muestra vencida por el sueño, sentada en un bordillo. Es claramente destacable el hueco que forma su falda corta al permanecer la mujer con las piernas separadas, abandonadas. El eterno abandono de la piel en Julio Romero de Torres. El erotismo femenino, en esta casa, se masca incluso en las mujeres vestidas de monja.

Bajo las escaleras. Me encamino a las salas de la planta baja. Saludo, con una sonrisa, al conserje que me ha llamado la atención. Me detengo frente al velatorio de una mujer joven, frente al cuadro que se titula Mira qué bonita era, de 1895 aproximadamente. En su universo, una vieja sentada, gente amontonada, sombreros cordobeses, y de nuevo un pelo larguísimo que se sale del ataúd, ahora en una cascada de siete pliegues.

Doy por extinguida mi visita. Si descuento el autorretrato de pintor, he sumado un total de once hombres enmarcados, minimizados, rodeados por un hermoso mar de mujeres.

Estoy en la calle, junto a la fuente de la plaza del Potro, la misma que sale en unos versos de Lorca. Qué gran visita acabo de hacer. Frente a la obra del pintor cordobés, me he acordado mucho de la obra del poeta granadino. Acabo de respirar cierto aliento lorquiano. Parte de las pasiones retratadas en el museo se emparentan a los colores que escribió Federico García Lorca, la lámina escrita más sensible de España.

¡Prosiguen sus vacas sagradas!…(17)

Viernes, 23 de Enero de 2009 Sin comentarios

Federico García Lorca

José Ángel Mañas

Antonio Gálvez Alcaide

Federico García Lorca. Cuidado, tenemos delante a Federico García Lorca. Mira que es guapo. ¡Qué bello por dentro y por fuera! Aunque este eskritor no fue ninguneado literariamente, como le ocurrió a Bukowski, sí que fue perseguido y asesinado. Nada más empezar la guerra civil española, lo pillan y lo matan. Fue uno de los primeros en caer. ¡Qué rabia! Cada vez que releo cualquier cosa suya, siento un nudo en la garganta.

Cuando cursaba primero de ESO, vi por la tele, a la hora del telediario, a Camilo José Cela. Era 1998 y se conmemoraban los cien años del nacimiento de Lorca. Un periodista le preguntó al Nobel si tenía algo en contra de los homosexuales, refiriéndose a Lorca, y Cela le contestó algo que nadie se esperaba: «No tengo nada en contra. Sólo me limito a que no me den por kulo». Estas palabras se me quedaron grabadas.

José Ángel Mañas. Qué guapete está aquí José Ángel Mañas. Yo lo he llegado a ver con unos ricitos tipo afro que le quedaban fatal. Ahora vive en Francia con una chica de allí, una piba que tiene todos mis respetos. Pero como yo soy de las que van con la cara por delante, declaro que como me encuentre a mi vaca Mañas por ahí, le tiro los trastos. Por lo menos intentaré komérsela. Las cosas claras y el chocolate espeso. Ya es bastante mayor. Sobrepasa los 30. Marcó mis nueve o diez años con sus Historias del Kronen.

Antonio Gálvez Alcaide. En la foto se le ve con cara de frío y entre los muertos. Este eskritor es ya una influencia muy significativa para mí. Me leí su primera novela, El Paseo de los Caracoles (trata de muertos), y me sentí tan alucinada que se ha convertido en mi principal vaca sagrada. Se da poco bombo y sospecho que es de lo que no hay, tanto en lo personal como en lo literario. En su obra aparece mucho la muerte y los muertos. Da la sensación de que eskribe mejor que nadie porque se comunica con los muertos. Da la sensación de que los muertos le aconsejan y le descubren sus experiencias humanas, alumbrándole nuevas sensibilidades y resquicios remotos. Me daría miedo conocerlo.

La literatura: el único objetivo claro que persigue mi rabiosa inteligencia.

Texto perteneciente a la novela titulada CALIENTE (pág. 24-25).

Con la literatura por delante…(1)

Jueves, 1 de Enero de 2009 Sin comentarios

Vladimir Nabokov

José Ángel Mañas

Charles Bukowski

Federico García Lorca

Antonio Gálvez Alcaide

Ahora que empiezo a entrever la pesada carga de la responsabilidad adulta, no dejo de recordar mis determinantes quince años, las lecturas frenétikas de aquella época y el nabo enorme de mi profe de Lengua, aquel profe loko y brillante del que no he vuelto a saber absolutamente nada.

Ahora que tengo casi dieciocho años y soy universitaria, recuerdo aquella etapa de mi vida sin dejar de sentir cierto hielo en la boca del estómago, al mismo tiempo que surgen aquellas frases memorizadas para siempre. Qué tiempos. Un Nabokov que me ponía kachonda en algunos fragmentos de su Lolita, con aquella primera línea grabada a fuego: «Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas». Qué tiempos. Le daba vueltas y más vueltas a la novela Ciudad Rayada, de José Ángel Mañas, intentando reconocer los baretos y lugares de la obra de mi paisa, de aquella ciudad, Madrid, que era tan suya como mía. Y aquella línea: «Y le bajé las braguitas. Las palmadas en el culo le hicieron reír». Todavía creo sentirlas en mi propio kulo. Qué tiempos. Y aquellas lecturas histérikas de los cuentos de Bukowski. La vida hecha un escupitajo de alcohol. El crudo capitalismo puesto a cara descubierta: «Y luego vuelta a la fábrica conmigo, asesinando ocho o diez horas al día por una miseria, sin llegar a nada, esperando a Papá Muerte, metiendo tu inteligencia a patadas en el infierno y metiendo a patadas en el infierno tu espíritu». Qué tiempos. Y Lorca, Lorca y más Lorca. Y aquel viento que mordía de furia al ver que Preciosa se refugió y se quedaba sin picotearle su dulce cuerpo de mujer bandera: «Al verla se ha levantado / el viento, que nunca duerme. / Niña, deja que levante / tu vestido para verte. / Abre en mis dedos antiguos / la rosa azul de tu vientre». Y por último, un momento clave: la novela El Paseo de los Caracoles, de Antonio Gálvez Alcaide, un autor nuevo del que nadie en clase tenía puta idea, la lectura obligatoria del tercer trimestre que me valió un diez. Qué suspiros de niña enternecida. Qué descubrimiento. Todavía no he leído una fantasía tan hermosa y sensible como aquella; ni una imagen como la del alma de la difunta Mercedes que, tras contemplar cómo introducen sus restos en un ataúd, se desmaya, levita y queda suspendida en el vacío con los brazos en cruz: «La difunta Mercedes, tendida en el aire, parece una arboleda de pestañas negras». Qué recuerdos. Y qué lecturas. Una verdadera bomba atómica emocional en una niña de quince años.

Texto perteneciente a la novela titulada CALIENTE (pág. 9-10).

ABC, artículo 3

Domingo, 11 de Mayo de 2008 1 comentario

CENTENARIO
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 5 de junio de 1998.

Un detalle. El día 5 de junio de 1898 nació Federico García Lorca.

Cuando algunas noches se me cruza la luna por los ojos, vislumbro en ella, según la órbita de su inclinación, escalonadas fraguas con manchas de pulmones ahogados en agua. Entonces recuerdo los destellos de numerosas imágenes regaladas, multitud de olivares, higueras, juncos afilados llenos de pasiones rojas, limo y matas de pelo. Y se me ahueca la mirada y noto muy en lo hondo el fragor de un viento furioso que muerde los techos de pizarra de mis melancolías. Poco después me atrapan unas cadenas de soledad, extraños gozos, unas nubes de negra radiación, y me imagino, sobre las paredes encaladas, el borboteo de unas facciones lorquianas.

Lorca, Federico García Lorca, te veo tan cerca que te siento hermano. Por estos pagos finiseculares, muy prestos a la remembranza, te homenajean, te jalean, repasan tu vida, la representan, hacen cábalas sobre tu presumible evolución poética, aparecen nuevas traducciones en el extranjero, subastan algunas de tus cartas íntimas a precio de oro, incluso lo que tocaste, como reliquias de compra-venta al mejor postor, restauran el breve manuscrito de tu llanto taurino con una póliza de seguros de cincuenta millones de pesetas caudalosas, protectoras, enriquecedoras, actualizan la interpretación de tus versos, a todos contentas. Lorca, hermano, disgregado en tierra leve y anónima, cumples tus primeros cien años de vida.

Silencio. Valor grandilocuente. Nuestra poesía de final de milenio desfila. Silencio. Porte solemne. Nuestra última poesía marcha sobre una alfombra de cascajos, aureolada de bisutería y ñoñas rencillas cubiertas de palabras fofas y enclenques. Silencio. Salvo grandes excepciones, nuestra poesía de final de milenio se deshace aquejada de estornudos y carraspeos. El niño grande, el hombre grande, el de la sonrisa morena, el maestro granadino que humanizaba todo lo que tocaba, sonrojado de candelas, dijo que al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre. Y el duende, ese pellizco al que Horacio llamaba nervio, parece que hoy se multiplica y ronca estentóreamente dormido, como poseído de la resaca de pasadas glorias; mientras la sangre, ese torrente de floraciones, generalmente sólo riega viejas carnes cansadas.

Presiento la descarga de un silencio suave, las imágenes. En estos momentos, compañero, la luna se ve suspendida con dos manos largas, dorada de ruegos, todavía habitada por tus ojos y su corazón de misterio.

El silencio me cubre con sus notas reposadas. La noche navega hacia frisos estivales, bajo el remanso de las estrellas que parpadean. Cerca de una fuente, una gota de cien años resbala sobre las mejillas de un cuerpo milenario, espíritu de tez morena, maravilla indeleble, sumidero de poetas, llama de prosas.

ABC, artículo 5

Jueves, 24 de Abril de 2008 5 comentarios

ASUNTOS GROTESCOS
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 11 de julio de 1998.

De nuevo los tanteos y escurribandas acerca de la política lingüística catalana, como esos gallos que picotean el suelo en busca de bichitos y granos imprevistos. El hastío y una reconcentrada y provocada mueca estupefacta me llevan a mirar hacia atrás.

Recuerdo la visita de Jordi Pujol, presidente de la Generalitat de Cataluña, a Fernando Álvarez de Miranda, Defensor del Pueblo –con motivo de unos matices, recomendaciones y sugerencias, sobre la ley del catalán–, sus palmaditas y el mutuo estrechamiento de manos. Recuerdo la reciente queja del Defensor, acusado de inquisidor por curiales invidentes del medievo. Críe usted cuervos, bellísima señora, que verá dónde vuelan sus pestañas de negros remolinos. Recuerdo las declaraciones de Joaquim Nadal, portavoz del PSC, al evidenciar que la Generalitat iniciaba borradores sobre decretos lingüísticos sin consultar a los miembros de su partido, unas declaraciones airadas que amenazaban con retirar el apoyo a la ley que su mismo grupo votó, como si la votación de toda una ley, con sus gigantescas repercusiones, fuese airecillo grácil, pronta materia de quita y pon y causa de rabieta infantil. Poco después escuché a su compañero y líder, Narcís Serra, que repetía los mismos acordes, esta vez a causa de una propuesta de cuotas y sanciones en la industria del cine. Indudablemente, la ligereza sobre la lengua abona un terreno grotesco.

Los nacionalismos… Recuerdo la inauguración de la Feria de Abril de Santa Coloma de Gramenet, en la que participó el regidor de Cultura, Joan Maria Pujals, sin que perdiera tiempo en citar el amor de Federico García Lorca hacia Cataluña. Mi felicidad hubiera enjugado seguros hilillos de baba si el regidor hubiese leído las siguientes palabras del poeta centenario: “Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos”.

Una venda en los ojos. El bochorno de la paradoja. La tristeza de comprobar cómo el poder político barre exclusivamente hacia sus obsesiones. Todo cuenta y suma. Jordi Pujol no se cansa de expresar que la Ley de Política Lingüística nunca vulnerará los derechos de los castellanohablantes. Gran falacia. La ley anterior, digamos menos endurecida, ya recortaba la libertad incluso de los catalanohablantes. Sí, así es.

En Cataluña coexisten dos lenguas oficiales, el catalán y el castellano. Y cualquiera de las dos, o tan sólo una de ellas, debiera servir para, por ejemplo, acceder al sector público. Me he encontrado con varios catalanohablantes, con sus carreras conclusas, que no consiguen acceder a su vocacional empleo debido al famoso nivel C de la Junta Permanent (en esta prueba de catalán se exige, como mínimo, un 7,2 para considerarse apto). Sus carreras se convierten en papel mojado. Y si desean disfrutar de oportunidades en el empleo público, han de emigrar a otras comunidades.

Cómo empobrece la venda en los ojos. Incluso la parcialidad de pequeñas excelencias. Sin alejarme del ámbito público, los que aspiran a ser profesores de secundaria, en convocatoria catalana de oposición, deben superar, como es normativo, unos exámenes previos sobre el conocimiento de las dos lenguas oficiales. Mientras los aspirantes de filología catalana quedan exentos de la prueba de catalán, algo elementalmente lógico, los candidatos de filología castellana se ven obligados a desgastarse y mostrar sus conocimientos de castellano. Se conoce que los engranajes de la Generalitat deben de argüir que los licenciados en filología catalana poseen albricias, caminos más despejados o, como diría Juan Alfonso de Baena, gracia infusa del señor Dios.

Revolotea la diglosia de los decretos, la parcialidad, un espectro de cuotas, sanciones, multas, imposiciones, vías monolingüistas, apellidos abocados a la metamorfosis… Los nacionalismos. Es evidente que existen numerosos ciudadanos catalanes, y no catalanes pero residentes en Cataluña, afectados por la política lingüística. Y que a la mayoría de ellos le importa muy poco la buena salud del castellano o que lo hablen 400 millones de personas. El círculo donde desarrollan sus vidas es muy reducido.

Se ensancha la vereda. Una zalagarda de gallos, atarambanados, presentan sus husmas de espolones y cacareos bajo un cielo de fanfarria.

Paseo barcelonés

Sábado, 18 de Diciembre de 2004 Sin comentarios

Agradable paseo por Barcelona. El paseo estrella. El que más me gusta caminar. Consiste en salir por la boca del metro que se llama Diagonal, en Rambla Cataluña, y en llegar caminando al Paseo Marítimo, en la Barceloneta. Hoy he hecho una excepción.

Entradilla inicial. Texto de DIETARIO EN RED 2004-2006

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