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EL PASEO DE LOS CARACOLES, una cita de cada página, en ABIERTO

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ABC, artículo 2

Jueves, 22 de Mayo de 2008 2 comentarios

SENSACIONES
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 24 de mayo de 1998.

Como las sensaciones son unas impresiones, más bien frías, que se le suben a uno por la calle arriba del espinazo hasta llegar, con su estela de variadas memorias, a los mismos pies de la conciencia, tendrá que transcurrir una treintena de días, con sus savias en tromba, para que se me aplaque el fulgor sensitivo que produjo la visión de todo un Presidente a escasos metros de mí.

Fue en la plaza San Jaime. Inesperadamente, una comitiva traspasó la nube de musarañas que contemplaba en esos momentos. Y de un centro radiante apareció la sonrisa rugosa del Honorable Jordi Pujol. Tuve la sensación de que una cubitera se agitaba en mi estómago, de que escuchaba la voz niña e inocente del hermanito mulato de nuestro entrañable Lazarillo de Tormes, cuando exclamaba, al ver a su padre, la única persona negra que conocía, “¡Madre, coco!”. Sí, el pavor y el susto fueron mis primeras impresiones. A mi memoria arribaron, como en emboscada, la pupa y el acarreo de espinosos nudos amargos. Una buena parte de la política de aquel señor, que expandía una sonrisa forzada, me había hecho masticar el sabor de la exclusión y el aislamiento. Y la palabra exclusión, aquí, suena a marginación.

Con la cercana presencia del Honorable, tuve la sensación de que un inmenso marbete en mi solapa mostraba la proclama que me negó la docencia, allá, en unas listas del Departamento de Enseñanza: “Exclòs: manca català”. (Excluido: falta catalán). Recuerdo las sensaciones de calentura y ahogo tras leer aquellas palabras, tres palabras que se sucedían en una larga retahíla de candidatos indefensos, impotentes, apartados o despreciados. Tuve la sensación de que me habían cortado las alas, de que mis largos años de estudio se habían convertido en aire disipado y trivial. Nunca antes un participio, “excluido”, me había parecido tan agresivo. Comprendí de primera mano qué significa una política excluyente.

Se trata de lo que se denomina ahora política lingüística, esa especie de ceguera que se ha ido cociendo a fuego lento mostrando, sin tapujos, los prejuicios lingüísticos de las mentes más fanáticas o tercas. Hace ya unos años surgieron unos cartelitos de propaganda oficial expresando la leyenda que, traducida al castellano, es la que sigue: “En el mundo del trabajo el catalán cada día está más presente. Por Servicio. Por Prestigio. El catalán, herramienta de trabajo”. Y me pareció mentira que la Generalitat pudiera firmar tan grotesco dislate e ignorar algo tan elemental como que las lenguas sirven para la comunicación y que, por lo tanto, no existe ninguna mejor que otra, puesto que todas cubren sus necesidades.

La fina pluma de Juan Marsé, en su novela pijoapartesca, refiriéndose a unos determinados universitarios de finales de los 50, declara: “Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, ninguno como inteligente, todos como lo que eran: señoritos de mierda”. Sin llegar a caer en la estropajosa trampa de las estridencias, me da la sensación de que este último entrecomillado podrá ser extrapolable a todos los mandatarios, con su cohorte de paladines, que excluyen y marginan. Pero no me corresponde a mí la descalificación, materia tan deleznable será asunto de la Historia, con mayúscula, esa damita llana, paciente, imperturbable, que tantos ciclones apergamina, quien, más bien tarde, dictamine con su implacable perspectiva.

Allí, en la plaza San Jaime, entre mi perplejidad y la sonrisa del Presidente, inevitablemente vampírica, capté tremendas sensaciones de grima. Y mis pensamientos se avinagraron en una cabeza temblona, aislada, ruborizada.

ABC, artículo 5

Jueves, 24 de Abril de 2008 5 comentarios

ASUNTOS GROTESCOS
Por Antonio Gálvez Alcaide.
Publicado en el diario ABC, el día 11 de julio de 1998.

De nuevo los tanteos y escurribandas acerca de la política lingüística catalana, como esos gallos que picotean el suelo en busca de bichitos y granos imprevistos. El hastío y una reconcentrada y provocada mueca estupefacta me llevan a mirar hacia atrás.

Recuerdo la visita de Jordi Pujol, presidente de la Generalitat de Cataluña, a Fernando Álvarez de Miranda, Defensor del Pueblo –con motivo de unos matices, recomendaciones y sugerencias, sobre la ley del catalán–, sus palmaditas y el mutuo estrechamiento de manos. Recuerdo la reciente queja del Defensor, acusado de inquisidor por curiales invidentes del medievo. Críe usted cuervos, bellísima señora, que verá dónde vuelan sus pestañas de negros remolinos. Recuerdo las declaraciones de Joaquim Nadal, portavoz del PSC, al evidenciar que la Generalitat iniciaba borradores sobre decretos lingüísticos sin consultar a los miembros de su partido, unas declaraciones airadas que amenazaban con retirar el apoyo a la ley que su mismo grupo votó, como si la votación de toda una ley, con sus gigantescas repercusiones, fuese airecillo grácil, pronta materia de quita y pon y causa de rabieta infantil. Poco después escuché a su compañero y líder, Narcís Serra, que repetía los mismos acordes, esta vez a causa de una propuesta de cuotas y sanciones en la industria del cine. Indudablemente, la ligereza sobre la lengua abona un terreno grotesco.

Los nacionalismos… Recuerdo la inauguración de la Feria de Abril de Santa Coloma de Gramenet, en la que participó el regidor de Cultura, Joan Maria Pujals, sin que perdiera tiempo en citar el amor de Federico García Lorca hacia Cataluña. Mi felicidad hubiera enjugado seguros hilillos de baba si el regidor hubiese leído las siguientes palabras del poeta centenario: “Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos”.

Una venda en los ojos. El bochorno de la paradoja. La tristeza de comprobar cómo el poder político barre exclusivamente hacia sus obsesiones. Todo cuenta y suma. Jordi Pujol no se cansa de expresar que la Ley de Política Lingüística nunca vulnerará los derechos de los castellanohablantes. Gran falacia. La ley anterior, digamos menos endurecida, ya recortaba la libertad incluso de los catalanohablantes. Sí, así es.

En Cataluña coexisten dos lenguas oficiales, el catalán y el castellano. Y cualquiera de las dos, o tan sólo una de ellas, debiera servir para, por ejemplo, acceder al sector público. Me he encontrado con varios catalanohablantes, con sus carreras conclusas, que no consiguen acceder a su vocacional empleo debido al famoso nivel C de la Junta Permanent (en esta prueba de catalán se exige, como mínimo, un 7,2 para considerarse apto). Sus carreras se convierten en papel mojado. Y si desean disfrutar de oportunidades en el empleo público, han de emigrar a otras comunidades.

Cómo empobrece la venda en los ojos. Incluso la parcialidad de pequeñas excelencias. Sin alejarme del ámbito público, los que aspiran a ser profesores de secundaria, en convocatoria catalana de oposición, deben superar, como es normativo, unos exámenes previos sobre el conocimiento de las dos lenguas oficiales. Mientras los aspirantes de filología catalana quedan exentos de la prueba de catalán, algo elementalmente lógico, los candidatos de filología castellana se ven obligados a desgastarse y mostrar sus conocimientos de castellano. Se conoce que los engranajes de la Generalitat deben de argüir que los licenciados en filología catalana poseen albricias, caminos más despejados o, como diría Juan Alfonso de Baena, gracia infusa del señor Dios.

Revolotea la diglosia de los decretos, la parcialidad, un espectro de cuotas, sanciones, multas, imposiciones, vías monolingüistas, apellidos abocados a la metamorfosis… Los nacionalismos. Es evidente que existen numerosos ciudadanos catalanes, y no catalanes pero residentes en Cataluña, afectados por la política lingüística. Y que a la mayoría de ellos le importa muy poco la buena salud del castellano o que lo hablen 400 millones de personas. El círculo donde desarrollan sus vidas es muy reducido.

Se ensancha la vereda. Una zalagarda de gallos, atarambanados, presentan sus husmas de espolones y cacareos bajo un cielo de fanfarria.

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