Una declaración de amor

Luego se secó con una toalla algo tiesa que le raspó la piel.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 52).

Violencia de género

Sobre violencia machista

Y se topó con un ojo absolutamente ensangrentado, de rubí intenso, enardecido por los destellos que le procuraban las lágrimas.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 51).

Larga enfermedad

—Mírame los labios —dijo Magdalena—, los tengo cocidos, llagados.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 43).

Atenta entrevista, triste

—¿Y por qué tienes ganas de llorar? ¿Qué te pasó?
—Todo está muy triste y muy feo. ¿Tú no te das cuenta de eso?

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 42).

Desprecios y recuerdos

La vida de Salvador almacenaba muchos desprecios, muchos rostros ácidos. La cara rota de la única mujer con la que estuvo casado se le aparecía la mayoría de las noches de invierno. En cuanto se acostaba, apagaba la luz y cerraba los ojos, solía florecer en sus párpados la cara desparramada de su esposa, aquella tez amoratada sobre un bordillo, toda la cabellera rubia jaspeada de sangre rojísima, sin vida. Entonces encendía la luz, contenía la respiración y entrecortadamente exclamaba: «Otra noche más». Pasadas varias horas, se dormía bajo las resonancias indelebles del bordillo, de la calamitosa furgoneta que se desvió un segundo, de la murmuradora maraña de la Rambla.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 12).

Mucha tristeza

La depresion

Desde que falleció su mujer, hacía siete años, se encontraba absolutamente espantado de la vida. Raro era el día que sus ojos se libraban del ahogo de las lágrimas. Pensaba de sí mismo que era un pobre hombre. Tenía la convicción de que se estaba convirtiendo en una verdadera piltrafa, entumecida por el miedo y la pestilencia de la derrota.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 11).

Noche triste

Las lágrimas, cuando cayó la noche, todavía fluían desde su senda agria.

Fragmento perteneciente al relato titulado
«Entre dos besos», del libro Cuentos agrios (pág. 128).

Un triste objetivo

—Hablando de corazón… Mire, aquel de la bata blanca es uno de los médicos de este hospital. Que le dejo, y muchas gracias por todo. Que le voy a preguntar si me encuentra el corazón.

Fragmento perteneciente al relato titulado
«La molondra de don Peliforte» , del libro Cuentos agrios (pág. 98).

Suenan doce campanadas

Recreación de una vampira

Él se sienta sobre mis piernas, pero gran parte de su cuerpo descansa en sus rodillas, que se clavan en los cojines. Él me deja las manos libres y con las suyas expande hacia atrás mi cabello.

Fragmento perteneciente al relato titulado
«Doce campanadas de cálido carmesí» , del libro Cuentos agrios (pág. 62).

Triste tensión

La muchacha, sola, se mecía casi imperturbable.

Fragmento perteneciente al relato titulado
«Después del sueño» , del libro Cuentos agrios (pág. 26).

Sin sus brazos

Atropello de personas

La hija se aferraba a su pecho, en posición vertical, y agradecía las tiernas palmaditas en la espalda que le ocasionarían un eructo.

Fragmento perteneciente al relato titulado
«Después del sueño» , del libro Cuentos agrios (pág. 25).

Súbito tormento

La muchacha pensaba que su corazón lloraba lágrimas de fuego

Fragmento perteneciente al relato titulado
«Después del sueño» , del libro Cuentos agrios (pág. 24).

Pensando en la lactancia

Las pestañas de férreo luto se condensaban en unas cuantas fracciones que concluían en una afilada punta.

Fragmento perteneciente al relato titulado
«Después del sueño» , del libro Cuentos agrios (pág. 22).

Por la mañana


Ella pensaba que era disminuida. Todas las mañanas, al abrir por primera vez sus ojos de luto, ella pensaba que era disminuida, disminuida psíquica o algo así, pero sólo un poco.

Fragmento perteneciente al relato titulado
«Después del sueño» , del libro Cuentos agrios (pág. 21).

Gravísima equivocación

Dio un respingo, y también un codazo que se quebró en las costillas de la almohada. Pensó que la almohada se burló de su falta de puntería, y en el momento de abandonar la cama, totalmente enloquecido, le cruzó la cara a la novia silenciosa.

Fragmento perteneciente al relato titulado
«Entre dos fuegos» , del libro Cuentos agrios (pág. 11).

Las vueltas de la vida

Diez años después, la joven Valeria fue conducida por primera vez, por las vueltas que da la vida, a la afamada Basílica de la gran ciudad.

Fragmento perteneciente a
UNA NIÑA PERDIDA EN EL MAR.
RELATOS DEL FUEGO SANGUINARIO Y UN CANDOR
.

Amargo encargo

El día que los dos guajiros de malas costumbres asaltaron el chamizo, los niños de aquella humilde estancia aprendieron a estar queditos y sin respirar debajo de la tierra

Fragmento perteneciente a
UNA NIÑA PERDIDA EN EL MAR.
RELATOS DEL FUEGO SANGUINARIO Y UN CANDOR
.

Penoso caminar

El pueblo opaco, a pesar de la mudez de sus desiertas callejuelas, anunciaba a la madre que no le corriera el miedo

Fragmento perteneciente al relato titulado
«Justinita la idolatrada» , del libro Relatos del fuego sanguinario y un candor (pág. 104).

Mortaja

—Yo vi una vez a la niña Eduvigis muertita, en su caja transparente de la Basílica, y era una prenda como tú, rete linda.

Fragmento perteneciente al relato titulado
«Justinita la idolatrada» , del libro Relatos del fuego sanguinario y un candor (pág. 103).

Sola

Toda la casa se apretaba en el llanto,

Fragmento perteneciente al relato titulado
«Justinita la idolatrada» , del libro Relatos del fuego sanguinario y un candor (pág. 102).