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Llega el limbo…(15)

Miércoles, 21 de Enero de 2009 Sin comentarios

Lucía Etxebarría

Camilo José Cela

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Lucía Etxebarría. Cuando yo tenía diez u once años, vi que aparecía mucho esta chica por la tele, en esos programas de tertulias de pelea de TV5. Lucía Etxebarría chillaba como una verdulera. Tenía un grito de pito que proporcionaba claustrofobia. Mi madre decía «menuda farsante». Por supuesto que sí. Esta chica iba de defensora de la mujer, y sigue yendo. Falso. No es original. Lo que ella expresa en su obra lo he leído yo en un montón del artículos de la prensa eskrita. Un asunto ético muy trasnochado por repetido. ¡Bah! Esta chica eskribe como ella es, una estridente voz de pito. Me leí su primera novela. Nunka más me hará perder dinero esta falsa autora, un claro producto comercial. Nunka.

Autores en el limbo

Los autores en el limbo son los que están a un paso de convertirse en vacas sagradas. Por ahora hay sólo tres. Con el tiempo Dios dirá. ¿Dios?

Camilo José Cela. ¿Qué podría decir de Cela? Sólo he leído cinco libros suyos y me tiene deslumbrada. A este autor lo he visto algo en la tele. En el terreno personal le doy la razón a su hijo. Una vez afirmó en la tele que los viejos de la edad de su padre tienden a convertirse en gilipollas. Y esto lo dijo poco después de morirse el patriarca (el padre, premio Nobel, tiene desheredado al hijo, sin premio). Lo cierto es que el tiempo le da la razón al hijo.

Cela estaba muy enamorado de Marina Castaño, su viuda, una cuestión tenida por recíproca oficialmente. Daban a entender que se querían. Toda la peña creía en el amor del premio Nobel de Literatura, en la reciprocidad amorosa de la dichosa pareja con tantísima diferencia de edad. Pues bien, el tiempo demuestra que Cela hizo el gilipollas, como muy bien sabía su propio hijo. Según me han contado, el año pasado, en el verano de 2002, cinco o seis meses después de la muerte de su amadísimo Cela, a Marina se la vio a solas, sin duelo amoroso, con un hombre inglés en su yate ibicenco. Yo no sabía si creérmelo, ya que un premio Nobel no puede meter tanto la pata, equivocarse tanto con su mujer y hacer el gilipollas.

Texto perteneciente a la novela titulada CALIENTE (pág. 23-24).

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