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EL PASEO DE LOS CARACOLES, una cita de cada página, en ABIERTO

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Otra vez en el Tajo

Domingo, 26 de Julio de 2009 Sin comentarios

A orillas del río TajoPor la mañana. Y mi tercera visita al Tajo. Ahora casi tocando sus aguas. Estoy sentado en una piedra, a la sombra de una arboleda cuya raíz se oculta empapada en aguas, en la mismísima margen del río. Estoy prácticamente a ras del cauce del Tajo. Delante, a mi derecha, el puente medieval de San Martín. Delante, a mi izquierda, los peñascos de un conocido acantilado, el que se sitúa frente a las Cortes de Castilla-La Mancha. El río Tajo, desde esta posición, impone. Que te mire un río caudaloso, cara a cara, a metro y medio de su margen, te pone las orejas cautas, el pie firme, los tendones a la defensiva. Mucha agua tiene el río. Desde aquí parece que no camina tan despacio. Enfrente, en la otra margen, tengo una cigüeña parada. Ahora arranca a volar, pesada y ágil, las dos cosas. Una chicharra, detrás de mí, vocea; otra le contesta, algo más allá. De vez en cuando oigo un chapoteo, como si una criaturilla se lanzara de cabeza. Miro hacia el borboteo. Las letras y el agua del río TajoSólo hallo ondas concéntricas en el agua, con la criaturilla sumergida fuera de mi vista. Supongo que se trata de algún pez que sale a respirar más claro. Tengo en la esquina el ruidazal de aquel rompiente de espuma de verde vómito. La verdad es que desde aquí, desde estos dedos de río que parece que te tocan, no se ve el agua tan llena de mierda. El escupitajo de su porquería se aprecia detrás del rompiente. Dos patos navegan al límite del rompiente. No se lanzan, como en tobogán. Mis amigas las golondrinas planean a milímetros de la pista en movimiento del río, como hacían en abril las de Córdoba, sobre el Guadalquivir. Un vuelo temerario. A lo mejor les reconforta verse reflejadas, en el espejo del agua, con los brazos abiertos de sus plumas, con el timón engrasado de su cola. Aletean unas palomas sobre unos peñascos. Aquí hay sitio para cualquier ojo. El cielo sin una nube, como desde el martes que me vio llegar a la ciudad. El río Tajo. A lo mejor queda alguna ninfa náufraga, casi olvidada. Otro chapoteo. Miro. Nada. Quizá haya salido una ninfa, me haya visto y haya huido. Si ha sido así, sólo estoy distinguiendo de ella una onda concéntrica de aguas, como si la hubiera dejado cualquier aburrido pez. Una ninfa que me huye. El asunto entristece un poco el duro callo de mi alma. Una brisa fresca, que llega sin avisar, recompensa mi estancia aquí. El sereno bucolismo del Tajo, tan cantado.

Mañana, a estas horas, estaré a menos de hora y media de Barcelona. En este momento, a orillas del Tajo, estoy viendo Toledo como a mis espaldas. Mi espalda a lo lejos. Una espalda entrada en años, todavía briosa, combativa, incluso desafiante. Una espalda garcilasiana.

Una sinagoga y el Tajo

Jueves, 23 de Julio de 2009 Sin comentarios

Sinagoga de Santa María la Blanca, ToledoEn un instante me planto en la sinagoga de Santa María la Blanca, del siglo XII. De su fachada sólo hay reseñable un madero de ochocientos años, más castaño que negro, que sirve como sostén, ahí plantado, gastado, poderoso, a la burla del paso del tiempo, de cualquier cosa animada. En su interior, el mudéjar castellano. Gruesas columnas con arcos de herradura. Sus capiteles afiligranados, de nido de avispa. Ancho espacio blanco, como enjalbegado por mi madre de joven. Las serpenteantes filigranas. Doy rápido la vuelta. Y salgo. Ni diez minutos dentro. Menos que en Santo Tomé.

Frente al río Tajo y las Cortes de Castilla-La ManchaMe parece que voy a pillar el camino de las actuales Cortes de Castilla-La Mancha. No las tengo demasiado lejos. Sí, emprendo la marcha. Camino de las Cortes, rebaso la Sinagoga del Tránsito, que no visito, que mandó construir Samuel Leví, el tesorero que ya ha aparecido en estas apresuradas crónicas. Delante de esta sinagoga hay una plaza ajardinada, con una larga baranda en un extremo, una baranda que te salva de caer rondando por una barranquera que termina en el Tajo. Bonitas vistas. Me retrato con la cámara y sale, conmigo, una fresca lata de Cocacola. Miro el vacío. Quien se despeñe por el rocoso desfiladero de delante, y pegue un planchazo en el Tajo, no lo cuenta. No hay dónde agarrarse. Agua y pared vertical. No se distingue tan envenenada el agua en este punto. Qué miedo. Los peñascos y el río forman un vértice de noventa grados. Vaya, qué aparición. Desde aquí se aprecian perfectamente las Cortes, con sus tres banderas ondeando. No voy para allá. ¿Para qué? El edificio donde se eternizó mandando José Bono, el actual presidente del Congreso de los Diputados, no posee aires comentables.

Termina la jornada de escribanías. Ya no se aprietan tanto los minutos en Toledo.

Puente de San Martín

Jueves, 23 de Julio de 2009 Sin comentarios

Puente de San Martín, ToledoEn el puente de San Martín, frente a sus cuatro arcos medievales de ennegrecida piedra de los siglos, junto a uno de sus torreones defensivos. En el puente de San Martín, que no sobre el puente de San Martín. Desde esta parte, unos jardines que me he encontrado, que señalan «Torreón», se tiene el acceso cerrado. Desde aquí se aprecia perfectamente el agua mansurrona del Tajo. Agua de agonía anfibia. Espuma con verdina en desnivel. Quieta corriente de agua espesa, sin ventilar. Ahogo de peces. Río malsano en este punto toledano, de verde estanque, no propicio para la vida normal, para la poesía. Y eso que en tiempos del gran Garcilaso inspiraba. Ya iba lenta su corriente, aunque no sucia, enferma. Garcilaso menciona su corriente, en una de sus églogas, como «clara mansedumbre». Es lógico que aparecieran las ninfas en los versos del gran poeta cortesano.

La una y media, entre el monasterio de San Juan de los Reyes y el puente de San MartínLa una y media, con un sol que llamea sobre mi boca. Ya es hora de subir la frenética cuesta que me espera. Ya es hora de aparecer como fiel comensal.

Un toledano que se me cruza por estos escalones de apurada y delgada sombra, me dice que sí se puede llegar al puente desde aquí, que está a un minuto a la derecha. Hay que ver. Hay que ver cómo engaña la flecha del «torreón», que te manda a la izquierda. Y yo, que ya pensaba en comer…

Estoy, por fin, apoyado en el pretil del puente de San Martín. Por aquí se ve más ancho su cauce que por el puente de Alcántara. Saco la cabeza. Un enorme manchón asqueroso, como sargazo vomitivo, atestigua de cerca todo lo que acabo de decir sobre el Tajo. Muy bonitas desde aquí, excelentes vistas.

Ahora sí, a comer, a subir la «peñascosa pesadumbre» de Cervantes.

Monasterio de San Juan de los Reyes (por dentro)

Jueves, 23 de Julio de 2009 Sin comentarios

Claustro de San Juan de los Reyes, ToledoNada más entrar, se toca su claustro, la techumbre nerviosa de tendones ojivales, los relieves de hojarasca, los adornos lobulados de sus arcos, todo como dominio del primer vistazo. La estatuaria de casi metro y medio se ve muy formal, clavada en su pedestal, cosa que apunta al aburrido y poco pedagógico orden arquitectónico del siglo siguiente. Pero aún estamos en el gótico, aunque sea flamígero, el digno sucesor de mi queridísimo románico, y aquí no para la cosa. Me encuentro con el detalle en relieve, aunque muy oculto, entre el follaje, esos temas vegetales construidos como para salir del paso. Así que ahí, como entre col y col, lechuga, se halla la herencia románica, el detallismo medieval que tanto aprecio.

He de recordar que este claustro lo dibujó Valeriano, el hermano del narrador romántico Gustavo Adolfo Bécquer, ese hermano que también dibujó al poeta de joven, imagen que apareció en el siglo XX, en los billetes de veinte duros, ese hermano que dibujó al poeta de joven y de muerto, sobre su almohada, espesa melena, espesa barba, arrugada frente. Yo tengo ambos dibujos.

El detalle. Descubro a un diablillo agazapado, oculto entre el follaje, como con miedo, que abraza una torre románica como si fuera suya. Tiene cara de mono simpático y apenas asusta. Descubro a un hombre que, desde el follaje, se cae de cabeza. Se le ve el culo con un inmenso ano perfectamente perfilado. Hay un dragón alado con muy malas pulgas. Su cola escamosa, enhiesta, retorcida. Un dragón que baja por la hojarasca con su descomunal, con su desproporcionada cabeza, y que enseña afilados dientes y colmillos. Veo a un conejillo, boca arriba, atrapado en las fauces de un perro cazador, un perro tan de caballero que hasta dispone de collar al cuello, y rabo de galgo entre las patas. Tal es su detallismo que fascina que al perro cazador se le descubra nítidamente su punzante pene. Junto a Judit y HolofernesVeo a otro diablillo, con cara de mono agradable, con un pañuelo anudado, que tiene un libro abierto y que está sentado, tranquilamente, sobre el cuenco de una olla que arde, perteneciente, quizá, a una chamusquina de cristianos. Veo rostros fantasmagóricos de personas, sólo la mofletuda faz, que flotan en un cielo raso. Veo a un campesino que intenta arrancarle la cabeza a otro campesino, bajo una calabaza llena de agua, que cuelga de una rama. Veo a otro campesino, que ha perdido la cabeza por el paso de los siglos, un campesino que quiebra las quijadas de un monstruo peludo. Sus manos sobre las mandíbulas, y una boca escandalosamente abierta, desencajada. Veo que uno de los pedestales que soportan la estatuaria de casi metro y medio, quiebra la formalidad de sus semejantes. Se trata de una Judit coronada, a punto de esbozar una sonrisa, con un libro abierto en una mano, y en la otra mano la empuñadura de una espada cuya punta, lejos de reposar en el suelo, se clava en la cabeza barbada, decapitada, de Holofernes. Un drama judío en el que los minutos resbalan como si nada. Veo que a una santa mártir, en la estatuaria de los pedestales, una espada le entra por la coronilla, le sale por el cuello y se le clava en el hombro…

Esplendorosa la nave contigua. Muy iluminada y blanquita, tan blanquita como los relieves del sorprendente claustro. El poder del futuro imperio. Este monasterio es todo un lujo. Lista fue Isabel la Católica, cuando aún no tenía ni idea del descubrimiento de América.

Salgo del monasterio franciscano de San Juan de los Reyes. Magnífica visita. Y me dispongo a bajar, por segunda vez, al río Tajo. Ahora exactamente en el lado opuesto de la ciudad. Me voy. Me encamino a buscar el otro puente con solera.

Monasterio de San Juan de los Reyes (por fuera)

Jueves, 23 de Julio de 2009 Sin comentarios

Monumento a la Inmaculada Concepción, en San Juan de los ReyesEstoy sentado en un peldaño del monumento que se le hizo a la Inmaculada Concepción en 1954. Tenemos aquí a una Virgen muy joven, demasiado guapa, con el pelo hacia atrás, muy pegado a la cabeza, como mojado, con las manos unidas en actitud de rezo, de pie, sobre un diablillo con cara de cabra y dientes carnívoros, un diablillo al que le cuelga la lengua, exhausta, debido al peso que soporta su cuerpo con la Virgen encima. Qué Virgen más guapa. Qué modernidad presenta su rostro. Qué capacidad de seducción. Parece mentira que este monumento se haya inaugurado en pleno delirio franquista, con sus censuras y sus mojigaterías. Qué Virgen más guapa. Y qué implacable frente al mal. Qué guapa.

Estoy sentado en un peldaño, con la agradecida sombra que me brinda la amplia explanada de la fachada principal del monasterio de San Juan de los Reyes, que mandó construir Isabel la Católica a finales del siglo XV. Detrás tengo un vacío de campo, ya encendido con las primeras y picantes flamas del sol. En este preciso momento suena el pitido de una cigarra. Se detiene. Vuelve a rodar su canto de dientes de sierra. Buena vista en la explanada. Un barandal me separa de la barranquera que baja en trochas, por donde asoma el coloquio de las chicharras y se deja ver un poco, de nuevo, el Tajo.

Acabadas de circundar las dos fachadas visitables del monasterio. Llama la atención las esculturas que se parapetan en sus hornacinas. Apenas muestren santos. Hay tipos vestidos de paje, con sus mantos bordados de escudos reales. Hay frailes, un obispo y san Juan, que en el centro saluda al paseante. Esto es gótico flamígero. Todo de granito. Me he quitado de encima, un instante, ese rebozado continuo de ladrillo árabe o mudéjar, de arcos lobulados, tan repetido y alejado de las historias que cuentan las construcciones románicas, con sus tímpanos mordidos por los años, repletos de escenas suspirantes, tan ausentes en Toledo. Veamos el interior del monasterio de San Juan de los Reyes.

El Museo-Palacio de Santa Cruz

Miércoles, 22 de Julio de 2009 Sin comentarios

Por la tarde, y en buena hora. Vuelvo sobre mis pasos de la mañana. Para visitar el museo de Santa Cruz, un colosal palacete del siglo XVI, al que pertenece el convento de Santa Fe. Este colosal edificio tiene unos relieves muy formales y amigables en su fachada. Nadie se pelea. Todos se expresan devotos y hasta se abrazan.

"En esas estamos", cuadro de BeatoAquí dentro hay una exposición que se llama «Beato. Presencia de tiempos», Beato como segundo apellido del artista, un artista contemporáneo, todavía vivo. Estará hasta septiembre de este año. El artista tiene pintura de desnudos, de monstruos (hay un dragón que sonríe, con un buche enorme, como de haberse comido a alguien), de abstracciones, de edificios con solera, de guerras actuales, como En esas estamos (2009), pintura en la que aparece una mujer en cueros, despatarrada, pero con el sexo cubierto por una mancha rectangular que rompe la posible alegría de los militares y de los visitantes. Se trata de una exposición que no está mal. Aunque claro, con la obra de El Greco tan reciente en mi retina… La ubicación es excelente. Sus salas, amplias, luminosas, muy limpias, frescas, forman una cruz. Toda su cubierta es de madera cincelada a base de trabajadas figuras vegetales. Llama la atención una señora que vigila el habitáculo. No deja de caminar de norte a sur, de norte a sur, de norte a sur, sin parar, en línea recta, de norte a sur, como muchos reclusos, de norte a sur, arriba y abajo, sin parar. Sólo se detiene cuando alguien le pregunta algo. Es amable.

Claustro del palacio de Santa Cruz (medio sonrío porque sabía que estaban saliendo dos chicas muy guapas)Salgo. Desde el vestíbulo se accede a la segunda puerta del palacete, y desde ahí, al claustro. Es bonito, radiante, ordenado, con arcos en sus dos plantas, con relieves vegetales y cruces sin sugestión, muy siglo XVI. Este claustro expone lápidas funerarias y escudos de armas del XVI, estatuas, incluso ataúdes medievales de piedra, semejantes a los que vi, en julio del pasado año, junto al cementerio de Iria Flavia. En una de sus salas destaca el Cristo de la Luz, un crucificado románico del siglo XIII, en madera policromada. Se conserva muy bien el color de la sangre en el costado, en los pies, en las manos, en la frente, que carece de corona de espinas.

Salgo. Deambulo por las callejuelas. Una esquina aprovecha y pone a un Cristo crucificado, petrificado. Descanso en Zocodover. Doy por finalizada la parte este de mi plano. Si no vuelvo al puente de Alcántara, sobre el mortecino Tajo, para ver el castillo de San Servando, construido en el siglo XI, es porque sé de buena tinta que no puede visitarse su interior, que pertenece a un albergue juvenil. Las hechuras del castillo se aprecian perfectamente desde las vistas que ofrece una parte del Alcazar, la de la mujer en camisón que ofrece su espada al cielo.

Puente de Alcántara, y con Cervantes

Miércoles, 22 de Julio de 2009 Sin comentarios

El río Tajo sobre el puente de AlcántaraSalgo del convento de Santa Fe, cuando el sol está casi en lo más alto y pica como borboteo de agua que hierve. Y bajo hasta abajo del todo, en busca del puente de Alcántara, sobre el Tajo. Aunque el puente es de origen romano, su torreón es del siglo XVIII. Me pongo de codos en el pretil. Corroboro su agua echada a perder, su verde estanque, su corrosivo discurrir por este punto. Y veo flotar, muerto, un gorrión. Sus alas en cruz por la parte central del cauce, lentamente, muy lentamente llevadas por la diminuta corriente. Me disipo.

Subo. Subo. Vuelvo a la ciudad artística, a su centro histórico de subidas, la «peñascosa pesadumbre», que dijera Cervantes sobre Toledo. Son las dos menos cuarto. A caminar hasta lo más alto de esta rocosa ciudad milenaria, sensorial, señorial, muy sudada, la peñascosa pesadumbre. Buenas tengo mis piernas. Ojalá duren así.

Monumento a Cervantes, en ToledoY subiendo, la literatura. Me topo con un bronce de Cervantes frente al Arco de la Sangre, a punto de llegar a la plaza Zocodover. Aparece un Cervantes muy ufano, con una mano sobre la cadera, con un libro en la otra mano, con esos pantaloncillos cortos de cortesano, y los floridos plieguecillos de moda que rodean los cuellos adinerados para que las cabezas parezcan construidas sobre un pedestal. Demasiado alegre y ufano ha esculpido el artista a Cervantes. Demasiado para lo que fue el gran maestro. Quién te ha visto y quién te ve, querido Miguel de Cervantes.

Obra de El Greco

Miércoles, 22 de Julio de 2009 Sin comentarios

En el convento de Santa FeLa obra de El Greco en el Convento de Santa Fe, la obra que se ha trasladado desde la Casa-Museo de El Greco, cerrada por reformas desde 2006, una obra que se expondrá en México desde el próximo mes de agosto. Por poco no pillo los cuadros del maestro. Me acerco a la fachada del convento. Sobre su friso, un relieve. Un jinete, blandiendo su espada, arrolla con su caballo a un combatiente en desgracia, que, en el suelo, intenta guarecerse bajo su escudo, un escudo fuertemente atado a su brazo. La violencia.

Comienza el desfile de salas en penumbra. Los vigilantes dejan hacer fotos sin flas. Me encuentro con una fila larga de retratos de viejos, de hombres de mediana edad, la mayoría de ellos santos. Gusta ver a San Judas Tadeo, que te observa con un solo ojo, sujetando la alabarda que lo decapitó. La violencia. Tiene un rostro sugerente. Parece que te diga que no entiende lo que le pasó, que ya no entiende el porvenir. Me cuesta escribir. La oscuridad de la sala. Mis letras salen a tentones, pese a que las oriento hacia la escasa luz que se proyecta en los cuadros. Aparece San Simón, que lee un libro de cuatro o cinco kilos. Aquí no sale representado con la sierra que lo partió en dos. La violencia. El diablo de san BartoloméEl cuadro San Bartolomé. Mucho manto blanco sobre fondo ennegrecido. Su barba con algunas canas, buen detalle. Su mirada triste e interrogante. En su mano izquierda, la cadena que atrapa por el cuello al diablillo renegrido de ojos redondos y orejas afiladas, el demonio que el santo liberó de la hija del rey de Armenia. Su mano derecha sostiene, con la punta en alto, el cuchillo con que el santo fue desollado. Le quitaron la piel a tiras mientras le quedaba un soplo de resuello. La violencia. Delante de las Lágrimas de san Pedro. Tenemos a un san Pedro metido en una cueva, con la mirada en alto, tenso, las manos fuertemente cogidas, los ojos reverberantes. Está muy arrepentido de haber negado a Cristo tres veces seguidas. Las llaves del cielo y de la tierra le cuelgan de la muñeca izquierda. Aparece tan contrito, tan afectado el hombre barbado, tan viejo, que a uno se le pega su pesadumbre. Tras su hombro derecho irrumpe un ángel de luz, y una mujer que puede ser María Magdalena, con el objeto de anunciarle al santo que Cristo ya no está en su tumba, que ha resucitado. Camino. Hay una sala de cristal que ofrece estupendas vistas de la ciudad. El Tajo, desde este ángulo, parece correr más. En San Juan Evangelista y san Juan Bautista gusta el realismo del Bautista, su carácter de retiro eremita, de persona austera y solitaria. Cuatro pellejos de cabra cubren a un Bautista lleno de huesos y tendones. En La verónica estalla un velo con el rostro de Cristo impreso. Se refiere a la mujer que enjugó el sudor de Cristo camino del Calvario. Demasiado sereno se ve a Cristo aquí, con su remarcada corona de espinas y el drama que lo acometía. Parece como si nada le ocurriera. El agua de CristoEn uno de los cuadros que se titulan Crucificado, impresiona el detalle del madero de la cruz a los pies de Cristo. Por la madera se desliza un chorro de sangre que forma una chillona línea vertical. No sé, por ahora, qué representan cuatro fémures humanos y dos calaveras al pie de la cruz. En otro Crucificado, aparte de los chorros de sangre sobre el madero de la cruz, se descubre cómo sale despedido, a presión, el líquido acuoso que salió del costado de Cristo cuando el lanzazo que le clavaron. La violencia. Aquí, el paño que cubre las partes de Cristo es minúsculo, con lo que la desnudez casi íntegra del hombre torturado con saña acrecienta el dramatismo de su humillación.

Son interesantes también las fotografías de época sobre el Marqués de la Vega Inclán (apellidos de grandes escritores), el mecenas que en 1900 sacó del ostracismo la obra de El Greco, para bien del sentimiento, de la cultura, de la retina de la humanidad, ese complejo y laberíntico organismo.

El Alcázar de Toledo

Miércoles, 22 de Julio de 2009 Sin comentarios

El Alcázar de Toledo (también se distingue algo de la mujer en camisón)Estoy en una punta del Alcázar de Toledo, sentado a la sombra que ofrece un escalón del Alcázar, por la calle que tira a Zocodover, la plaza principal de Toledo. Al terminar de escribir la palabra Toledo, levanto la vista y descubro que me rebasa una pareja. Al instante la pareja queda de espaldas. La chica es muy morena. Tiene un pantalón negro de fina tela estival. Tiene un bolso negro al hombro como el que había abandonado junto a mi taza de café con leche. Aunque veo a la chica de espaldas, todo apunta a que se trata de la morenaza del bar, la chica de inusual belleza que se esfumó como un hada. La pareja se aleja sin prisas. La pareja parece feliz. La chica agarra por la cadera al chico. Y el chico, con la palma de la mano, acaricia suavemente el redondeado culo de la chica, de la chica que parecía un hada. Una cosa está clara: las hadas también comen habichuelas con arroz, lentejas, potajes.

Digo que estoy en una punta del Alcázar de Toledo. Acabo de redescubrir la tienda en que compré las espadas Tizona y Colada, las espadas del Cid. Acabo de redescubrir el negro bronce de la mujer en camisón que, a dos manos, brinda su espada al cielo. La hoja de la espada, en este momento, proyecta su sombra sobre los ojos de la mujer. Excelente instante de mágica venda. El interior del Alcázar no puede visitarse, por obras. El interior del Alcázar ya lo visité  hace años, en mi visita relámpago anterior. Fue lo único que visité con tiento. Aquello me pareció un monumento franquista a la heroica resistencia de unos pocos frente a la machaconería baldía de las tropas republicanas. Allí estaba muy fotografiado el general Moscardó, junto con Franco. No sé si la rehabilitación dejará algo de lo que yo vi.

Fotografío el río Tajo desde este punto del Alcázar. Parece que corren poco sus aguas. Su verdina habla de agua en descomposición, sin ese oxígeno que tanto gusta a los peces. El río Tajo, a su paso por esta vereda de risco pelado, de acantilado en la cuerda floja del desprendimiento, de aire que se ahoga a sí mismo, parece comprimido en una moribundia fantasmagórica.

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