El nacimiento de la niña Eduvigis

El cura de la aldea era verriondo y siempre gastaba sotana negra.
Fragmento perteneciente al relato
titulado «Eduvigis Lindavista» , del libro Relatos del fuego sanguinario y un candor (pág. 16).


El cura de la aldea era verriondo y siempre gastaba sotana negra.
Fragmento perteneciente al relato
titulado «Eduvigis Lindavista» , del libro Relatos del fuego sanguinario y un candor (pág. 16).

Es muy posible que los sueños torturen esta noche a Fernandín
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 155).

Fernandín, en el primer parpadeo, se desconoce a sí mismo
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 132).

¿Dónde estará mi madre?
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 130).

La zarzamora de la lejanía
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 97).

El liviano airecillo la pasea sobre las alturas del comedor
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 94).

Sus ojos claros se entreabrieron
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 93).

Por ahora me resulta imposible continuar. Usted dispense.
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 43).

La garganta se le ha transformado en un armatoste de nudos.
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 41).

Se quedó desamparada. Los gorriones cantaban coplas desenfadadas a su lado.
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 35).

A Marta, una lágrima se le escapa para reposar en una manga de su vestido de luto.
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 18).

Pepín maldice, al limpiar las miserias, todos los días.
Texto perteneciente a la novela titulada EL PASEO DE LOS CARACOLES (pág. 15).
Imparable ola de frío polar en España. El asco de tiritar en medio de la calle. Los calvos se cuidan la calva con gorros de lana, y se ríen del mundo. Nieve, hielo, aguanieve. Se ven hombres con pico y pala que adecentan sus propias aceras. El viejo que resbala y que, literalmente, rueda por la pendiente adoquinada; y que se levanta con malas pulgas, cagándose en Dios. El guipuzcoano con la nieve en el brillo de sus ojos, que resbala y se desnuca, sin decir ni pío, en la enésima muerte imprevista, inimaginable, estúpida, una de esas muertes que tanta rabia dan, que siempre les ocurre a otros. El guipuzcoano que muere con el brillo de la nieve en el último reflejo de sus ojos. Hielo, aguanieve, nieve. Y los pechos de las mujeres, más abrigados que nunca, más templados que nunca, con la reacción de sus efluvios, olor natural de tulipán. Y los carrillos de las mujeres, más colorados que nunca, más ardientes que nunca, con el anuncio sano de su vitalidad a flor de piel; con el anuncio, modesto, de que las mujeres están mejor construidas que los hombres. El tipo errante que deja de tiritar, en su rincón oscuro y olvidado, porque se queda tieso, porque se muere tieso, de frío polar. Tristeza solitaria. Una tristeza solitaria más, incontable, anónima. Los niños arrastrados por el trineo familiar, en plena plaza pública. Una alegría contable más, contrastable. Den ustedes una limosna de cariño. La ropa tendida que no se seca en los balcones, en los terrados, tras las ventanas de los barrios que tiemblan de frío polar. La ropa tendida, ondulante, crujiente de escarcha aterida, abrazándose, sin quejas, al frío hálito de la bóveda celestial. Aguanieve, nieve, hielo. Las frías noches de alcoba, y el hombre que busca el culo caliente de la mujer, ley de vida. La reproducción. Aumenta la gestación humana en las desacostumbradas noches de frío polar, según las antiguas estadísticas, que nunca fallan. El amor verdadero, en ferviente pugna por dejar de ser una entelequia. El amor. Den ustedes una limosna de cariño.
Texto perteneciente al libro titulado ARTÍCULOS DOMINICALES

Me levanto. Dejo la botella de cerveza en la arena. Me he quedado sin habla. Ella me lleva de la mano.
Fragmento perteneciente al relato
titulado «Calafell Playa» , del libro TRENZADO DE HOMICIDAS (pág. 141).

A veces deslizaba los brazos y las piernas, como si pretendiera incorporarse.
Fragmento perteneciente al relato
titulado «Cosa de tres» , del libro TRENZADO DE HOMICIDAS (pág. 96).

Qué asco me dio pensar que otro cipote había hurgado por allí.
Fragmento perteneciente al relato
titulado «Síntomas» , del libro TRENZADO DE HOMICIDAS (pág. 79).

Todavía conservaba los tirabuzones que le hizo el otro en el pelo con los dedos.
Fragmento perteneciente al relato
titulado «Síntomas» , del libro TRENZADO DE HOMICIDAS (pág. 74).
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