Una sinagoga y el Tajo
En un instante me planto en la sinagoga de Santa María la Blanca, del siglo XII. De su fachada sólo hay reseñable un madero de ochocientos años, más castaño que negro, que sirve como sostén, ahí plantado, gastado, poderoso, a la burla del paso del tiempo, de cualquier cosa animada. En su interior, el mudéjar castellano. Gruesas columnas con arcos de herradura. Sus capiteles afiligranados, de nido de avispa. Ancho espacio blanco, como enjalbegado por mi madre de joven. Las serpenteantes filigranas. Doy rápido la vuelta. Y salgo. Ni diez minutos dentro. Menos que en Santo Tomé.
Me parece que voy a pillar el camino de las actuales Cortes de Castilla-La Mancha. No las tengo demasiado lejos. Sí, emprendo la marcha. Camino de las Cortes, rebaso la Sinagoga del Tránsito, que no visito, que mandó construir Samuel Leví, el tesorero que ya ha aparecido en estas apresuradas crónicas. Delante de esta sinagoga hay una plaza ajardinada, con una larga baranda en un extremo, una baranda que te salva de caer rondando por una barranquera que termina en el Tajo. Bonitas vistas. Me retrato con la cámara y sale, conmigo, una fresca lata de Cocacola. Miro el vacío. Quien se despeñe por el rocoso desfiladero de delante, y pegue un planchazo en el Tajo, no lo cuenta. No hay dónde agarrarse. Agua y pared vertical. No se distingue tan envenenada el agua en este punto. Qué miedo. Los peñascos y el río forman un vértice de noventa grados. Vaya, qué aparición. Desde aquí se aprecian perfectamente las Cortes, con sus tres banderas ondeando. No voy para allá. ¿Para qué? El edificio donde se eternizó mandando José Bono, el actual presidente del Congreso de los Diputados, no posee aires comentables.
Termina la jornada de escribanías. Ya no se aprietan tanto los minutos en Toledo.




































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