Las tetas y Cabuxa Tola

Las tetas y las culebras

Culebras en las tetas: haberlas haylas.

A Cabuxa Tola le mamó las tetas el muerto que mató a Afouto, a mi difunto y puede que a doce más, pero el hijo de puta está ahora muerto y ni siquiera enterrado, don Camilo, que una mujer, algún día le diré quién, usted cállese que la que habla soy yo, y Dios quiera que no hable más de la cuenta, robó sus restos del camposanto e hizo con ellos lo que jamás podrá saberse como no quiera decirlo. Tiene mi edad, uno o dos años más que yo, y fuimos siempre muy buenas amigas. A todas las mujeres nos mamó alguien las tetas alguna vez, para eso estamos, que el gusto no nos lo quita nadie, lo que importa es no guardar el asco: un mozo en el pajar y otro en la cuadra, el cura en la sacristía, un feriante en la lareira, el molinero en el molino, un forastero en el monte, el marido cuando le da la gana…, lo que importa es no guardar el asco. De estas dos tetas, cuando estaba criando a mi hija Benicia y eran dos tetas de verdad y como Dios manda, grandes y duras y llenas de leche, también mamó la culebra, pero mi difunto le partió la cabeza con un sacho y la mató, aquí no hay más que difuntos y el viento famento soplando la Marcha Real en los carballos.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, Mazurca para dos muertos (pág. 20).

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Martín

Martín (José Sacristán), en La Colmena.

Martín se lleva la mano a la frente. Está sudando como un becerro, como un gladiador en el circo, como un cerdo en la matanza.
-¡Ay!
Dos pasos más.
Martín empieza a pensar muy deprisa.
-¿De qué tengo yo miedo? ¡Je,je! ¿De qué tengo yo miedo? ¿De qué, de qué? Tenía un diente de oro. ¡Je,je! ¿De qué, de qué? A mí me haría bien un diente de oro. ¡Qué lúcido! ¡Je,je! ¡Yo no me meto en nada! ¡En nada! ¿Qué me pueden hacer a mí si yo no me meto en nada? ¡Je,je! ¡Qué tío! ¡Vaya un diente de oro! ¿Por qué tengo yo miedo? ¡No gana uno para sustos! ¡Je,je! De repente, ¡zas!, ¡un diente de oro! “¡Alto! ¡Los papeles!”. Yo no tengo papeles. ¡Je,je! Tampoco tengo un diente de oro. ¡Je,je! En este país, a los escritores no nos conoce ni Dios. Paco, ¡ay, si Paco tuviera un diente de oro! ¡Je,je! “Sí, colabora, colabora, no seas bobo, ya darás cuenta, ya…”. ¡Qué risa! ¡Je,je! ¡Esto es para volverse uno loco! ¡Este es un mundo de locos! ¡De locos de atar! ¡De locos peligrosos! ¡Je,je! A mi hermana le hacía falta un diente de oro. Si tuviera dinero, mañana le regalaría un diente de oro a mi hermana. ¡Je,je! Ni Isabel la Católica, ni la Vicesecretaría, ni la permanencia espiritual de nadie. ¿Está claro? ¡Lo que yo quiero es comer! ¡Comer! ¿Es que hablo en latín? ¡Je,je! ¿O en chino? Oiga, póngame aquí un diente de oro. Todo el mundo lo entiende. ¡Je,je! Todo el mundo. ¡Comer! ¿Eh? ¡Comer! ¡Y quiero comprarme una cajetilla entera y no fumarme las colillas del bestia! ¿Eh? ¡Este mundo es una mierda! ¡Aquí todo Dios anda a lo suyo! ¿Eh? ¡Todos! ¡Los que más gritan se callan en cuanto les dan mil pesetas al mes! O un diente de oro. ¡Je,je! ¡Y los que andamos por ahí tirados y malcomidos, a dar la cara y a pringar la marrana! ¡Muy bien! ¡Pero que muy bien! Lo que dan ganas es de mandar todo al cuerno, ¡qué coño!
Martín escupe con fuerza y se para, el cuerpo apoyado entre la gris pared de una casa. Nada ve claro y hay momentos en los que no sabe si está vivo o muerto.
Martín está rendido.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 207).

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Chicas

Chicas prostitutas
Hay algunas chicas muy simpáticas, las de tres duros; no son muy guapas, esa es la verdad, pero son muy buenas y amables, y tienen un hijo en los agustinos o en los jesuitas, un hijo por el que hacen un esfuerzo sin límite para que no salga un hijo de puta, un hijo al que van a ver, de vez en cuando, algún domingo por la tarde, con un velito a la cabeza y sin pintar. Las otras, las de postín, son insoportables con sus pretensiones y con su empaque de duquesas; son guapas, bien es cierto, pero también son atravesadas y despóticas, y no tienen ningún hijo en ningún lado. Las putas de lujo abortan, y si no pueden, ahogan a la critatura en cuanto nace, tapándole la cabeza con una almohada y sentándose encima.
Martín va pensando, a veces habla en voz baja.
-No me explico -dice- cómo sigue habiendo criaditas de veinte años ganando doce duros.
Martín se acuerda de Petrita, con sus carnes prietas y su cara lavada, con sus piernas derechas y sus senos levantándole la blusita o el jersey.
-Es un encanto de criatura, haría carrera y hasta podría ahorrar algunos duros. En fin, mientras siga decente, mejor hace. Lo malo será cuando la tumbe cualquier pescadero o cualquier guardia de Seguridad. Entonces será cuando se dé cuenta de que ha estado perdiendo el tiempo. ¡Allá ella!
Martín sale por Lista y al llegar a la esquina del General Pardiñas le dan el alto, le cachean y le piden la documentación.
Martín iba arrastrando los pies, iba haciendo ¡clas! ¡clas! sobre las losas de la acera. Es una cosa que le entretiene mucho…

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 202).

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Martín Marco

Martín Marco y el banco callejero (La Colemena)

Martín Marco se sienta en un banco de madera y enciende una colilla que lleva envuelta, con otras varias, en un sobre que tiene un membrete que dice: “Diputación Provincial de Madrid. Negociado de Cédulas Personales”.
Los bancos callejeros son como una antología de todos los sinsabores y de casi todas las dichas: el viejo que descansa su asma, el cura que lee su breviario, el mendigo que se despioja, el albañil que almuerza mano a mano con su mujer, el tísico que se fatiga, el loco de enormes ojos soñadores, el músico callejero que apoya su cornetín sobre las rodillas, cada uno con su pequeñito o grande afán, van dejando sobre las tablas del banco ese aroma cansado de las carnes que no llegan a entender del todo el misterio de la circulación de la sangre. Y la muchacha que reposa las consecuencias de aquel hondo quejido, y la señora que lee un largo novelón de amor, y la pequeña mecanógrafa que devora su bocadillo de butifarra y pan de tercera, y la cancerosa que aguanta su dolor, y la tonta de la boca entreabierta y dulce babita colgando, y la vendedora de baratijas que apoya la bandeja sobre el regazo, y la niña que lo que más le gusta es ver cómo mean los hombres…
El sobre de las colillas de Martín Marco salió de casa de su hermana. El pobre, bien mirado, es un sobre que ya no sirve para nada más que para llevar colillas, o clavos, o bicarbonato. Hace ya varios meses que quitaron las cédulas personales. Ahora hablan de dar unos carnés de identidad, con fotografía y hasta con huellas dactilares, pero eso lo más probable es que vaya para largo. Las cosas del Estado marchan con lentitud.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 198).

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La señorita Elvira

Gato en pesadilla de la señorita Elvira

La señorita Elvira, de vueltas en la cama, está desasosegada, impaciente, y una pesadilla se le va mientras otra le llega. La alcoba de la señorita Elvira huele a ropa usada y a mujer: las mujeres no huelen a perfume, huelen a pescado rancio. La señorita Elvira tiene jadeante y como entrecortado el respirar, y su sueño violento, desapacible, su sueño de cabeza caliente y panza fría, hace crujir, quejumbroso, el vetusto colchón.
Un gato negro y medio calvo que ronríe enigmáticamente, como si fuera una persona, y que tiene en los ojos un brillo que espanta, se tira, desde una distancia tremenda, sobre la señorita Elvira. La mujer se defiende a patadas, a golpes. El gato cae contra los muebles y rebota, como una pelota de goma, para lanzarse de nuevo encima de la cama. (…). Mira siniestramente, como un verdugo. Se sube a la mesa de noche y fija sus ojos sobre la señorita Elvira con un gesto sanguinario. La señorita Elvira no se atreve ni a respirar. El gato baja a la almohada y le lame la boca y los párpados con suavidad, como un baboso. Tiene la lengua tibia como las ingles y suave, igual que el terciopelo. (…). A la señorita Elvira le tiembla todo el cuerpo con violencia. Respira con fuerza mientras siente la lengua del gato lamiéndole los labios. El gato sigue estirándose cada vez más. La señorita Elvira va quedándose sin respiración, con la boca seca. Sus muslos se entreabren, un instante cautelosos, descarados después…
La señorita Elvira se despierta de súbito y enciende la luz. Tiene el camisón empapado en sudor. Siente frío, se levanta y se echa el abrigo sobre los pies. Los oídos le zumban un poco y los pezones, como en los buenos tiempos, se le muestran rebeldes, casi altivos.
Se duerme con la luz encendida, la señorita Elvira.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 190).

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Madera de perdedor
Melancolía

Adiós, Sonsoles

Adiós
-Adiós, Sonsoles, hasta luego.
La mujer ni levanta la vista de la costura.
-Adiós, Alfonso, dame un beso.
Sonsoles tiene debilidad en la vista, tiene los párpados rojos; parece siempre que acaba de estar llorando. A la pobre, Madrid no le prueba. De recién casada estaba hermosa, gorda, reluciente, daba gusto verla, pero ahora, a pesar de no ser vieja aún, está ya hecha una ruina. A la mujer le salieron mal sus cálculos, creyó que en Madrid se ataban los perros con longanizas, se casó con un madrileño y ahora que ya las cosas no tenían arreglo, se dio cuenta de que se había equivocado. En su pueblo, en Navarredondillas, provincia de Ávila, era una señorita y comía hasta hartarse; en Madrid era una desdichada que se iba a la cama sin cenar la mayor parte de los días.(…) Macario y su novia, muy cogiditos de la mano, están sentados en un banco, en el cuchitril de la señora Fructuosa, tía de Matildita y portera de la calle de Fernando VI.
-Hasta siempre…
Matildita y Macario hablan en un susurro.
-Adiós, pajarito mío, me voy a trabajar.
-Adiós, amor, hasta mañana. Yo estaré todo el tiempo pensando en ti.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 140).

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Un niño

Una patadaAl niño que cantaba flamenco le arreó una coz una golfa borracha. El único comentario fue un comentario puritano.
-¡Caray, con las horas de estar bebida! ¿Qué dejará para luego?
El niño no se cayó al suelo, se fue de narices contra la pared. Desde lejos dijo tres o cuatro verdades a la mujer, se palpó un poco la cara y siguió andando. A la puerta de otra taberna volvió a cantar.
El niño no tiene cara de persona, tiene cara de animal doméstico, de sucia bestia, de pervertida bestia de corral. Son muy pocos sus años para que el dolor haya marcado aún el navajazo del cinismo -o de la resignación- en su cara, y su cara tiene una bella e ingenua expresión estúpida, una expresión de no entender nada de lo que pasa. Todo lo que pasa es un milagro para el gitanito, que nació de milagro, que come de milagro, que vive de milagro y que tiene fuerzas para cantar de puero milagro.
Detrás de los días vienen las noches, detrás de las noches vienen los días. El año tiene cuatro estaciones: primavera, verano, otoño, invierno. Hay verdades que se sienten dentro del cuerpo, como el hambre o las ganas de orinar.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 82).

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La muchachita

Una muchachita

A la muchachita le apuntaban sus cosas debajo del abrigo de algodón. Los zapatos los llevaba un poco deformados ya. Tenía los ojos claritos, verdicastaños y algo achinados. “Vengo de casa de mi hermana la casada”. “Je, je… Su hermana la casada, ¿te acuerdas, Paco?”.
Don Edmundo Páez Pacheco murió de unas viruelas, en Almería, el año del desastre.
La chica, mientras hablaba con Paco, le había sostenido la mirada.
Una mujer pide limosna con un niño en el brazo, envuelto en trapos, y una gitana gorda vende lotería. Algunas parejas de novios se aman en medio del frío, contra viento y marea, muy cogiditos del brazo, calentándose mano sobre mano.
Celestino, rodeado de cascos vacíos, en la trastienda de su bar, habla solo. Celestino habla solo, algunas veces. De mozo su madre le decía:
-¿Qué?
-Nada, estaba hablando solo.
-¡Ay, hijo, por Dios, que te vas a volver loco!

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 77).

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Niños que juegan

Niños y tren

Los niños que juegan al tren han parado de repente. Un señor les está diciendo que hay que tener más educación y más compostura, y ellos, sin saber qué hacer con las manos, lo miran con curiosidad. Uno, el mayor, que se llama Bernabé, está pensando en un vecino suyo, de su edad poco más o menos, que se llama Chus. El otro, el pequeño, que se llama Paquito, está pensando en que al señor le huele mal la boca.
-Le huele como a goma podrida.
A Bernabé le da la risa al pensar aquello tan gracioso que le pasó a Chus con su tía.
-Chus, eres un cochino, que no te cambias el calzoncillo hasta que tiene palomino; ¿no te da vergüenza?
Bernabé contiene la risa; el señor se hubiera puesto furioso.
-No, tía, no me da vergüenza; papá también deja palomino.
¡Era para morirse de risa!
Paquito estuvo cavilando un rato.
-No, a ese señor no le huele la boca a goma podrida. Le huele a lombarda y a pies. Si yo fuese de ese señor me pondría una vela derretida en la nariz. Entonces hablaría como la prima Emilita -gua,gua-, que la tienen que operar de la garganta. Mamá dice que cuando la operen de la garganta se le quitará esa cara de boba que tiene y ya no dormirá con la boca abierta.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 60).

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Pensionistas

Pensionistas
En una mesa del fondo, dos pensionistas, pintadas como monas, hablan de los músicos.
-Es un verdadero artista; para mí es un placer escucharle. Ya me lo decía mi difunto Ramón, que en paz descanse: “Fíjate, Matilde, sólo en la manera que tiene de echarse el violín a la cara”. Hay que ver lo que es la vida: si ese chico tuviera padrinos llegaría muy lejos.
Doña Matilde pone los ojos en blanco. Es gorda, sucia y pretensiosa. Huele mal y tiene una barriga tremenda, toda llena de agua.
-Es un verdadero artista, un artistazo.
-Sí, verdaderamente: yo estoy todo el día pensando en esta hora. Yo también creo que es un verdadero artista. Cuando toca, como él sabe hacerlo, el vals de “La viuda alegre”, me siento otra mujer.
Doña Asunción tiene un condescendiente aire de oveja.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 53).

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Los seres irracionales

Seres irracionales

Don Pablo sonrió como quien, de repente, encuentra que tiene toda la razón.

-Pero eso no lo encuentra usted entre los seres irracionales. Los seres irracionales son más gallardos y no engañan nunca. Un gatito noble como ese, ¡je,je!, que tanto miedo le daba, es una criatura de Dios, que lo que quiere es jugar, nada más que jugar.

A don Pablo le sube a la cara un sonrisa de beatitud. Si se le pudiese abrir el pecho, se le encontraría un corazón negro y pegajoso como la pez.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 47).

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La broma

Deformación, en risa, de la Gioconda (una broma)

Algún hombre ya metido en años cuenta a gritos la broma que le gastó, va ya para el medio siglo, a Madame Pimentón.
-La muy imbécil se creía que me la iba a dar. Sí, sí… ¡Estaba lista! La invité a unos blancos y al salir se rompió la cara contra la puerta. ¡Ja, ja! Echaba sangre como un becerro. Decía “Oh, la, la; oh, la, la”, y se marchó escupiendo las tripas. ¡Pobre desgraciada, andaba siempre bebida! ¡Bien mirado, hasta daba risa!
Algunas caras, desde las próximas mesas, lo miran casi con envidia. Son las caras de las gentes que sonreían en paz, con beatitud, en esos instantes en que, casi sin darse cuenta, llegan a no pensar en nada. La gente es cobista por estupidez y, a veces, sonríen aunque en el fondo de su alma sientan una repugnancia inmensa, una repugnancia que casi no pueden contener. Por coba se puede llegar hasta el asesinato; seguramente que ha habido más de un crimen que se haya hecho por quedar bien, por dar coba a alguien. (…)
Corre por entre las mesas un gato gordo, reluciente; un gato lleno de salud y de bienestar; un gato orondo y presuntuoso. Se mete entre las piernas de una señora, y la señora se sobresalta.
-¡Gato del diablo! ¡Largo de aquí!
El hombre de la historia le sonríe con dulzura.
-Pero señora, ¡pobre gato! ¿Qué mal le hacía a usted?

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 28).

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El corazón del Café

El Café, en un fotograma de la película La Colmena

En estas tardes, el corazón del Café late como el de un enfermo, sin compás, y el aire se hace como más espeso, más gris, aunque de cuando en cuando lo cruce, como un relámpago, un aliento más tibio que no se sabe de dónde viene, un aliento lleno de esperanza que abre, por unos segundos, un agujerito en cada espíritu.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 24).

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Doña Rosa

La actriz María Luisa Ponte, que interpretó estupendamente a doña Rosa, en La Colmena

Doña Rosa tiene la cara llena de manchas, parece que está mudando siempre la piel como un lagarto. Cuando está pensativa, se distrae y se saca virutas de la cara, largas a veces como tiras de serpentinas. Después vuelve a la realidad y se pasea otra vez, para arriba y para abajo, sonriendo a los clientes, a los que odia en el fondo, con sus dientecillos renegridos, llenos de basura.

Fragmento perteneciente a la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 22).

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Los concursos literarios, etc.

Concursos literarios

Lo único que al escritor no le está permitido es sonreír, presentarse a los concursos literarios, pedir dinero a las fundaciones y quedarse entre Pinto y Valdemoro, a mitad de camino. Si el escritor no se siente capaz de dejarse morir de hambre, debe cambiar de oficio. La verdad del escritor no coincide con la verdad de quienes reparten el oro. No quiere decirse que el oro sea menos verdad que la palabra, y sí, tan sólo, que la palabra de la verdad no se escribe con oro, sino con sangre (o con mierda de moribundo, o con leche de mujer, o con lágrimas).
La ley del escritor no tiene más que dos mandamientos: escribir y esperar. El cómplice del escritor es el tiempo. Y el tiempo es el implacable gorgojo que corroe y hunde la sociedad que atenaza al escritor. (…). El escritor es bestia de aguantes insospechados, animal de resistencias sin fin, capaz de dejarse la vida -y la reputación, y los amigos, y la familia, y demás confortables zarandajas- a cambio de un fajo de cuartillas en el que pueda adivinarse su minúscula verdad (que, a veces, coincide con la minúscula y absoluta libertad exigible al hombre). (…). El escritor nada pide porque nada -ni aun voz ni pluma- necesita, y le basta con la memoria. Amordazado y maniatado, el escritor sigue siendo escritor. Y muerto, también: que su voz resuena por el último confín del desierto, y que el recuerdo de sus criaturas ahí queda. Mal que pese a los pobres títeres que quieren arreglar el mundo con el derecho administrativo.

Fragmento perteneciente al prólogo de la novela de Camilo José Cela, La colmena (pág. 18).

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