El Alcázar de Córdoba

Acabo de salir escopeteado de la Mezquita. A las diez y media en punto, los vigilantes nos han echado a todos. Decían a la gente, barriendo el espacio de sur a norte, que salieran ya. Se me acercó uno.
—Tenemos que cerrar. Haga la foto y salga por aquella puerta.
—Ah, sí, son ya las diez y media.
Parece que me ha jodido un poco el trato del vigilante. El imperativo del verbo imprevisto, quizá insolente. Pero reconozco que he visitado toda la Mezquita en sosiego a la hora de escribir. Sólo me ha faltado la supervisión final, y el haber descansado un poco frente a los huesos de Góngora, el haber conversado un poco con él. Otra vez será.
Camino del Alcázar, una gitana me detiene, me coge del brazo, me ofrece una ramita de romero. Huelo a caca de caballo. Dos carrozas se ofrecen a los transeúntes a unos tres metros. La ramita de romero. La gitana. Recuerdo que dentro de nada se celebra el día de la Palma.
—Chiquilla, que yo no creo en estas cosas.
—Pero si es gratis.
En el momento que con dos dedos, en forma de pinza, toco la ramita, noto cómo la gitana la agarra con fuerza para que no me la lleve. La gitana es más lista que el hambre. La gitana sabe que voy a tirar la ramita en la primera papelera que se me cruce. La gitana sabe que no tiene nada que hacer conmigo, que soy casi gitano, casi paisano también. Nos despedimos con una educación exquisita.
—Que tengas suerte —me dice.
—Que tenga suerte usted también —le digo con una sonrisa salida entre lo profundo y la sorna.
A las cuatro zancadas me planto en el Alcázar de los Reyes Cristianos, del siglo XIII. Jardines, almenas, el Imperio Romano dentro. Aquí se recuerda el episodio de la protección que tuvo una reina canariona por parte de Isabel de Castilla. Sé que el asunto da para un relato de los míos. A lo mejor lo escribo cuando me jubile. La docencia apenas deja tiempo para la ficción.
El Alcázar por la parte de arriba. Pasillos estrechos, almenas estrujadas por el potente trajinar de los siglos, mucha gente, vulgaridad. La parte de abajo alberga mosaicos romanos. Eros y Psique se encuentran abrazados, flotando en el aire. A Eros se la ve de espaldas, con su redondo culo entregado a las espirales del viento. A Psique, de cara, alado como un ángel, se le ve la pichilla. Hay mosaicos de guirnaldas y figuras geométricas. Ponen la vista bizca. Me tropiezo con Océano. Y también con Polifemo y una Galatea de pechos enhiestos.
Bajando hacia los baños árabes, la gente se asoma por una ventana. Yo hago lo mismo por inercia. Aparece el trazado de unos riscos sin forma, sembrados de oquedades, tal vez ruinosos aposentos, o baños perdidos para siempre, desencajados. Luego se muestran los baños arreglados, funcionales. Parecen una construcción actual, normal.
Salgo. Sospecho que la visita me ha sabido a poco.









































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