Mi cuaderno gris, cita 16

Cita 16 del libro titulado
MI CUADERNO GRIS,
la novedad de Morfeo.

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Mi cuaderno gris, cita 15

Cita 15 del libro titulado
MI CUADERNO GRIS,
la novedad de Morfeo.

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Mi cuaderno gris, cita 14

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MI CUADERNO GRIS,
la novedad de Morfeo.

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Mi cuaderno gris, cita 13

Cita 13 del libro titulado
MI CUADERNO GRIS,
la novedad de Morfeo.

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Mi cuaderno gris, cita 12

Cita 12 del libro titulado
MI CUADERNO GRIS,
la novedad de Morfeo.

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Mi cuaderno gris, cita 11

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la novedad de Morfeo.

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Mi cuaderno gris, cita 10

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Mi cuaderno gris, cita 9

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la novedad de abril de Morfeo.

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Primero la verdad que la paz

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Mi cuaderno gris, cita 8

Cita 8 del libro titulado
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Escapada a Salamanca

ESCAPADA A SALAMANCA, una de las partes del libro
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Cerrazón

CERRAZÓN, una de las partes del libro
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Mi cuaderno gris, cita 7

Cita 7 del libro titulado
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la novedad de abril de Morfeo.

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Carta a una amada

CARTA A UNA AMADA, una de las partes del libro
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Mi cuaderno gris, cita 6

Cita 6 del libro titulado
MI CUADERNO GRIS,
la novedad de abril de Morfeo.

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Adiós, Vallirana

ADIÓS, VALLIRANA, una de las partes del libro
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Mi cuaderno gris, cita 5

Cita 5 del libro titulado
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la novedad de abril de Morfeo.

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Rutina de la mala gente

RUTINA DE LA MALA GENTE, una de las partes del libro
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Mi cuaderno gris, cita 4

Cita 4 del libro titulado
MI CUADERNO GRIS,
la novedad de abril de Morfeo.

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Triste hervidero

TRISTE HERVIDERO, una de las partes del libro
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La portada electrónica de esta parte
y la portada de la edición en papel comparten imagen.

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Mi cuaderno gris, cita 3

Cita 3 del libro titulado
MI CUADERNO GRIS,
la novedad de abril de Morfeo.

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Melancolía

MELANCOLÍA, una de las partes del libro
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Mi cuaderno gris, cita 2

Cita 2 del libro titulado
MI CUADERNO GRIS,
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Madera de perdedor

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Mi cuaderno gris, cita 1

Cita 1 del libro titulado
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Cae Nueva York

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Mi cuaderno gris, disponible

Superados los escollos,
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Cubierta de Mi cuaderno gris

Aquí tenemos la portada,
contraportada
y solapas de
Mi Cuaderno gris

Más información sobre el libro

Vídeo de Mi cuaderno gris

Aquí tenemos el vídeo,
para You Tube,
de Mi cuaderno gris.

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Mi cuaderno gris

Ya en preventa,
MI CUADERNO GRIS

En el hospital, y sobre una reina:

Erotómano

Fotograma de una película italiana de los años 70.

ADVERTENCIA DE UNA MUJER
En el hospital de Valencia, estudiando yo el último año de Medicina, ingresó en una sala un hombre joven de veinte o veintidós años a lo más, demacrado, en los huesos, con una tuberculosis de las que llamaban entre el pueblo tisis galopante. Le acompañaba su mujer, una rubia muy perfilada y muy guapa.
A un condiscípulo y a mí nos encargó el profesor que hiciéramos la historia clínica del enfermo.
El tuberculoso estaba en plena consunción, sin remedio, y apenas tenía fuerzas para hablar. Le preguntamos a su mujer qué le había pasado al enfermo, qué origen tenía el mal de su marido.
Ella nos dijo, naturalmente, con otras palabras, que era un erotómano y que así se había exterminado. La explicación de la mujer fue muy cruda y muy cínica.
Al principio nos pareció que la rubia tenía cariño por el enfermo, pero dos o tres días después nos dijo con frialdad:
–No hagan ustedes mucho caso de este, porque es un hombre muy ingrato.
Problamente la mujer estaba deseando que se muriera su marido.

FERNANDO VII
Como se sabe, Fernando VII, aconsejado por los médicos, llevó a su mujer, la reina María Amalia, al balnearia de La Isabela para ver si tenía descendencia.
Habían salido de Sacedón una tarde de agosto de calor sofocante. La reina iba en coche, y los palaciegos y el rey, a pie.
El tiempo era pesado, de bochorno, Fernando VII dijo, de mal humor:
–De aquí vamos a salir todos preñados… menos la reina.

Fragmentos pertenecientes al libro de Pío Baroja, Bagatelas de otoño (págs. 28 y 38).

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Dietario en Red 2004-2006, nueva edición en papel

Nueva edición, en formato papel, de
Dietario en Red 2004-2006.
Volumen: 14 x 21,5 cm.
Tiene 242 páginas.

Amada Marilyn, en el Dietario

Cubierta de Dietario en Red 2004-2006.

Dietario en Red 2004-2006 es un diario que escribió en Internet durante ese período el escritor Antonio Gálvez Alcaide. En estas páginas pronto podemos apreciar una extraña simbiosis entre literatura y vida, y un detallismo insospechado. La cotidianidad del barrio del escritor, que se hallaba entre los municipios barceloneses de Cornellá de Llobregat y San Juan Despí, se ensambla con sus experiencias, generalmente truculentas, como profesor de instituto. Queda patente su admiración por el escritor Josep Pla, a quien llega a tratar de confidente. De manera singular, analiza la obra de muchos escritores reconocidos, y recuerda vivencias personales con Camilo José Cela y Francisco Umbral, “paje de la literatura española”. Se revisa el sector editorial español, que parece un mundo abotargado, sin alas, dominado por lo insustancial, execrable; así como su paso por tres agencias literarias. Se refleja su relación con el periodismo, como el proceso que siguió su primer artículo publicado en prensa, que tuvo un tratamiento deleznable, incluso perverso. No muy desligado del mundo periodístico, se publican las reacciones habidas tras desenmascarar el seudónimo de Paz Vega López, el experimento narrativo y cibernético que le valió el entusiasmo de escritores como Arcadi Espada o Iván Tubau, y que está editado bajo el título de Caliente. La literatura y la vida, dos realidades separadas que aquí parecen fusionarse con una honestidad tan infrecuente que produce grima.

Más información, aquí.

El nacionalismo y Pío Baroja (III)

(El nacionalismo y Pío Baroja, tercera entrega)

Una reseña biográfica de Pío Baroja

Una reseña biográfica de Pío Baroja. Gracias al periodismo, Baroja fue un escritor viajado, una buena dosis contra el nacionalismo.

Julio César, que conocía muy bien a los pueblos, dijo a los españoles unas frases muy severas después de la batalla de Munda.

«Habéis aborrecido siempre la paz de tal manera, que nunca pudo el Pueblo Romano dejar de tener entre vosotros las legiones. Los beneficios los recibís como injurias y estimáis por favores los agravios. Así, jamás habéis podido conservar ni la concordia en la paz ni el valor en la guerra».

Aun descontando la irritación de César, yo me temo que en estas palabras severas haya un gran fondo de verdad.

Por lo menos, la concordia en la paz bien claramente se ve que no la sabemos conservar.

Si se llega a establecer la autonomía de Cataluña a disgusto de los demás españoles, es de temer que éstos vayan hasta la ruina con tal de perjudicar a los catalanes, y los catalanes, a pesar de ser comerciantes y prácticos, hagan cualquier absurdo para mortificar a los castellanos.

Es así la raza: fácil para la saña, para la venganza, como es fácil también para el entusiasmo y la cordialidad. ¡Qué obra la de los catalanistas y los bizkaitarras! ¡Excitar el odio interregional, fomentar el kabilismo español ya dormido! ¡Qué pobreza! ¡Qué miseria moral! ¡Qué fondo de plebeyez se necesita para emprender esa obra!

Esas gentes que llevan barretina, que es como un calcetín puesto en la cabeza, o esos vascongados de Bilbao, que gastan una boina tan pequeña que parece un solideo, no pueden discurrir como nosotros. Son chapelchiquis.

Hay que tener en cuenta que el insultarse no es necesario ni aun para la separación. Los noruegos no necesitaron insultar a los suecos para separarse de ellos; pero estos eran chapelaundis.

Cierto que un escritor como Maragall reaccionó contra esta tendencia y ensalzó a todas las regiones de España; pero en sus versos laudatorios se notaba en el fondo la política.

Fragmento perteneciente al libro de Pío Baroja, Momentum catastrophicum (pág. 39).

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El nacionalismo y Pío Baroja (II)

(El nacionalismo y Pío Baroja, segunda entrega)

Pío Baroja y la palabra verdad

Pío Baroja: «Es que la verdad no se puede exagerar. En la verdad no puede haber matices» (aquí no se nos escapa otro pecado del nacionalismo)

Enfrente de esta vanidad, de este deseo de figurar, está el español pasivo, perezoso, sin deseo, que no siente la gran necesidad de figurar en el mundo. Ante esta necesidad, el catalán se irrita. (…). Por extraño contraste, el catalán, que tiene más apetito de gloria que el castellano, no tiene una tradición tan gloriosa como éste, sobre todo para el resto del mundo.

Para el extranjero, España es el Cid, es don Juan, es el Quijote, es La vida es sueño, son los cuadros de Velázquez y de Goya, es la conquista de América, son los chapelaundis del Bidasoa. Y en todo esto los catalanes han colaborado poco. Es decir, que la representación de la España gloriosa está, principalmente, en Castilla.

Castilla y las provincias unidas a ella tuvieron la suerte en el pasado de producir sus hombres más ilustres y de realizar sus más altas empresas en el momento en que la luz del mundo se dirigía muy principalmente a ellas.

Después vino la penumbra de España, cosa natural, porque la Península no tiene la pasta mineral catalana necesaria para ser una gran nación, y su explendor tenía que ser un explendor pasajero. ¿Cómo luchar desde la modestia de nuestros medios económicos actuales con ese momento brillante que dejó en el mundo la impresión de algo definitivo?

La cosa es difícil y tiene que desanimar a quien la emprenda.

De aquí la acritud, la amargura de los catalanes al verse excluidos de unos hechos históricos definitivos e irremediables, y al comprobar que esos hechos deslucen los intentos modernos.

Esta es para mí la razón principal de que los catalanes no tengan amor por España. Se me dirá que la mayoría de los españoles tampoco tiene amor por Cataluña. Cierto. Esperar que unas regiones amen a otras, que unos individuos tengan cariño por otros, es una utopía para todo el que no sea un chapelaundi; pero al menos podíamos contentarnos con que el «Amaos los unos a los otros» fuese en la práctica: «Soportaos los unos a los otros».

Tampoco, sin duda, esto es posible ni en los individios ni en las regiones.

Fragmento perteneciente al libro de Pío Baroja, Momentum catastrophicum (pág. 36).

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El nacionalismo y Pío Baroja (I)

El nacionalismo vasco quiere basarse sobre la idea de la raza, así es de endeble y de raquítico. Es una teoría de chapelchiquis.
El que no tiene los cuatro apellidos vascos no es vascongado, según nuestros nacionalistas.

El nacionalismo y Pío Baroja (I)

El nacionalismo y Pío Baroja (I)

Ya podemos los que no estamos en ese caso preparar la maleta para el momento en que triunfen los bizkaitarras. Lo extraño es que uno de los primeros que tendrá que largarse del país será uno de los jefes bizkaitarras: el Sr. Sota.
Los nacionalistas catalanes, más enterados que los vascongados y más cucos, no han hecho hincapié en esta idea de la raza: aquellos datos de los índices cefálicos del doctor Robert los abandonaron como una fantasía sin valor, y han ido a afirmar la nación a la manera que la afirmaba Renan, como un todo espiritual, con una idea, con un lenguaje y con una dirección.
Otros sostenes además de la raza tiene el nacionalismo, la religión, el idioma, la cultura, la historia, la simpatía y la antipatía, y, por último, el interés.

Hablaré de todo ello de una manera rápida, no desde el punto de vista político y práctico, sino desde un punto de vista espiritual literario chapelaundiano.
De todos estos factores del nacionalismo, para mí en el catalanismo y el vasquismo influyen, más que nada, la antipatía y el interés.

El catalán tiene una vanidad vidriosa, y le molesta y le irrita ser de un país, como España, que no figura hoy en el mundo. Ahí está el caso de la guerra actual. España no ha figurado, no ha tomado parte en el conflicto; los catalanes no podrán estar entre los aliados entre músicas, banderas y colgaduras. Esto le entristece al catalán, y ha llegado a creer que el resto de los españoles ha tenido la culpa, porque se acomodan a vivir sin brillo y sin fanfarria.
El catalán quiere ser interesante a toda costa. Así ha dicho Cambó: «Cataluña es el país más idealista y más romántico del mundo». Mañana dirá: «Cataluña es el país más realista y menos romántico del mundo», y se quedará tan tranquilo. Los hombres del «Debe» y «Haber» son así.

Fragmento perteneciente al libro de Pío Baroja, Momentum catastrophicum (pág. 34).

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El crimen de la calle de Fuencarral y Pío Baroja

Resulta curioso, y hasta chocante, que el maestro Pío Baroja, siempre tan cercano en el tiempo, haya sido testigo de una ejecución pública, cuando las ejecuciones públicas todavía se barajaban en España. En este caso, Pío Baroja fue testigo de la ejecución de la autora del crimen de la calle de Fuencarral.
Veamos cómo describe el asunto Pío Baroja:

El verano de 1888 se apasionó Madrid con el crimen de la calle de Fuencarral, que fue uno de los crímenes más famosos de España, no tanto por el hecho en sí, que no era de gran importancia, sino por la repercusión que tuvo en la prensa y en el público.

Higina Balaguer, ejecutada

Ejecución de Higinia Balaguer, autora del crimen de la calle de Fuencarral

En el número 109 de la calle de Fuencarral, casa de apariencia modesta, que todavía existe, en un segundo piso mataron a una señora entre la criada, Higinia Balaguer, y una amiga de ésta, Dolores Ávila. ¡Qué apasionamiento en el público! Todo el mundo parecía atacado por una histeria colectiva.
El proceso de este crimen debió durar mucho tiempo, y, sobre todo, en su segunda época fue cuando produjo más curiosidad y mayor expectación.
Los periódicos se dividieron ante la opinión pública en sensatos e insensatos. Sensatos eran los que pensaban que los autores principales habían sido las dos mujeres citadas, una de ellas la protagonista principal y la otra su cómplice.
Los insensatos creían, como un dogma, que la señora que apareció muerta había sido asesinada por su propio hijo, Vázquez Varela, el cual en la época del crimen estaba recluido en la cárcel Modelo, aunque salía de ella, según la opinión de alguna gente, por complacencia del director.
Yo vi a la protagonista del crimen de la calle de Fuencarral, a la Higinia, y hablé con ella en un pasillo del hospital.
Tiempo después, por insistencia de un condiscípulo que estudiaba Medicina como yo, presencié la ejecución de la Higinia Balaguer desde los desmontes próximos a la cárcel Modelo, a una distancia de trescientos o cuatrocientos metros.
Hormigueaba el gentío por aquellos desmontes que entonces no estaban ni poblados ni urbanizados como están ahora. Soldados de a caballo formaban un cuadro muy amplio delante de un muro. Sobre éste se hallaba el patíbulo.
La ejecución fue muy rápida. Salió al tablado una figura de mujer, vestida de negro. El verdugo le sujetó los pies y las faldas; luego los Hermanos de la Paz y Caridad y el cura, con cruz alzada, formaron un semicírculo delante del patíbulo y de espaldas al público. Se vio al verdugo que ponía a la mujer un pañuelo negro en la cara y que daba rápidamente vuelta a la rueda; luego quitaba el pañuelo, y desaparecía.
El cura y los Hermanos de la Paz y Caridad se retiraron, y allí quedó una figura negra muy pequeña, destacándose sobre la tapia roja de ladrillo, ante el aire azul de una mañana luminosa de primavera.
Las cosas más absurdas se contaban y se decían.
Las fantasías del pueblo se desataron. Según algunos, la Higina era inocente. El verdugo se había prestado a una farsa, porque no era la Higinia a la que había estrangulado, sino un muñeco al que sentaron en el patíbulo para que lo viera la gente.
A esta mujer criminal, la musa del pueblo maleante le había dedicado una canción, un tango brutal y cínico, entonces conocido. En él se equiparaba el crimen con una fiesta de toros.

Fragmento perteneciente al libro de Pío Baroja, Reportajes (pág. 83).

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Contestar a un artículo periodístico

Pío Baroja, posando como si escribiera

Pío Baroja

-Contestar a un artículo o a un libro que ataca o defiende una teoría, diciéndole al autor que es jorobado o que su mujer le engaña, me parece muy aldeano, muy tonto (…)
-Pero usted quiere ver la literatura como si no tuviera actualidad, como si ya hubiera pasado en la historia o no hubiera en ella pasiones.
-Yo creo que es lo más cómodo, lo mejor y lo más verdadero.
-Pues de ahí nace mucha de la antipatía que tienen contra usted. Es usted un traidor al gremio.
-¿Usted lo cree así?
-Claro que así lo creo.
-Puede que sí. ¡Qué le vamos a hacer! Yo no he tenido una postura pensada ante el público, porque creo que no valía la pena. Hace poco algún simpatizante me ha mandado dos o tres números de la Gaceta Literaria, de Giménez Caballero, y en uno de ellos hay una nota de un profesor belga, Lucien Paul-Thomas, que escribió algo sobre mí, y al final de la nota dice: «Parece ser que Baroja, tanto en Bélgica como en Holanda, dejó atrás una impresión hermética, banal». ¿Y para qué iba a dejar otra impresión? No era cosa de andar con una chaqueta roja, con melenas o con una cacatúa en el hombro.
-Usted exagera, pero algo hay que dar al público.
-Yo creo que si el público no da nada, hay que contestar haciendo lo mismo.
-Así le tendrán antipatía.
-Es igual. Esto no influye en la vida. Yo me creo hombre, no digo que de mérito, pero sí de cierto carácter y de tesón. Decidirse, como me decidí yo, a ser sólo novelista, sin empleo ni medios de fortuna, si se considera desde cierto punto de vista tiene su mérito. Yo estaba convencido de que no encontraría apoyo en ninguna parte y de que no ganaría apenas para vivir. Fuera de esto, lo único que me hubiera gustado hubiera sido hacer un trabajo científico; pero esto era más difícil aún. Por otros caminos no encontré nada.

Fragmento perteneciente al libro de Pío Baroja, Bagatelas de otoño (pág. 18).

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En París

París en los años 20

A mí, al principio, venían a visitarme algunas personas en París, en la Ciudad Universitaria. El visitante, al verme en un cuarto pequeño y pobre, debía de sentir una impresión de desdén.
-Esto no es nada -pensaba seguramente-. Si este señor tuviera unas grandes barbas y el pelo largo y vistiera muy bien o muy mal, o hablara el francés como un parisiense, o no supiera una palabra de francés, estaría en su sitio. Pero un hombre así, viejo, con un traje raído, una boina y un pañuelo al cuello, que habla un francés pobre y sin carácter, no vale la pena de tomar en serio. No es asunto para ocuparse de él y hacer un artículo.
(…)
Me preguntó varias cosas, a las cuales yo contesté, y luego me dijo:
-Oiga usted. ¿Cómo explica usted que, siendo un hombre atento, corriente, se tenga de usted la idea de que es usted un tipo brutal y de mal genio?
-Pues no sé a punto fijo. Me figuro que es una consecuencia de incompatibilidad en conceptos e inclinaciones. Mucha gente piensa, o por lo menos siente, que el que no tiene sus hábitos y sus entusiasmos es un enemigo. A mí me parece lógica la intransigencia tratándose de ideas esenciales.

Fragmento perteneciente al libro de Pío Baroja, Bagatelas de otoño (pág. 16).

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