La lluvia de Barcelona

—¿Y quién eres tú para que la lluvia te haga caso? —preguntó Magdalena con un inconfundible tono de incredulidad, matizado por un hilo de incipiente divertimento.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 105).

Como ositos de peluche

Ositos de peluche

Las risas y los juegos giraron por toda la vivienda como ositos de peluche ensalzados, apretados.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 104).

Un acceso de pánico

Pánico

Su respiración despedía vaharadas de pánico. Se fijó en la puerta del recibidor.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 78).

Magdalena, desnuda

Como no midió bien sus fuerzas, las sábanas y las mantas se escaparon, disparadas, hacia un lugar indeterminado.

—¡Ts!, quiero verte desnuda.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 77).

Con una coleta

Una coleta

Se recogió el pelo en una coleta. Se arremangó y dijo:
—Fuera pijama. Del todo. En pelotica.

Fragmento perteneciente a la novela titulada El solitario (pág. 73).

Tremendo silencio

Un tren a lo lejos

La novia, en la cama, inmóvil, miraba el techo blanco.

Fragmento perteneciente al relato titulado
«Entre dos fuegos» , del libro Cuentos agrios (pág. 12).

Gravísima equivocación

Dio un respingo, y también un codazo que se quebró en las costillas de la almohada. Pensó que la almohada se burló de su falta de puntería, y en el momento de abandonar la cama, totalmente enloquecido, le cruzó la cara a la novia silenciosa.

Fragmento perteneciente al relato titulado
«Entre dos fuegos» , del libro Cuentos agrios (pág. 11).