Las sardinas y las mujeres (con Josep Pla)

Las sardinas como condumio que lleva a la mujer en Josep Pla

Sardinas con mujeres.

Cenamos en la taberna de Mata. La Conxita aparece con una inmensa fuente de sardinas a la brasa: gordas, frescas, vivas. En las escamas tocadas por el fuego, el aceite brilla de una manera mortecina y densa. De las escamas azuladas, la luz del mechero de gas saca puntos rutilantes, como un brillante hormigueo. Comemos una cantidad desorbitada de sardinas. La absorción de sardinas a la brasa produce en mi organismo una intensa segregación sentimental. Las sardinas me hacen chorrear los sentimientos, me debilitan la razón y pueblan mi imaginación de formas llenas de gracia. Este fonómeno es en mí tan objetivo que a veces he pensado si los estados de esponjamiento sentimental y poético de los celtas no podrían provenir de la importancia que en su alimentación tienen las sardinas.

Después de una infinidad de declamaciones humanitarias y cordiales, volvemos de madrugada, una madrugada fina, filtrada, de piel de seda, cielo de color de ajenjo sobre el cual se recortan las cosas con un sintetismo de estampa. El vientecillo de tierra es vivo y nos aclara la cabeza. Ahora sería el momento, quizá, de pasar un rato con una mujer malcasada, accesible, generosa y amable.

(…) Larga conversación con Gallart, Coromina, Frigola. El tema de casi siempre: las mujeres. Los dos primeros vienen a decir, en definitiva, que como las mujeres no hay nada en el mundo. Tanto el uno como el otro son enamoradizos de casta y se derriten ante la ropa interior de las mujeres. Las pasiones del amor van ligadas, quizá, a una cierta petulancia temperamental. (…) Con las mujeres, con la generosidad de las mujeres para el amor, ocurre aproximadamente igual. Hay un tanto por ciento preciso, estadístico, cada año, de generosas; las otras son inasequibles, intocables. Respecto a estas, todas las apariencias engañan.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 100).

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Tramontana fuerte en un entierro

Tramontana fuerte. La oigo silbar desde la cama. Sin moverme de casa, puedo, en realidad, saber siempre qué viento sopla. Solo hace falta escuchar las campanas. Si el tintineo es fresco, preciso y cristalino, hace tramontana; si es opaco, cascado, deshilachado, el viento es de garbí.

Tramontana y Josep Pla

Un entierro de los años 20 (siglo XX).

(…). Por la tarde veo pasar por el Carrer de Cavallers un entierro envuelto en la tramontana. El viento hace tintinear las coronas y parece como si las uñas de un gato arañasen la hojalata. Pone carne de gallina. Las cintas revolotean sobre el coche mortuorio como los brazos de un pulpo, como los velos de Salomé, por decirlo más finamente. En lo alto de su asiento, el cochero ha quedado como aplastado y resumido, como un monigote que hubiese recibido un enorme mazazo sobre la gorra de charol y hubiese quedado comprimido. Dentro de la luz rutilante, afilada, cruda, de la tarde; bajo el cielo despoblado, metálico, inmenso; en el vacío de la calle, el entierro con el cortejo vestido de negro, tiene un aspecto irrisoriamente grotesco. El cura, con el roquete hinchado lleno de viento, parece como si fuese a ponerse a flotar en el aire de un momento a otro. El monaguillo, con la cruz alzada, tiene dificultades para caminar. Los del duelo no pueden dar a su cara ninguna compunción: tienen bastante trabajo en sujetarse el sombrero con las dos manos. Las campanas tocan a muerto y el viento se lleva la gravedad: los toques volean, de aquí para allá, como andrajos. El entierro enfila el Carrer Estret y parece un animal extraño y fabuloso que camina como una fuerza siniestra.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 97).

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Calor del Ampurdán

(sobre el calor del Ampurdán). Josep Pla a la mesa, en su "mas"

Josep Pla a la mesa, en su “mas”

Estos últimos días ha hecho calor, pero en la última madrugada llovió dos o tres horas. Por la tarde, la mezcla del bochorno de la tierra y del frescor del aire, es deliciosa.

Voy al “mas” por la carretera del cementerio. Desde Morena se ve un gran panorama: los Pirineos al fondo, blancos, sobre un cielo inmenso (…); en primer término el pequeño Ampurdán es como una miniatura dibujada, preciosa.

La lluvia ha refrescado el verde de los pinares y de las alfalfas. Todo está brillante, bruñido. El trigo está en el momento del paso del verde a la espuma blanca y rubia de la madurez. (…). Los colores son fuertes y lustrosos y los perfiles muestran una incisión profunda, una rugosidad precisa. El paisaje me hace pensar en las pinturas de los primitivos que a veces veo reproducidas en las revistas ilustradas. ¿Me será posible ver esa pintura algún día?

A las tres de la tarde la temperatura es elevada y la luz es cruda. Cuando entro en la gran sala del “mas”, abro un poco el balcón y el viento hincha, ligeramente, la cortina. Afuera, en las acacias inmediatas, se oyen los gorriones. La presencia de los pájaros parece aumentar el silencio. El silencio siempre sorprende. Es una cosa insólita, que tiene una punta de misterio. Paso un rato, sentado en una silla, perplejo. El viento hincha y deshincha la cortina.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 92).

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Otra vez el poeta Josep Carner

Josep Carner

Josep Carner

Recuerdo que, en el invierno pasado, Joan Climent me decía en Barcelona que la literatura de Carner es exquisita. Yo la encuentro más que exquisita: Carner es un gran poeta. Lo es, diríamos, en el sentido técnico, de ejercicio escolar. En este plano, Carner es un enorme escritor, probablemente uno de los más considerables del mundo. Esto que acabo de escribir se comprende, sobre todo, si se tiene presente que Carner trabaja una lengua que literariamente está por hacer, pobre, envarada, anquilosada, muy limitada de léxico, llena de zonas corrompidas, seca como los huesos, de una anarquía ortográfica mantenida por núcleos intelectuales del país, desarrollándose en una ciudad caótica e inmensa, en medio de la indiferencia de una gran parte de la sociedad, en un núcleo humano que tiene, más que la dureza de un cristal de contraste, un poder de absorción meramente biológico, la aspiración de una enorme esponja. En este sentido, el catalán vive en tragedia permanente.

Tendremos, pues, que agradecer siempre a Carner el esfuerzo que hace, el esfuerzo técnico.

Pero después hay una segunda parte: la literatura de Carner no prende mucho, no tiene profundidad humana; a pesar de que nunca es frívola, tiene poco que ver con la vida y las obsesiones de la gente de la época: a veces hace el efecto de un provenzalismo de vitrina, siempre muy gracioso y elegante, pero de poco peso en las vísceras.

Carner, claro, tendrá discípulos. (Y quizá esto es lo que no convendría). Los que exploten su parte de marquetería y de juego verbal, llegarán rápidamente a la insignificancia. Los que traten de aplicar la retórica carneriana a la propia confusión mental parecerán poetas ingleses o escandinavos traducidos. Carner es un caso de agotamiento de una fuente poética.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 90).

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Eugeni d’Ors

eugeni ors

A las generaciones futuras les parecerá extraño que una de las causas del éxito inicial del Glosari de Eugeni d’Ors en este país fuese el hecho de que Xènius ha sido el primer escritor del renacimiento -palabra demasiado presuntuosa para ser de mi gusto, que utilizo porque no dispongo de ninguna otra-, que manejó con naturalidad o, al menos, con una naturalidad relativa, en diarios de cinco céntimos, alguna que otra idea gratuita; quiero decir desprovista de utilidad práctica inmediata. Fue un deslumbramiento.
(…) Si tuviéramos que hacer la historia de la taberna de Gervasi, tendríamos que presentar la historia de nuestra querida villa natal. Esta historia sería curiosa porque, además de ser muy corta tendría la particularidad de no contener ni hechos gloriosos ni personajes de fama y de renombre. Sospecho que esta falta de tradición brillante entristecería a mucha gente. A mí me encanta haber nacido en un pueblo que no ha producido ningún redentor ni ningún coleccionista de sensaciones raras, ni ningún predicador estentóreo. Esto me da una sensación de ligereza y de libertad.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 84).

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Santiago Rusiñol

Santiago Rusiñol

Hace días intento concretar en pocas líneas la impresión que me ha hecho una reciente lectura de El Poble Gris de Santiago Rusiñol.
El libro podría ser exacto, excelente, perfecto y no lo es. La idea, la realidad, el tema, la impresión dada en cada capítulo, no puede ser más concreta y precisa. Todas las personas que vivimos en un pueblo -aunque este pueblo sea un poco más agradable, menos aragonés (diríamos), menos caricaturesco que el pueblo gris- sabemos que cada capítulo del libro responde a una realidad observada, directa, indiscutible, pero Rusiñol coge estos hechos, los desliga, los manipula, los deforma, los exagera, los aumenta o los empequeñece, proyecta sobre ellos su monótono mecanismo humorístico y convierte una cosa viva, palpitante, en un juguete, en una banalidad, en una irrisoria maquinita. Ante la realidad maravillosa, Rusiñol no tiene ningún tacto, es incapaz de la menor delicadeza. La interpreta mecánicamente, con la frialdad de un engranaje, con la ineluctabilidad de una rueda que produce frases y coloca adjetivos siempre igualmente rusiñolescos. Esto hace que, cuando se tiene una cierta práctica en la lectura de sus libros, se pueda adivinar, a frase leída, lo que dirá el autor en la frase siguiente.
Esta manera de hacer, constatada página tras página, fatiga positivamente, sobre todo en los momentos en que el autor trata de hacer poesía, pues no hay nada más fatal, en poesía, que adivinar, indefectiblemente, después de una frase, la que tiene que venir.
Pienso que a través de Rusiñol, se puede llegar a comprender con claridad que la peor tara que puede tener un escritor es el manierismo.
Rusiñol, que se burla siempre de las máquinas -ahora acaba de publicar una máquina para azucarar fresas dibujada por él- es el autor más maquinal de la literatura catalana moderna.
En todo caso Rusiñol es un caso de dilapidación, de prodigalidad de facultades impresionante, sin precedentes.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 77).

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Montaigne y Josep Pla

Montaigne

No me canso de leer los Ensayos de Montaigne. Así paso horas y horas de la noche en la cama. Me hacen un efecto plácido, sedante; me dan un reposo delicioso. Encuentro a Montaigne de una gracia casi ininterrumpida, lleno de continuas, inagotables sorpresas. Una de estas sorpresas proviene, creo yo, del hecho de que Montaigne tiene una idea muy precisa de la insignificante posición que tiene el hombre sobre la tierra.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 75).

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Tabernas

Caricatura de una borracha
En la explanada había cinco o seis tabernas de mala muerte, ahumadas y grasientas. Se vendía horchata de pícaro y caña sin rebajar. Exteriormente tenían un aire miserable y desgarrado; pero dentro me encontraba bien. Me gustaba, sobre todo, un bergantín minúsculo que colgaba del techo rojizo de una taberna, pintado de blanco y negro, al cual no le faltaba nada. La persona más importante de aquel barrio era la Rosa, una mujer alta, cuadrada, pálida como una muerta, que bebía la caña como si fuese agua. La Rosa ratoneaba por el muelle, fumaba medio caliqueño detrás de los bocoyes y se entretenía con los embarcados. La Rosa llevaba unas medias con rayas rojas; sabía tres o cuatro canciones de su época, pero no podía cantar porque siempre tenía la boca seca. A la Rosa no la había visto nunca nadie borracha, y el notario de Palamós, que llevaba una capa llena de desgarrones, decía que el hígado de aquella mujer debía de ser soluble en alcohol.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 71).

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La escritora Víctor Català

Escritora Víctor Català (seudónimo)
Leyendo a Víctor Català me he preguntado muchas veces si entre los payeses hay la profusión de dramas que la escritora les supone y les ve. Hay un drama enorme en este mundo -el dinero-, pero me parece que no es exclusivo del ruralismo. Es muy general. En la montaña no sé si hay tantos dramas. En el llano, seguramente, no tantos. No conozco la montaña. Víctor Català la conoce más, claro está. Conoce muchas montañas y el Montgrí -un Montgrí quizá demasiado escenográfico, efectista y meterlinkiano.
La gran impresión que causa esta escritora proviene quizá del hecho de que, leyéndola, uno siente que, si se desnudase su obra de escenografía, costumbrismo, naturalismo y sociología artisticorrecreativa, resultaría una creadora de novelas policíacas considerable.
(…)
A veces me paseo por las calles con el exclusivo objeto de mirar la cara de los hombres y de las mujeres que pasan. La cara de los hombres y de las mujeres que han pasado de los treinta años, ¡qué cosa más impresionante! ¡Qué concentración de misterios minúsculos y oscuros, a la medida del hombre; de tristeza virulenta e impotente, de ilusiones cadavéricas arrastradas años y años; de cortesía momentánea y automática; de vanidad secreta y diabólica; de abatimiento y de resignación ante el Gran Animal de la Naturaleza y de la vida!

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 64).

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Las mujeres

Mujeres

Después de darle vueltas, resulta que las mujeres, naturalmente, me interesan, pero no recuerdo haber hecho nunca ningún esfuerzo por tener una de verdad, hasta el punto de que ahora mismo puedo decir con el poeta:
Flamma d’amor nel cor non m’è rimasta.
Quisiera estar en todas partes y no me muevo nunca de casa. Lo querría acaparar todo y en realidad todo me es indiferente. Querría tener dinero y a la primera dificultad me vuelvo atrás. Querría, querría… ¿Querría, qué?
Con este temperamento ¿qué podré hacer en la vida? ¿Haré algo más que charlar, pasar, vagar, deliberar, huir? Me pasa lo mismo que a aquel hojalatero de Palafrugell que un día me decía:
-¿Sabes lo que hago cuando no me tengo de trabajo, cuando me acosan por todos lados? Pues ahora se lo diré: me voy a dormir…
(…)
Casi todos los vecinos de la casa que habitamos en la calle del Sol están reñidos. Están a matar. Se odian y se pelean constantemente. Cuanto más pequeño es un pueblo, más fuertes son los estragos de la proximidad de la gente.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 61).

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Jacinto Verdaguer

Jacinto Verdaguer

Durante la madrugada trato, una vez más, de leer a Verdaguer. No he podido, hasta ahora, terminar ni un solo canto de La Atlántida o del Canigó. Me avergüenzo, incluso, de confesarlo… Hago otro esfuerzo. Clavo el diente. El paquete no pasa. Toda esta enorme geología, todas estas historias desorbitadas, no me producen el menor interés. Comprendo que estos escritos son una gran cosa y que las literaturas tienen que contener estas baluernas de la misma manera que en los grandes palacios tiene que haber enormes chimeneas que no calientan, meramente decorativas, y tapices colgados de las paredes. Comprendo, asimismo, que mi sensibilidad es muy incompleta. Pero no puedo hacer más. La sensación de vacío, la escombrera de verbalismo, glorioso, efectista, pero totalmente desligado de la vida humana auténtica, la sonoridad grandiosa de las estrofas, me esterilizan toda posibilidad de atención o de curiosidad.
He oído suspirar alguna vez:
-¡La mística, la poesía mística de Verdaguer…!
Pero yo querría que alguien me explicase qué relación tiene este país, poblado de esta clase de payeses, de esta clase de palurdos, de la industria y del comercio, con la mística. Querría que alguien me explicase qué intención tenía Verdaguer en tratar de ligarnos, a través de la mística, con una literatura tan intrísecamente forastera.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 53).

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Los desaforados constitucionales

Los presuntos desforados constitucionales del siglo XXI (Foto de El Mundo: http://www.elmundo.es/cataluna/2015/11/11/56432ae546163fb1358b4586.html)El Ampurdán -oigo decir- es un país de lunáticos, de atolondrados, de dispersos, de alocados. Y es cierto.
Y también lo es que hay en este país mucha gente que se pasa la vida levandando objeciones, metiendo bastones entre las ruedas de toda persona interesada en llevar a cabo alguna iniciativa o que, en una u otra forma, se salga de la espesa rutina. Estas objeciones se construyen gratuitamente, al tuntún, la reticencia es permanente. Tanto si queréis matar los parásitos de los frutales como los escarabajos de las patatas, tanto si queréis acaban con las moscas de la villa como con la usura de los payeses, oiréis decir constantemente:
-¿Usted quiere hacer esto…? ¡Qué lo va a hacer! ¿Que estamos dormidos…? ¡No lo hará usted nunca…! ¡Desgraciado! No sabe usted lo que se dice…
En el fondo de todo desaforado, y en este país, quizá no hay más que un hombre debilitado y fatigado de sentirse tratado permanentemente de sopla-nubes y de bobo. Quiero decir que hay desaforados que no son más que hombres provocados.
Después están los desaforados constitucionales, los atolondrados marcados por una fuerza interna, los dispersos de profesión. Estos, sin embargo, son cosa muy diferente.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 50).

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Un Josep Carner, de Josep Pla

Josep Carner, tomado como príncipe de poetas

Leídos Les planetes del verdum de Josep Carner.
Carner es probablemente -tanto si escribe en prosa como en verso- uno de los retóricos más prodigiosos de la época. El dominio que tiene de la lengua y de sus misterios es enorme, provoca una auténtica envidia. Peligro permanente de esta clase de virtuosismos: caer en el provenzalismo, en el juego literario como finalidad; confundir la forma con el fondo. Hablando en términos generales, Carner es gracioso; formalmente, siempre. A pesar de ser barcelonés nunca es chabacano. La chabacanería de los escritores barceloneses es observable, a veces, hasta en las notas de sociedad: corresponde al ruralismo abrupto y pedantesco de los escritores de fuera.
En la obra de Josep Carner, la magnitud del esfuerzo literario no es, a veces, correspondiente a la autenticidad humana del fondo. Es la montaña pariendo un ratón. Carner produce el efecto del hombre que ha impuesto unos límites a su vida mental por delicadeza -por timidez, quizás- o quizá, también, por sentido del ridículo.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 44).

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Los ampurdaneses

EmpordàEs el autor de una observación muy aguda sobre los ampurdaneses, de los cuales decía que tenemos una imaginación tan exuberante que confundimos las moscas con las águilas, lo que es cosa exactísima.
Personalmente, el señor Gisch era, claro es, a pesar del diagnóstico, como buen ampurdanés, un hombre de elevada temperatura imaginativa. De todos modos, hay un hecho que demuestra que fue también un hombre de un buen sentido muy grande.
Un día se le acercó el alguacil y con mucho misterio, hablándole al oído, le denunció que, en las afueras de la villa, en el molino de viento, había sorprendido a un hombre encima de una mujer, o a una mujer encima de un hombre, no lo recuerdo exactamente.
-¡No hagas caso…! -dijo rapidísimo y con un aire profundamente serio el señor Gish-. No tiene ninguna importancia y no hay más que hablar. Ya comprenderéis que pueden haberse caído el uno sobre el otro. En el mundo pasan cosas muy extrañas…
El ampurdanés es, quizás, el hombre más absolutamente entusiasta y elemental de Cataluña, siempre que el entusiasmo no deba durar mucho ni prolongarse demasiadas horas seguidas.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 41).

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La justicia

De derecha a izquierda, Josep Bofill y Enric Frigola en 1920 (fuente: http://www.lletres.net/pla/QG/?cat=36&paged=7)

–La justicia teórica, absoluta, es un enorme revulsivo. La justicia se debe tomar con calma y debe aplicarse en pequeñas dosis…
–Lo que parece darte la razón son las noticias de la revolución rusa… -insinúa el señor Enric Frigola.
–¡Es posible! -dice Bofill-. Los rusos están implantando ahora la justicia en su país. Sufrirán muchísimo. Lo pasarán muy mal. Se verán obligados a crear un Estado meramente policíaco, frío, siniestro. Pasarán mucha hambre y sed, tendrán que ampliar todas sus prisiones, tendrán que demoler todo aquello que hace agradable la vida. Y, así y todo, no implantarán ninguna forma de justicia. Mi idea es que no puede haber alimentos ni una forma mínima de vida en común, sin un determinado grado de injusticia. ¿Por qué hay mujeres feas y mujeres guapas? ¿Por qué tiene que haber hombres inteligentes y hombres estúpidos? ¿No es una injusticia? Si aplicamos la justicia a una situación así, no tendremos más remedio que matar a las mujeres guapas y a los hombres inteligentes…
En la tertulia la confusión va en aumento. Coromina, nervioso, se muerde una uña. Los otros nos hacemos aparentemente los distraídos. La reunión se disuelve por agotamiento.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 39).

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El señor Guardiola

Esta descripción no se refiere al Guardiola futbolista, al Guadiola entrenador de fútbol

Pienso, mientras tanto, en el señor Guardiola. ¡Un hombre extraño! Debe de tener unos cincuenta años. Es alto, lleno de carnes, macilento, rosado de cara, de ojos azulados. Escaso de pelo, lleva en la cabeza un plafón de cabellos engomados, como una peluca tenue. Todo su cuerpo irradia una impresión de cosa blanda, desprovista de consistencia. Soltero recalcitrante, vive con una hermana, una señora beata y ceremoniosa. Acompañado siempre por ella, su carrera ha consistido en una larga peregrinación a través de oficinas judiciales mezquinas… Su presentación, su manera de caminar, de hablar, de vestir, de gesticular, ha creado entre la gente la hipótesis de la vaguedad de su sexo. En este sentido su vida debe de haber sido muy dura, porque ha sido el hazmerreír de mucha gente. En su indumentaria hay tres elementos inconfundibles: el sombrero duro tornasolado por el exceso de aprovechamiento; el chaleco blanco con botones de nácar de una coloración rosada, una capa de esclavina con vueltas de terciopelo rojo. Caminando, tiene una manera de jugar con esas vueltas, tan femenina, retozona y llena de coquetería, que a veces hace pensar en alguna vieja cupletista, irrisoria y desbarajustada.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 36).

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En Cataluña

cataluña

Ahora, finalmente, da gusto vivir en Cataluña. La unanimidad es completa. Todo el mundo está de acuerdo. Todos hemos tenido, tenemos o tendremos, indefectiblemente, la gripe. (…). Pienso, a veces, en la cuestión de la si la concupiscencia -lo que suele llamarse habitualmente la concupiscencia- no es uno de los móviles más poderosos de la acción. Por desgracia no siento la acción. No siento ni la fascinación del torbellino ni la curiosidad de imaginármelo, que puede ser tan fuerte como la primera. El río pasa y todo me lleva a quedarme, sentado, en la ribera. La lectura de las novelas de Baroja -que he devorado, abundantemente, estos últimos días- me ha arrasado los pocos gérmenes de acción que tenía. (…). Quizá de joven no se deben leer estos libros furiosamente ascéticos, o por lo menos conviene alternarlos con algún libro ilusorio, pornográfico.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 33).

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Cambiar la piel

Cambio de piel, debido a las quemaduras del sol

El sol primero nos llegaba y nos hacía cambiar la piel. Después quedábamos tostados, morenos, negros y los ojos se nos volvían tan pequeños que apenas se veían. (…). A mediados de septiembre caía el primer chaparrón y el país tomaba un aire otoñal y dulcísimo. El aire quedaba limpio, la tierra perdía aspereza, los cielos incandescentes del verano se volvían de un azul tierno. (…). Jaume, un viejo alto y descarnado, con unas orejas enormes, cazurro, lleno de agudeza, nos llevaba a comer higos y uvas o a pasear por la pineda. (…). Macies era un viejo pequeño y escuchimizado, de mejillas chupadas, muy devastado de dientes, que fumaba una pipa con una boquilla de caña. Fino como una comadreja, la vocecita muy delgada, era muy irónico y explicaba historias enrevesadas.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 31).

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Las cosas de la religión

Cristo crucificado, de Velázquez (sin "salud de hierro", las cosas de la religión)

Cuando la tía nos hablaba de las cosas de la religión, en el plano de su pietismo familiar, casero, siempre nos decía:
—Nuestro Señor, pobrecito…
Se refería, claro, a Nuestro Señor Jesucristo, porque llamar pobrecito al Padre Eterno, que en el altar mayor está representado en la parte más alta del retablo, bajo el techo, con una gran barba blanca, pero muy bien conservado, el ojo imperativo y un aspecto de salud de hierro, hubiera sido impropio y probablemente inexacto.

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 29).

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Los inviernos largos

Lluvia

¡Recuerdo tantas cosas de aquella época! Los inviernos largos y muy fríos, más fríos que los de ahora, me parece; las tramontanas impetuosas, que a veces duraban ocho días, después de las cuales el país quedaba en un estado de fatiga y de palidez, como de convalecencia; las habitaciones glaciales de la casa con las baldosas nuevas que producían el mismo efecto que tener los pies sobre una barra de hielo, los carámbanos de hielo goteando de los balcones a la calle, el color rosado de la helada sobre las copas de los repollos del jardín, el ruido que hacía el viento en las chimeneas y el humo acre que despedían por la boca y que nos hacía toser; los días interminables de lluvia que pasábamos en los desvanes jugando a decir misa o mirando caer el agua con la nariz aplastada contra los cristales de la ventana y la mágica sorpresa de la nieve, silenciosa y quieta…

Fragmento perteneciente al diario de Josep Pla, El cuaderno gris (pág. 28).

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