Unos ojos al cielo

El primer sueño de Fernandín de Rodríguez aterriza feliz.
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 42).


El primer sueño de Fernandín de Rodríguez aterriza feliz.
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 42).
Es un hecho confirmado: hay agua en la Luna, y en cantidades apreciables. Se trata de un agua helada que no ha recibido la luz del Sol en miles de millones de años. Así que tenemos un agua oscura, no aclarada ni limpiada por ningún amasijo de luz. Nos encontramos con un agua escuchimizada, presumiblemente enfermiza y en estado de bravos bloques de hielo. Se dice que este hielo podría usarse para obtener agua potable. Qué bien suena. Sobre todo porque desde pequeños nos enseñan que agua también significa vida. Un importantísimo asunto que no debería olvidarse.
A ver quién es el primero que bebe de la vida del agua lunar, esa agua estancada que no ha visto la luz del Sol en miles de millones de años. A ver quién es el primer valiente que confía en el sello de Agua Potable Lunar desde el punto de vista del Agua Potable Terrestre, esa agua familiar surgida en nuestra familiar naturaleza, analizada con nuestros familiares telescopios, siempre capaces de hallar puntitos movibles que parecen patitas alteradas, también conocidos como microorganismos.
La gente tan descreída como yo, tan imaginativa como yo —un asunto, el de la imaginación, incontrolable para bien y para mal—, no se apresurará a la ingesta del agua mineral de la Luna. No se encontrará entre este tipo de gente al primer arrojado. Ni al segundo. Ni al decimoquinto. Ni siquiera se encontrará tras la misteriosa cuarentena del primero. Porque el agua lunar sólo parece agua terrestre. Porque se desconoce el origen estancado del agua lunar (extraterrestre, terrestre, divino). Porque no está demostrada la efectividad de los telescopios frente a los listísimos, camuflados y endiablados microorganismos de satélites y planetas sin cielo azul. Así que el primer mártir que se beba un vaso de agua mineral de la Luna no se expondrá a sufrir una mutación que le transforme su cara en cara de lagarto, que le ponga unas piernas susceptibles de saltarse un bloque de pisos, que le ponga alas de abejorro inagotables, que le haga echar espumarajos de violencia increíble, como en las películas de ciencia ficción, sino que se expondrá a que primero se vea en el espejo con unas ojeras demasiado negras, para dar paso a unos pasos postreros de inanición por cagarrinas intratables, poco antes de desembocar, hecho una estantigua de lo que fue, en la purificadora cremación.
Texto perteneciente al libro titulado ARTÍCULOS DOMINICALES
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