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EL PASEO DE LOS CARACOLES, una cita de cada página, en ABIERTO

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El Alcázar de Córdoba

Domingo, 5 de Abril de 2009 Sin comentarios

Relieve sobre la reina Isabel de Castilla y la reina de Canaria (sin s)

Acabo de salir escopeteado de la Mezquita. A las diez y media en punto, los vigilantes nos han echado a todos. Decían a la gente, barriendo el espacio de sur a norte, que salieran ya. Se me acercó uno.

—Tenemos que cerrar. Haga la foto y salga por aquella puerta.
—Ah, sí, son ya las diez y media.

Parece que me ha jodido un poco el trato del vigilante. El imperativo del verbo imprevisto, quizá insolente. Pero reconozco que he visitado toda la Mezquita en sosiego a la hora de escribir. Sólo me ha faltado la supervisión final, y el haber descansado un poco frente a los huesos de Góngora, el haber conversado un poco con él. Otra vez será.

Camino del Alcázar, una gitana me detiene, me coge del brazo, me ofrece una ramita de romero. Huelo a caca de caballo. Dos carrozas se ofrecen a los transeúntes a unos tres metros. La ramita de romero. La gitana. Recuerdo que dentro de nada se celebra el día de la Palma.

—Chiquilla, que yo no creo en estas cosas.
—Pero si es gratis.

En el momento que con dos dedos, en forma de pinza, toco la ramita, noto cómo la gitana la agarra con fuerza para que no me la lleve. La gitana es más lista que el hambre. La gitana sabe que voy a tirar la ramita en la primera papelera que se me cruce. La gitana sabe que no tiene nada que hacer conmigo, que soy casi gitano, casi paisano también. Nos despedimos con una educación exquisita.

—Que tengas suerte —me dice.
—Que tenga suerte usted también —le digo con una sonrisa salida entre lo profundo y la sorna.

A las cuatro zancadas me planto en el Alcázar de los Reyes Cristianos, del siglo XIII. Jardines, almenas, el Imperio Romano dentro. Aquí se recuerda el episodio de la protección que tuvo una reina canariona por parte de Isabel de Castilla. Sé que el asunto da para un relato de los míos. A lo mejor lo escribo cuando me jubile. La docencia apenas deja tiempo para la ficción.

El Alcázar por la parte de arriba. Pasillos estrechos, almenas estrujadas por el potente trajinar de los siglos, mucha gente, vulgaridad. La parte de abajo alberga mosaicos romanos. Eros y Psique se encuentran abrazados, flotando en el aire. A Eros se la ve de espaldas, con su redondo culo entregado a las espirales del viento. A Psique, de cara, alado como un ángel, se le ve la pichilla. Hay mosaicos de guirnaldas y figuras geométricas. Ponen la vista bizca. Me tropiezo con Océano. Y también con Polifemo y una Galatea de pechos enhiestos.

Bajando hacia los baños árabes, la gente se asoma por una ventana. Yo hago lo mismo por inercia. Aparece el trazado de unos riscos sin forma, sembrados de oquedades, tal vez ruinosos aposentos, o baños perdidos para siempre, desencajados. Luego se muestran los baños arreglados, funcionales. Parecen una construcción actual, normal.

Salgo. Sospecho que la visita me ha sabido a poco.

Salida y llegada

Sábado, 4 de Abril de 2009 Sin comentarios

Mi libreta de Córdoba

En el tren, un tren que se llama Arco. Desde Barcelona a Córdoba. Salida puntual, a las ocho de la mañana. Mi espacio posee la única mesa del vagón. Me rodea una familia completa, incluidos los abuelos. Tengo enfrente, de cara, a un viejo muy viejo, gordo, gordísimo, que no deja de toser, de carraspear. Recuerdo mi gripe reciente. Y pienso que el posible virus que me dispara el viejo ha de resultar en mi organismo absolutamente inocuo, ya que estoy tirando de antibióticos desde el lunes por la tarde. El viejo tiene un bastón, con empuñadura de paraguas, que le descansa en un costado. El viejo dice que pasó mucha hambre en Játiva, cuando soldado, en el año 47. El viejo tose. El viejo padece constantes accesos de tos. Una señora de atrás le regala un par de caramelos de eucalipto, para que se le suavice la sierra de su garganta. Es inútil. El viejo tose, sigue tosiendo una y otra vez. Como está tan gordo, su vientre se empina y cae a plomo, se empina y cae a plomo una y otra vez, con la energía de los puñeteros tosidos. Llega la hora de comer. Y el viejo corta un taco de jamón serrano. Huele que alimenta. El viejo, que no tose mientras saja el jamón, se ríe serenamente de las ocurrencias de su yerno. El olor del jamón fresco alimenta todo el vagón, solivianta el apetito del vagón. Florece una llama de alegría. El jamón abriéndose, en flor, es la alegría de la pequeña comunidad formada en el vagón. Pasa el tiempo. Y con el tiempo se consume el jamón. Y el viejo viejísimo, gordo gordísimo, escarba en sus dientes con un palillo de dientes. Limpia sus encías de restos de jamón, y se traga el jamón recuperado en un porcentaje perfecto. Pasa el tiempo. Y con el tiempo todos vemos que el viejo viejísimo no se desprende del palillo de dientes, que mantiene pegado a sus labios, como golosina perenne. Pasa el tiempo. Sobre el paso del tiempo, algunos viajeros son más conscientes que otros. El viejo sigue tosiendo. El viejo sigue con el palillo de dientes entre sus labios. Nunca escupe el palillo. Pasa el tiempo. Y creo que la imagen que puede pervivir más tiempo en mi memoria, sobre este viejo viejísimo, gordo gordísimo, es la del viejo enjugándose sus ojos rojos, llenos de lágrimas, en un pañuelo de papel.

*   *   *

Llego a mi alojamiento muy tarde, el hostal Cruz del Rastro, que está muy cerca de la Mezquita, enfrente del río, un establecimiento antiguo, amplio, bien insonorizado, de 36 euros la jornada, en pleno centro del meollo de la ciudad. El tren sólo se ha retrasado un cuarto de hora. Son casi las ocho de la tarde. Acabo de llegar, a pie, desde la estación de Córdoba hasta el río Guadalquivir. Mucho calor. Aquí la gente está en mangas de camisa. Mucha ropa tengo yo. He tenido que echar abajo una pudorosa gota de sudor que me rodaba por la sien.

Dejo los bártulos en la fonda, y me doy el primer garbeo. El día se apaga. Cruzo el Guadalquivir. La luz se empequeñece. El sol pretende esconderse en el horizonte, tan sin fuerzas, que se le puede mirar fijamente a los ojos. Mañana, con luz, diré lo que me parece el río. Hoy ya llevo bastante corrido a mis espaldas. Sólo una cosa más: delante del puente romano descubro un monumento a Góngora. Acabo de aterrizar en Córdoba y, tras mis primeros pasos, descubro el nombre del colosal narigudo. Dice el monumento: “Tributo a Góngora. 1627-1927”. Aparece en mármol un soneto, el soneto del maestro A Córdoba (“¡Oh excelso muro!”, etcétera). Vaya con Góngora, el poeta de “las bellaquerías detrás de la puerta”.

Mi llegada a Córdoba

ABC, artículo 6

Miércoles, 9 de Abril de 2008 Sin comentarios

UN TEXTO PLAGADO DE KAS
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 17 de julio de 1998.

A uno le van las letras, incluso en la sopa. Algunas veces me alimento con sopa de letras, aun sabiendo que pasado un tiempo he de evacuarla. La necesidad obliga (“miseria homini”). Letras y más letras. Letras en berrinche, letras en desbandada, letras delicadas, letras afiladas, letras ensopadas, letras papanatas, letras para dar y vender.

Acabo de leer una extensa diatriba sobre unos cuantos novelistas del país. Esto de los berrinches de las letras, de las discusiones literarias, es una trocha placentera cuando su forma y su fondo acaparan un apetitoso bocado de letras, cuando la calabazada alumbra un giro de sorprendente luz. Recordemos “Vuestros coplones, cordobés sonado”, de Quevedo contra Góngora, o “Anacreonte español, no hay quien os tope”, de Góngora contra Quevedo, o la más reciente “Pavana para un doncel tontuelo”, de Cela contra Muñoz Molina, que pudimos saborear en un ABC Literario de hace cuatro años. No hace falta insinuar que las letras literarias son inofensivas, muy al contrario de las de los decretos. A José Hierro, los berrinches de las letras le parecen muy bien siempre que obedezcan a la pasión y no a la vanidad. Las pasiones, qué gran ilusión de fortaleza contenida y grietas, de tripa dura y venas tensas.

Metiéndonos en honduras, he de aclarar que la diatriba que he mencionado al principio la firma José Ángel Mañas, mozo bravo para muchos. Se trata de un largo artículo plagado de kas y con una gran mayoría de bes. Sobre estas dos letras, de forma azarosa, y como diría Julio Camba, muda esto, lo otro y lo de más allá. Pero nada. No advertimos dificultades. Los escritores escriben para ser comprendidos. La fonética es la misma, y la sintaxis, reglamentaria, de lo contrario no habría cultura ni contracultura que fuese capaz de entenderlo. El chasis de estas letras es un claro ejemplo de colorete o escaparate, cosa bastante lícita.

Claro es que yo no le voy a dar palmaditas en el hombro al nene aparentemente asilvestrado, ni tampoco lo contrario, que esas trifulcas no son mías, tan sólo me limito a confesar, con mucho gusto, independientemente de las filias y fobias literarias del aludido, que no es tan fresco el pienso como reluce y que innumerables veces los pregoneros no se creen lo que pregonan. Veamos.

En su declaración de principios se manifiesta, básicamente, en contra de la técnica, de lo literario, del estilo oficialesco (?), y a favor de la contracultura y la anarquía. Todo queda muy chillón. Pero suena a paradoja. El artículo muestra una pulcra y nítida estructura, ni siquiera le falta un cuadro de notas con académicas citas y abreviaturas latinas. Debido a su técnica, así como en sus dos primeras novelas (son las que conozco), consigue un ritmo vertiginoso que es de agradecer. Se ve, se veía, que los tabiques de su cráneo no alojan viento huracanado, sino una elaborada inteligencia, sin anarquías. ¿Anárquico? Será de palabra. O sea, un ridículo anárquico que ha pasado por la piedra de los cánones de la licenciatura en Historia, esclavizado a unos horarios y al acojono de los exámenes. ¿Contracultural? Riámonos juntos, kolega. Los verdaderos contracultura siempre han vivido en el subsuelo, y no pasarán de ahí mientras mantengan un mínimo resuello. A los verdaderos contracultura no los apoyan las grandes empresas empapeladas de billetes, que apuestan sobre seguro con sus inmensos aparatos de publicidad, con sus presentaciones por todo lo grande. Los verdaderos contracultura son literalmente marginales y hambrientos. El plato diario de habichuelas se les convierte en pesadilla. Se puede expresar que nuestro muchacho, apoyado por una maquinaria poderosa de productos de consumo, como ha triunfado muy joven, no ha mordido, de cabeza, la fértil tierra.

A la altura de estas líneas, lo que me daba mucho gusto reseñar ya ha sido comentado. Sólo una última evidencia, aunque sea reiterativa. Una clara muestra de la ladina inteligencia del nene aparentemente asilvestrado se atisba cuando, lejos del gargajo con verdina de nombres que denuesta, aparecen respetados tres gigantes: Cela, Umbral y Baroja, al que adora. Este muchacho, si no la casca antes, tiene tiempo para dar juego y sorprender, con sus presuntas bizarrías, a los impresionables.

Más sobre el 3º de ESO

Sábado, 26 de Enero de 2008 Sin comentarios

…lucientes burros en la práctica.

Todavía vibra en mi mente el pollo que me montó ayer parte del grupito de 3º de ESO, el de literatura. Fue el no va más. Sin embargo, el punto culminante del suplicio lo tuve en la clase anterior, la del martes, aquella de la primera hora, cuando en teoría suelen venir los alumnos dormidos.

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2007-2008.

La clase de 3º de ESO

Martes, 22 de Enero de 2008 Sin comentarios

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Madrugón. Desde las cinco y veinte fuera de la cama. Un desayuno ligero y el agradable tacto de la estufa en mis piernas. El instituto. Hoy, como todos los martes, voy y vengo, voy y vengo, a lo largo de la mañana, como un zarandillo.

Fragmento perteneciente a DIETARIO EN RED 2007-2008.

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