
UN TEXTO PLAGADO DE KAS
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 17 de julio de 1998.
A uno le van las letras, incluso en la sopa. Algunas veces me alimento con sopa de letras, aun sabiendo que pasado un tiempo he de evacuarla. La necesidad obliga (“miseria homini”). Letras y más letras. Letras en berrinche, letras en desbandada, letras delicadas, letras afiladas, letras ensopadas, letras papanatas, letras para dar y vender.
Acabo de leer una extensa diatriba sobre unos cuantos novelistas del país. Esto de los berrinches de las letras, de las discusiones literarias, es una trocha placentera cuando su forma y su fondo acaparan un apetitoso bocado de letras, cuando la calabazada alumbra un giro de sorprendente luz. Recordemos “Vuestros coplones, cordobés sonado”, de Quevedo contra Góngora, o “Anacreonte español, no hay quien os tope”, de Góngora contra Quevedo, o la más reciente “Pavana para un doncel tontuelo”, de Cela contra Muñoz Molina, que pudimos saborear en un ABC Literario de hace cuatro años. No hace falta insinuar que las letras literarias son inofensivas, muy al contrario de las de los decretos. A José Hierro, los berrinches de las letras le parecen muy bien siempre que obedezcan a la pasión y no a la vanidad. Las pasiones, qué gran ilusión de fortaleza contenida y grietas, de tripa dura y venas tensas.
Metiéndonos en honduras, he de aclarar que la diatriba que he mencionado al principio la firma José Ángel Mañas, mozo bravo para muchos. Se trata de un largo artículo plagado de kas y con una gran mayoría de bes. Sobre estas dos letras, de forma azarosa, y como diría Julio Camba, muda esto, lo otro y lo de más allá. Pero nada. No advertimos dificultades. Los escritores escriben para ser comprendidos. La fonética es la misma, y la sintaxis, reglamentaria, de lo contrario no habría cultura ni contracultura que fuese capaz de entenderlo. El chasis de estas letras es un claro ejemplo de colorete o escaparate, cosa bastante lícita.
Claro es que yo no le voy a dar palmaditas en el hombro al nene aparentemente asilvestrado, ni tampoco lo contrario, que esas trifulcas no son mías, tan sólo me limito a confesar, con mucho gusto, independientemente de las filias y fobias literarias del aludido, que no es tan fresco el pienso como reluce y que innumerables veces los pregoneros no se creen lo que pregonan. Veamos.
En su declaración de principios se manifiesta, básicamente, en contra de la técnica, de lo literario, del estilo oficialesco (?), y a favor de la contracultura y la anarquía. Todo queda muy chillón. Pero suena a paradoja. El artículo muestra una pulcra y nítida estructura, ni siquiera le falta un cuadro de notas con académicas citas y abreviaturas latinas. Debido a su técnica, así como en sus dos primeras novelas (son las que conozco), consigue un ritmo vertiginoso que es de agradecer. Se ve, se veía, que los tabiques de su cráneo no alojan viento huracanado, sino una elaborada inteligencia, sin anarquías. ¿Anárquico? Será de palabra. O sea, un ridículo anárquico que ha pasado por la piedra de los cánones de la licenciatura en Historia, esclavizado a unos horarios y al acojono de los exámenes. ¿Contracultural? Riámonos juntos, kolega. Los verdaderos contracultura siempre han vivido en el subsuelo, y no pasarán de ahí mientras mantengan un mínimo resuello. A los verdaderos contracultura no los apoyan las grandes empresas empapeladas de billetes, que apuestan sobre seguro con sus inmensos aparatos de publicidad, con sus presentaciones por todo lo grande. Los verdaderos contracultura son literalmente marginales y hambrientos. El plato diario de habichuelas se les convierte en pesadilla. Se puede expresar que nuestro muchacho, apoyado por una maquinaria poderosa de productos de consumo, como ha triunfado muy joven, no ha mordido, de cabeza, la fértil tierra.
A la altura de estas líneas, lo que me daba mucho gusto reseñar ya ha sido comentado. Sólo una última evidencia, aunque sea reiterativa. Una clara muestra de la ladina inteligencia del nene aparentemente asilvestrado se atisba cuando, lejos del gargajo con verdina de nombres que denuesta, aparecen respetados tres gigantes: Cela, Umbral y Baroja, al que adora. Este muchacho, si no la casca antes, tiene tiempo para dar juego y sorprender, con sus presuntas bizarrías, a los impresionables.
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