Chatroulette, vídeo de una proposición indecente
Tocando la media noche. Tras un día duro de lectura obligada, a contrapelo, de mala gana, exclusivamente para la docencia, con alguna página de calidad por el camino. Sí, tocando la media noche. Sin ganas de visualizar alguna película. Hoy, con mala flema para las salidas nocturnas. De repente caigo en la cuenta de que no he probado la página web de Chatroulette, un original sitio de videoconferencia pública que te conecta al azar con cualquier persona del universo mundo, un sitio de, según algunas anotaciones, mucho pajillero suelto masculino. Qué más da, tan sólo has de cambiar de canal si no te gusta lo que ves.
Así pues, animado por el impulso de cierta curiosidad, y por la secreta vocación de buscar una novia que me cuaje más allá de las fronteras de Cataluña, me conecto y salgo en pantalla. Reparo en que tengo barba de una semana, y en que tengo puestas las gafas de la tele. Sin embargo, me da lo mismo. Porque lo que importa a la hora de buscar novia no es la carcasa física de la persona, siempre brutal, llena de zonas angostas, asimétricas, deleznables, sino los efluvios que desprende el brillo de los ojos, esos efluvios eternamente inexplicables que mueven a las personas a creer ciegamente en ellas.
La conexión. Ya estoy en el aire cibernético. Gente poco atractiva para una conversación. Efectivamente, pajilleros con el tranco en la mano. Unos diez minutos de rastreo. Mi subrepticia Dulcinea sigue sin aparecer. También sin surgir sobre la base abierta del anchísimo mundo virtual. Y sale una joven que se parece a una vieja amiga que se parecía a Madonna. Sigue manifestándose la joven. No se marcha a otra parte al distinguir la mácula fantasmal de un espíritu romántico, barbado, con el picudo brillo de unos ojos totalmente tomados por indelebles y tristes cicatrices amarillas. Y le digo hola, qué tal. Y me responde en inglés, no sé si macarrónico, con un hello, u like pussy?, ¿te gustan las mujeres? Inmediatamente le contesto que sí. Aunque me habría gustado decirle, si no me hubiera arrastrado la vergüenza, el temor a meter la pata, que la mujer es el buque insignia de mi norte, la mayor perfección de la naturaleza hecha carne, el mástil de mi columna, la sensatez hiperbolizada, la escultura de Fidias, la palanca que mantiene en pie al mundo… Enseña tus cojones, veo que dice.
Interrumpo en este punto el hilo de esta crónica, ya que una imagen, según el tópico, vale más que mil palabras. Así es. Tengo colgado el desenlace, en vídeo, de este encuentro. Tengo dicho en YouTube que la chica que me ha incitado a poner mi sagrada herramienta sobre su pantalla, es una muchacha vivaracha, simpática, con unos dientes blanquísimos, perfectos. También tengo dicho, entre otras cosas, que las chicas así de descaradas me caen francamente bien. Lo que no he nombrado en YouTube es la sabrosísima gracia natural de la muchacha, una coquetería implícita en sus gestos totalmente convincentes para la carne blanda, preciosos para cualquier pupila; una coquetería, en definitiva, graciosísima incluso en el único gesto grosero aparecido, el de los dedos en forma de v sobre la boca, inequívoco signo que simboliza un coño, siempre formidable, en los labios. Y qué preciosidad de chiquilla al final, con la ascensión del arco de sus cejas, aquella ascensión que habla de los fracasos con una sonrisa inquebrantablemente optimista.
No. En absoluto. No puedo decir que haya sido negativa mi primera experiencia en Chatroulette.
Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2009-2010















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